Relatos Orbitales Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

La primera escena mostraba un vídeo grabado con el móvil de su amiga más cercana, en el que Myrian aparecía interactuando con ellos, en una playa de Alejandría. Aunque divertida y con un toque alocado, enseguida revelaba los rasgos de una personalidad caprichosa, propensa a las críticas incisivas y a crear tensión. Más adelante, este mismo vídeo volvía a reproducirse, pero sin Myrian.

Sus amigos, confundidos y acosados por la policía, emprendían su propia investigación. Descubrían así que conocían a Myrian desde la infancia y que, en los últimos años, los cuatro habían empezado a distanciarse de ella debido a su personalidad manipuladora. Durante el viaje habían discutido, por lo que, al final, la chica les había retirado la palabra.

Esa misma noche, la de su desaparición, los amigos se habían emborrachado en una playa de Alejandría, bromeando entre ellos con borrar a Myrian de sus vidas, igual que los egipcios antiguos hacían con sus enemigos: los condenaban al olvido destruyendo estatuas y cualquier tipo de representación artística de estos, erradicando incluso sus nombres tallados en piedra, de forma que no quedase rastro de ellos en la Historia. La más culta del grupo, Adriana, comentó que existía una maldición de origen hebreo para lograr el mismo resultado. Uno de los guías se lo había contado en la visita a un templo.

Aún bajo los efectos del alcohol, los cuatro habían quemado una prenda de Myrian, mientras entonaban un ensalmo. Y el olvido había funcionado, aunque sólo para ellos. Pero ¿qué le había pasado a Myrian?

El corto, que comenzaba como una comedia y se adentraba en el misterio dando paso al drama, debía terminar sembrando la duda sobre el incierto destino de la muchacha, apuntando a que su ausencia tenía algo de sobrenatural.

Carla le había dicho a Berta que la idea del guion le parecía original, aunque pensaba que era un tanto complicada de plasmar con los recursos de los que disponían. Tampoco se había atrevido a expresar sus dudas acerca de usar las imágenes de amateur que Berta había grabado como turista (que esas cosas funcionaran en La bruja de Blair no quería decir que fuese aconsejable usarlas) o de ese empeño por filmar en la costa y buscar localizaciones parecidas a las de Alejandría. ¿No hubiera sido más fácil que los personajes, simplemente, cogieran un coche y se fuesen de juerga a la playa en su propio país? A veces, Berta se pasaba de ambiciosa. Con todo, Carla la admiraba desde el primer día por su empuje, su capacidad de liderazgo, su creatividad y la seguridad que tenía depositada en sí misma. Su energía la arrastraba. Quiso hacerse amiga suya en cuanto la oyó hablar, con aquella pasión contagiosa, y formar parte de su mundo. Le había rogado que la dejase formar parte del equipo del corto. Carla tenía conocimientos de fotografía y también podía aportar su granito de arena en el departamento de iluminación. Berta, en cuanto vio su entusiasmo y supo que tenían tantos intereses en común, la aceptó encantada, en su trabajo y en su vida.

El problema de Carla era, por un lado, que… bueno, se distraía de vez en cuando, como le pasaba con Rudy, el actor que interpretaba a Jorge, el chico guapo del grupo de amigos de Myrian. Y, por otro, que carecía de la energía de Berta. Lo de levantarse a las cinco de la mañana para empezar a rodar no era algo que pudiera hacer con gusto. Se le hacía muy cuesta arriba. Después de una semana estaba agotada. Aquello no era tan divertido como le habían prometido, por más que estuviera aprendiendo nuevas cosas sobre el oficio que pretendía abrazar.

Lo peor era que Berta se había dado cuenta. Quizá estaba empezando a desencantarse y lo exteriorizaba poniéndose avasalladora. Carla quería evitar cualquier conflicto con ella al precio que fuera.

Pero es que Rudy no sólo era guapo. Encima tenía talento y encanto. Y se había fijado en ella. Era una nueva motivación para acudir al trabajo. Claro que Berta no lo entendería. Total, por aquel pequeño lío que había tenido con el director de fotografía del proyecto anterior, que las había dejado colgadas. O el malentendido con uno de los extras, aquel bailarín tan sexy. O lo del guionista amigo de Berta, con el que Carla salió seis meses antes de que se tiraran los trastos a la cabeza. Justo cuando empezaban a rodar, el muy idiota se negó a participar en el corto para no tener que ver a Carla, cosa que disgustó a Berta. La pobre. Si es que se lo tomaba todo demasiado en serio.

Nada se torcería si le ocultaba lo de Rudy hasta el final del rodaje. Así podrían coincidir en la playa y arañar momentos de intimidad cerca del mar.

La verdad era que sí que volvía a estar motivada. Se propuso aplicarse a fondo durante el resto del rodaje. Tanto que, unos días después, pensó que merecía relajarse un poco.

Mientras trabajaban en la playa, Rudy y ella evitaron tontear frente a testigos (aun cuando Carla seguía haciéndole más fotos de las necesarias con su cámara). El último día, al organizar los coches para regresar a casa, él cargó su coche biplaza con algo de equipo y se ofreció a llevar a Carla en el asiento libre. En mitad del camino tomaron un desvío y pararon en un bonito pueblo cuando ya casi era de noche. Cenaron en el restaurante de una hospedería a la que cualquier guía de viajes calificaría como «con encanto». Una cosa llevó a otra y los dos acabaron en una de las habitaciones, sobre la colcha de patchwork de una cama mullida.

No pretendían quedarse a dormir allí. Pero cayeron rendidos.

Cuando despertó a las ocho de la mañana, Carla supo que no llegaría a tiempo al rodaje. Su corazón pasó de cero a cien. Le dio un grito a Rudy para espabilarlo mientras recolectaba sus prendas, arrugadas y tiradas en el suelo y sobre los muebles. Le temblaban las manos mientras se enfundaba la ropa. Le pareció que Rudy se lo tomaba con cierta calma y lo apremió, intentando no elevar (demasiado) el tono de voz.

Durante el trayecto ella estuvo a punto de llorar por la ansiedad, retorciendo su fular entre las manos, mientras Rudy pisaba el acelerador. Como muy pronto, llegarían a la ciudad a primera hora de la tarde. Debían inventarse una excusa para justificarse: una avería en el coche, quizás un accidente no muy grave.

—Tienes que avisar de que no llegamos, decir lo que sea —le propuso Rudy, preocupado—. Van a empezar a llamar en cuanto vean que no aparecemos.

Se estrujaron el cerebro hasta dar forma a una historia compleja sobre el motor del coche quemándose en mitad de una carretera solitaria y sin cobertura, en pleno campo. Con este guion en mente Carla llamó, temblando, a Berta; empezó a contarle la coartada de ambos y apenas iba por la mitad, cuando su interlocutora la cortó con brusquedad:

—¿Cuánto vais a tardar?

—Pues... calculo que en cuatro horas... quizás cinco.... pero no te preocupes, porque te prometo que, según llegue, me pongo a…

No pudo acabar la frase. Los penetrantes pitidos de la llamada cortada le informaron de que se había quedado hablando sola.

Seis horas más tarde, Rudy y Carla estaban llamando a la puerta de la gran casa que usaban como localización principal. Jox les abrió la puerta.

—Más vale que no intentes hablar con Berta —le aconsejó—. Está cabreadísima. Ya te transmitiré yo sus instrucciones.

El actor corrió hacia la habitación que hacía las veces de vestuario y Carla tomó aire mientras desenfundaba su cámara. Sólo serían unas horas más. Había que terminar bien el rodaje y, una vez que el corto estuviera listo para montar, quedaría con Berta para disculparse. Ahora, lo único que tenía que hacer era desempeñar bien su trabajo y aguantar el chaparrón, en caso de que se produjera.

Por suerte, Berta había decidido evitarla a ella también, delegando en Jox. El resto del día transcurrió a un ritmo frenético, si bien algunas escenas tendrían que filmarse al día siguiente. Carla se ofrecería a abonar los gastos del retraso. No sabía muy bien cómo, pero lo haría. Seguro que el gesto le serviría para ablandar a Berta y hasta puede que no la dejase pagar al final.

La última escena de Rudy se filmó en un coche, cuando el sol estaba cayendo. No estaba en el plan hacerlo a esa hora, pero la preciosa luz crepuscular los animó a ello. Y él lo dio todo: su personaje empezaba a recordar la relación que había tenido con la chica desaparecida e, incapaz de entender cómo la había olvidado, lloraba desconsoladamente.

Grabaron la escena tres veces y, después de decir «cortamos», Berta permaneció en silencio.

—¿Quieres que lo repitamos? —le consultó uno de los cámaras.

—¿Pero qué ha sido eso? —exclamó al fin y, antes de que Rudy acabara de tartamudear que podía matizar sus emociones en la siguiente toma, gritó—: ¡Has estado increíble! ¿Dónde tenías toda esa emoción guardada? ¡Me ha encantado!

Y, con un aplauso grupal, la jornada terminó.

Aprovechando el clima de buen humor, Carla ayudó a recoger el equipo de iluminación y se ofreció a despejar y limpiar la sala de vestuario y maquillaje para que los dueños de la casa lo encontrasen todo ordenado. En algún momento se cruzó con Rudy quien, cansado pero satisfecho, le guiñó un ojo.

Carla trotó para regresar a la habitación donde había dejado su mochila y otras pertenencias, mientras pensaba en dónde podía quedar con el actor. Echó de menos su fular gris. Mientras lo buscaba, oía hablar a las últimas personas que quedaban en la casa, asegurándose de que no dejar restos de su presencia.

De pronto, la habitación se sumió en una oscuridad absoluta.

—¡Eh! —exclamó—. ¡Que todavía sigo aquí!

Agarró sus bultos de cualquier manera y buscó la salida, adelantando una mano. No veía nada. Por lo visto, alguien había decidido cortar la electricidad en toda la casa para asegurarse de que no se quedaba nada encendido.