Relatos Orbitales Capítulo 6
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Capítulo 6

18 de enero de 2022

Podía palpar su miedo. Quizá por lo vivido, quizá por su presencia. «No sé qué ha pasado… no lo sé… todo explotó», comenzó a decir.

Pensó que era un agente de la ley. No se equivocaba.

«Creo…creo que me desmayé… había alguien… pero desapareció… estaba ahí… y luego ya no…»

Las lágrimas se mezclaron con el hollín de su rostro.

Había llegado el momento.

David se sentía diferente. El triunfo de la noche anterior había disipado cualquier atisbo de fatiga. Apenas había dormido y daba igual. Los meses de preparación dieron su fruto.

No fue sencillo: había sacrificado su propia carrera solo para tener esa oportunidad. No quería reconocimiento. El muchacho al que salvó de aquel devastador incendio no conocería su nombre. Pero vivía gracias a su trabajo.

Una llamada inesperada dio un vuelco a su día. No podía ser coincidencia.

«Tenemos que hablar»

Solo tres palabras. No había esperado respuesta.

Un par de horas después se encontraba frente a la barrera metálica que separaba el mundo real de su mundo. No tuvo que llamar. El chirrido metálico de la puerta en movimiento era una invitación suficiente.

A medida que se iba acercando a la casa que durante un tiempo pudo considerar hogar, comenzó a sentir un tirón en el estómago.

Algo iba mal. Aceleró el paso.

La vivienda estaba completamente a oscuras. Las nubes, presagiando tormenta, no dejaban pasar ni un solo atisbo de luz.

Mientras recorría el pasillo, la extraña sensación se convirtió en náusea. Sacó su aguja mientras sus pasos se volvían pesados, torpes.

Su campo de visión comenzó a reducirse a medida que la periferia se oscurecía.

Cayó de rodillas.

La bilis subió por su garganta con una arcada que pudo contener.

Levantó la mirada y lo vio.

Una figura. Alta. Oscura.

Un resplandor le cegó.

Miles de trenzas recorrían el torso desnudo de aquel ser.

Intentó acceder a su poder.

No estaba.

En un parpadeo, un rostro imposible, hermoso y aterrador, le miró a los ojos. Luz escarlata sobre negro.

Notó algo punzante en su garganta. No sentía miedo. No sentía nada.

Bajó la mirada. Fue lo último que vio.

Una aguja.

Roja.

EPÍLOGO

La lluvia repiqueteaba en las ventanas. Más allá de aquel ruido blanco: nada. Silencio. Ya estaba hecho.

Francesca salió de la biblioteca. Al final del pasillo, un bulto tirado en el suelo. Su último fracaso. Contuvo las lágrimas.

Una voz profunda como un abismo habló a sus espaldas.

—Lo que ha pasado es tu responsabilidad —la voz era plana, sin emoción—. Conocías tu misión. Tendrías que haber cortado su conexión.

—Lo sé —zanjó la profesora.

—¿A qué se debe tu negligencia?

—Tenía la esperanza de que recapacitara…

—Mientes.

D’Augio se dio la vuelta, despacio. Se encontró con aquellos ojos negros, vacíos. El combustible de sus pesadillas.

—Tienes razón —confesó, imprimiendo en cada palabra puro desprecio—. Esperaba que pudiese acabar contigo, monstruo.

La sombra rio sin humor. Un resplandor escarlata le atravesó. Sintió sus entrañas desgajadas. Cayó de rodillas.

—Tienes una generación más. La última.

D’Augio, con la mirada puesta en el suelo, escuchó pasos alejándose. Con fuerzas renovadas, se puso en pie.

—Algún día te veré muerto —escupió con rabia.

El depredador se detuvo un instante antes de retomar su camino.

—Ojalá cumplas tu promesa.

INOLVIDABLE

De Isabel Queipo

Género literario: Fantasía oscura con elementos de horror cósmico

Carla entró furtivamente por la puerta trasera de la casa. En el recibidor, quedó aturdida por la oscuridad reinante, ya que venía de correr desde el autobús bajo un sol primaveral, cargando con su mochila. Mientras sus ojos se acostumbraban al brusco cambio y trataba de respirar con normalidad tras la carrera, aguzó el oído. No muy lejos se oía el barullo de voces y movimientos del equipo de producción. Dio unos pasos y atravesó la pequeña estancia hasta la puerta de la cocina, a su derecha. Su luminosidad la reconfortó y, más aún, el hecho de que allí no hubiera nadie. Se desembarazó de su fular gris, agobiada por el calor.

Llegaba más de una hora tarde. No era la primera vez y sabía que le iba a caer una bronca de Berta, la directora del cortometraje. Pero tampoco pasaba nada por aplazar el mal trago en lo posible. El recuerdo del motivo de su demora de aquel día le hizo sonreír. Bueno, que la regañaran. Había merecido muchísimo la pena. Se aferraría a esta sensación cuando llegara la tormenta.

Por Dios, qué pereza le daba enfrentarse a Berta. Confiaba en poder camuflarse con el decorado durante un buen rato. Según la escaleta, no la necesitarían en, al menos, media hora. O más, si el rodaje iba con retraso. Lo cual era muy posible. Debido a su tardanza, por cierto.

Dejó la cocina atrás y cruzó un amplio comedor en dirección a la terraza, desde la que confiaba ver a sus compañeros en el jardín y vigilar las idas y venidas de Berta. Cuantas más secuencias completara, más le mejoraría el humor.

La casa que utilizaban como localización para el corto era enorme. Tanto, que les servía para recrear varias casas diferentes. Se la habían alquilado a Berta por un precio irrisorio gracias a que pertenecía a los padres de un ex novio. Aun así andaba histérica con los gastos. No gestionaba demasiado bien el estrés. Tendría que acostumbrarse, si de verdad pretendía dirigir películas para ganarse la vida.

La terraza dominaba la finca y, desde allí, se disfrutaba de la vista de una piscina con su pérgola. Al lado, protegido del sol bajo las sombrillas, estaba Jox, el ayudante de dirección, junto a varios actores. Faltaba Rudy, claro. Se había quedado en la cama, dormido como el niño inocente que no era. Sólo de pensarlo le daban estremecimientos de placer.

—Vaya, pero si mi fotógrafa de producción se ha dignado a aparecer.

Carla dio un respingo y se giró, casi en el mismo movimiento. Berta, con los brazos cruzados, le bloqueaba la salida.

—¿Dónde estabas? Te he llamado al móvil. ¿Tanto te costaba responder o enviar un mensaje? —insistió su amiga, ahora jefa, con voz tranquila. La fuerza con la que cerraba los brazos delataba su verdadero estado de ánimo. Carla le sacaba apenas unos centímetros pero, en ese momento, Berta parecía muchísimo más alta.

La fotógrafa se desembarazó de la mochila y juntó las manos en actitud conciliadora.

—Perdona, perdona. Tienes toda la razón.

—Ya sé que la tengo. Jox ha hecho las fotos de esta mañana.

—¡Menos mal! Lo hace muy bien…

—¡Pero no es su trabajo, sino el tuyo!

—Ya, ya, por supuesto. Mira, no te llamé por si interrumpía alguna toma. Me he quedado dormida. —Se mordió los labios, con expresión contrita—. Anoche, con la tormenta, me entró una migraña espantosa y, por culpa de las pastillas, no oí el despertador. He venido corriendo, ni siquiera he mirado el móvil.

Berta sufría cefaleas con frecuencia. Tendía a mostrarse comprensiva en estos casos. A pesar de eso (o tal vez, por eso mismo), se la veía crispada ahora.

—Siempre te pasa algo, tía. Siempre. Cuando no es la migraña es la sinusitis…

—¡Es que la sinusitis me da dolor de cabeza!

—Pues fíjate que ayer, cuando te fuiste con Rudy, parecías estar perfectamente.

Carla bajó la cabeza y miró a otro lado.

—Claro, es que me puse mala después.

—¿Después de qué?

Carla parpadeó, confusa. ¿Eso era una pregunta trampa? ¿Acaso sospechaba algo? Se pondría furiosa si averiguaba que había tenido un lío con el protagonista del corto, cuando la había prevenido (varias veces) de lo mucho que se enfadaría si se enredaba con alguien de su equipo. Según Berta, Carla se volvía muy distraída cuando iniciaba una relación y cometía errores en su trabajo; sus palabras exactas eran: «los polvos te embotan el cerebro».

Bueno, al menos ella tenía una vida fuera de los rodajes. No era culpa suya que Berta llevara un año sin follar por anteponer su carrera. Así que sólo se le ocurrió una respuesta para ganar tiempo:

—¿Qué?

—¿No estarás tonteando con Rudy, verdad? Os veo siempre de risitas en los descansos. Me sentaría fatal después de lo que hablamos…

—¡No, no! Me parece un chico muy gracioso, nada más.

—Si gracioso significa pichabrava, entonces sí, es tronchante. Intenta ligar con todas las del equipo. No le animes, por favor.

—Qué va, no te preocupes. Me río con sus gansadas pero paso de él. Además, estoy aquí para ayudarte en todo. Aunque sea un pelín tarde.

Un asomo de sonrisa se dibujó en los labios apretados de Berta.

—Oye, no es que no confíe en ti —dijo, en tono conciliador—. Pero tengo muchísimas preocupaciones ahora mismo y no puedo evitar ser un poco borde. Odio hacerlo. Te ruego que no me obligues. Necesito que te tomes el trabajo muy en serio.

—Voy a ser súper seria, Berta, ya lo verás. Me encanta formar parte de esto, es muy importante para mí, de verdad. No te fallaré.

La joven directora asintió con la cabeza, satisfecha, mientras se presionaba las sienes con una mano. Carla aprovechó para ofrecerse a ir a buscarle una botella de agua y una aspirina. La nube de tormenta se había disipado.

Jox, el ayudante de dirección (un chico de veintipocos años con sobrepeso, gafas y afición a las camisetas coloridas), asomó por la puerta.

—Berta, ya estamos listos —anunció, jovial.

Carla se dispuso a montar su cámara a toda velocidad.

~

El guion del cortometraje, firmado por Berta, narraba las consecuencias de la misteriosa desaparición de Myrian, una universitaria, durante un viaje a Egipto junto a otros estudiantes. La policía centraba sus sospechas en sus amistades. Lo más llamativo era que los cuatro jóvenes, dos chicas y dos chicos, no recordaban absolutamente nada sobre la muchacha. Para ellos, jamás había existido. Incluso se había volatilizado de vídeos o fotografías de la pandilla.