Relatos Orbitales Capítulo 5
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Capítulo 5

17 de enero de 2022

Era un depredador.

Al igual que un tigre en la jungla, se diluyó entre el cristal y el asfalto. Una silueta más.

Acechó a su presa, agazapado, paciente.

No quería hacerlo… pero era necesario.

Apareció varios metros por encima del edificio. Ese era el plan.

No miró abajo. Tocó uno de los botones que había cosido a la camiseta. El jersey comenzó a tirar de él, en contra de la gravedad.

A pesar de la mascarilla, el olor a humo era penetrante. Su campo de visión un amasijo titilante de negro, rojo y amarillo.

Corrió hacia la puerta de la terraza, aguja en mano y trenzó. Sintió el reconfortante tirón por todo su cuerpo y la distancia entre la puerta y su marco se expandió. David se sumergió en la oscuridad.

Las luces de emergencia guiaban el camino. El sonido de la alarma: insoportable.

Apunte mental, para la próxima, tapones en los oídos, pensó, intentando atemperar sus nervios.

A medida que descendía, piso a piso, el humo se iba tragando la luz. Cada rellano que atravesaba estaba desierto. Dejó atrás puertas abiertas y estancias vacías. Una nota agridulce le martilleaba el cerebro: tenía mucho que demostrar.

Frenó en seco. Un grito de terror. Su corazón se debatía frenéticamente entre la emoción y el miedo.

Se guio por el alarido. La casa completamente a oscuras y vacía. Corrió hacia la ventana.

Mierda, maldijo para sí. Era en el piso de abajo. Un muchacho desesperado.

Salió corriendo por el hueco de la escalera. Volvió a frenar. Una luz anaranjada, aterradora. Las llamas se habían comido medio rellano. El sudor le recorría el rostro bajo la máscara. Se había quedado corto con su trenza aislante. Un nuevo grito le sacó de su estupor.

Venga… para esto llevas tanto tiempo preparándote, se dijo. No era solo por el muchacho, era por todo lo que significaba.

Trenzó de nuevo y el pasillo se ensanchó, alejando las llamas. La puerta estaba bloqueada, él preparado. Con la aguja guiando atravesó la pared como si de papel se tratara. Casi cayó al suelo del impulso. El joven dio un respingo y no cayó por la ventana porque David fue más rápido.

—¡VENGO A AYUDAR! —gritó. Su voz distorsionada apenas era audible por la cacofonía de sirenas y el crepitar de las llamas—. ¡POR AHÍ! ¡NO TE SEPARES DE MÍ! —dijo señalando el hueco en la pared.

El muchacho —no debía ser mucho menor que David— no dijo nada, pero le siguió. El rellano parecía salido del mismísimo infierno. La trenza había perdido su efecto.

Con la adrenalina sirviendo de combustible, David agarró al joven del brazo y tiró de él hacia la escalera.

En ese momento el mundo se rompió.

La explosión tronó en todo el barrio.

David solo veía el techo en llamas. No sabía cómo había acabado en el suelo. Aturdido, se puso en pie. Le dolía todo el cuerpo, por lo tanto, seguía vivo. Mantenía la aguja aferrada a su mano, casi incrustada. Su vida dependía de ella.

La silueta del muchacho estaba cerca, a contraluz. Seguía respirando.

Con un esfuerzo sobrehumano, lo levantó, agarrándole de los hombros.

Las escaleras estaban bloqueadas. No le quedaba mucho tiempo.

Arrastró al chico al interior del piso. No se mantenía en pie por sí mismo. El pánico comenzaba a atenazar a David.

Vamos… piensa, piensa.

Miró por la ventana. Sería tan fácil. Nadie podría culparle. Un salto, activar la trenza del tercer botón y estaría en casa. Huir para seguir luchando.

No. Le estaría dando la razón.

El muchacho tosió.

No podía llevárselo, no tenía la trenza preparada. El chico se revolvió en el sofá.

El sofá…

La idea no se había concretado en su mente cuando su cuerpo empezó a moverse. Sentía los hilos de energía rodeándole.

—Fragilidad —murmuró para sí mismo, tejiendo en la pared.

De un salto y tirando con gran esfuerzo giró el sofá.

—Peso, dureza, desplazamiento…

Tejía a través de los nudos que necesitaba, entrelazándose con la realidad del mueble. El sofá comenzó a moverse lentamente, como si la pared lo atrajese.

Una última trenza. El tiempo se detuvo a su alrededor. Sólo tenía una oportunidad.

David saltó. Una última puntada.

El sofá atravesó la pared, catapultado hacia la fría noche y su salvación.