Relatos Orbitales Capítulo 4
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Capítulo 4

25 de agosto de 2021

Acechó durante un instante de su vida. Demasiado tiempo.

Observó con todos sus sentidos, los propios y los adquiridos.

Vislumbró el primer error, el único perdonable. Escuchó el segundo, el único esperable. Esperó para paladear el tercero.

El único importante.

Cuando David entró en Villa D’Augio aquella mañana, no sabía que iba a ser el principio del fin. Estaba de buen humor. Había logrado realizar una hazaña sin precedentes, algo que teóricamente no se podía hacer.

Tras más de un año de entrenamiento con la profesora, el mundo había vuelto a la normalidad después de la pandemia. Más o menos. En cuanto tuvo la oportunidad recurrió a los ahorros que tenía para independizarse. A pesar de estar muy agradecido con D’Augio por haberle acogido, necesitaba su propio espacio. Era imprescindible.

Bajo la supervisión de la profesora habría sido imposible superarse.

Su mentora era muy ortodoxa con su formación. Parecía tener todo el tiempo del mundo. Pero David se sentía estancado. Meses y meses haciendo lo mismo. Cada vez realizaban trenzas de mayor complejidad, sí, pero no cabía mucho espacio para la improvisación. Realmente, eso encajaba con el joven. Nunca había tenido inquietudes artísticas, era metódico y detallista. Pero sentía que la profesora no quería exprimir todo el potencial que sabía que podía alcanzar.

Como muchos descubrimientos científicos a lo largo de la historia, el primer avance significativo que había conseguido fue completamente casual.

Habían pasado dos semanas desde entonces. David había localizado un pequeño rinconcito en el parque de Madrid Río, donde podía realizar sus experimentos sin llamar la atención de transeúntes despistados.

Esa noche estaba intentando realizar una serie de trenzas en cadena para poner al límite la capacidad de su aguja. Lanzó una roca no excesivamente grande y mientras surcaba el aire, de golpe, se frenó. No se detuvo, redujo su velocidad como si en lugar de aire estuviese atravesando melaza. Segundos después desapareció y reapareció varios metros por encima.

La piedra cayó de golpe al suelo, con la fuerza digna de un proyectil balístico. David miró a su alrededor. La colisión había retumbado rompiendo el silencio de aquella calurosa noche. Tras cerciorarse que no había nadie cerca que pudiese haberlo escuchado, se acercó poco a poco.

La piedra se había hundido casi medio metro en el césped, despedazándose por el impacto. Al sacar uno de los fragmentos no pudo contener un grito de emoción. Era increíble. Dentro de aquel fragmento encontró una araña.

Viva.

Un sinfín de posibilidades comenzaron a ramificarse en ese momento.

Aquel descubrimiento alteraba todo lo que sabía acerca del trenzado.

Durante los siguientes días David siguió experimentando. Tuvo más errores que aciertos. Eso era la ciencia para él. Ensayo y error.

Todo su aprendizaje había concluido la noche anterior. Un pequeño paso para convertirse en el tejedor que quería ser, pero un gran salto para David.

Literalmente.

Con emoción contenida y tras aceptar el café de la profesora —efecto colateral de los largos meses de convivencia— le contó su gran hazaña. Fue un error. Si no se hubiese dejado llevar por aquel entusiasmo infantil, podría haber imaginado la reacción de D’Augio.

—¡Cómo se le ocurre! —exclamó ella. Se había puesto en pie de golpe. Su cara, desencajada por el enfado—. ¡Conocía las reglas! No sabe lo que ha hecho…

La mujer hablaba con todo el cuerpo. No quedaba nada del talante frío y calculador con que lo trataba desde que la conoció.

—¡Pensaba que le había quedado claro nuestro papel! ¡Estamos aquí para preservar el conocimiento! —retomó, cada vez más alterada.

Y David explotó.

—¡¿Para qué?! ¿Para qué preservamos algo que no se va a usar? —gritó con enfado el joven—. Se le llena la boca con ese maldito discurso filosófico… De qué sirve… —en ese instante un golpe de realidad le sobrevino—. Usted sabía que se podía hacer… ¿Verdad? —inquirió David, el enfado se había roto dolorosamente—. Me ha recriminado la imprudencia, pero no se ha sorprendido.

La profesora retiró la mirada.

El gesto le irritó mucho más que cualquier palabra.

—¡Me ha mentido! ¡Podríamos marcar la diferencia! ¡Ayudar! Pero no…

—Madonna… ¿¡Se está escuchando!? ¡Usted solo quiere reconocimiento!

—¡Nadie me vio! —mintió el muchacho.

—No entiendes nada…

—¡Explíquemelo!

—No hay nada que explicar. Fui muy clara desde el principio… —su tono de voz había bajado, la intensidad de sus palabras era hiriente. Peligrosa.

—Entonces… ¿ya está? ¿Simplemente tengo que obedecer sin rechistar, como un cachorro?

La profesora sacó su aguja. David retrocedió.

—Pensaba que usted sería diferente… Pero ahora veo que nunca estará preparado para esto. Lo siento, no voy a enseñarle nada más.

David golpeó la mesa con fuerza. La taza de café saltó, manchando el impoluto mantel.

—Le voy a demostrar que podemos marcar la diferencia —sentenció, saliendo del comedor.

—Ciao… David.

El portazo rompió el puente que les unía. Entre ellos solo quedó un abismo.