Relatos Orbitales Capítulo 3
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Capítulo 3

28 de mayo de 2020

El primer paso dolió. El camino era largo, tortuoso. Atravesó los valles del conocimiento y las montañas de la historia. Todo había cambiado. Todo seguía igual. Su destino era una llama imposible de ignorar. Al llegar a la ciudad volvía a ser.

Cuando empezó a estudiar con la profesora D’Augio, David no pensaba que sería la experiencia más exigente que le había ocurrido en la vida. Cada día era más duro que el anterior.

Durante los primeros meses tuvo que hacer el tortuoso camino en bus hasta Villa D’Augio —un nombre que había acuñado él mismo y que, por supuesto, nunca le comentaría a la profesora— tres veces por semana. Fue lo mínimo que exigió la mujer.

La académica marcaba el ritmo de aprendizaje. Sin concesiones. Él intentaba sacar información acerca de las habilidades de los tejedores, hasta que vio que era una pérdida de tiempo. Durante las primeras sesiones, se dedicaba únicamente a dibujar formas geométricas a mano alzada en la pizarra, siguiendo las precisas instrucciones de su mentora.

A David le hubiese gustado pasar más tiempo con D’Augio, pero por las mañanas tenía que acudir a la universidad y por las tardes seguía con su trabajo como profesor particular en una academia. Todo se hacía más complicado teniendo en cuenta que su mente siempre estaba entre nudos, lazos y trenzas. Aprovechaba cualquier superficie para seguir practicando. Sus cuadernos se llenaron de trazos sin sentido y escuetos apuntes.

No fue fácil.

La llegada de la pandemia supuso un punto de inflexión. Fue un mazazo para la población, pero para David implicó un avance extraordinario. Al principio le aterrorizaba la idea de no poder acudir a Villa D’Augio durante el confinamiento. Todo cambió tras dos semanas de convivencia con su madre. Durante los últimos años habían firmado un pacto tácito de no agresión. Cada uno hacía su vida y no se molestaban mutuamente. Esa tregua se rompió con la paranoia provocada por el virus.

Así pues, tomó una decisión drástica. Preparó una maleta y se fue a vivir con su mentora. D’Augio no se sorprendió y tampoco preguntó demasiado.

David pensó que con la convivencia la profesora se volvería más cercana. Nada más lejos de la realidad.

Si hasta ese momento D’Augio había sido exigente, ahora la vida del joven se había convertido en un examen constante. A pesar de que el avance era lento, la dificultad ayudaba a fortalecer la paciencia del muchacho. Trabajaba bien bajo presión y el escrutinio incesante de la profesora se convirtió en motivación pura. Después de tanto tiempo, tenía un objetivo claro. Una meta.

Los únicos momentos de tranquilidad eran cuando ayudaba a su anfitriona con las tareas de la casa. En esas ocasiones podía ver a la mujer más relajada, aunque sin romper las distancias.

Y entonces llegó el día. A finales de mayo.

Había amanecido con el cielo amenazando tormenta. Ese día David se despertó pronto y siguió la rutina que se había marcado desde que se mudó: ejercicios en la habitación, ducha y biblioteca.

Se situó frente a la pizarra. Había pasado más tiempo con esa superficie verde que con ninguno de sus amigos. Comenzó a dibujar nudos: formas geométricas se entrelazaban entre sí con un sentido que solo él y la profesora comprendían. Todos los días la misma serie.

Una hora después, el aroma del café precedió la llegada de la profesora. La tiza dejó de rasgar la pizarra, un solo instante. Y las instrucciones comenzaron.

—Velocidad… Masa… Fragilidad… Posición…

Siempre a un ritmo constante. Un mantra. D’Augio paseaba y dirigía, David trazaba.

—Elasticidad… Desplazamiento… Tamaño…

El sudor le recorría la frente. Notaba el brazo cargado. Pero no cesó. Cuando la pizarra estaba llena, borraba y volvía a empezar. Tras diez minutos. Silencio.

Era hora del examen.

—¿Cuántos nudos forman la trama de una trenza?

—Atributo, modificador, disparador y firma —contestó David sin dudar. La mirada fija en la pizarra.

—Características de un nudo atributo —preguntó D’Augio. Sus palabras iban acompañadas por el resonar de los pasos.

—Dos cabos cerrados. Dos ejes de simetría. Dieciocho unidades de altura y anchura como máximo.

—¿En qué base funcionan los numerales?

—Sexagesimal.

Las preguntas se fueron sucediendo, cada vez más difíciles. David no perdía el foco. Estaba prácticamente en trance. Sus respuestas llegaban sin tiempo a procesar la pregunta. Era un duelo de voluntades, la profesora atacaba, él se defendía.

—Cambio de peso de la aguja tras duplicar la densidad de un objeto.

El joven estaba agotado, física y mentalmente. La pregunta era complicada. La aguja se degradaba a medida que se iba utilizando su poder. Era una pregunta retorcida porque D’Augio sabía que cuando descubrió la limitación del trenzado, le había molestado. ¿Por qué algo tan extraordinario tenía límites? Es verdad que, con el tiempo, la aguja iba recobrando su poder. Pero le molestaba igual.

La respuesta era una ecuación simple. Con lápiz y papel no tendría problema. Sabía que eso no le valdría a su mentora. Aquí acababa el juego del día.

No… hoy no va a ganar, pensó con rabia. Comenzó a hacer los cálculos. Se abstrajo al máximo, si sacaba la longitud total de la trenza, lo tendría. Su mente comenzó a revolucionarse. Diseccionó la trenza por partes y…

—El cambio es del dos coma cinco por ciento.

Sentía como si hubiese corrido una maratón. Tenía la camiseta empapada en sudor. Poco a poco, comenzó a darse la vuelta. La profesora sonreía con orgullo.

David le devolvió la sonrisa. Hacía tiempo que no sentía tanta felicidad.

—Bien. Ha llegado el momento —dijo la mujer con expresión solemne—. Siéntese.

David se acercó con paso cauto a la zona de lectura mientras D’Augio se perdía entre los armarios y estanterías. Se dejó caer en el mullido asiento. Sabía lo que iba a ocurrir y todavía no podía asumirlo. El agotamiento amortiguaba el ansia.

La profesora volvió minutos después. Colocó una piedra azul sobre la mesa. Al igual que la aguja, también era translúcida, sin tallar. David conocía el procedimiento.

—¿Es…?

—Sí, un zafiro —contestó su mentora antes de que su pupilo pudiese formular la pregunta.

D’Augio empuñó su aguja. Comenzó a moverla alrededor de la piedra, con precisión. Sin prisa. Sin pausa. David podía atisbar, en el fondo de su mente, una serie de destellos en el aire que desaparecían al momento.

Cuando la profesora paró, la piedra comenzó a fundirse mientras se expandía. En cuanto la sustancia quedó inerte, David comenzó a modelarla. Tenía una consistencia similar a la arcilla. Trabajó durante varios minutos. Notaba cómo poco a poco iba recuperando su dureza original.

La aguja de David, a diferencia de la de D’Augio, era algo curva, ensanchándose en la base para mayor comodidad. La mesa se iluminó. Podía ver la compleja trenza que había tejido la profesora. Era distinta a las que él había estudiado. Más compleja, circular.

—La trenza de enlace es muy antigua. Se ha perdido su comprensión. Todos los tejedores la memorizamos para poder seguir con nuestra labor —dijo la mujer, adivinando como casi siempre lo que estaba pensando el joven.

David asintió.

Solo faltaba un pequeño detalle. Miró a los ojos grises de su mentora. Ella le devolvía la mirada con impaciencia. La misma ansia que sentía él. Trazó su nudo firma.

David supo que nunca volvería a ser el mismo. Notó la energía fluyendo por su cuerpo, atándolo y liberándolo. Experimentaba el poder, inmenso, infinito. Se sintió pequeño. Podía verlo todo. Comprendió y se asustó. El tejido de la realidad estaba ante él, en cada una de las partículas, en cada objeto. Cada uno de ellos era único y a la vez se urdía y tramaba con todo lo demás.

La explosión sensorial duró un solo instante. Una vida entera para el joven.

Después, oscuridad. Todo había vuelto a la normalidad. Salvo él.

David había renacido. Ahora era otra cosa.

Un tejedor de realidad.