Capítulo 2
19 de septiembre de 2019
Electricidad. Las sinapsis volvían a florecer a medida que las fibras musculares comenzaban a danzar. Un simple espasmo y la oscuridad que reinaba en sus pupilas se hizo luz. Un nacimiento y una resurrección.
Había pocas cosas en el mundo que David odiase más que el transporte público. El metro lo podía tolerar, aunque ir todos los días a Ciudad Universitaria con el vagón repleto de preadolescentes que pensaban que Axe era un Pokémon, era todo un reto. Pero cuando vio que la única forma de llegar al domicilio de la profesora D’Augio implicaba casi una hora de trayecto en una línea de autobús interurbana, se planteó seriamente si merecía la pena.
Después de lo ocurrido en el despacho de la docente, su cabeza no dejaba de dar vueltas. Tal y como le dijo la mujer, su mundo había cambiado. Se había criado en una familia exigente, muy exigente. El fracaso no se toleraba. Siempre le había resultado irónico, ya que precisamente sus padres habían acabado divorciándose por esa ambición desmedida.
Su padre era un importante físico teórico. Cuando le ofrecieron la oportunidad de trabajar en el equipo que había conseguido el Nobel por la descripción teórica del bosón de Higgs, no dudó. En apenas una semana tenía los papeles del divorcio firmados y se estaba embarcando en un avión rumbo a Suiza, dejando a una esposa que aborrecía y a un hijo decepcionante en Madrid.
David no se lo reprochaba. Él tampoco soportaba a su madre y el desdén que siempre le había ofrecido aquel hombre se había convertido en el combustible necesario para intentar superarse día a día. Hasta ese momento solo había encontrado frustración. Parecía estar siguiendo un camino previamente pavimentado. Pero tras lo ocurrido el día anterior, podía alejarse. Un cambio de dirección total.
Con esos pensamientos en mente, por fin llegó a la última parada. Bajó del vehículo y pudo respirar el aire fresco de la sierra, contrastando con el mareante olor a polvo y humedad de la tapicería del autobús, que había ido macerando a lo largo de años.
Tras quince minutos caminando por una carretera a la que le quedaba muy grande ese nombre, pudo ver la pista de tierra que le había indicado la profesora. Al acercarse observó al fondo del camino una gran estructura de piedra. Parecía una muralla medieval. De hecho, cuando se encontró con una barrera metálica y un telefonillo al final de la senda, se sorprendió. Un gran portón de madera y dos guardias en armadura hubiesen encajado mucho mejor.
Llamó al timbre y, sin ningún tipo de respuesta, la reja comenzó a moverse con un sonido chirriante.
No había un castillo tras la puerta, pero lo que se encontró era igualmente impresionante. El terreno era enorme. Un jardín con una belleza natural impactante. Parecía tener un descuido controlado. Integrado en el muro exterior había un garaje donde se podía ver un Mini rojo y blanco en un estado impecable. Y coronando la vista: la casa. Una monumental construcción de dos pisos con fachada de piedra y madera oscura. David nunca había experimentado problemas de espacio. Desde que tenía uso de razón había vivido en un gran piso en pleno centro de la ciudad. Pero aquello era diferente. Era una extensión de la personalidad de D’Augio en todos los sentidos.
La profesora le estaba esperando sentada en un sofá de mimbre que había en el porche. El aroma de café le llegó antes de que la mujer dijese nada.
—Buenas tardes, señor Vidal —saludó educadamente la mujer—. ¿Le gustaría un café? —preguntó levantando la taza que sostenía.
—Buenas tardes, profesora. Se lo agradezco, pero no me gusta el café.
La mujer puso los ojos en blanco.
—Eso explica muchas cosas —una media sonrisa se formó en sus labios—. Sígame.
David hizo caso omiso a esa pequeña pulla. Todavía se avergonzaba por lo ocurrido en el aula.
Siguió a la profesora al interior. Mientras recorría el gran pasillo central pudo ver fugazmente varias estancias. La madera y los muebles clásicos empastaban con detalles de decoración contemporánea. No solía fijarse mucho en esa clase de detalles, todo el mobiliario de su habitación era funcional. Por eso mismo supo que debía ser muy llamativo.
—El servicio está aquí —dijo la profesora, señalando una puerta a su derecha—, y al final del pasillo está la cocina.
Parecía estar en una visita inmobiliaria con una guía poco entusiasta.
—Bonita casa —comentó el joven, intentando romper el hielo.
—Muchas gracias, señor Vidal —le contestó sin darse la vuelta.
—Puede llamarme David.
—Oh, no, no. Solo tuteo a las personas que me caen bien. Y nunca a mis alumnos —contestó la docente, girando a la derecha, hacia unas escaleras.
Otra vez esa actitud. Todas las conversaciones con aquella mujer parecían poner a prueba la paciencia de David. Sabía que era uno de sus puntos débiles. Pero tenía demasiado que perder si no controlaba su irritación.
—No lo conozco lo suficiente para saber si me cae bien —prosiguió la profesora—. Lo del café no suma puntos, ciertamente. Lo que sí sé es que va a ser mi pupilo durante bastante tiempo.
La mujer abrió una puerta que se encontraba al final de la escalera. El muchacho sintió un leve tirón en el estómago. Otra vez esa sensación, pensó con cierta emoción.
David se quedó sin palabras. Esperaba encontrarse con un despacho similar al de la universidad. Quizás un pequeño salón. Pero, desde luego, no con una inmensa biblioteca circular de varios pisos de altura.
—Pero… esto es imposible
—Pronto descubrirá que, para nosotros, lo imposible es relativo —dijo la profesora, poniéndole una mano en el hombro—. Por favor, siéntese.
Al fondo de la estancia había un rincón de lectura. Los butacones eran exactamente los mismos que D’Augio tenía en su despacho. Permaneció en pie mientras David se acomodaba. Se sintió pequeño.
La mujer se tomó su tiempo antes de hablar, apurando el café. David comenzó a tamborilear con los dedos en el reposabrazos. Sabía que iba a ser muy complicado, pero pensó que por otros motivos.
—Bien —dijo por fin su anfitriona, mientras colocaba la taza sobre la mesa de centro—. Supongo que no hace falta decirle que, lo que ocurra aquí, debe quedarse aquí.
—¿Me está haciendo una proposición indecente, profesora? —Mientras lo decía, David sabía que estaba tensando la cuerda. Pero necesitaba esa válvula de escape.
La mujer le fulminó con la mirada.
—Tal y como le dije ayer, tanto usted como yo somos especiales…
—¿Cómo lo supo? —preguntó David, sin poder contenerse.
—Le rogaría que no interrumpiese cuando hablo. Aunque la pregunta es lícita. Estamos preparados para reconocernos: en cuanto estuvo cerca, lo noté —explicó la profesora enfatizando las últimas palabras señalando el vientre—. Imagino que usted también.
David afirmó con la cabeza, tenía muy presente la sensación que sintió al cruzar la puerta del aula.
—Ayer le hice una pequeña demostración de lo que somos capaces de hacer.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Sin lugar a dudas, aquella muestra había funcionado.
—Nuestras capacidades van mucho más allá de eso. Residen en la posibilidad de alterar el tejido de la realidad, reescribirla a nuestra voluntad. No se trata de recitar palabras mágicas y sacar un conejo de la chistera. Hay reglas, normas y límites.
—Bueno, lo que hizo ayer con ese pasador se parecía bastante a agitar una varita mágica —dijo David, señalando el moño de la profesora.
D’Augio resopló. Otra interrupción, pensó el joven. Tenía que mantener la boca cerrada.
—Disculpe, profesora.
—Al menos, parece observador. Como iba diciendo, hay limitaciones, podemos alterar ciertas propiedades físicas, pero no cambiar la naturaleza de los elementos ni tenemos la capacidad de influir directamente en los seres vivos.
Otro escalofrío. Era la primera vez que la mujer le miraba directamente a los ojos. Esa regla debía ser importante.
— Y, sobre todo —dijo D´Augio sentándose al fin—, no existimos para alterar o influir en el mundo. Nuestra principal misión es ser guardianes del conocimiento.
David frunció el ceño. ¿Guardianes del conocimiento? No tenía muy claro hasta dónde llegaban esas habilidades. Pero sí intuía que se podían hacer grandes cosas con ellas. Marcar la diferencia.
La mirada de D’Augio era inquisitiva. Parecía leer, palabra por palabra, lo que estaba pensando David en ese momento.
—Entendido —afirmó el joven. Era lo que debía decir.
El silencio se extendió hasta volverse incómodo.
—Profesora… ¿Hay muchos como nosotros?
—Llevo más tiempo del que me gustaría reconocer, y más del que usted estaría dispuesto a creer, buscando a otro pupilo —dijo la mujer. La seguridad con la que solía hablar se diluyó con ese comentario.
David pudo notar dolor en esas palabras.
—Así que no, no quedamos muchos —retomó D’Augio recobrando su tono habitual.
Con un movimiento fluido, la profesora se quitó el pasador que había mencionado David previamente.
—Esto es la aguja —comentó la mujer mostrando el alfiler—. Es nuestra fuente de poder.
La colocó con delicadeza sobre la mesa quedando en perfecto equilibrio sobre la punta. Parecía hecha de cristal azul, translúcido. La superficie se bañó en un reflejo azul hipnótico. David parecía estar en trance. Notaba algo. Un poder contenido que le llamaba. Lo necesitaba.
Extendió la mano para tocarla. D’Augio se adelantó.
—Todavía no. Primero debes aprender. Luego tendrás tu propia aguja.
—¿Cómo funciona? —preguntó el muchacho con ansia en sus ojos.
—Es complejo de explicar. En resumen, con ella podemos crear las trenzas que alteran la realidad.
—¿Trenzas? ¿Qué son…Hechizos? ¿Conjuros?
—Por favor, no sea crío. Son ecuaciones y fórmulas que describen los efectos que deseamos obtener. No tiene nada que ver con los latinajos absurdos de la ficción.
—Y la gente que no tiene esa habilidad… ¿puede ver las alteraciones? —interrumpió de nuevo David.
La profesora suspiró.
—Los seglares pueden ver las alteraciones, sí. El proceso… solo aquel que está realizando el trenzado.
—¿Seglares? No serán los muggl…
—¡Basta ya de referencias pop, señor Vidal! ¡Espero de usted un poco más de seriedad! Llevo décadas intentando encontrar a alguien para transmitir ese conocimiento. Si tengo que seguir buscando, lo haré —sentenció D’Augio, levantándose de golpe.
En ese momento, David supo que había ganado esa pequeña batalla y sonrió.
—Disculpe, profesora. Solo quería romper la tensión. Le aseguro que me lo voy a tomar en serio.
La mujer se dejó caer de nuevo en el asiento. David notó el peso de la edad por primera vez en D’Augio.
—¿Y cuándo dice que tendré mi propia aguja?
—Oh, cuando yo crea que está preparado, señor Vidal.
Una traviesa sonrisa atravesó el rostro de la mujer.