Capítulo 1
18 de septiembre de 2019
Un latido. El primero después de lustros. Todo seguía igual… pero sentía… algo. El eco de un susurro. El recuerdo de un roce. Otro latido.
¿En qué momento se había apuntado a esa maldita asignatura?
David subía las escaleras de la facultad con paso grave. Apenas había dormido. La noche anterior sufrió una jaqueca terrorífica. Otra vez. Pero le había prometido a Berni, uno de los pocos compañeros de carrera que podía tolerar, que iría.
El muchacho le había convencido de cursar cristalografía para completar sus créditos de optativas. Sus argumentos habían sido —por supuesto— completamente académicos: «La profesora D’Augio está buenísima, una auténtica MILF».
A David eso le importaba muy poco. Estaba siendo pragmático: una asignatura supuestamente sencilla y alguien a quien pedir apuntes. Ni más ni menos.
Miró de reojo el reloj y aceleró el paso. El aula estaba cerrada. Mala señal. Abrió la puerta intentando ser lo más cuidadoso posible.
Al cruzar el umbral el estómago le dio un vuelco. Sintió lo mismo que, cuando bajando unas escaleras, te encuentras un peldaño más de la cuenta.
¿Qué ha pasado?, pensó David tras recuperarse de la impresión.
Alzó la vista intentando encontrar a Berni entre el bullicio de alumnos que sacaban sus enseres y charlaban. Se quedó paralizado. Unos ojos grises, gélidos, se encontraron con los suyos. Fue un solo instante. Suficiente.
Localizó a su compañero en las primeras filas. Mientras esquivaba mochilas y sillas tuvo que admitir que Berni tenía razón: la profesora D’Augio era una mujer con un atractivo fuera de lo común. No era una belleza voluptuosa o chabacana. Era elegante, prácticamente aristocrática. El propio David se sorprendió del impacto que le había provocado con apenas un vistazo.
—¿Está buena, eh? —susurró Berni con sonrisa diabólica pasándole el brazo por los hombros para acercarse—. ¡Te lo dije!
David no respondió. No quería darle esa satisfacción. Apartó el brazo de Berni sin muchas sutilezas y comenzó a sacar su cuaderno y bolígrafos. Era de los pocos que utilizaban tinta y papel durante las clases. Se sentía como un cazador paleolítico en la Gran Vía mientras el resto de alumnos tecleaban a toda velocidad en sus portátiles y tabletas.
La profesora carraspeó y el silencio inundó el aula. El joven se quedó fascinado. Pocos docentes conseguían ese efecto hoy en día.
Normalmente, la primera clase de todas las asignaturas solía ser una anodina presentación del programa. Una pérdida de tiempo. La profesora debía pensar como él ya que solo les dio tregua durante el primer minuto, mientras apuntaba su nombre en la pizarra —Francesca D’Augio— con una letra legible, sin adornos, perfecta. Demasiado perfecta.
Desde luego, eso llamó su atención. Pero había algo más en aquella mujer que le intrigaba. No sabía si esa sensación en la boca del estómago le estaba condicionando, pero notaba una extraña atracción. Como si un hilo invisible tirara de él y no pudiese dejar de prestar atención a todos sus movimientos.
A pesar de aquel misterioso magnetismo, los párpados comenzaron a pesarle a medida que la voz grave de la profesora explicaba con minucioso detalle qué era y para qué servía el estudio de la cristalografía.
Un dolor punzante en el costado le despertó. Abrió los ojos de golpe. Al enfocar la mirada se encontró con el afilado rostro de D’Augio delante de su mesa. El murmullo de risas se apagó cuando la profesora frunció el ceño.
—Pro…Profesora —balbuceó el joven—. Disculpe… yo… no…
—¿Cómo se llama? —la frialdad marcaba cada una de sus palabras.
—David, David Vidal —contestó. Mientras tanto sus mejillas comenzaron a delatar la vergüenza que estaba pasando.
—Bien, señor Vidal, me gustaría verle a las tres en mi despacho —dijo D’Augio de manera cortante—. Ahora, si hace el favor, abandone mi aula.
La profesora se giró y siguió con la clase mientras volvía a la pizarra. No miró hacia atrás para ver si David obedecía. No le hizo falta.
…
Diez minutos antes de la hora pactada, el muchacho volvía a subir por las escaleras de la facultad. La humillación que había sentido le había quitado el sueño de golpe. Una bofetada para espabilarse.
Llegó al departamento de Estructura de la Materia y, tras pasear nervioso y darse cuenta de que por mucho que mirase el reloj las manecillas no iban a ir más rápido, se sentó en el pasillo, frente al despacho de la profesora.
Odiaba esa sensación de incertidumbre. ¿Podrían suspenderle la asignatura? La necesitaba para poder licenciarse, no podía perder otro año en esa maldita facultad. Sería un auténtico fracaso. Pudo imaginarse la mueca de desdén de su padre si no se graduaba ese curso. Aunque tampoco creía que ese gesto cambiase mucho si lo hacía.
Volvió a mirar el reloj. Faltaban tres minutos. La impaciencia le derrotó y, levantándose de un salto, tocó tres veces a la puerta.
—Adelante —escuchó de forma amortiguada a través de la madera.
David entró con la cabeza gacha. Intentaba aparentar arrepentimiento y dejar de lado la rabia que había sentido.
—Estoy con usted en un minuto —dijo la profesora sin alzar la mirada, mientras escribía en una agenda.
El joven se quedó ahí, de pie. A pocos centímetros de la puerta. Volvió a sentir eso. No sabía qué hacer, solo se escuchaba el rasgar del bolígrafo sobre el papel. Miró a su alrededor. Había estado en otros despachos de la facultad. Todos tenían un aspecto similar: aséptico, prestado. El de la profesora D’Augio era diferente. Tenía carácter. Había una combinación extrañamente armónica entre el mobiliario propio de la universidad y alguna pieza que bien podría estar en un anticuario. En lugar de las típicas sillas funcionales, había un par de butacones tapizados en terciopelo azul marino que hacían juego con la gran mesa que la profesora empleaba como escritorio.
El sonido del bolígrafo sobre la mesa devolvió a David el foco sobre la mujer. Su mirada era dura, firme. Encajaba con su aspecto. El muchacho tragó saliva y decidió que era el mejor momento para disculparse.
—Profesora… siento lo ocurrido…
—Coja una tiza, señor Vidal —interrumpió la docente señalando una pizarra que ocupaba parte de una pared del despacho.
David frunció el ceño. No pudo evitar pensar en el opening de Los Simpson. ¿Le iba a obligar a escribir: «No debo quedarme dormido en clase» cien veces?
Tragándose el orgullo decidió obedecer. Apretó los dientes para evitar que se le pudiese escapar algo de lo que se arrepentiría.
La profesora se levantó del butacón y se situó a su espalda. David miró de reojo. Todo el enfado se convirtió en nerviosismo. ¿Por qué le afectaba tanto esa persona?
—Dibuje un círculo —dijo ella sin mayor explicación.
—¿Perdón?
—¿Qué palabra no ha entendido? Se la puedo explicar si lo necesita.
Si esa mujer estaba poniendo a prueba la paciencia de David hacía un trabajo encomiable. El tono le recordó poderosamente a los reproches habituales de su madre. Lo odiaba.
Respiró hondo.
Con un amplio movimiento, en un solo trazo, dibujó un círculo casi perfecto. Esbozó una ligera sonrisa de desafío.
Desde que tenía uso de razón, el chico había tenido una capacidad innata para el dibujo técnico. Qué extraño, pensó David.
—Bien —dijo ella cogiendo otra tiza. Trazó una línea recta dividiendo el círculo en dos mitades—. Paralela a la derecha. Cinco centímetros.
El desconcierto se podía leer en el rostro del joven con letras mayúsculas. El enfado que sentía se iba convirtiendo en curiosidad. Miró la pizarra y con soltura trazó la paralela tal y como había solicitado la mujer.
—Cerca, cerca —murmuró la profesora para sí misma.
—¿Podría explicarme…?
—Perpendicular a treinta grados de la recta —ordenó la docente clavando su mirada en David.
Sin un solo pensamiento en su mente, actuó, casi por instinto. Sin dejar de mirar a la mujer. Trazó una línea perfecta.
Ella observó la pizarra y volvió a mirarla. Se acercó hacia el chico.
No supo cómo reaccionar. D’Augio estaba apenas a unos centímetros. Podía oler perfectamente su sutil perfume, ver las líneas de expresión que se habían suavizado ligeramente. Durante un brevísimo instante se quedó hipnotizado. Mirándola. El pelo, apretado en un moño, era completamente negro, brillante, solo manchado por un fino mechón blanco que le cruzaba desde la frente. ¿Qué edad tiene esta mujer?, pensó fascinado.
Dio un paso atrás. D’Augio sonrió sutilmente.
—Siéntese, por favor —dijo la profesora mientras volvía a su escritorio.
David aprovechó los tres pasos que le separaban del otro asiento para serenarse. Notaba que su pulso se había acelerado. Sabía que, en esa misma situación, con cualquier otra persona, habría estallado. En cambio solo sentía intriga y cierto temor.
—Dígame, señor Vidal, ¿cada cuánto sufre migrañas?
La pregunta acabó de desarmarle por completo.
—¿Cómo…cómo sabe…? —negó con la cabeza cuando vio que la profesora arqueaba una ceja— Cada dos o tres meses.
—¿Auras?
David cerró los ojos. Tenía grabados en la retina aquellos destellos azules que acompañaban a sus terribles dolores de cabeza.
—Siempre.
—¿Suele enfermar con frecuencia?
David se sentía de pronto en una extraña consulta médica. Reflexionó un momento. La migraña le había dejado incapacitado varias veces, de eso no tenía dudas, pero no recordaba ninguna gripe o resfriado importante. De hecho, en primaria, fue uno de los pocos niños que se salvaron de una epidemia de varicela. Guille, uno de sus mejores amigos de la infancia, había estado hospitalizado por el virus.
Miró fijamente los ojos grises de la profesora. Ya no había severidad en ellos sino triunfo.
—No, ¿verdad? —se reafirmó la mujer.
David volvió a negar lentamente.
—Bene…bene —dijo la profesora levantándose del sillón.
Se sorprendió al escuchar las palabras en otro idioma. Su nombre no dejaba mucho espacio a la imaginación, la procedencia era clara. Sin embargo, hasta ese momento su castellano había sido perfecto, sin atisbo de acento.
La profesora se quedó de espaldas al escritorio, las manos cruzadas a la espalda. David tuvo la necesidad de romper el incómodo silencio.
—Profesora, disculpe. ¿Me podría explicar de qué va todo esto? —hizo un esfuerzo sobrehumano para intentar no sonar molesto. No lo consiguió.
D’Augio no contestó. Comenzó a caminar de un lado a otro. Con calma. Como si no hubiese escuchado nada. David agarró con fuerza el reposabrazos. Se estaba cansando ya de juegos.
Un instante antes de que el joven se levantase y perdiera las formas definitivamente, la profesora habló.
—Lo que le voy a contar, señor Vidal, le va a resultar complicado de aceptar —mientras hablaba seguía con su paso calmado—. Desde el inicio de la humanidad, las historias sobre gente extraordinaria han ido calando. Forjando mitos y leyendas. En algunas culturas acababan convertidos en dioses, en otras, en hechiceros o brujas…
A medida que hablaba, David iba aflojando la presión que ejercía sobre la silla. La conversación había tomado la tangente más inesperada que podría haberse imaginado.
—No hablo de prestidigitadores o curanderos —continuó D’Augio—. Hablo de personas que realmente podían realizar hazañas fuera de lo común —mientras hablaba, acentuaba las palabras con las manos—. Personas que tenían la capacidad de alterar la realidad a su antojo. En la antigüedad se denominaban a sí mismos Aletoplectas —la profesora se paró en seco y miró a David a los ojos— Tejedores de la realidad.
Por enésima vez en aquel despacho, se quedó sin palabras. ¿Magos, brujas, dioses? ¿Qué clase de tonterías estaba diciendo la docente?
El joven dio un respingo cuando la mujer apoyó de golpe las manos sobre el escritorio.
—¡Yo soy una de esas personas! Una tejedora. Y me temo… que usted también.
—Está como un cencerro —dijo David. Sus palabras apenas audibles mientras se levantaba de la butaca.
Comenzó a caminar hacia atrás. Intentando poner distancia, pero sin perder contacto visual. La mujer amplió su sonrisa. Una sonrisa que puso los pelos de punta al muchacho.
La profesora rodeó el escritorio y fue acercándose al muchacho. Poco a poco. David miró de reojo la puerta. Quería correr. No le dio tiempo.
Ocurrió en un latido. Apenas pudo ver un destello azul y una melena negra ondeando. Las paredes del despacho se alejaron violentamente. El suelo temblaba y una sensación de vértigo le inundó la garganta.
Las baldosas se deslizaron bajo sus pies. Trastabilló mientras todo a su alrededor se alejaba. Intentó gatear alejándose de la terrorífica figura que se había erguido y caminaba hacia él, ajena a todo lo que ocurría alrededor. Pero la puerta estaba lejos, a decenas de metros.
Todo se detuvo. Ella no.
Los muebles, antes hacinados, ahora estaban en extremos opuestos.
Comenzó a arrastrarse hacia atrás. Sin perder de vista a D’Augio. Podía sentir cada uno de los pasos retumbando. Cada vez más cerca.
Súbitamente, las paredes volvieron a su lugar acompañadas de una sensación de caída en horizontal.
Notó un impacto y su mundo se apagó.
~
Abrió los ojos, desorientado. No sabía dónde estaba. Su campo de visión se limitaba a manchas oscuras sobre fondo blanco. Poco a poco, al enfocar, se encontró con la mano tendida de la profesora D’Augio.
—Bienvenido al primer día del resto de su vida, señor Vidal.