Relatos Orbitales Capítulo 7
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Capítulo 7

Al otro lado, se vislumbraba un bosque espeso. Jimmy podía intuir los troncos de los árboles perfilados por la luz de la luna que brillaba en un cielo despejado. Le llegó el olor de los abetos, los helechos y los alisos, y el viento frío que soplaba entre las hojas. Escuchó el ulular de un búho y el crujido de una rama.

Era fascinante. ¿Su dibujo tenía dentro otro dibujo? Pero eso no parecía hecho con tiza, parecía… real.

Los pensamientos se agolparon en su cabeza. Estaba deseando contárselo a sus padres, a Roy… traería a la pequeña Darcy, y contemplarían juntos el bosque mágico desde la puerta que Jimmy había dibujado. Es más, dibujaría otra puerta en su habitación, y la mirarían todas las noches antes de dormir, compartiendo historias.

La señora Magpie le golpeó ligeramente el hombro al pasar por su lado y atravesar la puerta.

—¿Vas a entrar, o no? —preguntó volviéndose a mirarle. La urraca de su hombro graznó, como si también quisiese decirle algo.

Jimmy solo dudó un instante. Se moría por poner los pies en aquel mágico lugar que había salido de sus tizas. En cuando sus zapatillas tocaron la hierba el aroma de la vegetación inundó sus pulmones, más intenso que nada que hubiese olido antes. Levantó la vista y pareció como si la luz de las estrellas le inundase los ojos. De pronto, la caja de tizas vibró en sus manos.

—¿Qué ocurre? —dijo más para sí mismo, pero fue su ya no tan anciana vecina quien respondió.

—Las tizas saben que han vuelto a casa —dijo con una sonrisa—. Notan la magia del Reino Oculto.

—¿El Reino Oculto?

—No pensarás en serio que unas tizas vulgares pueden crear puertas mágicas, ¿verdad? —la señora Magpie frunció el ceño, pero aún sonreía —Te creía más listo, Jimmy Bell.

—Yo… —empezó el chico, examinando boquiabierto alrededor. La luz plateada de la luna teñía unas montañas enormes que se divisaban a lo lejos. A pesar de la distancia, se dio cuenta de que distinguía con claridad cada pico salpicado de nieve, cada protuberancia. Los nidos de las águilas e incluso una pequeña cascada que emergía por una de las cavidades de roca. Sin embargo, estaban muy, muy lejos. ¿Cómo era posible? ¿Y dónde estaba exactamente? ¿A qué se refería la señora Magpie con el Reino Oculto?

Volvió la cabeza de forma intuitiva y comprobó que su puerta aún estaba abierta. Al otro lado, iluminado ya únicamente por las bombillas amarillentas, podía distinguir el maltrecho jardín trasero de su vecina.

—Entiendo —dijo ella de pronto. Su voz sonaba más profunda y un poco musical en aquel bosque —. Tienes muchas preguntas. Habrá tiempo para responder a todas ellas, pero ahora tenemos algo más importante de que ocuparnos —añadió, señalando enigmática el firmamento.

Lo que Jimmy vio le cortó la respiración. En el cielo, donde antes se alzaba la luna solitaria, había una figura imponente con las alas extendidas, atravesando el astro de lado a lado.

—¿Eso es…? —dijo, atónito.

—Sí —confirmó la señora Magpie con una tranquilidad pasmosa —, ahí está tu dragón. Y parece que viene hacia aquí —Jimmy dio un respingo. La criatura planeaba por el cielo y, efectivamente, cada vez se acercaba más. Quiso correr hacia la puerta, pero las piernas no le respondían. Se sentía entumecido de cintura para abajo —. ¿Y bien? —añadió la señora Magpie volviéndose hacia él— ¿Qué vas a hacer?

Jimmy la miró como si estuviese loca. ¿Cómo que qué iba a hacer ÉL? Entonces se le ocurrió.

—Estoy soñando —dijo, casi más para si mismo que para su interlocutora—. Seguro que me he quedado dormido sin darme cuenta. O a lo mejor me caí de la bici y me golpeé la cabeza.

Sonaba probable. Al menos más probable que un dragón que sobrevolaba los cielos en un paraje al que se accedía por una puerta pintada de tiza.

La señora Magpie le alcanzó en dos zancadas y le dio un pellizco en el brazo.

—¡Ay! —exclamó Jimmy.

—Duda resuelta —levantó la vista hacia el cielo. La figura se hacía más grande a medida que la distancia se acortaba. Señaló con la cabeza una piedra enorme que a Jimmy le había pasado totalmente desapercibida—. Ahí tienes. Mucha superficie. Pinta algo —indicó, empujándole con suavidad es esa dirección.

—¿Algo cómo qué? —respondió Jimmy, presa del pánico, mientras se frotaba el brazo allí donde había recibido el pellizco.

—¡Lo que sea! —la señora Magpie empezaba a perder la paciencia. Movió sus manos—. Una espada, una ballesta, una catapulta… ¡cualquier cosa que sirva contra un dragón!

Un rugido llego del cielo. Nos ha visto, pensó Jimmy.

La señora Magpie volvió a apremiarle y el niño corrió hasta la piedra. La superficie no era perfectamente lisa, pero podría valer. Intentó recordar los dibujos que había hecho alguna vez cuando le contaba cuentos a Darcy sobre caballeros y princesas, o los que había visto en las películas y la tiza comenzó a rasgar la piedra. Se concentró en que pareciese lo más realista posible, incluso utilizó distintos colores para la hoja y el puño. Cuando terminó, la espada se deslizó por la superficie de la roca y cayó al suelo. Iba a recogerla cuando, entonces se dio cuenta: era muy improbable que consiguiese acercarse tanto al dragón como para hacerle daño con una espada —de hecho, no quería ni pensarlo—, pero con toda seguridad el monstruo podría hacerle mucho más daño a él, así que necesitaría protegerse. Volvió a coger las tizas y pintó entonces un escudo, sin mucho adorno, una simple pieza de hierro que pudiese resistir… ¿los arañazos? ¿las llamas?

Le costó levantar sus obras del suelo, pero haciendo un esfuerzo se colocó junto a la señora Magpie.

—No está mal —la mujer asintió en señal de aprobación. Jimmy se dio cuenta de que, si bien su cabello seguía siendo plateado y su rostro acusaba el paso del tiempo, tenía un destello jovial en la mirada que hacía imposible averiguar qué edad tenía realmente. En su pecho, el líquido contenido en el medallón brillaba y se movía, como impaciente.

Definitivamente, no había rastro de la anciana de vestidos estridentes y sombreros ridículos.

—Señora Magpie —reconoció el chico, temblando de pies a cabeza—. No entiendo nada. Y tengo mucho miedo.

Su vecina le dirigió una sonrisa cargada de ternura y compasión, muy parecida a la que le dedicó cuando encontró a Jimmy llorando en el jardín hacía sólo unas pocas horas, aunque parecía que hubiese pasado un siglo. Se arrodilló para ponerse a su altura.

—Claro que tienes miedo —dijo con dulzura—. Por eso estás aquí. Te hice llegar las tizas para que pudieses venir al Reino Oculto. Te enseñaré a enfrentarte a dragones de verdad, para que puedas enfrentarte después a los dragones de tu mundo.

Al principio, Jimmy no comprendió. En su mundo no había dragones de verdad, salvo el que él había dibujado en el muro justo antes de que apareciese…

—Oh… —exclamó cuando logró unir las piezas—. ¡Ya entiendo!

—¡Claro que sí! —la señora Magpie le dio un apretón en el brazo, satisfecha — ¡Sabía que eras un chico muy listo!

Un gran estruendo les hizo tambalearse. Al mirar, vieron la enorme criatura que acababa de aterrizar con todo su peso, levantando varios fragmentos de tierra allí donde había impactado con sus patas. Sus ojos amarillos les encontraron y abrió las fauces para emitir otro rugido amenazador.

—Bien, Jimmy —la señora Magpie se colocó a su lado. Cruzó los brazos frente al pecho y del medallón surgieron unas llamas violáceas que se extendieron desde la punta de sus dedos hasta el codo. Después adoptó una posición de combate—. Quédate a mi lado y haz todo lo que te diga —sonrió confiada y, de pronto, Jimmy notó un calor en el pecho—. Vamos a darle una buena paliza a ese dragón.

LA AGUJA ZAFIRO

De Paco Garrido

Género literario: Thriller fantástico

PRÓLOGO

24 de agosto de 2021

A Fernando, Fer para los amigos, le encantaba Madrid en agosto. En especial a altas horas de la madrugada, cuando el calor del día se había disipado y podía salir a correr tranquilamente mientras escuchaba música.

Durante el resto del año era imposible trotar por la calle Segovia sin tener que pararse cientos de veces para dejar pasar a gente, o estar cambiando de acera cada dos por tres para no perder el ritmo de carrera.

Fer corría solo por afición, para desestresarse de la vorágine del día a día y, por qué no decirlo, mantener un poco la forma. Pero tenía una filosofía clara: si haces algo, hazlo bien. No valen medias tintas, así que, si salía a correr, lo hacía en serio.

Sus compañeros de trabajo no lo comprendían. Cuando se lo contó a Helena, la nueva incorporación a la oficina, prácticamente se había reído de él y le había dicho: «¿Te levantas a las 4 de la mañana para correr? Vamos, ni aunque mi vida dependiera de ello. Además, ¿no sabes que no pasa nada bueno a partir de las 2 de la mañana?»

A Fer se le ocurrían un par de cosas que podrían pasar a partir de las 2 de la mañana y más con Helena, que seguro serían muy buenas. Pero ella no comprendía su filosofía.

¿Podría salir con alguien que no respetase ese aspecto de su vida? Por esa chica, quizá haría el esfuerzo.

De hecho, Fer consideraba que tendría que ser una persona digna de admiración, no le gustaba la falsa modestia y siempre era el mejor en lo que se proponía. En solo dos años había ascendido de vendedor puerta a puerta a jefe de la oficina inmobiliaria, y tenía claro que era el mejor posicionado para convertirse en director del distrito centro.

Con todos estos pensamientos en la cabeza llegó al semáforo que precedía al famoso viaducto de Madrid y, tal como hacía cada día, se paró para cruzar y subir por las escaleras hacia el centro. Siempre la misma ruta, constancia y planificación. Aunque no había nadie en la calle, aprovechó el semáforo en rojo para beber agua y hacer unos estiramientos.

Y entonces lo vio: en lo alto del viaducto, una figura completamente de negro, con los brazos en cruz. A Fer le comenzó a latir el corazón muy rápido. Sabía lo que iba a ocurrir segundos antes de que sucediese. Mientras intentaba sacar el móvil de su camiseta técnica, la figura saltó al vacío.

Se quedó completamente paralizado, aturdido. Comenzó a ver la escena a cámara lenta, mientras su pulso se aceleraba.

Un momento. No era fruto de la adrenalina. Realmente la figura estaba cayendo a cámara lenta

— ¡Qué cojones! — exclamó en voz alta.

Y entonces, a unos 10 metros del suelo, la figura desapareció.

Fer tuvo la sensación… no, tuvo la certeza de que, justo antes de desaparecer, la figura le había dirigido la mirada.

Con el nerviosismo en el cuerpo, salió corriendo en dirección a su casa, pensando para sí mismo que Helena tenía razón: nunca ocurría nada bueno después de las dos de la madrugada.