Capítulo 6
Jimmy dedicó un rato a pensar en su mural. La señora Magpie se marchó, supuso que a preparar la limonada. Cuando se decidió, abrió la caja de tizas acariciando su superficie cambiante.
Empezó por un árbol. Las raíces, el tronco, cada una de las hojas... Se dio cuenta de que las tizas le permitían dar muchos más matices de lo que pensaba. Al apretar, el color se hacía más oscuro, si pasaba suavemente por la superficie, más claro. Cuando difuminaba, cambiaba ligeramente la tonalidad. Si los mezclaba, daban como resultado colores nuevos. Con esas pocas tizas, podría pintar todo lo que quisiera. En cuanto terminó la última de las hojas, el árbol comenzó a mecerse suavemente, como si soplase un viento invisible. Jimmy no cabía en sí: no lo había soñado, sus dibujos se movían. Esta vez Roy tendría que creerle. En cuanto volviese del cine, le arrastraría al jardín trasero de la señora Magpie y se lo demostraría.
Siguió dibujando un buen rato, tan concentrado que solo cuando apareció la señora Magpie se dio cuenta de que casi se había anochecido. Ante sí tenía los inicios de un precioso bosque, con un riachuelo que fluía alegre entre la hierba. Dos mariposas blancas revoloteaban sobre los tréboles que crecían en sus orillas.
—Válgame… —murmuró la señora Magpie— Sí que es un don especial el tuyo. ¿Eh, muchacho?
Jimmy frunció ligeramente el ceño. Había esperado mucha más expresividad por parte de su vecina. Es decir, ¿cuánta gente tenía un mural con vida en casa?
Se dio cuenta entonces de que la señora Magpie ya no llevaba el vestido amarillo y el sombrero ridículo. En su lugar se había puesto un kimono de terciopelo azul, oscuro como la noche, que llegaba hasta el suelo. Algo incluso más inusual para un día de calor. El pelo blanco le caía sobre los hombros, mucho más largo de lo que Jimmy habría imaginado. Le daba un aspecto jovial, en contraste con el recogido que siempre lucía. Es más, Jimmy habría podido jurar que la señora Magpie estaba rejuvenecida. Se había desprendido de las gruesas gafas y en su cuello lucía un medallón de cristal dividido en dos partes: una contenía un líquido plateado, el otro de color lila.
No parecía su vecina de siempre.
—Creo que debería irme a casa —dijo Jimmy, inquieto—. Seguro que mis padres ya han vuelto y deben estar preguntándose dónde estoy.
La señora Magpie le ignoró.
—Está quedando muy bonito —dijo recorriendo el mural—. ¿Cómo tienes pensado seguir?
—Creo que colocaré un castillo en ese lado —señaló el niño—. Aquí.
—Muy buena idea. Y dime, ¿todo lo que dibujas se mueve?
—Sí —respondió Jimmy—. Me pasó también por la tarde. Quise enseñárselo a Phillip, pero el dibujo se estropeó antes de que pudiese verlo. Intenté contárselo a Roy, pero estaba enfadado y no quiso saber nada —las últimas palabras le recordaron lo que había pasado unas horas antes, llenándole de amargura.
—Así que es nuestro secreto —concluyó la señora Magpie. Una urraca apareció de repente y se posó en su hombro, como si fuese la cosa más normal del mundo.
Pero aquello no era normal, en absoluto. Jimmy se sintió muy incómodo de repente.
—Tengo que irme.
Se agachó para recoger sus tizas, ya había guardado casi todas, cuando su vecina volvió a hablar.
—¿Puedes hacerme un último favor, Jimmy?
El muchacho asintió. Estaba deseando salir corriendo, pero no quería ser maleducado.
—¿Puedes dibujar aquí una puerta? —señaló un espacio en blanco en la pared.
Jimmy frunció el ceño.
—¿Una puerta? —preguntó extrañado— ¿Cómo?
—Como tú quieras —respondió. Hasta su voz sonaba diferente—. Como te la imagines tú.
Ignorando su intuición, y en aras de la buena educación, Jimmy cogió sus tizas y se acercó a la pared.
—No pienses —dijo la señora Magpie, a su lado—. Sigue tu instinto.
Comenzó a pintar. Los trazos le salieron de forma natural, igual que la elección de los colores, a pesar de que ya estaba muy oscuro y no veía bien. Cualquier otro niño de diez años habría dibujado algo patético, pero Jimmy Bell no.
Cuando se retiró, contempló su hermosa puerta de madera, con las bisagras ornamentadas de color dorado. Terminaba en un arco apuntado, flanqueada por un árbol a cada lado cuyas raíces se hundían en la tierra. En la parte superior había cristaleras de colores con formas geométricas que, inexplicablemente, parecían traslucidas.
Era todo un espectáculo, no solo por lo hermoso, sino también por lo realista: la madera parecía vieja, los árboles casi podían olerse. Jimmy estaba seguro de que, si lanzaba una piedra contra alguna de las cristaleras, se rompería.
Era lo mejor que había dibujado nunca.
De manera instintiva, alargó el brazo para empujarla. Y la puerta se abrió.