Capítulo 5
Cuando su hermano dobló la esquina y desapareció, Jimmy comenzó a llorar. No fue un llanto escandaloso, pero sí sincero. Las gruesas lágrimas le recorrieron las mejillas, dejando un surco gris en sus pecas por el polvo acumulado del camino. El día anterior había llovido y había barro. Buscaría otra excusa para su cara manchada...
Roy jamás le había tratado de esa manera. A veces se enfadaba, incluso se habían peleado en broma, pero no así. Le dolió el empujón, pero mucho más que no le hubiese creído. Se quedó un rato en el suelo, no se atrevía a moverse, intentando entender qué era lo que había hecho mal.
Al fin, comenzó a recoger las tizas en silencio, sin dejar de llorar. Toda la calle estaba sumida en la quietud, lo cual era bastante extraño, porque a esa hora de la tarde, en la que el sol empezaba a declinar y hacía menos calor, la gente solía pasear a sus perros o aprovechar para hacer los últimos recados del día. Pero en ese momento, en Landbroke road, no había un alma, salvo los pájaros que surcaban el cielo hacia los comedores del jardín de su vecina. Cualquiera que no acabase de pasar por una situación traumática se habría dado cuenta y seguramente exclamaría «¡qué cosa tan rara!». Pero Jimmy, sumido en sus tristes pensamientos, no se percató.
Cuando colocó la última tiza en la caja, escuchó la voz melosa de la señora Magpie.
—Buenas tardes, Jimmy. ¡Oh! —exclamó sorprendida cuando Jimmy levantó su rostro— ¿Pero qué te pasa, pequeño? ¿Por qué estás llorando?
—Me he peleado con Roy— respondió Jimmy con voz temblorosa.
—¡Válgame el cielo! —dijo su anciana vecina, exhibiendo una sonrisa dulce— Pero eso pasa en todas las casas. Ya verás cómo en seguida haréis las paces y aquí no ha pasado nada. Venga, sécate esas lágrimas —metió la mano en el bolsillo de su vestido y le ofreció a Jimmy un pañuelo de tela con unas florecillas bordadas. Ese día la señora Magpie llevaba un vestido amarillo, con estampado de pequeñas golondrinas, y un sombrero de paja de ala ancha, adornado con orquídeas amarillas y moradas. Parecía fuera de lugar en ese humilde barrio de Redhill, como si acabase de volver de ver las carreras de caballos en Ascot.
Jimmy aceptó el pañuelo y se puso en pie, sacudiéndose el polvo de los pantalones.
—¿Y por qué os habéis peleado, si se puede saber? —preguntó la señora Magpie.
Jimmy dudó.
—Se ha enfadado conmigo porque… porque… —quería contárselo, pero lo cierto es que no lo sabía. No lo comprendía del todo. Por lo visto, se comportaba como un niño pequeño, pero él no lo hacía propósito, y tampoco estaba seguro de qué tendría que hacer para ser un chico mayor. Rompió a llorar de nuevo.
La señora Magpie le apretó un hombro, cariñosamente.
—Bueno Jimmy, ¿sabes una cosa? —dijo sonriendo— quizá no sea tan importante. Tu hermano está pasando por un proceso muy complicado, pronto será un adolescente, y no es un momento fácil. El cuerpo cambia, la mente cambia y uno no sabe ya ni lo que quiere. Calma, muchacho —y añadió distraída—, pronto esta discusión no será más que un mal sueño.
Jimmy siguió la mirada de la señora Magpie, que apuntaba a su caja de tizas.
—Ven a tomar una limonada —propuso de pronto en un tono jovial, como si acabase de volver de un trance— ya verás como después te sentirás mucho mejor.
—Debería avisar a mamá —respondió Jimmy, volviendo la vista a la ventana de la cocina.
—Oh, me temo que tus padres no están en casa —la señora Magpie agitó una mano en el aire, como quitándole importancia—. Salieron con tu hermana hace un rato, creo que iban al supermercado… Bueno, en cualquier caso, puedes esperar en mi casa hasta que lleguen.
Jimmy asintió y se agachó para recoger sus tizas. Se guardó en el bolsillo el pañuelo húmedo de la señora Magpie. Le daba vergüenza devolvérselo sucio, le pediría a su madre que lo lavase. Su anciana vecina se apoyó en su hombro y recorrieron el camino de baldosas en dirección al porche. Los pájaros detuvieron su festín para mirarles mientras atravesaban el jardín. Jimmy se percató de que los cuervos y los gorriones clavaban en él sus diminutos ojillos, como si quisiesen decirle algo, pero no pudieran.
En lugar de subir las escaleras que daban al porche, la señora Magpie torció a la derecha y condujo a Jimmy hacia el jardín trasero. El sol del atardecer teñía todo de un color dorado casi irreal.
—¿No íbamos a tomar limonada? —preguntó Jimmy, extrañado. Se dio cuenta de que nadie sabía dónde estaba. Y aunque conocía a la señora Magpie desde que nació, eso le inquietaba. Roy siempre bromeaba diciendo que estaba un poco chiflada.
—La prepararé en seguida —respondió la anciana—, pero he pensado que a lo mejor te gustaría pintar un poco —extendió los brazos y le mostró la pared trasera de la casa. A diferencia de las construcciones de ladrillo o de piedras irregulares, la parte más baja de la vivienda de la señora Magpie estaba rematada con grandes losas de un color gris muy claro, casi blanco, y perfectamente lisa.
Jimmy abrió los ojos como platos. ¿Toda esa superficie para pintar?
—¿Puedo? —preguntó sin ocultar su emoción, olvidando cualquier tipo de recelo.
La señora Magpie asintió.
—Hazme un mural bonito con esas tizas tuyas —respondió con una sonrisa—. Alegrará esta parte de la casa y me animará a utilizarla más a menudo.
En verdad, su vecina tenía el jardín trasero muy abandonado. A diferencia de la parte delantera, sólo había unas cuantas plantas que no estaban en su mejor momento. Una mesa de metal y dos sillas a juego, que debieron ser bonitas hace décadas, esperaban en una esquina a que alguien se decidiese a quitarles el óxido, pintarlas y darles un uso. Cerca de la pared goteaba una manguera, y a su lado, un barreño servía de almacenaje para las herramientas de jardinería.
Su padre podría ayudarle con el bricolaje y colgarle unas luces. Quizá se lo sugeriría cuando volviese a casa.
Y su mural, su mural lo cambiaría todo. Si lo que vio en el lago fue real, la señora Magpie tendría un mural vivo. No sólo ella querría pasar más tiempo en el jardín: el vecindario entero haría cola para verlo.
—De acuerdo, señora Magpie —dijo al fin Jimmy, remangándose—, le aseguro que tendrá el mural más especial del mundo.
—Oh, no lo dudo.
—Pero debe prometerme que no se asustará.
—Pequeño —respondió enigmática, los ojos verdes relampaguearon tras sus gafas—, te aseguro que a mi edad ya hay muy pocas cosas que puedan asustarme.