Relatos Orbitales Capítulo 4
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Capítulo 4

De vuelta a casa, Roy seguía tenso. Pedaleaban en un silencio que sólo llenaban las alabanzas de Phillip, que estaba muy emocionado con todo lo que acababa de pasar.

—¡Ha sido increíble, Roy! —exclamaba con entusiasmo— Estabas ahí, sin moverte, tan tranquilo delante de esos chicos. ¿Cómo lo haces?

Roy no sabía la respuesta. Supuso que recibir un puñetazo no le daba tanto miedo como ver llegar a Jimmy a casa con un ojo morado. Sin embargo, él mismo había sentido deseos de pegarle cuando le vio encogerse como un niño pequeño, abrazando su cajita de pinturas contra el pecho. Le trajo un recuerdo muy vívido de cuando estaba aún en la escuela infantil, y le molestó que no hubiese evolucionado nada. No se defendió entonces, y seguía sin defenderse ahora.

Pero se mordió la lengua y se esforzó en sonreírle a Phillip, que le miraba como si fuese un héroe.

—No ha sido nada —dijo por toda respuesta.

Phillip continuó con su verborrea todo el camino hasta su casa. Jimmy no abrió la boca, absorto en sus pensamientos. Roy se preguntó qué le pasaría por la cabeza y rezó en secreto para que fuese algo remotamente parecido a lo que pensaba él. Más tarde descubrió que se equivocaba.

Cuando dejaron a Phillip en su casa, Roy suspiró aliviado: era imposible corresponder a ese nivel de admiración. Esperaba que no decidiese organizar un club de fans, porque se moriría de la vergüenza.

—Roy —susurró su hermano cuando la puerta se cerró a sus espaldas—. Tengo que enseñarte una cosa.

Tenía los ojos brillantes y a su boca asomó una sonrisa emocionada. Comprendió en ese momento, no con poca frustración, que Jimmy no iba a mencionar absolutamente nada del incidente de aquella mañana. Así que Roy le dio la espalda y, sin decir nada, comenzó a pedalear hacia su casa, cada vez más enfadado. En ese momento, y aunque no comprendiese bien la razón, le molestaba todo de su hermano. Su sonrisa bobalicona, sus pecas, y hasta su forma de montar en bici. La rapidez con la que había olvidado lo que acaba de ocurrir en el lago, si es que alguna vez le importó algo. Es curioso como, en ocasiones, la compañía de una persona a la que amamos profundamente puede resultarnos de lo más irritante.

Al llegar a la casa dejó la bici tirada en el jardín y siguió caminando hacia el porche, sin volverse a mirar a Jimmy. No quería ni verle.

—¡Roy! —le llamó su hermano, confuso— ¡Roy, espera! ¡De verdad que tengo que enseñarte una cosa muy importante! —en su voz había una urgencia que terminó por sacarle de quicio.

Se volvió hecho una furia, con una expresión incluso más amenazadora que la que había mostrado con esos cuatro matones miserables hacía un rato.

—¿Qué quieres, Jimmy? —le gritó mientras recortaba la distancia entre ambos a grandes zancadas— Dime, ¡qué es tan importante!

Bajó la vista entonces, y se percató de que Jimmy tenía la cajita de tizas apretada contra el pecho. Aunque en sus ojos, donde antes había encontrado emoción, ahora se percibía un pellizco de miedo.

Jimmy murmuró algo que Roy no fue capaz de entender.

—¡Habla claro! —gritó de nuevo.

—¡Que mis dibujos se mueven! —gritó a su vez Jimmy, seguramente más por hacerse entender que por corresponder al enfado de su hermano. Y añadió en voz más baja— Cuando pinto con estas tizas, los dibujos cobran vida.

Aquello fue demasiado.

—Jimmy —Roy apretó los dientes—. Deja de decir tonterías.

—Te juro que es verdad —respondió mientras abría la caja—. Déjame que te lo enseñe…

Todo fue muy rápido. Cuando se quiso dar cuenta, Roy pedaleaba camino del cine, con un sabor amargo en la boca y el estómago encogido, como si una mano invisible le oprimiese. Lo ocurrido le llenaba rabia y remordimiento. El empujón desmedido que le dio a Jimmy, lanzándole al suelo. Las tizas desperdigadas por el jardín. Las cosas tan feas que le había gritado. Con vergüenza, recordó cómo su hermano pequeño se había quedado en el suelo, mirándole sin comprender mientras él subía de nuevo en su bici, sorprendido y asustado a partes iguales, ante la súbita violencia de Roy.

Al final resultó que se había convertido en eso de lo que había intentado protegerle. Le había tratado igual, o peor que Ned.