Relatos Orbitales Capítulo 3
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Capítulo 3

El lago Mercers resplandecía bajo el sol. La lluvia de la noche anterior había quedado relegada al barro que se pegaba a las ruedas de las bicis y las suelas de las zapatillas. Como siempre que hacía buen tiempo, la orilla del lago se había llenado de familias y grupos de amigos que hacían picnic. Algunas barcas de recreo ya habían salido del muelle y unos cuantos niños se tiraban al agua, demasiado fría para que ningún adulto sintiese el deseo de acompañarles. En una gran explanada con mesas y bancos de madera, había una pequeña cabaña que vendía refrescos, bocadillos y pescado con patatas.

Phillip y Jimmy habían traído sus propios bocadillos, o eso creían, así que buscaron un sitio cómodo a la sombra, cerca de las bicis. Phillip sacó de su mochila una chocolatina y la partió por la mitad. Hablaron de asuntos de vital importancia para ellos, como los últimos cómics que se habían leído, lo que le habían regalado a Jimmy por su cumpleaños, o si Phillip conseguiría ganar el año que viene el torneo de ajedrez del colegio. Su madre había contratado a un universitario que le daría clases durante el verano.

Al mencionar el tema de los regalos, Jimmy rebuscó en su mochila y sacó la caja de tizas. Se la enseñó a Phillip extasiado y, aunque éste último no compartía el entusiasmo de su amigo por dibujar (lo cierto es que se le daba bastante mal), tuvo que admitir que las tizas eran preciosas.

—Vamos a probarlas —le propuso.

Jimmy no necesitaba que le animasen mucho más. En una zona más apartada del lago, en la frontera con el bosque que lo rodeaba, había restos de un muro de hormigón, parte de una estructura abandonada hacía años, que los chicos mayores utilizaban para hacer pintadas. En ese momento estaba a su entera disposición, así que Jimmy se puso a dibujar. Experimentó la misma sensación que la noche anterior: la tiza se deslizaba sobre el hormigón tan suavemente como una bailarina sobre el escenario. Inspirado en el último cuento que inventó para Darcy, trazó las líneas de un majestuoso dragón, con el cuerpo lleno de escamas de un brillante color rojo. Las alas estaban plegadas a lo largo de su cuerpo y su larga cola rodeaba el tesoro sobre el que dormía plácidamente. Jimmy se tomó su tiempo, su dibujo estaba lleno de detalles.

Justo cuando completó la última de las escamas, oyó un aleteo. Miró a la parte superior del muro. Un zorzal le observaba inquieto. Y también oyó algo más. Un ligero tintineo, como si alguien hubiese metido la mano en un bolsillo lleno de peniques. Lo extraño era que el sonido parecía venir del muro. Posó los ojos en el dibujo y entonces lo vio. Las monedas de oro de su pintura se movían ligeramente con la respiración acompasada del dragón. No «con», no. «Por» la respiración acompasada del dragón. Una pequeña voluta de humo salió de sus fosas nasales y ascendió por el muro hasta disiparse ante el ojiplático Jimmy. Otro niño habría pensado si se trataba de una alucinación causada por el calor. Él no. Él sentía un aleteo en el corazón, una emoción llena de agradecimiento y una certeza de que había recibido el regalo más maravilloso del mundo.

—¡Phillip! —exclamó emocionado— ¿Has visto eso?

Pero cuando se volvió para verle, descubrió que su amigo miraba hacia otro lado, con una expresión de miedo en el rostro. Al fijarse entendió por qué.

Cuatro chicos avanzaban hacia ellos con paso seguro y sonrisas cargadas de desprecio. Eran de un curso superior al de Jimmy y Phillip, pero uno de ellos les sacaba una cabeza.

Es un hecho tan cierto como que el agua moja, que todo colegio tiene sus abusones. Dependiendo de la zona, las costumbres y la cultura de cada región, puede haber más o menos, y ser más o menos discretos en sus intervenciones. Pero no hay una escuela que se libre de tener cuatro, cinco, diez, veinte o incluso treinta (si tienes muy mala suerte) niños o niñas que hacen que padres y profesores se pregunten eso de «pero ¡¿qué hemos hecho mal?!». Nadie sabe con certeza si esa necesidad de sembrar el caos por donde pisan se debe a una educación laxa, al temperamento o a un pacto con un demonio ancestral. Así como tampoco se sabe cuál es la fórmula mágica para que, algunos de ellos, cambien de repente y vuelvan a ser gente con la que se puede tratar. Lo que sí es una verdad universal que se cumple a rajatabla es que, si la toman contigo, estás acabado.

Los cuatro chicos mal encarados no habían mostrado un interés especial por Jimmy y Phillip en todo el curso, algún empujón que otro y un par de burlas, nada muy relevante. Pero mientras se acercaban, ambos amigos empezaron a preguntarse si este encuentro sería otro hecho aislado o el principio de su peor pesadilla.

—Mirad a quién tenemos aquí —exclamó con sorna el más alto de todos, y que ejercía como cabecilla—. ¡Pero si son los dos cerditos! Solo falta el tercero.

El chico se refería a Neville, a quien Jimmy conocía desde el parvulario. Siempre estaban los tres juntos, pero Neville (afortunado él, pensó Jimmy) se iba a todos los años a pasar el verano con sus abuelos en Brighton.

—A lo mejor nos ha visto venir desde lejos y ha ido a esconderse para que no viésemos que se había hecho pis encima —respondió un chico de pelo lacio con unas orejas enormes. Los otros tres se rieron con malicia.

Se detuvieron justo enfrente. Instintivamente, Jimmy se puso delante de su dibujo, como para protegerlo. Miró a Phillip, que parecía a punto de echarse a llorar.

—¿Qué estáis haciendo aquí, cerditos? —intervino de nuevo el más alto— No estaréis fumando, ¿verdad? No, qué va, los niños buenos no fuman, ¿verdad Charlie?

—No, no fuman —respondió el tal Charlie, un chico entrado en carnes, con la camiseta manchada de sudor y de salsa de perrito caliente—. Pero siempre llevan cosas interesantes en las mochilas. Dinero, incluso —se pasó la lengua por los labios, como un depredador hambriento, y paseó la mirada hasta las mochilas.

—Vamos a ver qué tienen estos cerditos en sus petates.

Apartaron a Phillip de un empujón. Éste se quedó sentado en el suelo, con los ojos fijos en la hierba, decidido a no mover un músculo y deseando que las cinco libras que llevaba en la mochila les pareciesen un botín suficiente. Jimmy tampoco se movió, lo cierto es que en ese momento no notaba nada de cintura para abajo. Los chicos se rieron mientras rebuscaban entre las pertenencias de su amigo. Celebraron con regocijo el hallazgo de las cinco libras, pisotearon por pura diversión el bocadillo que no había llegado a comerse y esparcieron el resto de sus cosas. A Jimmy le recordaron a las tribus salvajes que estudiaban en la clase de historia. O a los mandriles que vio cuando visitó el zoo con sus padres. Pero fue lo suficientemente sensato como para no decir nada.

Cuando terminaron con la mochila de Phillip, el chico alto le señaló:

—Ahora tú.

A Jimmy le importaba poco que rebuscasen en su petate. Lo único que de verdad tenía valor para él era la caja de tizas que en ese momento se encontraba a sus pies, y en la que, por ahora, nadie había reparado.

—Aquí no hay nada —dijo enfurruñado el chico de las orejotas—. Menuda pérdida de tiempo —y tras decir eso, le propinó un fuerte empujón. Jimmy se golpeó la espalda contra el muro y cayó hacia el suelo. El dolor se le extendió hasta el pecho. No esperaba un golpe tan fuerte de alguien tan delgado.

—Podríamos llevarnos la bici —propuso Charlie señalando con la cabeza a Cometa. Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro mantecoso—. Oye, ¿qué es eso? —preguntó mirando al muro.

Al caer, Jimmy había dejado al descubierto su dibujo del dragón, que se había borrado parcialmente cuando cayó de espaldas. Instintivamente alargó el brazo, cogió la caja de tizas y se la llevó al pecho para protegerla.

—¿Estabais pintando? —se burló el chico que aún no les había dirigido la palabra. Tenía unos dientes enormes y descolocados, y las rodillas llenas de moretones— ¿Cómo dos niños pequeños?

—Enséñanos lo que tienes ahí escondido —exigió el chico alto—. Quiero verlo de cerca.

Jimmy no se movió, pero apretó la caja de tizas más aún si cabe.

—¿Es que no me oyes? —insistió el muchacho enfurecido. Avanzó hacia Jimmy, le agarró por el cuello de la camiseta y le levantó del suelo— ¡He dicho que me lo des, cerdito!

—Suelta a mi hermano.

Los seis chicos se volvieron hacia el recién llegado. Roy, con el ceño fruncido y los puños bien apretados, caminaba con paso firme hasta donde estaban. Se levantó una suave brisa que agitó la hierba alta y le revolvió el cabello castaño. El sol del mediodía extendió su sombra, haciendo que pareciese la de alguien mucho más grande. Sólo tenía doce años, pero en ese momento a ojos de Jimmy no era un muchacho. Era un guerrero.

—Suelta a mi hermano, Ned —repitió cuando llegó a su altura, sin que le temblase un ápice la voz—. No me hagas decirlo tres veces.

Ned, que así se llamaba el chico alto, soltó a Jimmy, que cayó al suelo de una forma muy poco elegante. Dio un paso adelante hasta que su cara quedó a escasos centímetros de la de Roy. Los otros tres abusones dejaron lo que estaban haciendo y les rodearon. Roy era un año mayor que ellos, pero eran cuatro contra uno. Seguramente por eso se mostraban tan envalentonados.

—Otro cerdito ha venido para unirse a la fiesta —dijo con desprecio, arrastrando las palabras. Sus esbirros soltaron unas risitas.

—Ese es tu problema, Ned —respondió Roy con una tranquilidad casi antinatural—. Estás tan seguro de estar rodeado de cerditos, que cuando llega un lobo no lo ves ni venir.

Se hizo un silencio tenso. La clase de calma que precede a la tempestad. Ese momento en el que, sin ponerse de acuerdo, todos los presentes contienen el aliento, y aunque todo el mundo sabe lo que podría pasar a continuación, nadie se atreve a dar el primer paso. El duelo de miradas duró un tiempo indeterminado que a Jimmy se le hizo eterno. Ni Ned ni Roy pestañearon, casi parecía una pelea de voluntades.

—Y supongo que tú eres el lobo —dijo finalmente Ned.

—Yo soy el lobo —terció Roy casi en un susurro.

Otro silencio denso, roto solo por el graznido de un cuervo. Los otros tres chicos intercambiaron unas miradas indecisas. «¿Van a pegarse, o no? ¿Intervenimos?».

Nadie tomaba la iniciativa, cada uno por diferentes motivos. Ellos eran cuatro, pero la fama de Roy le precedía. Nunca iniciaba las peleas, pero si tenía que intervenir, era contundente. No es que saliese indemne, pero como mínimo devolvía lo que recibía. Y los chicos lo sabían. Al fin, Ned tragó saliva y dio un paso atrás.

—Larguémonos —dijo, como si fuese una decisión ya tomada de antemano y no una rendición—. Ya estaba empezando a aburrirme de todas formas.

Los otros tres chicos dudaron, pero al final le siguieron, un poco decepcionados quizá, pero aliviados. Jimmy les vio alejarse fingiendo indiferencia, pero a buen ritmo, hasta que desaparecieron de su vista.

Es otra regla universal cuando se trata de abusones: a veces sólo hace falta alguien que les plante cara. Porque, en el fondo, son todos unos cobardes.