Capítulo 2
Con doce años, y a pocos meses de cumplir trece, Roy Bell estaba en el límite que marcaba el final de la infancia y el comienzo de un periodo temido por todos los padres. Para él tampoco era un momento muy cómodo: no se sentía niño, ni tampoco adulto, y no encajaba en ningún sitio. Algunos de los chicos de su clase ya exhibían algo de pelusilla en el bigote y llamaban la atención de las chicas, cosa que a él no le ocurría y, la verdad, tampoco tenía prisa por lidiar con esos asuntos. Por ahora le interesaba mucho más seguir jugando al fútbol los fines de semana y poder ir al cine con sus amigos a ver películas de terror sin necesidad de un adulto acompañante. Con eso era más que suficiente.
En casa ejercía el rol de hermano mayor, para lo bueno y para lo malo. Cuando sus padres salían a cenar, él era el responsable y la máxima autoridad, cosa que le encantaba. Si Darcy tenía miedo, se metía en la cama con ella hasta que se dormía. Y si alguien en el colegio se metía con Jimmy, podía estar seguro de que recibiría, como mínimo, un puñetazo de Roy. Aunque él se llevase otro de vuelta.
En ese sentido, le preocupaba el cambio al instituto. No solo porque pasaría de ser del curso de los mayores para convertirse en el novato, sino porque dejaría a Jimmy solo frente a sus compañeros. Su hermano nunca se quejaba, siempre lucía una sonrisa en su cara pecosa y llevaba un cuaderno con sus dibujos en la mano, inconsciente de las burlas y los cuchicheos, pero cuando Roy se marchase, estaría a merced de las hienas.
—Ya tienes diez años, Jimmy —le dijo la mañana de su cumpleaños—. No puedes tener todo el día la cabeza en las nubes.
Sus padres no compartían su opinión, pero ellos no entendían nada. A su madre le parecía estupendo que Jimmy siguiese siendo su pequeño, mientras que su padre pensaba que todo se solucionaría con una bicicleta. No se daban cuenta de que su hijo se negaba a crecer. Se inventaba historias sobre hadas y bosques encantados que le contaba a Darcy, y ella, extasiada, siempre le pedía más. Lo entendía, a él todavía le gustaba jugar con ellos y pasar la tarde entera explorando el jardín, fingiendo que estaban en la selva amazónica descubriendo animales exóticos hasta que aparecía una tribu salvaje y tenían que huir. O transformando el convertible de su padre en un barco pirata, y donde él gritaba órdenes a Jimmy y Darcy para defenderse de un abordaje enemigo. O imaginando que la litera que compartía con su hermano era la torre de un castillo custodiada por un dragón.
Incluso tenía que reconocer que los cuentos y dibujos que Jimmy ideaba para Darcy eran fantásticos. Estaban realmente bien, de verdad. Para entretener a una niña de ocho años. En casa. El problema era que cuando salían a la calle, seguía hablando sobre hadas, seres mitológicos que vivían en los bosques de Inglaterra y otras cosas por el estilo, casi como si no fuesen cuentos, como si todo fuese… real.
Quizá su madre tenía razón y algún día sería un dibujante famoso, puede que un gran escritor, pero para eso tendría que sobrevivir al instituto, y Roy tenía sus dudas. Ahora mismo, aunque se burlasen a sus espaldas, sus compañeros rara vez traspasaban la línea del abuso, conscientes de que ese chico tan rarito tenía un hermano mayor que no dudaría ni un instante en vengarse de quien le pusiera un dedo encima. El curso que viene todo sería diferente.
Aquella mañana Jimmy salió de casa en su bici para reunirse con Phillip. Iban a ir hasta el lago. Invitó a Roy a acompañarles, pero este dijo que no. Había quedado para ir al cine con sus amigos, iban a ver la segunda parte de una película llena de sangre y vísceras que su madre calificó como desagradable e innecesaria. Desde la ventana de la habitación que compartían le vio marcharse y observó el cielo, con un sol resplandeciente, totalmente inesperado teniendo en cuenta la tormenta de la noche anterior. A Roy le gustaba Phillip, era tan rarito como su hermano, así que al menos se tenían el uno al otro.
Bajó las escaleras y salió al jardín. Darcy estaba celebrando una merienda con sus muñecas, un peluche de un cerdito totalmente esférico que apenas se sostenía en la silla y un par de los muñecos de acción de Jimmy cuyos brazos articulados sostenían sorprendentemente bien las tacitas de té, casi como si fuesen un complemento de los dos soldados que se hubiese incluido en la caja original. Un viejo cuervo observaba la escena desde la barandilla del porche, como preguntándose si los panecillos que estaba usando Darcy serían de verdad y, preparándose para robarle algunas migas en caso de que así fuera.
Cuando llevaba solo diez minutos practicando toques con la pelota, oyó a su madre suspirar desde la ventana de la cocina.
—¡Este niño! —exclamó para sí misma antes de asomar la cabeza al jardín— Roy, ¡tu hermano ha vuelto a dejarse el bocadillo! ¿Te lo puedes creer?
«Pues claro que sí» pensó Roy para sus adentros, poniendo los ojos en blanco consciente de lo que se avecinaba.
—Tienes que llevárselo al lago —sentenció—. Anda, coge la bici.
—¡Pero mamá! Llegaré tarde al cine y… —protestó, pero su madre lo cortó.
—No tardas nada —añadió sacudiendo la mano como quitándole importancia—. No querrás que tu hermano se pase el día entero sin comer.
—Quizá así aprendería algo —musitó Roy en voz muy, muy baja. Una cosa era ver una película de terror y otra muy diferente enfadar a una madre con sangre irlandesa. Era valiente, pero no estaba loco.
Arrastrando los pies, fue hasta la cocina para coger el bocadillo, pulcramente envuelto en papel de plata, como si nadie lo hubiese tocado, y esto era en verdad algo muy extraño, porque si en ese momento le hubiesen preguntado a Jimmy, habría jurado que lo metió en su mochila esa mañana.
Su madre le dio un sonoro beso y le sonrió. Si era una sonrisa de orgullo por lo buen hermano mayor que era Roy, o de satisfacción porque su hijo preadolescente siguiese obedeciéndole, éste no lo supo. Salió de la casa, se montó en su bici y se alejó a toda prisa, confiando en volver a tiempo para ir al cine. El viejo cuervo graznó y salió volando.