Relatos Orbitales Capítulo 1
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Capítulo 1

Al pequeño Jimmy Bell le encantaba pintar.

Podía pasar horas delante de una pila de hojas en blanco, con una caja de lápices de colores, realizando trazos sin levantar la vista del papel, hasta que no quedaba un centímetro sin pintar.

—Será un gran artista —decía su madre.

—Espero que no —respondía su padre con severidad, sin apartar la vista del periódico.

Lo cierto es que, más que talento, Jimmy era fruto de su propio esfuerzo. No se podía decir que tuviese una técnica muy brillante, pero era constante. Si no estaba en el colegio, acompañando a sus hermanos al mercado, realizando tareas en casa o haciendo los deberes, siempre estaba sentado en la mesita de su cuarto, con un lápiz en la mano.

Si su madre le decía «coge la chaqueta, tenemos que ir al médico», Jimmy siempre respondía «¿puedo llevarme las pinturas?».

Si su hermano mayor entraba en su habitación preguntando «¿vienes al parque?», Jimmy asentía y comenzaba a ponerse los zapatos, pero siempre se metía en el bolsillo un trozo de papel doblado y un pequeño lápiz. Por si acaso.

Si su hermana pequeña se iba a dormir y le pedía «Jimmy, cuéntame un cuento», con voz suplicante, él cogía una hoja, y empezaba a narrar la historia mientras sus trazos reflejaban todo lo que contaba, hasta que protagonistas, villanos, paisajes y sucesos llenaban el espacio en blanco.

Esto era lo más relevante que se podía decir de Jimmy, que por lo demás no destacaba en nada con respecto al resto de niños de Redhill, en el condado de Surrey. No era especialmente alto ni bajo, ni gordo ni delgado, no era el primero de la clase, pero tampoco se le podría calificar como estúpido. No era popular, pero no le faltaban amigos. No era el más hablador, pero tenía una sonrisa simpática y saludaba educadamente a la vecina si se la encontraba al salir de casa, al conductor de autobús antes de subir y a su maestra cuando coincidían al salir de la iglesia.

Si algún forastero hubiese preguntado a los vecinos de Redhill por Jimmy Bell (en el caso remotamente improbable de que alguien externo al pueblo conociese la existencia de Jimmy), seguramente habrían respondido «es un chico muy agradable; le encanta pintar».

Por esa razón nadie se extrañó cuando, en su décimo cumpleaños, y entre todos los regalos, apareció una caja de tizas de colores. A pesar de que, si hubiésemos preguntado uno por uno a todos los invitados, ninguno recordaría haber entrado a la fiesta con un paquete rectangular, envuelto en papel de estraza con rayas de color verde vivo y un lazo de seda azul aguamarina. Pero cuando Jimmy enseñó el contenido del paquete todo el mundo aplaudió y varias personas intercambiaron un asentimiento con la cabeza, que tanto podía significar «un regalo muy bien escogido» como «sí, hemos acertado con la elección».

Jimmy acarició la superficie de las tizas, fascinado. Estaban perfectamente afiladas y eran más gruesas de lo habitual. Tenían un relieve de líneas sinuosas y espirales que las recorrían de arriba abajo. A simple vista, todos los relieves parecían iguales, pero el niño se dio cuenta en seguida de que, en realidad, eran todos distintos. Los recorrió levemente y aprovechó para estudiar los colores. Un profano no los habría distinguido de los habituales, si bien el ojo experto de Jimmy captó ligeros destellos que parecían cambiar con la luz del sol, como los tonos de la superficie de una burbuja.

La voz apremiante de su madre lo sacó de su ensimismamiento. Había que seguir abriendo regalos. Jimmy dio las gracias en voz alta, a todos en general y nadie en particular, y desenvolvió el siguiente paquete, deseando secretamente que la fiesta terminase para poder encerrarse en su habitación y estrenar las tizas.

Se repartió la tarta y se sirvió una copita de Oporto para algunos invitados. Los niños salieron a la calle para estrenar por turnos la bici que los padres de Jimmy le habían regalado. Era de un color rojo brillante y tenía una estrella fugaz dibujada en el cuadro, así que el chico le puso el nombre de Cometa porque, según le contó a su hermanita, los héroes de todas las historias ponían nombre a sus monturas.

Pasaron la tarde echando carreras, jugando a la pelota, al escondite..., hasta que el último de los niños se había despojado de su jersey, tenía las mejillas encendidas y la frente perlada de sudor. Entonces el cielo se cubrió y una leve llovizna dio por finalizada la fiesta. Entre paraguas, despedidas afectuosas por parte de los adultos y protestas de los niños, los invitados fueron marchándose y la paz reinó en casa de los Bell.

Mientras su madre le ponía el pijama a Darcy, Jimmy y su hermano Roy ayudaron a su padre a recoger la cocina y le pusieron al día sobre los momentos más emocionantes del estreno de Cometa. Su padre escuchó con atención y sonrió complacido. La bici había sido idea suya y no fue un regalo casual. Aunque podía apreciar las dotes artísticas de su hijo, le preocupaba que pasase tantas horas inclinado sobre la mesa, y esta fue la forma más sutil que encontró para invitarle a salir más de casa y explorar el mundo. Que le diese un poco el aire.

—Mañana iré con Phillip hasta Mercers —explicó Jimmy con emoción—. Dice que conoce un camino secreto para llegar y va a enseñármelo.

Su padre asintió y le revolvió el pelo en un gesto cariñoso, contento por ver a su hijo feliz, pero también muy satisfecho por haberse salido con la suya, porque a los adultos les encanta pensar que siempre tienen razón y que pueden influir en los niños sin que estos se den cuenta. Inconscientes, en su absoluta ignorancia, de que en el mundo operan fuerzas que no responden ante ningún adulto y que escapan totalmente a su control.

Los últimos rayos de sol se pusieron en Redhill y las farolas iluminaron la calle. El padre de Jimmy escurrió la bayeta, la colocó sobre la pila y dio por concluida su labor. Roy miró a su hermano y le dijo:

—Te toca a ti sacar la basura.

—Pero es mi cumpleaños —protestó Jimmy.

—Pues feliz cumpleaños —Roy se encogió de hombros y se dio la vuelta, dando por zanjado el tema.

Resoplando, Jimmy bajó los tres peldaños y recorrió el camino de losas blancas que separaba la puerta de entrada del cubo de basura. Por el peso de la bolsa se diría que los invitados no habían comido nada. Con gran esfuerzo logró meterla en el cubo y el ruido al cerrarse la tapa reverberó en Landbroke road, rompiendo el silencio que hasta entonces había imperado en la calle. El barrio estaba en calma. Las luces de aquellos vecinos que aún no se habían ido a dormir convertían las hileras de casas bajas en una suerte de monstruos que observaban el asfalto húmedo con los ojos bien abiertos.

Jimmy respiró profundamente y levantó la vista al cielo, donde se vislumbraban algunas estrellas diminutas entre las nubes. Y, de repente, escuchó un ruido familiar. La puerta del porche de la casa contigua, y los pasos de la señora Magpie, que caminaba pesadamente, arrastrando sus zapatillas por el jardín hasta su propio cubo de basura.

Jimmy levantó la mano para hacerse notar.

—Buenas noches, señora Magpie —saludó animado.

La señora Magpie volvió la cabeza y le miró con sus ojos verdosos, que parecían muy pequeños tras sus gruesas gafas de pasta. Tenía el pelo más blanco que Jimmy había visto en su vida y, hasta donde él recordaba, siempre lo había tenido así. Llevaba una bata morada con un estampado de pájaros exóticos. A la señora Magpie le encantaban los pájaros. No tenía ninguno, decía que era una inmoralidad encerrar a un ave, que estaba hecha para vivir en libertad. Sin embargo, sí tenía muchos comederos en su jardín, por lo que no era raro ver zorzales, mirlos, gorriones y hasta cuervos visitar la casa con más frecuencia de lo que el padre de Jimmy hubiera deseado. Al señor Bell le molestaba el piar de los pájaros al amanecer y, sobre todo, las cacas que dejaban por todas partes, incluido su propio porche. Pero la única vez que se atrevió a protestar, la señora Magpie le había respondido con una sonrisa encantadora:

—Pero señor Bell, los pájaros son los únicos que me dan conversación. Si quito los comederos, me veré obligada a tomar el té con ustedes todas las tardes, para no aburrirme.

Ante tal amenaza, su padre no volvió a decir una palabra al respecto. Ni siquiera la persona más sociable del mundo querría tener a su vecina en casa todos los días. Aunque ésta preparase el bizcocho de plátano más delicioso del planeta, como era el caso.

—¡Pero si es el pequeño Jimmy Bell! —respondió la señora Magpie con afecto— Feliz cumpleaños. ¿Has recibido muchos regalos?

Jimmy asintió, y entonces recordó la caja de tizas. Con la emoción de estrenar Cometa se había olvidado completamente de esos magníficos colores. Se despidió de la anciana vecina y volvió a casa en busca de su regalo. Puesto que no tenía ninguna pizarra en casa, pensó que podría utilizarlas en el asfalto, en el patio del jardín o quizá en la pared de algún callejón.

El paquete seguía en su sitio, con el resto de regalos. Lo sujetó con ambas manos y lo llevó con devoción hasta el camino enlosado que separaba la puerta de entrada de la casa de los Bell, del asfalto de Landbroke road. Se arrodilló y abrió la caja.

—¡Vaya! —exclamó la señora Magpie, que se había acercado arrastrando los pies— ¿Qué tienes ahí, muchacho?

Por respuesta, Jimmy retiró la tapa. Las tizas emitieron ligeros destellos, como la primera vez que las había abierto, aunque en esa ocasión había un sol resplandeciente, y ahora, siendo noche cerrada, solo contaba con la luz de una modesta farola. Era sorprendente, casi mágico.

—¡Oh! —la anciana mostró una sonrisa enigmática— Extraordinario. Sí, realmente extraordinario. ¿Vas a probarlas?

Jimmy miró hacia el porche, donde Cometa descansaba tras un primer día muy ajetreado. Inspirado más por su imaginación que por la bicicleta en sí, escogió una tiza de lo que a él le parecía color marrón, y empezó a dibujar en la superficie de piedra. El clarión se deslizaba con una precisión que nunca había visto en las tizas normales que usaban en el colegio. Casi parecía un rotulador. No, ni siquiera eso. La piedra rugosa parecía no oponer resistencia alguna a sus trazos. Era casi como pintar sobre cristal.

Pensó que tenía mucha suerte de haber recibido un regalo tan estupendo, y deseó que las tizas tardasen mucho en gastarse. No se dio cuenta en ese momento, totalmente concentrado en su dibujo, que el clarión no había perdido la punta, ni apenas un poquito.

Cuando terminó, un magnífico corcel le miraba desde el suelo. Con las patas delanteras ligeramente levantadas, como si fuese a echar a correr en cualquier momento. Parecía de color marrón, si bien también se podría haber dicho que era de color morado. O quizá verde. Un rayo iluminó el cielo, y los destellos de los trazos se hicieron más evidentes por una décima de segundo. Jimmy sonrió, satisfecho con su trabajo.

«El auténtico Cometa», pensó.

—¡Jimmy! —le gritó su madre desde la ventana de la cocina— ¿Qué haces ahí fuera? ¡Entra en casa ahora mismo! ¿Es que no ves que va a llover otra vez? —levantó las manos y puso los ojos en blanco en un gesto que venía a señalar que todo lo dicho tendría que haber sido muy evidente para él, y cerró la ventana.

Jimmy guardó la tiza usada en la caja y la cerró. La señora Magpie se había esfumado sin que se diese cuenta, y la calle estaba sumida en una quietud solo rota por el ulular de una lechuza. Echó un último vistazo a «el auténtico Cometa» y corrió hacia la puerta, justo cuando las primeras gotas empezaban a caer sobre el silencioso Redhill.

Fue una lástima, porque si hubiese permanecido sólo unos segundos más contemplando su dibujo, se habría percatado de que el brillo de Cometa se estaba haciendo más intenso. Habría podido observar, seguramente con la boca abierta, cómo el caballo comenzaba a mover sus patas, levantaba su cabeza al viento y, en efecto, empezaba a galopar.

Por desgracia la lluvia, que se intensificó en cuestión de segundos, borró todo rastro del hermoso animal, antes de que nadie pudiese verlo.

Una lástima que empezase a llover justo en ese momento. O quizás empezó a llover precisamente porque no era el momento.