PRÓLOGO #12
—Escúcheme bien, padre. En ese arcón frigorífico hay un cuerpo. Es de un joven llamado Sean Murphy, del que tal vez haya oído hablar porque hay mucha gente que lo andaba buscando —explicó, sabiendo que, pese a su edad, O’Reilly seguía estando al tanto de lo que sucedía en las calles.
—Conocía al joven Murphy. Era un buen chico, venía todos los domingos a la misa de las doce y, cuando podía, nos ayudaba con los chicos. Si tú también vinieses a la Casa del Señor lo sabrías —le reprochó el padre, que jamás perdía la ocasión de echar en cara a su antiguo monaguillo que hubiese abandonado la práctica de su religión.
—Cuando me marche, use el teléfono para llamar a la comisaría, dígales que ha encontrado un cuerpo y déles la dirección. No deje al chico solo, padre, se lo ruego, y utilice sus dotes de convicción para que no avisen a su madre. No quiero que ella se entere por una fría llamada policial, quiero decírselo personalmente, pero me costará unas siete horas llegar a Boston. —Sacó todo el dinero que tenía en los bolsillos y se lo tendió al padre.
O’Reilly frunció el ceño y se negó al coger el dinero, pero Liam hizo caso omiso y se lo metió en uno de los bolsillos de la sotana.
—Déselo como anticipo a los Lewis para que se hagan cargo del cuerpo de Sean cuando el forense termine con él. Dígales que O’Donnell quiere que hagan su mejor trabajo y que les pagará generosamente. Asegúrese de que lo vistan con su mejor traje y de que utilicen el féretro más lujoso. También quiero que le pongan mi cadena en el cuello y un rosario en las manos —pidió el irlandés que, como todo el mundo en el barrio, sabía que la funeraria de los gemelos galeses era la mejor de toda la ciudad.
—¿Qué quieres que le diga a la policía? —preguntó el padre que, aunque no iba a mentir por el irlandés, estaba dispuesto a gestionar qué contaba y qué se callaba.
—Cuénteles la verdad, padre, cuénteles la verdad —le respondió el Yunque, que ya estaba harto de mentir y dar palizas.
—Reza conmigo, Liam, reza conmigo por el joven Murphy —pidió el anciano cura y le ofreció las manos para que se las agarrase.
O’Donnell cogió las artrósicas manos de aquel modesto siervo de Dios que tanto bien le había hecho y rezó con él por el alma de su hijo.
—Que Dios te proteja y te ayude, hijo —le dijo O’Reilly cuando terminaron de rezar y le besó con ternura aquellas enormes manos recorridas por feas cicatrices.
El exboxeador subió al Deluxe, pasó por su apartamento para coger dinero y algo de ropa, salió de la ciudad usando el puente Whitestone y tomó la US-1 Norte, que lo llevaría hasta Boston atravesando Connecticut.
Pensaba que tenía todo el tiempo del mundo y, por eso, en las tres semanas que habían transcurrido desde que había conocido a Sean, solo había hablado con él un puñado de veces. Era alto y corpulento, como él, y si lo hubiesen entrenado habría sido un púgil con posibilidades de hacer algo importante, pero el muchacho había crecido en un entorno académico y prefería la lectura a la actividad física.
Sean era inteligente, guapo, risueño y de modales exquisitos. Estaba contento con su trabajo en el Pitch Black y ya había empezado a hacer amigos allí, pero Liam no quería eso para su hijo, así que llevaba ya un tiempo moviendo sus contactos para conseguirle otro trabajo. Había mucha gente en aquella ciudad que le debía algún favor y uno de ellos estaba a punto de conseguirle un puesto para el chico en el National City Bank. Sean tendría que empezar como cajero, pero el chico era listo y tenía estudios, así que se podría labrar una carrera en la banca si aquello le gustaba.
En ninguna de sus charlas se atrevió a decirle que era su padre, entre otras cosas porque Sean hablaba maravillas de aquel catedrático que lo había criado y que, según le contó, había fallecido hacía poco más de un año. O’Donnell sentía que debía odiar a aquel hombre por haberle robado la paternidad y el apellido, pero solo conseguía sentir que le debía muchas cosas, tal vez demasiadas. Al casarse con su querida Molly, aquel hombre de letras la había librado del oprobio de ser madre soltera, algo imperdonable en la puritana sociedad bostoniana y que a buen seguro le hubiese costado su plaza en la universidad. No sabía si la había tratado como a una hija, o si la había amado como mujer, pero le daba igual, ya que, por lo que le había contado Sean, habían sido muy felices y eso era algo que le hubiese gustado agradecerle de haber podido.
Tenía miedo de que la noticia destrozase a Molly, que le arrancase las ganas de vivir, que quisiera reunirse con su hijo y que la pena se la llevase. Sería fuerte por ambos y, si ella lo aceptaba en su vida, nunca más se separaría de su lado. Dedicaría el tiempo que le quedase a intentar hacerla feliz, porque nunca la había olvidado y porque desde que la vio por primera vez bajo aquel porche con su vestido de flores y su rojo y rizado pelo al viento supo que no habría hueco en su corazón para otra mujer.
«A mí tampoco me gustan mis modales, me hacen llorar las noches de invierno y me importa tanto que le molesten como que se tome la sopa con tenedor»
(El sueño eterno, 1946)
EL ARTE DE JIMMY BELL
De Elia Míriel
Género literario: Fantasía young adult