Relatos Orbitales PRÓLOGO #11
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PRÓLOGO #11

La luna estaba casi llena y arrojaba bastante luz cuando los ojos se acostumbraban a la oscuridad, pero Alice acababa de salir del vehículo, así que no vio el desnivel. Se le rompió un tacón, se dobló el tobillo, cayó a tierra y rodó cuesta abajo por el terraplén.

—Bienvenida al Rat Motel de Sand Point, bella dama —le gritó Liam, cogió su bolsa del maletero, recogió el tacón que había perdido Alice y bajó hasta ella.

La femme fatale de saldo yacía boca abajo sobre la basura de aquel vertedero ilegal, oscuro, maloliente y atestado de ratas. Estaba consciente, pero conmocionada y, aunque emitía un levísimo quejido, no se movía.

—Tápese, señorita —sugirió Liam y con la punta de su zapato desplazó la parte baja del vestido de Alice, que se había subido, para que volviese a cubrir su liguero y su delicada ropa interior.

—¡No me mates, por favor, no me mates! —suplicó ella, entre lágrimas, dolorida y sin tratar de levantarse.

—No te voy a matar, Alice —aclaró el irlandés. Se agachó, le metió el tacón en uno de los bolsillos y le ató las muñecas con una de las cuerdas que llevaba en la bolsa de cuero negro.

Agarró a la hermosa joven por el antebrazo, la ayudó a levantarse y le ordenó que siguiese caminando en línea recta.

—Si no me vas a matar, entonces, ¿para qué estamos aquí? —preguntó la joven.

—Para deshacernos de la basura, porque eso es lo que eres, basura —respondió él y le hizo caminar hacia un mugriento y desvencijado sofá que descansaba junto a varios colchones mohosos y una vieja y oxidada bicicleta sin ruedas ni sillín.

—Su trono, reina de la basura —le espetó el irlandés; la cogió por los hombros, la hizo girar y la obligó a sentarse.

Sacó un par de pequeñas cuerdas de la bolsa y le ató los tobillos y las pantorrillas con tanta fuerza como pudo, sin importarle si le hacía daño.

Alice se quejó y le pidió que se las aflojase, pero él no le hizo el menor caso.

—Supongo que no estás acostumbrada a tener las piernas tan cerradas, pero no te inquietes, no creo que el Gran Jefe tarde mucho en llegar. Él decidirá tu futuro, así que piensa qué mentira le vas a contar para que no te liquide —explicó el exboxeador sonriéndole burlón.

—Déjame ir, Liam, por favor, déjame ir y haré todo lo que me pidas —suplicó, desesperada, echándose a llorar.

—Ahora soy Liam. ¿Ya no soy ni maldito sonado ni puto irlandés? —preguntó el exboxeador, admirado por lo creíble que era aquel llanto, que estaba convencido de que era puro teatro.

—Haré lo que me pidas y tantas veces como quieras —insistió la joven.

—Me recuerdas a las manzanas de Billy Bob, el dueño de una granja vecina a la de los O’Reilly. No había visto nunca unas manzanas más rojas y lustrosas que las suyas, pero nadie las compraba, porque estaban negras por dentro y ni los gusanos las querían —sentenció el irlandés.

—No, por favor, no me dejes aquí —insistió Alice.

Estaba harto de aquella pérfida muchacha y ya ni siquiera deseaba saber como había matado al Pelirrojo, así que cogió uno de los trapos que guardaba en la bolsa y la amordazó.

—Las ratas aquí son tan grandes como los gatos y huelen la sangre a kilómetros, así que será mejor que te limpie ese corte —dijo el irlandés, sacó su pañuelo y limpió el pequeño corte que se había hecho Alice en una oreja durante la caída.

En cuanto escuchó la palabra «ratas», la hermosa joven miró asustada en todas las direcciones y trató de levantarse, pero así atada y en aquel sofá tan desvencijado, ni siquiera pudo despegar su lindo trasero del asiento.

—Suerte con el Gran Jefe —le deseó el irlandés.

Se guardó el pañuelo manchado de sangre en el bolsillo, dio media vuelta y se alejó sin mirar atrás.

Subió al Deluxe, condujo hasta la rectoría en la que vivía el padre O’Reilly, lo despertó y, sin explicarle qué sucedía, le dijo que necesitaba su ayuda y le rogó que lo acompañase. El padre no hizo preguntas, se puso la sotana y subió al coche con el irlandés.

~

Ni Liam ni el septuagenario sacerdote dijeron nada hasta que llegaron al almacén del bulevar Berrian. Bajaron del coche y, cuando el irlandés abrió la puerta de metal y encendió la luz, descubrieron un espacio enorme pero prácticamente vacío. En una de las esquinas había una construcción auxiliar con dos ventanas y una puerta sobre la que había un letrero que decía «Oficinas», en la que entraron. Todo allí estaba cubierto por una densa capa de polvo, salvo dos cosas: un teléfono y un arcón frigorífico que emitía un suave zumbido que indicaba que estaba encendido.

—Padre, haga el favor de comprobar si hay línea —solicitó el irlandés.

Mientras O’Reilly hacía lo que le había pedido, Liam se acercó al arcón, lo abrió y, en cuanto vio a su hijo doblado y cubierto por la blanca escarcha, pateó el aparato y cerró la tapa con violencia.

—¿Qué ocurre, Liam? —quiso saber el sacerdote, aún con el teléfono en la mano.

—¿Hay línea? —preguntó el irlandés por respuesta.

—Sí —asintió, mirándole preocupado, porque esa era la primera vez en toda su vida que veía lágrimas en los ojos del Yunque.

El irlandés se acercó hasta el sacerdote, se aflojó la corbata, se soltó dos botones de la camisa, se quitó la fina cadena de oro que le rodeaba el cuello, besó la cruz y se la entregó al padre, que lo miraba sin entender nada. Desde que su difunta madre se la comprase, con gran esfuerzo, para su primera comunión, solo se la había quitado cuando boxeaba, y para él era mucho más que un recuerdo, un amuleto o un símbolo de la fe dentro de la cual se había criado.