PRÓLOGO #10
—Es la historia de Liam, el único hijo de unos inmigrantes irlandeses, que fue monaguillo en Santa Brígida. Allí conoció al padre O’Reilly, un hombre peculiar que había abrazado el sacerdocio a una edad tardía tras una vida de excesos. Aquel cura sabía cómo funcionaba el mundo, conocía perfectamente las calles y por eso trataba de apartar de ellas a los chavales del barrio. Lo hacía a través del deporte y, aunque cualquier disciplina servía a su propósito, la que más le gustaba era el boxeo. Él mismo enseñaba a los jóvenes todo lo que sabía, y, cuando Liam pegó el estirón y se unió a su grupo, quedó impresionado por las condiciones del muchacho. El joven tenía talento y avanzaba demasiado rápido, así que lo envió al gimnasio de Frankie, convencido de que aquel áspero italiano podía convertirlo en campeón. Los siguientes años fueron duros para Liam, que entrenaba durante horas en aquel semisótano que olía a sudor y linimento. El joven irlandés, pese a su tamaño, era rápido, tanto de reflejos como de movimientos y, aunque también era un gran encajador, los rivales nunca lo pillaban de lleno. Era magnífico con la derecha y, como buen zurdo, devastador con la izquierda. Acumuló victoria tras victoria, casi todas por nocaut, y la prensa lo apodó el Yunque. Todos en el barrio lo conocían, respetaban y querían.
—Y no tenía abuela.
Liam la miró, enfurruñado, a través del retrovisor, esperó unos segundos y retomó el relato donde lo había dejado.
—Estaba entre los cuatro candidatos para enfrentarse a Jack Johnson por el título mundial de los pesados y 1915 debía ser su año, pero todo cambió la noche en que unos matones lo interceptaron cuando salía del gimnasio de Frankie. Lo encañonaron y le reventaron las manos con bates de béisbol.
—Eso le debió doler —afirmó Alice, con mucha malicia, interrumpiendo el relato y disfrutando con la imagen de aquel gigantón tirado en un frío callejón con las manos totalmente destrozadas.
—Su carrera profesional acabó esa noche, y quien se enfrentó a Johnson fue el enorme Jess Willard. Aún estaba en el hospital, sometiéndose a su segunda operación, cuando aquel coloso de casi dos metros al que llamaban el Gigante de Pottawatomie destronó al campeón en La Habana con un inesperado nocaut. Liam se gastó todo el dinero que había ganado como boxeador en tratar de arreglarse las manos y perdió la cuenta de las veces que pasó por el quirófano. Le costó casi tres años recuperar la movilidad, pero sus manos estaban débiles y su forma física era deplorable —relató el irlandés, recordando aquellos años de dolor constante.
—Pero sus manos seguían teniendo unas horrendas cicatrices y ninguna chica en la ciudad quería que la tocase —espetó Alice, tratando de imitar el tono de Liam.
Liam se miró las cicatrices que le cubrían las manos y sonrió. Hacía años que no las miraba con desagrado, sino con orgullo, porque eran una muestra tanto de su voluntad de lucha como de su capacidad para aguantar el dolor. Replicar a aquella desagradable joven sería darle una victoria, así que ignoró sus palabras y continuó con el relato.
—El dinero se le había agotado y pidió ayuda al padre O’Reilly, que le consiguió un puesto en un almacén. Trabajaba durísimo de cinco de la mañana a tres de la tarde, comía y se iba al gimnasio de Frankie a tratar de ponerse en forma. El italiano tenía un nuevo pupilo, Dylan Hartford, y no se podía ocupar de él, así que Liam entrenaba por su cuenta. Más de una vez estuvo a punto de arrojar la toalla, pero siguió adelante y, aunque le costó algo más de cuatro años, recuperó su forma y su pegada. Lo único que necesitaba para regresar al ring era un entrenador y un mánager, pero no consiguió ni lo uno ni lo otro. Tenía 28 años y no entendía por qué todas las puertas se le cerraban, así que volvió a recurrir al padre O’Reilly y le rogó que hablase con los promotores que conocía. Así lo hizo el sacerdote, y unos días más tarde le relató algo que lo destrozó: los matones que le habían reventado las manos habían sido contratados por Frankie porque Salvatore Maranzano deseaba que Jess Willard fuese el aspirante al título. El padre fue muy claro: nadie lo representaría ni lo ayudaría a volver al ring —contó, con amargura, y negó varias veces.
—Y el irlandés los mató a ambos —aventuró Alice, a la que ninguno de aquellos nombres le decía absolutamente nada.
—No —sentenció Liam, y se rio de la joven—. Salvatore Maranzano era un pez gordo de la familia Bonanno al que él no hubiese podido llegar jamás. Se lo cargaron ocho años más tarde, en 1931, en el edificio Helmsley, cuatro pistoleros enviados por Lucky Luciano. Salvatore era un cabrón muy duro y para acabar con él necesitaron asestarle seis puñaladas y meterle cinco tiros.
—Pero haría algo con Frankie, ¿no?
—Aunque O’Reilly le rogó que lo olvidase y trató de frenarlo, el irlandés salió corriendo hacia el gimnasio de Frankie y, en cuanto entró y sus miradas se cruzaron, el italiano supo que lo había descubierto y trató de escapar por la puerta trasera. Liam corrió tras él, pero Dylan trató de impedírselo y, cegado por sus ansias de venganza, descargó toda la rabia acumulada sobre aquel pobre infeliz. La única razón por la que no lo mató a golpes fue porque todo el gimnasio se le echó encima. Lo agarraron por los brazos y las piernas mientras echaba espuma por la boca y juraba que iba a matar a Frankie. Solo el padre O’Reilly, que llegó sofocado y sudoroso tras una larga carrera, consiguió calmarlo. Lo sacó de allí, le obligó a hacer la maleta, le dio algo de dinero y lo envió al campo con un hermano suyo que tenía una granja en Narragansett. —El exboxeador sacudió la cabeza al recordar al pobre Dylan con la cara reventada.
—Y allí aprendió a ordeñar vacas y conoció a una oronda granjera que cocinaba para él y le calentaba la cama por las noches —continuó Alice, con malicia.
—Molly O’Sullivan ni era oronda, ni era granjera. Era la mujer más guapa que él había visto en toda su vida, tenía una figura perfecta y trabajaba como maestra. En el año que estuvo en aquella granja, Molly nunca guisó para él y solo se metió en su cama una vez, la noche antes de partir hacia Boston, en cuya universidad le habían dado una plaza de docente en el Departamento de Literatura —prosiguió O’Donnell, y volvió a ver aquellos grandes ojos verdes y aquel rostro risueño lleno de pecas del que aún seguía perdidamente enamorado.
Al ver que el irlandés detenía el relato y se quedaba en silencio, Alice supo que la estaba recordando y, aunque se le ocurrió una réplica mordaz, decidió ahorrársela.
—No volvió a saber nada de Molly hasta hace tres semanas, cuando, por pura casualidad, se topó con ella en una pequeña cafetería del West Village. Estaba sentada en una mesita en compañía de un fornido joven y nada más verlos supo que eran madre e hijo. ¿Sabes por qué, Alice? —preguntó y miró a su pasajera por el retrovisor.
—De padres gatos, hijos mininos —respondió la joven.
—Porque aquel muchacho era tan pelirrojo como ella —relató Liam y dejó que su pasajera, que no era tonta, atase cabos.
Alice se dio cuenta de inmediato de que el hijo de Molly era el joven crupier al que no hacía ni veinticuatro horas que le había disparado en el corazón, y se cubrió la cara con ambas manos.
—Aunque la gente cree que hay muchos irlandeses pelirrojos, lo cierto es que los «tocados por el fuego», que es como los llaman algunos, no llegan ni al diez por ciento de la población. ¿Cuántos jóvenes irlandeses pelirrojos crees que puede haber en esta gran ciudad? —preguntó con suma malicia y, al mirar por el retrovisor, vio que Alice, hundida en el asiento, se mordía nerviosa las uñas.
—Estaban haciendo tiempo porque Molly, que solo había venido a ver qué tal le iba a su hijo en la Gran Manzana, regresaba a Boston esa misma tarde. Me invitaron a sentarme con ellos, charlamos y, como Sean tenía prisa, me ofrecí a llevar a Molly a la estación y a hacerle compañía hasta que partiese su tren —contó, usando ya la primera persona en su relato.
—Yo no lo hubiese… —empezó a decir Alice, pero se lo pensó mejor y decidió que era mejor estar callada.
—Mientras esperábamos en la gran terminal central de Manhattan, me contó que se había casado con un catedrático de Derecho y me enseñó unas cuantas fotografías que llevaba en la cartera. Su marido, Peter Murphy, era mayor que ella, bajito y enjuto, y eso, y que Sean tuviese veintidós años, me dejó claro que aquel joven pelirrojo era hijo mío y no del catedrático. Molly debió notármelo en la cara porque se apresuró a decirme que había conocido a Peter muchísimo antes que a mí y que, aunque no se arrepentía de lo que había pasado aquella última noche en la granja, había sido un gran error. Me lo dijo con la voz quebrada y sin poder mirarme a la cara y, aunque supe que me mentía, no quise incomodarla y fingí que la creía. Antes de subir al tren me indicó dónde trabajaba Sean y me rogó que, si podía, le echase un ojo de vez en cuando. Le prometí que lo haría y, cuando le subí la maleta al vagón y ella me ofreció la mano para despedirse, no pude resistirme y la estreché con fuerza entre mis brazos y la besé con pasión. Nuestras bocas se fundieron, el tiempo se detuvo y fue como si estuviésemos de nuevo en aquella granja —contó el irlandés, con los ojos vidriosos.
Liam no dijo nada más y Alice permaneció en silencio hasta que unos minutos más tarde el irlandés tomó un desvío y los caminos por los que transitaban se hicieron cada vez más estrechos y oscuros.
Cuando llegó a su destino el irlandés detuvo el Deluxe, apagó las luces, quitó la llave, miró a su pasajera por el retrovisor y desbloqueó las puertas traseras. Alice, haciendo gala de una agilidad felina, abrió la puerta del lado derecho, saltó fuera del vehículo y echó a correr. El irlandés contaba con aquel intento de fuga y por eso había aparcado al lado de una de las empinadas laderas del vertedero.