Relatos Orbitales PRÓLOGO #9
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PRÓLOGO #9

Jimmy no contestó, pero la vista se le fue hacia su guardaespaldas y eso fue todo lo que el irlandés necesitó. Se acercó hasta el gorila y, aunque seguía inconsciente, le propinó una fuerte patada en el estómago y otra en la cara que le fracturó la mandíbula.

—¿Dónde están las llaves de ese almacén? —quiso saber el irlandés, apretando el Ka-Bar con rabia al imaginar el cuerpo del joven crupier rígido y cubierto de escarcha.

—En el segundo cajón del escritorio.

Liam abrió el cajón, recogió el manojo de llaves que encontró allí y aprovechó para revisar el resto del escritorio y para mirar debajo de este. En el resto de los cajones no halló nada, pero, bajo la mesa, tal como había supuesto, encontró un revólver dentro de una cartuchera de cuero. Lo metió junto a las llaves en su bolsa de cuero.

—Además de los dos idiotas que tienes como guardaespaldas, ¿participó alguien más en el robo del Pitch Black?

—No —respondió Jimmy, y Liam lo creyó.

—Entonces hemos terminado —afirmó, y, aunque no pensaba matarlo, blandió el cuchillo y se acercó a él con cara de pocos amigos.

—¡En la caja fuerte que hay detrás de aquel cuadro hay una llave! ¡Es de una de las taquillas de Pennsylvania Station y en ella encontrarás dos maletas con el dinero robado del Pitch Black! ¡La combinación es cuatro giros a la izquierda, 20, tres giros a la derecha, 60, y dos giros a la izquierda, 40! ¡Quédate el dinero o devuélveselo al viejo, pero deja que me largue de la ciudad! —suplicó Jimmy a la desesperada.

—¿Con Alice? —preguntó, burlón, el irlandés y se rio con ganas.

Jimmy, avergonzado, no respondió.

—Sin el dinero no le sirves para nada. Alice tiene una moneda donde el resto de las mujeres tiene el corazón. —Le palmeó la cara con suavidad—. Acabemos ya con esta mierda.

—¡No me mates, Liam, no me mates! —rogó el Guapo, y empezó a sollozar.

—Yo solo he matado en la guerra, y únicamente porque eran ellos o yo —afirmó el exboxeador antes de volver a taparle la boca.

Guardó el Ka-Bar, se puso la americana, abrió la caja fuerte, se hizo con la llave, recogió la bolsa de cuero y se reunió en la planta baja con Blake.

—Espera aquí una hora y luego acércate hasta Pennsylvania Station. Busca esta taquilla, recoge las maletas que encuentres allí y llévaselas al Gran Jefe. Dile que es la recaudación robada del Pitch Black, que fueron Jimmy y sus gorilas y que los hemos dejado aquí atados. Cuéntale que Ray está retenido en el Little Gleason, pero aclárale que ni él ni el Pelirrojo estuvieron implicados en el golpe. Dile también que Jimmy no trabajaba solo, que he ido a buscar al verdadero culpable y que lo dejaré para él en el Rat Motel de Sand Point —ordenó a su pupilo, y le entregó aquella pequeña llave que tenía un setenta y siete troquelado en la cabeza.

—Cuenta con ello, jefe —respondió Blake, que jamás cuestionaba una orden.

—Necesito el coche, así que utiliza un taxi —dijo tendiéndole un billete.

—Guarde su dinero, jefe —dijo el joven, un tanto ofendido.

El irlandés le ofreció la mano y Blake se la estrechó con firmeza. Ninguno de los dos dijo nada, pero el joven tuvo el presentimiento de que no lo volvería a ver, y eso le entristeció. Aquel irlandés le había enseñado mucho y siempre estaría en deuda con él.

El Gran Jefe había alquilado una preciosa casita para Alice en Jackson Heights y fue allí a donde se dirigió Liam. Aparcó frente a la puerta y tocó el timbre sin tener claro si sería ella la que abriese la puerta o un gorila. Hacía ya un tiempo que no había conflictos entre las cinco familias y la relación del Gran Jefe con Alice no era pública, así que cabía la posibilidad de que no le hubiese asignado una niñera.

—¿Qué cojones haces tú aquí? —preguntó Alice, displicente, mientras el irlandés la examinaba de pies a cabeza.

La joven lucía un corto vestido azul oscuro y tanto el escote de pico como las mangas tenían rebordes de un blanco inmaculado. Blancos eran también los zapatos de vertiginoso tacón, los guantes y el cinturón que rodeaba su estrecha cintura.

—¿Recién llegada o a punto de salir? —preguntó Liam, burlón, al ver que la dama estaba demasiado vestida para andar por casa.

—¿A ti qué te importa, maldito sonado? —respondió la joven usando una palabra que el irlandés odiaba, porque nunca lo habían noqueado ni tenía, como sí les pasaba a otros muchos púgiles, síntomas que hiciesen pensar que su cerebro no regía bien.

—Cierra el pico, cielo —ordenó Liam tras encañonarla con la M1911.

Alice no había visto nunca esa mirada de odio en el templado y callado irlandés, así que obedeció.

—Camina hasta el Deluxe y sube a la parte de atrás. —Le hizo un gesto con la pistola y la siguió.

En cuanto la atractiva joven subió al coche, el exboxeador se puso al volante y accionó la clavija que bloqueaba las puertas traseras. El sistema era muy similar al que tenían los vehículos policiales y había sido instalado en todos los coches de la banda para evitar que sus «invitados» pudiesen escapar tirándose del coche en marcha.

De haber sido un hombre, la habría sometido a un profundo cacheo, pero era un caballero y jamás toquetearía a una mujer sin su permiso. Además, de ocultar un arma, lo haría junto a uno de los muslos y sería de pequeño calibre, y esa era una amenaza con la que podía lidiar sin mayores problemas.

Alice no le había hecho ninguna pregunta ni había protestado, y eso le dejó claro que no solo intuía que la habían pillado por lo del Pitch Black, sino que estaba a punto de hacer algo para salir de aquel atolladero en el que acababa de meterse.

—Para el coche y abre la puerta o te pego un tiro —dijo Alice, sacando del muslo un revólver de bolsillo que apoyó contra el respaldo del asiento del conductor.

—Una Derringer del .22, ¿verdad? —preguntó el irlandés y le sonrió a través del largo retrovisor central del Deluxe.

—Para, o disparo —exigió ella, torciendo el gesto cuando el irlandés, en lugar de detener el vehículo, aceleró y se echó a reír con ganas—. ¡Si crees que no soy capaz de disparar, te equivocas, sonado!

Que usase aquella palabra por segunda vez enfureció al irlandés, que dejó de reír.

—Estoy seguro de que eres de las que no dudan en disparar, pero, si fueses lista, me apuntarías a la cabeza. El .22 es un calibre de escasa penetración y estos asientos tienen un montón de varillas y muelles, un relleno muy denso y cuero del bueno, así que no creo que puedas atravesarlo. Dispara, si quieres, y así lo comprobamos —la retó, volviendo a reír.

—¿Así mejor? —preguntó Alice, poniendo el cañón justo detrás de la cabeza de O’Donnell.

—Mucho mejor —respondió el irlandés, y, en un solo acto, giró la cabeza hacia la ventanilla y pisó el pedal del freno hasta el fondo, deteniendo el Deluxe de golpe.

El frenazo hizo que Alice se estampase contra el respaldo delantero. Cuando su brazo derecho pasó por encima del hombro de Liam, este aprovechó para agarrar con fuerza la muñeca de la mano con la que sujetaba la Derringer. La joven aulló de dolor y soltó el arma, que cayó al suelo junto a los pedales.

—Vuelve a sentarte y no hagas tonterías —ordenó el exboxeador, le soltó la mano, metió la pequeña pistola en la guantera y reemprendió la marcha.

—Eres un puto animal —le insultó aquella femme fatale de saldo que, eso había que reconocérselo, no se arredraba con facilidad.

—¿Por qué y cómo mataste al Pelirrojo? —preguntó Liam, sin más preámbulos.

—Yo no he matado a nadie —respondió Alice, sin citar el nombre de su víctima, y con tanto aplomo que cualquier otro la hubiese creído.

—Sé que lo hiciste, Jimmy me lo contó.

—Entonces te mintió —afirmó la joven, con tanta rapidez que incluso pareció sincera.

—Cuando te clavan un cuchillo y lo retuercen, hay que tenerlos bien puestos para no cantar y, aunque Jimmy tenía un buen número de talentos, de coraje me temo que andaba un tanto escaso —sentenció el irlandés usando el tiempo pasado para que Alice creyese que estaba muerto.

—¿Tienes el dinero? —preguntó ella, dando por seguro que, además de delatarla, el Guapo habría confesado dónde escondía el dinero.

—Eso es lo único que te importa, ¿verdad?, el puto dinero.

Su tono era sombrío y displicente y eso hizo que Alice no dijese nada.

—El dinero va camino de ser devuelto, así que olvídate de la pasta —sentenció el irlandés y, al mirar por el retrovisor, se encontró con la seductora mirada de Alice.

—Tal vez podríamos llegar a algún tipo de acuerdo. Algo que sea ventajoso para ambos —dijo la hermosa joven, recorriéndose el borde del escote con un dedo y usando el mismo dulce tono que, según las leyendas, usaban las sirenas para atraer a los marineros hasta los arrecifes.

—Eso tampoco te va a funcionar. No eres mi tipo y lo único que me interesa de ti es saber por qué y cómo mataste al Pelirrojo.

—¿Por qué te importa tanto ese pobre diablo? —preguntó Alice, con un tono que mostraba tanta contrariedad como hastío.

—Te contaré una historia —anunció el exboxeador.

—Si el protagonista es un viejo boxeador sonado, mejor ahórratela.

—Te la contaré de todos modos.

Alice resopló, se hundió en el asiento y cruzó los brazos sobre el pecho.