Relatos Orbitales PRÓLOGO #8
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PRÓLOGO #8

Tal como habían acordado, y dando por hecho que el otro guardaespaldas estaría en el piso superior con Jimmy, Blake había saltado la verja del jardín y entrado por la puerta trasera usando un cortador de cristal para abrir un hueco en uno de los vidrios y acceder al pomo. Gracias a eso, pudo colarse sin hacer ruido y había pillado por la espalda al belga mientras amenazaba a su mentor.

La puerta se abrió y, en cuanto el exboxeador entró, apoyó el cañón de la M1911 en el pecho del guardaespaldas.

—No hagas tonterías, o te pego un tiro. Asiente si me has entendido —le susurró al oído aumentando la presión del cañón.

El guardaespaldas lo miró furioso, pero asintió. El irlandés le quitó el arma, se la metió en un bolsillo de la americana y le hizo un gesto con la automática para que se dirigiese hacia la cocina.

—Entra —susurró.

Cuando los tres estuvieron dentro de la amplia y lujosa cocina, le dio un puñetazo en la sien izquierda. El cerebro del gorila vibró en el interior del cráneo, se cortocircuitó, y, si no se dio de bruces contra el azulejado suelo, fue porque Blake lo cogió por las axilas. Usando el material de la bolsa de Liam, lo amordazaron y le practicaron el amarre del cerdo, una inmovilización muy eficaz que, además de amarrar manos y tobillos por separado, unía ambas ataduras con un nudo corredizo que rodeaba el cuello, de modo que, si tratabas de liberarte de cualquiera de las dos, tú mismo te ahogabas.

Subieron las escaleras con tanto sigilo como pudieron y, en cuanto pusieron pie en la planta superior, escucharon a dos hombres hablando tras una de las puertas. El rudo irlandés hizo un gesto con la cabeza a su obediente pupilo, quien, tras dejar la bolsa a un lado de la puerta, se colocó detrás de su mentor. Liam giró el pomo de la puerta, entró de sopetón y apuntó al sorprendido guardaespaldas.

—¡Ni se te ocurra! —le gritó, encañonándolo, al ver que se llevaba la mano derecha al sobaco para coger su arma.

—Y tú, Jimmy, quieto ahí —ordenó Blake, que había entrado detrás de su jefe.

—Buen chico —dijo el irlandés.

Se acercó al guardaespaldas, le apoyó el cañón de su querida Colt en la sien y le desarmó.

—Las manos sobre la mesa —exigió Blake, dando por descontado que Jimmy tendría una pipa metida en un cajón o fijada con su funda bajo el escritorio de caoba ante el que estaba sentado.

Jimmy lo miró rabioso, pero obedeció, tan despacio como pudo. Había ocasiones en las que esperar era mejor que actuar y esa era una de ellas.

—Las manos a la espalda —ordenó Liam por segunda vez esa noche y, como ya había hecho con Ray, noqueó al gorila de un izquierdazo.

—Da igual lo grandes que sean, siempre los noquea con un solo golpe. —Sonrió Blake, burlón, a aquel maldito «medio metro» al que llamaban el Guapo.

O’Donnell recogió la bolsa del pasillo y amordazó y ató al guardaespaldas, tal como había hecho con su compañero, dejándolo tumbado boca abajo sobre la moqueta.

—Tu turno —anunció mirando a Jimmy, y, mientras Blake lo encañonaba, le ató las manos a los brazos de la silla y las piernas a las patas delanteras.

Hecho esto, inclinó la silla hacia atrás y la arrastró hasta colocarla en el centro del amplio y lujoso despacho.

—Esto va a ser desagradable. Ve abajo y vigila la puerta —le ordenó a Blake, entregándole las armas de los dos guardaespaldas.

El joven lo miró, dubitativo, pero al ver que su jefe se quitaba la americana dando por terminada la conversación, obedeció.

—¿Sabes qué es esto? —preguntó Liam a Jimmy, una vez solos, y le mostró el cuchillo que acaba de sacar de la bolsa de cuero negro.

—Un puto cuchillo —respondió el Guapo, tratando de disimular su miedo.

—No es un puto cuchillo, es el Ka-Bar, el cuchillo de los Marines. Hoja de acero al carbono de 18 centímetros de largo y 3 de ancho, y mango de cuero —describió el irlandés mientras le acercaba la aguda punta del mítico cuchillo a la cara.

Jimmy echó la cabeza hacia atrás para alejarse del cuchillo y Liam aprovechó para ponerle la hoja en el cuello.

—¿Has oído hablar de la batalla de Peleliu? —preguntó, retirando el Ka-Bar del cuello de Jimmy para clavarlo en la silla, justo entre sus piernas.

—No —respondió el Guapo, con un hilo de voz.

—Esa maldita isla perdida en el culo del mundo apenas tenía valor estratégico, pero el general Rupertus dijo que la tomaría en cuatro días, y todos le creyeron. Al final fueron más de dos meses de carnicería en los que sufrimos la mayor tasa de bajas de toda la campaña del Pacífico. Rara era la noche en la que los japoneses no reptaban hasta nuestras trincheras semidesnudos con sus cuchillos en la boca. Mataban a los que podían y, si no los descubríamos, regresaban con los suyos. No todos pueden matar a cuchillo, porque tienes que estar muy cerca de tu rival, de modo que ves el miedo en su mirada y sientes como se le escapa la vida cuando hundes la hoja en su cuerpo. Es por eso por lo que se dice que matar a cuchillo es un acto muy íntimo. En Peleliu tuve que matar con este mismo Ka-Bar y juré que no volvería a hacerlo, pero si no me dices lo que quiero saber, romperé mi promesa. ¿Me sigues? —contó y desclavó el cuchillo.

—Te sigo —le respondió Jimmy, con voz temblorosa.

—Sé que la noche del robo le pediste a Ray que te llevase al Pelirrojo y sé que él jamás se metería en un robo como el del Pitch Black, de modo que no te preguntaré si el golpe fue cosa tuya ni si pretendías cargarle el mochuelo, porque eso ya lo doy por supuesto. Así que, dime, ¿sigue vivo?

—Yo no… —empezó a decir el Guapo, pero, antes de que pudiese añadir nada más, Liam apoyó la punta del Ka-Bar contra su hombro y empujó. La hoja atravesó las ropas de Jimmy como si fuesen de papel y se clavó varios centímetros en su carne.

—Si lo retuerzo, el dolor será mayor, y lo haré si no contestas —sentenció sin que los gritos de su víctima le afectasen lo más mínimo—. Como quieras —sentenció al ver que el Guapo no respondía e hizo girar el cuchillo en ambos sentidos mientras lo clavaba un poco más.

—¡No! ¡No sigue vivo! —respondió Jimmy para que aquel espantoso dolor cesase.

Aunque el asesinato del joven Sean Murphy era algo que O’Donnell había dado casi por seguro desde el minuto uno, aquella confirmación lo destrozó.

—¿Lo mataste tú? —preguntó tras extraer la hoja.

—No —respondió Jimmy, cuando el inmenso dolor bajó de intensidad.

—¿Ordenaste que lo matasen?

—No.

—¿Quién lo hizo, entonces? —O’Donnell apoyó la punta de aquel cuchillo al que tanto aprecio tenía en el otro hombro de Jimmy.

—¿No prefieres saber dónde está el dinero? —preguntó Jimmy para cambiar de tema y apelar de modo nada sutil a la codicia de su interrogador.

—El dinero me importa una mierda. No estoy aquí por eso —respondió, airado, el irlandés, porque jamás había actuado movido por el vil metal.

—No estás investigando el robo para el viejo, ¿verdad? —dedujo Jimmy, y la idea de que el exboxeador estuviese allí por motivos personales y buscando venganza hizo que tragase saliva.

Aquel animal solo le había preguntado por el joven crupier y, aunque no tenía ni idea de qué se conocían, le quedó claro que tenían algún tipo de vínculo.

—No, no estoy aquí por el Gran Jefe —confirmó el irlandés, que jamás se refería al veterano líder de la banda como «el viejo».

Liam volvió a preguntarle quién había matado al Pelirrojo, pero Jimmy no contestó.

—Estamos perdiendo el tiempo, así que te seré sincero. No vas a salir con vida de esta habitación y ante ti se abren solo dos caminos: me dices lo que quiero saber y te doy una muerte rápida, o te saco la verdad con este cuchillo y luego te hago un corte de esos que producen una muerte lenta y dolorosa. —Hizo una pausa para que Jimmy meditase sobre lo que acababa de escuchar—. Puedo perforarte un pulmón, el hígado o sacarte las tripas.

El Guapo no era el tipo duro que todos creían y hacía tiempo que Liam lo tenía calado, así que no le extrañó que se mease en los pantalones.

—Dime quién mató al Pelirrojo —preguntó el irlandés antes de darle un puñetazo en el costado que le rompió varias costillas.

Jimmy se encogió, pero no dijo nada.

—Asiente cuando estés listo para responder.

No le preocupaba que alguien escuchase sus gritos, puesto que la casa más próxima estaba muy lejos, pero aun así le quitó el pañuelo de seda que tenía en el bolsillo pectoral de la americana y se lo metió en la boca.

El exboxeador solo necesitó un largo y superficial, aunque sumamente doloroso, corte en el muslo de Jimmy para que este asintiese como un loco.

—¡Fue Alice, ella lo mató! —confesó Jimmy cuando le retiró el pañuelo.

Alice era, desde hacía medio año, la nueva amante del Gran Jefe. Una jovencita de gustos caros y rasgos que recordaban a los de Hedy Lamarr, cuyo peinado y forma de vestir imitaba sin disimulo para acrecentar el parecido. Tenía cara de ángel, pero era tan cruel como Kitty, la femme fatale a la que había dado vida la gran Joan Bennett en Perversidad el año anterior.

—Las que tienen cara de ángel son las más peligrosas, Jimmy, un tipo como tú debería saberlo. Deja que adivine: te dijo que está harta del Gran Jefe, que es viejo y asqueroso, pero que nunca la dejará irse. Seguro que lo del Pitch Black fue idea suya y que la creíste cuando te dijo que con el dinero os fugaríais y seríais felices —dijo el irlandés, en tono burlón.

—No, ella… —comenzó el Guapo, pero se calló.

—Te has tragado un mal guion, Jimmy. Un guion de serie B.

Jimmy se hundió abatido en la silla, pero se negó a creer al irlandés.

—¿Dónde está el cuerpo de Sean Murphy? —preguntó el exboxeador, y le apoyó la punta del cuchillo en el hombro que aún le quedaba sano.

—Dentro de un arcón frigorífico, en un almacén que alquilé en el número 3 del bulevar Berrian —respondió el Guapo de inmediato y bajó la cabeza, avergonzado.

—¿Lo metiste tú mismo? —preguntó Liam con cara de pocos amigos.