Relatos Orbitales PRÓLOGO #7
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PRÓLOGO #7

—Aunque chilles más que Tarzán, nadie te escuchará, así que voy a quitarte la mordaza, pero te lo advierto: como abras la boca para algo que no sea responder a lo que te pregunte, te voy a reventar el hígado a golpes. ¿Queda claro, Ray?

El pistolero frunció el ceño, dudó, pero terminó asintiendo, y el Yunque le bajó la mordaza y le concedió unos segundos para que desentumeciese las mandíbulas.

—Sabes cómo funciona esto, ¿verdad?

—Tú preguntas y yo respondo.

—Y, si tu respuesta no me convence, te reviento —añadió Liam.

Se despojó de la americana, se quitó el reloj, se remangó la camisa y se puso una bata similar a las que se utilizaban en los mataderos para no mancharse de sangre.

—Solo por si acaso —aclaró el Yunque mientras terminaba de abrochársela.

Ray tragó saliva y guardó silencio porque, aunque el gigante irlandés ya casi no daba palizas y eran sus dos jóvenes pupilos los que se ensuciaban las manos, conocía muy bien su fama como interrogador.

—Esto se me da muy bien, ¿sabes por qué?

—Porque fuiste boxeador y golpeas muy duro.

—Eso ayuda, no lo voy a negar, pero lo que de verdad me hace bueno a la hora de extraer información es el hombrecillo de mi estómago.

—¿De qué cojones hablas? —preguntó Ray, con cara de no entender nada.

—Perdición, Billy Wilder, 1944, con Fred MacMurray, Barbara Stanwyck y el gran Edward G. Robinson.

—Tú y tu puta obsesión con el cine negro.

—En esa película, Barton Keyes, el experimentado investigador de seguros que interpreta Edward G. Robinson, afirma que la razón por la que nunca le han colado un fraude es porque tiene un hombrecillo en el estómago que le avisa cuando alguien trata de engañarlo. A mí, aunque te parezca mentira, me pasa lo mismo, y por eso sé cuando alguien me miente, así que te aconsejo que no lo hagas. —Sonrió.

—Lo que tú digas, campeón —respondió Ray, escéptico.

—¿Sabes dónde está el Pelirrojo?

Pelirrojo era como muchos llamaban a Sean Murphy, un apuesto y fornido joven que trabajaba como crupier en el Pitch Black, uno de los garitos de juego clandestino más rentables de la ciudad. Nadie lo había visto desde la noche anterior y, aunque el Gran Jefe no tenía claro que hubiese sido él, había miembros de la banda que creían que podía estar implicado en el robo de la recaudación del local. Tanto la policía como un par de los sabuesos de la banda lo estaban buscando para interrogarlo, porque el robo había ocurrido en su día de descanso y, si el joven seguía vivo, algo que Liam dudaba, debía encontrarlo antes que ellos.

—No —respondió el pistolero, y Liam supo que decía la verdad.

—Ayer por la noche te vieron sacarlo a punta de pistola por la trasera del Velvet y obligarlo a subirse a un Lincoln.

—Eso es mentira —respondió Ray y, aunque parecía verdaderamente indignado, el hombrecillo de su estómago le gritó a Liam que le estaba mintiendo.

El Yunque lanzó un rápido jab de derecha que impactó en la nariz del pistolero y lo combinó con un fuerte izquierdazo bajo el esternón. Ray sintió que los pulmones se le vaciaban y, aunque intentó respirar, el aire no le entró en el cuerpo.

—Tranquilo, chico, esa sensación de ahogo no durará —afirmó Liam, que sabía perfectamente lo que se sentía cuando te pegaban justo en ese punto.

Ray boqueó como un pez fuera del agua, pero terminó recobrando el aliento. Fue entonces cuando notó el dolor creciendo gradualmente desde el abdomen y el férrico sabor de la sangre en la boca.

—¿Primera vez que te rompen la nariz?

El pistolero respiró hondo varias veces, pero no contestó.

—¿Quién conducía el Lincoln y por qué le entregaste a Murphy? —preguntó el gigante irlandés, sacándose las tabas de los nudillos en ambas manos para darle a entender que volvería a golpearlo si no respondía.

—Si te lo digo, me matará.

—Y, si no me lo dices, te mataré yo —aseveró el rudo irlandés, y lanzó una rápida combinación de golpes al aire a modo de advertencia.

Ray lo miró asustado y, aunque dio la impresión de que iba a cantar, escupió la sangre que le había llegado hasta la boca y no dijo nada.

—Esto sí te va a doler —le anunció Liam, como si los anteriores golpes hubiesen sido simples caricias, y le lanzó otro jab de derecha y otro izquierdazo.

El jab, muchísimo más duro que el que le había propinado en la nariz, le impactó en el ojo derecho, y el izquierdazo buscó sus costillas flotantes.

—Tranquilo, muchacho, solo te he roto un par de costillas y no creo que pierdas ese ojo, aunque nunca se sabe —afirmó, mientras Ray gritaba de dolor.

—¡No veo, joder, no veo! —aulló el pistolero, aguantando a duras penas el dolor.

—Es increíble lo rápido que se puede hinchar un ojo cuando te lo golpea alguien que sabe lo que hace, ¿no crees?

—¡Joder, joder, joder! —El dolor del costado no cesaba y el del ojo aumentaba a medida que la sangre se acumulaba y le presionaba el globo ocular.

—Tienes cinco segundos para darme su nombre o te volveré a golpear ese ojo y, esta vez, ten por seguro que lo perderás —amenazó Liam y le dio un suave toque con el dedo en el cerrado párpado para que comprobase que incluso eso era dolorosísimo.

—¡Jimmy! ¡Jimmy el Guapo! —respondió Ray, convencido de que, si no le decía la verdad, el rudo irlandés no dudaría en dejarlo tuerto.

—¿Qué te dijo, o con qué te amenazó, para que le entregases al chico?

—Jimmy sabía que yo estaría toda la noche en el Velvet y me ordenó que, si el chico se dejaba caer por allí, le llamase y, media hora más tarde, lo sacase al callejón sin que nadie nos viera. Dijo que era una orden del Gran Jefe y que nadie debía saberlo o mi cadáver aparecía flotando en el North River.

—¿Te creíste que era cosa del Gran Jefe?

—Sí.

—Pero ya no, ¿verdad? —preguntó de forma retórica el exboxeador, porque el secuestro del joven Sean Murphy la noche anterior al robo del que ahora era uno de los principales sospechosos hacía que Jimmy quedase retratado.

—No —respondió el pistolero, abatido.

Creía a Ray y estaba claro que, si este no había contado nada a nadie, no era solo por las amenazas del Guapo, sino porque haber entregado al joven crupier hacía que pareciese implicado en sus tejemanejes.

—¿Iba solo?

—Sí —respondió el pistolero tratando de abrir el párpado, sin éxito.

—Te creo —afirmó el irlandés. Se quitó la bata, se bajó las mangas y se volvió a poner el reloj y la americana.

—No pensarás dejarme aquí.

—Mañana, a primera hora, alguien vendrá a soltarte. No tiene nada que ver con todo esto, así que no la tomes con él.

—Espera, dime una cosa —pidió Ray en cuanto Liam empezó a subirle la mordaza.

—Quieres saber quién te vio, ¿verdad?

—Sí —respondió el pistolero, apretando los dientes.

—Fue Olga —le contestó sabiendo que Ray sería incapaz de hacer daño a la hermosa rusa por la que bebía los vientos.

Ray se encogió en la silla, negó varias veces y soltó un largo suspiro.

—Bajo esa artificiosa sensualidad que despliega en el escenario, hay una joven sencilla, inteligente y mucho más inocente de lo que crees. Para que le diesen trabajo en el Velvet dijo que tenía veinticinco años, pero no creo que llegue a los veinte. Si la quieres y no es un simple capricho, no le jodas la vida, Ray. Deja este jodido mundo atrás y empieza una nueva vida con ella, muy lejos de aquí. En su día yo estuve en una situación muy parecida y perdí mi oportunidad. No pierdas tú la tuya —le aconsejó el Yunque antes de subirle la mordaza y marcharse dejándolo solo con sus pensamientos.

Jimmy era la mano derecha del Gran Jefe, un tipo inteligente y despiadado al que no podías darle la espalda. Le llamaban el Guapo porque volvía locas a las chicas y era raro verlo con la misma más de dos noches. Un chulo de manual, que afirmaba ser tan atractivo como Cary Grant y que imitaba a Burt Lancaster aunque, por altura, estaba más cerca de James Cagney que del protagonista de la recién estrenada Forajidos.

Sabía dónde encontrarlo, pero sería difícil echarle el guante, ya que siempre iba acompañado de un par de experimentados guardaespaldas. No quería implicar a nadie más en aquella movida, pero no le quedaba otra que recurrir a uno de sus pupilos. Se decantó por Blake, porque tenía algo más de experiencia, así que hizo una parada en el all-night diner de la calle 12 y lo llamó desde el teléfono público que tenían junto a la barra. No le dijo gran cosa, tan solo que lo necesitaba y que lo recogería en su casa en unos veinte minutos, y su chico no le pidió explicaciones.

—Jefe —saludó el alto y fornido joven cuando subió al Deluxe.

—Blake —respondió el irlandés, y lo miró fijamente—. Antes de que te apuntes a esto, debes saber que podrías meterte en graves problemas si no sale bien.

—Me arriesgaré, jefe.

—Vamos, pues.

La media hora que había hasta la casa que Jimmy había comprado en Astoria la invirtió en trazar un sencillo plan y en dar instrucciones precisas a Blake, que no hizo preguntas y no puso pegas cuando le dijo quién era el objetivo.

~

Al llegar a aquel barrio, que estaba en plena expansión, Liam detuvo el coche en la esquina más oscura que encontró, le entregó a su pupilo la bolsa negra de cuero que guardaba en el maletero y uno de los revólveres de Ray y le deseó suerte. Hecho esto, caminó hasta la casa de Jimmy y llamó despacio con los nudillos en lugar de emplear el timbre. Cuando la puerta de recia madera, a la que no quitaron la cadena, se entreabrió, lo primero que vio el irlandés fue el cromado cañón de una pistola automática del .45 apuntándole a la cara.

—¿Qué cojones quieres, puto irlandés? —preguntó el guardaespaldas de Jimmy, que empuñaba la automática.

—Ver a Jimmy, nazi asqueroso —le respondió Liam, aunque sabía que no era de origen alemán, sino belga, y que había nacido y vivido toda su vida en Nueva York.

—Vuelve mañana —espetó el guardaespaldas.

—Shhh. Cierra el pico y abre la puerta —escuchó decir a Blake, que acababa de apoyar el revólver en la sien del gorila.