Relatos Orbitales PRÓLOGO #6
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PRÓLOGO #6

Los ruidos de lucha procedentes del laboratorio no cesan. Al llegar crononautas cada vez más avanzados, las luchas entre ellos se han prolongado más de lo debido y ya no da tiempo a ultimar al crononauta anterior en sesenta segundos, cuando un nuevo crononauta hace acto de aparición. Ni siquiera cuando llegó Zachary Zimmerman la cosa acabó, ya que luego llegaron los viajeros del tiempo con nombres en código numérico y Schweighöfer se cagó en todo y se fue a tomar algo, lejos de todo aquello. «Cuando acaben», pensó, «alguien tomará el mando de las instalaciones y nos diría qué hacer». Sólo rezó para que, el vencedor, tuviera cabeza, tronco, dos brazos y dos piernas, porque algunos visitantes se asemejaban a cubos de Rubik, relojes suizos, batidoras, maquinillas de afeitar y hasta uno con forma de pene y bolsa escrotal que, en fin, daba mucho miedo por su potencial armamentístico, pese a que provocaba risa mirarlo.

Porque estaba claro que ganarían las Grandes Naciones, ya que, si seguía llegando gentuza del futuro era porque la máquina sincrónica seguía funcionando en esos tiempos venideros. Lo que sentenciaba el fracaso de la resistencia.

Por eso, con el torrente sanguíneo lleno de cafeína, se pregunta qué pasaría si ella misma saboteara la máquina y acabara con todo. ¿El destino determinista se lo impediría? ¿Provocaría una paradoja que destruyera el cosmos?

—Somos idiotas —dijo, de improviso, interrumpiendo la actual conversación acerca de toda la tecnología sorprendente que han visto desfilar delante de sus ojos. La miran con interés—. Somos genios científicos. Los más listos que hay. Y siempre nos quitan nuestros inventos. No falla. Usan nuestros prodigios con los mismos fines. Y, una y otra vez, ¿cómo respondemos nosotros? Volviendo a entregar nuestras ideas y nuestras proezas científicas, ideas de progreso y avances de la civilización en las peores manos que hay. Somos idiotas.

Niels la sonríe, con amargura.

—Nunca debimos jugar con el tiempo.

—¿Qué pasará ahora? —pregunta un ingeniero cuyo nombre la doctora nunca recuerda, con una voz del todo asustada.

Es una buena pregunta. En ese lugar sólo se hacen preguntas interesantes.

¿Qué pasará? Todo. Nada. ¿Quién puede saberlo?

Lo mejor del tiempo es que, en contadas ocasiones, a pesar de que las consecuencias pueden ser nefastas al cabo de unos minutos, tienes la opción de detenerlo y concentrarte en ese momento en concreto; mandando todo lo demás a la mierda. Vivir ese momento y vivirlo bien. Con lo que sea, con lo poco que tengas.

Ese café está buenísimo. La doctora deja de hacerse preguntas que ella misma no puede responder y se centra en lo único que importa en ese segundo específico. ¿Está buenísimo el café? ¿Puede disfrutarlo en paz?

—Joder, ya lo creo.

Lo que tuviera que venir luego… en fin, vendría luego.

EL YUNQUE

Del Coronel Kurtz

Género literario: Noir hardboiled

Para Lydia, la femme fatale que me regaló cinco años de

locas aventuras caminando siempre por el filo de la navaja.

Aparcó el Ford Deluxe negro en un callejón a media manzana del Velvet, sacó su Colt M1911 de la guantera, lo comprobó, cargó, puso el seguro y lo introdujo en la funda sobaquera. Bajó del coche, se abrochó la americana, se aseguró de que no se notaba que iba armado y caminó hacia aquel night club que tanto odiaba.

La pistola semiautomática de acción simple de Colt modelo M1911 era el arma corta reglamentaria de los Marines y, desde que sirviera en el cuerpo durante la Segunda Guerra Mundial, era el único modelo que había utilizado. De ser pistolero, como Ray, habría optado por un revólver, seguramente un Smith & Wesson .38 o .44, ya que eran mucho más fiables y certeros. Pero disparar, aunque no se le daba nada mal, ni era lo suyo, ni le gustaba.

No solía ir armado, pero Ray era tan peligroso como impredecible y, aunque no quería matarlo, lo haría si la situación se torcía. Con ese pensamiento en mente entró en el Velvet y localizó al pistolero sentado en su mesa de siempre, así que se acercó y se sentó a su lado.

—Campeón —saludó Ray, que era uno de los pocos a los que permitía usar ese apelativo que, lejos de ser un halago, encerraba una buena dosis de veneno.

—Ray —respondió él, recordando con amargura aquel aciago día en el que unos matones le rompieron las manos para sacarlo de la carrera por el título de los pesos pesados.

Tras años de durísimo y constante trabajo, sus manos se recuperaron, pero para entonces su carrera profesional se había terminado. Para la prensa fue, durante varios años, «el campeón sin corona», pero a sus cincuenta años, y tras aquella jodida guerra, solo los grandes especialistas en boxeo recordaban, con nostalgia, a Liam el Yunque O'Donnell.

—El jefe tiene un trabajo para ti y me ha pedido que te recoja —mintió Liam sin alterar lo más mínimo el gesto

—No me jodas, hoy es jueves —protestó el pistolero.

Todos en la banda, incluido el Gran Jefe, sabían que Ray estaba loco por Olga y que cada jueves a las diez de la noche acudía al Velvet para escucharla cantar. Hija de inmigrantes judíos, aquella joven rusa era un portento de la naturaleza: alta, rubia, intensos ojos azules, cintura de avispa y kilométricas piernas. Su voz no era gran cosa, eso era así, pero su puesta en escena volvía locos a los hombres, sobre todo cuando salía a escena vestida como Rita Hayworth en Gilda y, al igual que ella, se despojaba de los guantes con sensualidad. La película se había estrenado hacía menos de tres meses, pero todo el mundo en la bulliciosa Nueva York la había visto y la mayoría de los hombres soñaban con acostarse con su indómita protagonista.

—Vamos, Ray, es urgente —insistió Liam al ver que el pistolero no se movía.

—Está a punto de salir, coño —protestó Ray, golpeando la mesa con el vaso de carísimo burbon.

—Tú mismo —exclamó el Yunque, se levantó y echó a andar hacia la salida.

—Puta mierda —escuchó decir al enamorado pistolero, que, furioso, se levantó y pateó la silla en la que había estado sentado—. ¿Dónde está el jodido coche? —preguntó, ya fuera del local, al ver que no había rastro del Ford Deluxe.

—Está a media manzana, en el callejón del Búho —le respondió con desgana.

Ray no dejó de blasfemar en todo el trayecto y eso le molestó profundamente porque, aunque hacía mucho que ya no practicaba, seguía siendo católico. De joven había sido monaguillo en Santa Brígida y le habían enseñado que blasfemar no solo violaba el Honor divino, sino que demostraba falta de control y debilidad. Aquella era una buena parroquia y muchos la llamaban «la iglesia de la hambruna», porque procuró sustento a las familias de los trabajadores irlandeses de los astilleros del East River cuando la crisis económica se cebó con la ciudad.

—Abre el maletero —le pidió Liam cuando llegaron hasta el coche y comprobó que el callejón estaba vacío.

—¿Tengo pinta de botones, imbécil?

El gigante irlandés desenfundó su M1911 y lo encañonó.

—Abre el maletero, por favor —repitió, con una sonrisa burlona.

—No sé qué pretendes, pero esto te va a costar caro, hijo de puta —respondió Ray y le mostró los dientes como haría un lobo con una oveja.

—Gracias. Ahora junta las manos en la espalda —ordenó el Yunque cuando el pistolero abrió el amplio maletero del Deluxe.

Ray blasfemó, escupió al suelo y lo maldijo, pero obedeció. En cuanto lo hizo, Liam le lanzó un contundente croché con el puño izquierdo que le impactó en la sien derecha y lo noqueó.

—¿Ya no blasfemas? —preguntó al inerte pistolero, que no solo tardaría en despertar, sino que lo haría con entre cinco y diez minutos borrados de la memoria.

Lo cacheó a conciencia y, además del revólver Smith & Wesson .44, le quitó la navaja automática que ocultaba en un bolsillo del pantalón y el Colt Detective Special .38 de la tobillera. Hecho esto, lo metió en el maletero, le ató las muñecas y las piernas con las cuerdas que había dejado allí y lo amordazó.

Aquello no era una de esas películas de cine negro que tanto le gustaban y, por eso, aunque tuvo que cruzar media ciudad para llegar hasta el Little Gleason, no se cruzó con ningún coche patrulla. Se trataba de uno de los tres sótanos en los que la banda propinaba palizas cuando necesitaba obtener información y lo habían bautizado así como guiño al Gleason’s Gym, uno de los clubes de boxeo más importantes de la ciudad. Fundado por Bobby Gleason en 1937, era uno de los lugares más famosos del Bronx y un centro de culto, porque allí entrenaba Jake LaMotta. A Liam le encantaba LaMotta, y el derechazo con el que había derribado a Sugar Ray Robinson en 1943 era uno de los mejores puñetazos que había visto en toda su vida.

El sótano, al igual que la casa, era propiedad de la banda y el conjunto estaba rodeado por una alta verja que tenía dos entradas: una principal y otra trasera, que era la que utilizaban cuando querían ser especialmente discretos. Fue esa la que empleó y, tras atravesarla y cerrarla, aparcó al lado de las escaleras que bajaban hasta el sótano.

Abrió el maletero sin miedo a lo que pudiese hacer Ray porque, aunque suponía que ya habría despertado, estaba fuertemente atado y su movilidad era casi nula. No le apetecía forcejear con el arrogante pistolero mientras lo arrastraba y lo preparaba, así que, tan pronto abrió, le propinó otro izquierdazo que lo volvió a noquear.

—La Bella Durmiente ha despertado —exclamó Liam cuando Ray, al que había quitado la americana y atado a una silla, abrió los ojos y agitó aturdido la cabeza.

Tal como esperaba, en cuanto su mente se despejó, el pistolero se retorció como una serpiente tratando de soltarse, pero no consiguió nada.

—La silla está fijada al suelo con pernos y en los Marines me enseñaron a hacer todo tipo de nudos, así que deja de hacer el imbécil.

Ray era obstinado y volvió a intentarlo, pero no tardó en darse cuenta de que no conseguiría nada y dejó de agitarse.