PRÓLOGO #5
Un sonido de campana se deja escuchar. La cegadora luz verde desaparece y las puertas de la cabina se abren en paralelo. Del interior surge un hombre ataviado con una armadura futurista y placas holográficas a su alrededor, siguiendo todos sus movimientos como lo harían insectos molestos. El nuevo crononatua porta un fusil extraño que parece un juguete de plástico, con luces de vivos colores y diseño ergonómico. Tres de los tiradores del equipo de seguridad del laboratorio le apuntan con sus armas convencionales, mientras la otra mitad continúa centrada en Alexander Alford.
Sin más dilación, el recién llegado apunta al primer crononauta y le abate de un disparo certero en la frente.
Fedorov y sus hombres dirigen sus cañones hacia el nuevo viajero del futuro y se ponen a dispararle, mientras el resto de los ingenieros y científicos se tiran al suelo con las manos en la cabeza. La doctora se tapa la boca y permanece en el sitio más por pura confusión que por un gesto de valentía.
El crononauta apunta con su extraña arma al techo y alza los brazos en señal de sumisión; sin embargo, recibe en cuestión de segundos varios cientos de balazos. Su armadura repele todo el daño generando un campo de fuerza que funde los proyectiles de plomo y los hace caer derretidos sobre el suelo. Tras varios segundos resistiendo el fuego constante, Fedorov da la orden de alto el fuego y el viajero en el tiempo adopta una pose más relajada.
—Siento mucho haber llegado así —se disculpa con una vocecilla—; aunque era necesario.
Fedorov y sus hombres se miran entre sí. Los técnicos se incorporan un poco, algunos se atreven a asomar la cabeza por encima de mesas y consolas de mandos. La doctora Schweighöfer se cubre el abdomen con las manos, aterrada.
—Joder —dice, soltando un gallo.
El recién llegado pliega el casco segmentado, como una suerte de capucha por secciones y continúa hablando con su rostro expuesto.
—Déjenme presentarme. Me llamo Bradley Baker y vengo en nombre de las Grandes Naciones. No se hacen una idea del peligro que han corrido a manos de ese terrorista. —Se agacha para depositar su fusil en el suelo y enseñar las manos en son de paz—. He venido a ayudar. La máquina sincrónica corre peligro y me veo en la obligación, en virtud de la nueva normativa para el viaje temporal, de asumir el mando de esta operación.
La doctora adopta una pose tensa y enseña los dientes.
—Aquí su normativa no tiene vigencia, caballero.
Baker se gira un momento para comprobar que el fulgor verdoso de la cabina continúa opacando los cristales.
—No disponemos de muchos segundos.
—¡Acaba de matar usted al primer crononauta de la Historia, maldito asesino! ¡Y no puede aplicarnos ninguna normativa de su tiempo!
—Se equivoca, doctora Schweighöfer —rebate él, aplicando a su voz aguda un toque forzado—. El carácter retroactivo de las leyes temporales se aplica a cualquier tiempo pasado o futuro en que la posibilidad del viaje…
El sonido de una campana, típica de microondas, vuelve a sonar.
—…temporal sea tenida en consideración, por este hecho…
Las puertas paralelas de la cabina se abren.
—…me veo en la triste obligación de…
Un sonido propio de un latigazo, pero con un fuerte componente digital y un toque chisporroteante se escucha en todo el laboratorio.
Después, la cabeza de Bradley Baker es vaporizada por una suerte de rayo de plasma. El hombre cae al suelo como una ficha de dominó, embutido en su armadura reluciente cuyos hologramas se apagan en el acto.
Un nuevo crononauta ha invadido el laboratorio. Parece una suerte de robot cromado, de cuerpo tan esbelto que casi parece un esqueleto de metal. Mientras las puertas de la cabina se vuelven a cerrar y todo el interior del habitáculo se llena de una luz esmeralda intensa, los ojos de la máquina antropomorfa iluminados en tono naranja se vuelven azules. El cañón humeante que estaba al final de su brazo se transforma por mediación de extrañas aleaciones líquidas en una mano de cinco dedos de configuración humana.
—No disparen, por favor —ruega—. Mi nombre es Chad Cameron y vengo del futuro y quisiera…
El jefe de seguridad y sus hombres le acribillan durante varios segundos, pero en cuanto las balas atraviesan el cuerpo robótico como si fuera una sopa densa se acaban hiriendo entre sí por fuego amigo. Sólo entonces, liberan el gatillo.
—Vaya —dice Chad Cameron, con su rostro de robot inexpresivo, si bien sus ojos se tornan de color rosa—, yo no quería esto. No pueden hacerme daño, señores. Vengo de un futuro distante donde la máquina sincrónica ya ha ocasionado multitud de catástrofes y calamidades. A escala planetaria. Les curaré y dejaré como nuevos, caballeros. Poseo conocimientos sobre anatomía humana de altísima precisión. A pesar de todo —echa un vistazo a la cabina, que aun refulge de luz verde—, no disponemos de mucho tiempo. Verán, la resistencia lleva décadas combatiendo la avaricia del gobierno de las Grandes Naciones y no nos queda más remedio que acabar con el origen de tanta desgracia.
—No siga —le interrumpe la doctora Schweighöfer—. Quiere destruir la máquina del tiempo.
—Ha de hacerse.
—Empiezo a pensar que sí.
Un sonido de campana. Los hombres de Fedorov que aún siguen en pie tratan de disparar sus armas contra el recién-recién llegado mientras aún está dentro de la cabina, lo que ocurre es que las armas ya no funcionan. Muchos componentes electrónicos dejan de funcionar con eficacia y casi la mayoría de los elementos mecánicos dentro de la enorme sala.
La doctora ve entonces el engendro mecánico que sale de la cabina. Una especie de armatoste que fusiona el cuerpo de una araña con el de un hombre, pero con las extremidades unidas mediante ectoplasmas del color del plancton. Se mueve como un borrón, a velocidad más rápida que la vista. Zigzaguea hasta llegar a Chad Cameron y se le echa encima, como una bola de helado sin mordisquear cuando empieza a derretirse sobre el cucurucho. El anterior crononauta da varios espasmos, una cantidad ingente de rayitos de pura electricidad recorren todo su cuerpo y cae al suelo como un charco de agua metálica. Después el último visitante adopta la forma más humana posible para algo compuesto por ectoplasma viscoso y zarzales de metal delineadas como extremidades, mostrándose a todos los presentes con una reverencia teatral.
—Siento las molestias, damas y caballeros —dice, con voz de director de carpa de circo—. Declan Davenport se presenta ante ustedes, tras haberles salvado la vida del peligroso terrorista al que las autoridades llevan buscando desde hace cuarenta años, ofreciendo la garantía de que ya no correrán más peligro y poniendo mis talentos al servicio del mantenimiento de la máquina sincrónica. Han hecho, hacen y harán un trabajo magnífico.
En esos momentos, uno de los hombres de Fedorov, malherido por el fuego amigo accidental, muere en los brazos del jefe de seguridad del laboratorio. Fedorov lo aloja en el suelo, desenfunda su pistola táctica y dispara contra el nuevo viajero temporal, hastiado de todo.
—Ya he soportado bastante —dice. Y aprieta el gatillo varias veces, sin que el arma llegue a funcionar ni una vez.
Davenport lo mira con su cabeza-zarzal, cuyos tallos metálicos conforman una especie de cara humana con el ceño fruncido.
—La hostilidad… —dice— se paga con hostilidad.
Tras eso, empieza a abalanzarse sobre los exsoldados rus y los mata de uno en uno a una velocidad tan enfermiza que parece un borrón difuminado por un fotograma de película antigua.
Los seis miembros de seguridad mueren en dos segundos.
La doctora Schweighöfer aparta la vista ante el espectáculo de los hombres cayendo al suelo con la mitad superior de su cuerpo asemejándose a un burrito de carne a medio comer.
Declan Davenport convierte todo su torso en una cara humana y habla con gran sobriedad al resto de los presentes, que le observan espantados.
—A partir de ahora, yo me encargaré de la seguridad de todos ustedes. —Señala con un dedo zarzal negro los reactores de ingenio tecnológico—. Y de gestionar el uso correspondiente de la máquina sincrónica.
Otra vez la campana de microondas. La luz verde se apaga. Otra cosa monstruosa y tan tecnológica como extrañamente orgánica sale de la cabina, proveniente de un futuro mucho más lejano que el anterior visitante.
—¡Mi nombre es Elliot Eberhart y vengo en nombre de la libertad, la justicia, la verdad, el amor y… la resistencia!
Lucha y ejecuta al anterior crononauta.
Tras un minuto exacto, se escucha el sonido de la campana. El fulgor verde se extingue. Otra aberración sale de la cabina, proveniente de un futuro aún más lejano.
—¡Mi nombre es Fergus Faulkner, las Grandes Naciones dicen no al terrorismo y la maldad separatista!
Combate y mata a su predecesor.
Campana. La luz verde se apaga. Un nuevo ser de un futuro distante.
—¡Mi nombre es Geoffrey Gates!
Mata al otro crononauta.
Pasa un minuto.
—¡Mi nombre es Heath Henderson!
Mata.
Minuto.
—¡Soy Ian Irving!
Mata.
Minuto.
Minuto.
Minuto.
Minuto.
Fue un día muy largo.
~
La doctora Schweighöfer está en la cafetería con los técnicos supervivientes y Niels Rickman. Deben haberse tomado ya un litro de café cada uno.