Relatos Orbitales PRÓLOGO #4
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PRÓLOGO #4

—No, hijo, me lo acabo de inventar. Aunque me gusta. De cualquier forma, si cualquier otro viajero del tiempo programara el mismo viaje en el tiempo, a las doce en punto de la tarde de hoy, aparecería después, en función del instante cronológico desde el que se trasladara. Como, además, la cabina necesita un minuto entero para reconfigurar la aceptación de materia exógena al momento presente, aunque hubiera miles de millones de viajeros en el tiempo que vinieran desde épocas venideras, tendrían que ir esperando su turno de aparición, siempre teniendo en consideración el año en el que estén usando la máquina sincrónica.

—¿Debe pasar un minuto entre una aparición y otra?

El chico hace preguntas obvias, pero interesantes. El problema es que las hace en el peor momento posible. Schweighöfer deja de mordisquear el bolígrafo que tiene metido en la boca y se lo coloca en el hueco de la oreja. Si pudiera mandar callar al joven, sin duda, lo haría. El único inconveniente para hacer eso es que sigue tratándose del hijo del mayor inversor que el proyecto puede permitirse.

—Obvio —dice la doctora, con sobriedad—, es una medida de control y de lógica física. De otro modo, se materializarían en el mismo instante todos los viajeros temporales en el mismo espacio físico (que, como ves, no da para mucho más de cuatro personas muy apretadas). Aparecerían a la vez dos o veinte o mil millones de crononautas que, en el mejor de los casos, entremezclarían sus átomos y formarían una aberración de carne y músculo, huesos y porquería, con brazos y piernas y cabezas por todas partes. Serían tantos y se reubicarían en un espacio tan finito que, generarían una densidad muy superior a la de un cuerpo humano convencional, convirtiéndose en un objeto superdenso en función de cuántos viajeros se fundieran entre sí.

—¿Y en el peor de los casos?

La doctora chasquea la lengua y niega con la cabeza.

—Sus átomos se fisionarían y todo este puto sitio desaparecería entre una luz cegadora, calor infernal y un hongo de polvo que llegaría hasta la estratosfera. Game Over, Niels.

El joven se lleva la mano a la parte inferior de la mandíbula y frota la barba incipiente que ya empieza a crecerle.

—¿No vamos a ponerla a prueba nosotros mismos? Quiero decir, ¿no es justo que seamos nosotros los que nos convirtamos en los primeros crononautas del mundo?

A la doctora no le gusta mucho ese uso de la palabra nosotros. Él está aquí para verificar que el dinero del padre está bien empleado y confirmar que las presumibles inversiones multimillonarias que se hagan desde ese día los harán a todos más ricos. Y ahí sí que puede incluirse en el término nosotros.

La idea de enviar en el tiempo al muchacho, le provoca urticaria.

—En el mismo momento en que activemos la máquina, en el supuesto de que no pase nada, yo misma —Schweighöfer se presiona un seno con un pulgar— pienso viajar una hora hacia el futuro. Ya habrá tiempo para mayores aventuras cronológicas. Pienso ir al año 3000 y, si se tercia, viajar al fin de la vida en la Tierra. A pesar de que ese plan inicial de viajar una sola hora hacia el futuro ya es bastante excitante para una científica, estamos casi seguros de que, en cuanto activemos la máquina sincrónica, recibiremos visita del futuro. Si todo sale bien, de un miembro de nuestro propio equipo que viajará desde un tiempo no muy distante.

Niels se muestra un poco contrariado. Observa a Schweighöfer con el ceño fruncido.

—Ha dicho en el supuesto de que no pase nada. Lo ha dicho. ¿Qué podría salir mal?

La doctora piensa que podrían salir tantas cosas mal que enumerarlas le daría para todo el día. Y tras consultar el reloj de su muñeca, se percata de que se queda sin tiempo. Restan segundos para el momento histórico.

—Muy pronto lo comprobaremos —sentencia.

Schweighöfer se lleva a la boca el silbato de árbitro de fútbol que cuelga de una cuerda a su cuello y lo hace sonar. Todo el mundo se pone en alerta. La máquina sincrónica está a punto de ser encendida. Quien no siente un hormigueo en el estómago, no es persona.

—Equipo 1 —la doctora habla en voz alta, pero sin llegar a gritar.

—A punto.

Se activan dos reactores y todo tipo de ingenios tecnológicos se ponen a emitir un zumbido extraño al unísono. Toda la sala se llena de humo blanco a ras de suelo.

—Equipo 2.

—A punto.

Nueva maquinaria se suma a la activación. Por momentos el sonido empieza a ser molesto, sin llegar a ser estruendoso. La temperatura de todo el laboratorio sube varios grados. Tres miras láser de color rojo apuntan al interior de la cabina, del todo vacía. Sus haces luminosos rebotan en los cristales que rodean esa suerte de cabina telefónica hipermoderna.

La doctora consulta la hora una última vez. Son las 11:59 de la mañana y 54 segundos.

—Equipo 3.

—Preparados, doctora.

57 segundos. 58 segundos. 59 segundos.

El oficial técnico del Equipo 3 pulsa el botón rojo.

La máquina sincrónica se activa.

~

De inmediato, del interior de la cabina sale una luz verde que vuelve las mamparas de cristal irrompible del todo opacas. No hay nadie en la enorme sala que no contenga el aliento.

La máquina está recibiendo materia no perteneciente a este tiempo. De ahí el gran fulgor esmeralda. Si no viniera nadie del futuro, la cabina permanecería normal.

Schweighöfer mira a su jefe de seguridad.

—¡Señor Fedorov!

—Estamos preparados, señora.

—¡Cuidado ahora, se lo ruego!

La doctora se muerde el labio.

El destello se apaga y toda la luz del interior se desvanece como quien apaga un interruptor. Un sonido de campana se escucha en la cabina y los cristales se vuelven transparentes.

Hay un hombre en el interior de la cabina.

—Guau —susurra la doctora.

Algunos emiten un gemido de excitación y, otros, susurran nerviosos. Varios incluso se ponen a aplaudir, pero dejan de hacerlo cuando se escuchan los chasquidos inconfundibles del carril de las armas de fuego siendo cargadas. Las miras láser de los miembros del equipo táctico apuntan a la cabeza del individuo que ha surgido de la nada.

—¡Señor Fedorov, se lo suplico!

—Tranquila, señora. Haga su trabajo y nosotros haremos el nuestro.

Las puertas de la cabina se abren a ambos lados, en orientación norte y sur y con las bisagras en posiciones invertidas. El hombre enseña las palmas de las manos.

Viste un mono azul y gris con muchos pliegues y bolsillos. Su distintivo sobre los brazos no es reconocible.

—¡Por favor, no disparen! —Saca un pie del ingenio tecnológico y luego, con lentitud, entra en el laboratorio por la puerta sur, sin bajar las manos ni un instante—. Vengo a ayudar.

Da sus primeros pasos por el laboratorio, muy cauto. Respirando como si sintiera diferente el oxígeno del lugar.

Las dos puertas de la cabina se cierran a su espalda y el fulgor verde regresa, manteniendo iluminado el habitáculo.

La doctora Schweighöfer abandona el perímetro de protección y pasa a través de técnicos y consolas de mando, apartando con educación a quien se interpone. Rebasa incluso la línea circular de hombres armados, en dirección al recién llegado.

El jefe de seguridad la llama al orden.

—¡Doctora, no!

—Haga su trabajo y yo haré el mío —le responde ella, lanzándole una mirada furibunda por encima de su hombro. Luego le ofrece la mano al invitado de excepción—. Mi nombre es Amy Schweighöfer, soy la doctora al frente de todo este…

—Sé de sobra quién es usted —le dice el recién llegado, mientras le estrecha la mano y relaja un tanto su pose—. Y no tenemos mucho tiempo.

Los puntos luminosos de color rojo siguen fijados en la frente, sien y nuca del crononauta. La doctora señala con el dedo a su jefe de seguridad.

—Señor Fedorov, diga a sus hombres que bajen las armas.

—Con el debido respeto…

—¡Bajen las armas, por favor! —Apoyando la mano sobre el hombro del extraño hace indicar con un gesto que no puede ser más inofensivo—. Ha venido a ayudar.

Fedorov apunta con el cañón de su fusil al suelo, pero lo sigue sosteniendo con decisión. Ni uno solo de sus hombres pierde de vista al recién llegado.

El extraño se gira para encarar a Schweighöfer. Le quita la mano de su hombro y la estrecha con cariño.

—No hay tiempo, doctora. Deben apagar esta monstruosidad antes de que sea demasiado tarde.

—¿Qué?

El hombre mira la luz verdosa que despide el interior de la cabina, aparta de su lado a la doctora con suavidad, pero con firmeza, dirigiéndose hacia uno de los reactores principales.

—Muy pronto le arrebatarán el control de la operación, doctora —afirma—, y no me refiero a la familia Rickman, sino al gobierno de las Grandes Naciones. No se imagina la clase de cosas que le harán al mundo esos políticos autocráticos en los años que están por venir, cuando visiten el futuro con total impunidad, sin ningún interés científico y volviendo a su época con conocimientos que no les corresponden. —El hombre señala al reactor gemelo número tres, luego al número dos y, por último, al uno, con el cañón multitubo de una ametralladora apuntándolo a sólo cuatro pasos de distancia—. Me llamo Alexander Alford, formo parte de la resistencia y les garantizo que esta máquina sincrónica va a causar más pérdidas de vidas que todas las guerras anteriores juntas.

La doctora se queda petrificada.

El jefe de seguridad se aproxima al recién llegado con pasos ruidosos y pesados, con un alzamiento del mentón reclama su atención.

—¡Eh, usted! Le ordeno que no salga del círculo de seguridad. De cinco pasos hacia atrás. Regrese a las proximidades de la cabina.

—Usted no lo entiende —le dice el extraño.

—Haga lo que lo digo y no me obligue a ponerme serio, señor.