PRÓLOGO #3
Lo cierto es que la energía que ellos utilizaban en ese laboratorio sólo era empleada en encender y mantener la máquina en funcionamiento, la energía necesaria para el viaje en sí era extraída de esa oscuridad regresiva que iba desde el final temporal del universo hacia el Big Bang
La doctora Schweighöfer se bebe lo que queda de café y le agarra al chico por el interior del brazo, conduciéndole hacia la siguiente sala. Niels parece molesto por el trato dispensado, a juzgar por el temblequeo que la doctora puede apreciar.
Un rus con una cicatriz enorme en la cara y un mamotreto de persona con brazos como jamones la saludan con un cierto aire canalla y le permiten el paso. El tipo de seguridad que este equipo de científicos puede permitirse. Ex soldados del régimen eslavo de Stepanenko, dispuestos a todo. Aceptando con profesionalidad lo que surja, porteros, chóferes, guardaespaldas, incluso asesinos, aunque ellos dirán que eso no.
Y entran en la gran sala, cautivados por la majestuosidad del artefacto que se alza ante ellos. La doctora y Niels se detienen un instante para admirar la imponente estructura que ocupa todo el espacio. El artefacto es una obra de ingeniería deslumbrante, una montaña de maquinaria que se eleva hasta rozar el techo y se pierde al fondo del hangar, desafiando la perspectiva con su grandiosidad.
Desde todas las direcciones, ríos de cables serpentean por las entrañas de acero del artefacto, creando un enmarañado laberinto de conexiones y circuitos. Cada cable está conectado con meticulosidad, como las venas de un organismo vivo, transportando la energía y la información necesarias para el funcionamiento del inmenso aparato.
La superficie del artefacto está tatuada de remaches, cada uno de ellos un testimonio de la precisión y dedicación que han sido necesarias para construirlo. Los remaches brillan en la tenue iluminación de la sala, como estrellas diminutas en el cielo nocturno, aportando un toque de belleza industrial a la imponente estructura.
En la base del artefacto, a los pies de esta mole metálica, se encuentra una especie de ducha rectangular cerrada. Es la cabina, el epicentro del milagro científico. De unos dos metros y medio de altura, contrasta con la enormidad del resto del artefacto. Parece diminuta en comparación, a pesar de suponer la parte más importante.
—La máquina sincrónica —anuncia la doctora, por mucho que no hay necesidad—. Nuestra pequeña máquina del tiempo.
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Si la máquina del tiempo no funciona como debe, podrían pasar tres de las siguientes cosas:
La primera es que no pase nada. Sería un fiasco indudable, habría mucha gente que perdería su empleo y, lo que es peor, su prestigio. La doctora Schweighöfer podría incluirse en ese grupito. Lo bueno es que, en fin, el asunto terminaría ahí.
La segunda es que se produzca algún fallo técnico. Un detalle que los físicos no hayan valorado, teniendo en cuenta que manejan trillones de variables, un fallo técnico sería algo esperable. La gama de fallos técnicos podría ser infinita. Los que entran dentro de la calificación más preocupante, tienen que ver con explosiones gigantescas que podrían desolar la Jurisdicción entera y hasta dañar la atmósfera de este sector del planeta, lo que repercutiría en desastres mayores.
En la tercera la máquina, en apariencia, funciona a la perfección, si bien, al probarla comprueban que algo no va como debería, con repercusiones tan diversas como inimaginables. A la doctora se le ocurren situaciones comprometidas como que la máquina sólo pudiera permitir el viaje hacia el futuro, lo que impediría al crononauta regresar a su tiempo. Otra inconveniencia podría ser que el sujeto envejeciera al instante la misma cantidad de tiempo que hay desde su presente hacia la fecha a la que da el salto, lo cual, para viajes de gran distancia, por decirlo así, pongamos doscientos años, supondría… llegar oliendo muy mal.
Por otra parte, incluso aunque funcionara correctamente, podrían ocasionarse eventos de toda índole. Buenos, malos, todo es probable. El viaje en el tiempo es peligroso. Este grupo de personas podría estar preparando el origen del fin del mundo en el mismo momento en que la máquina sea puesta en marcha.
La probabilidad es alta.
Sin embargo, la mayor decepción que otorga esta particular máquina del tiempo es que no se puede viajar fuera de ella. Es decir, la máquina del tiempo ofrece un salto abierto hacia cualquier fecha dentro de su propia existencia. Entras en la cabina y sales de la cabina en otro tiempo. Para que el viaje temporal se produzca, la máquina ha de seguir existiendo.
Cuando mañana por la mañana se active la máquina sincrónica, empezará la historia de los viajes en el tiempo, y terminará el mismo día en que la máquina deje de funcionar. Viajar hacia adelante o hacia atrás en el tiempo será posible dentro de esos márgenes. Si la máquina es destruida en el plazo de un siglo, por poner el caso, habrá un margen de disponibilidad temporal de cien años.
Se puede trasladar este armatoste colosal a otro lugar del planeta, pero sólo es posible desplazarse en el tiempo dentro de la cabina.
Adiós a cazar saurios, visitar la época de construcción de las pirámides de Kemet, asistir al descubrimiento de Laurentia o darle la mano al emperador Buonipercosi. Mañana, si todo va bien, será el punto más antiguo desde el que se pueda viajar desde el futuro. Hoy mismo es un día inalcanzable para la máquina del tiempo. El último día intocable de la cronología universal.
A pesar de ese gran hándicap, el futuro está a la entera disposición de este equipo de científicos. Mientras exista la máquina.
El gran temor que les acucia en estas horas es si mañana, tras la activación del artefacto, tendrán una visita hostil desde el futuro. Por supuesto, van a tomar medidas de protección; las que les permite el presupuesto.
La pregunta que cualquiera se haría, contemplando todas estas incómodas posibilidades, es si merece la pena. El riesgo es demasiado grande.
Aquí, lo que hay que tener en cuenta es que ella es científica. Ni que decir tiene que correrá cualquier riesgo. Se la jugará todas y cada una de las veces. Siempre, siempre, siempre. En aras del conocimiento, del avance y de la ciencia pura.
De la curiosidad malsana, también.
Una de las cuestiones que tienen que ver con el progreso humano, y es una idea incontrovertible, es que, si se puede alcanzar una meta, si entra dentro de las contingencias probables, se intentará. Alguien lo conseguirá. La tecnología consiste en dar un paso y, después, otro. No se parará nunca. Y existen ciertos pasos lógicos, ideas que alguien, más tarde o temprano, pensará.
Civilizaciones separadas entre sí por océanos y otras fronteras naturales, que jamás cohabitaron para prestarse sapiencias culturales, desarrollaron por sí solas principios lógicos dentro de materias de supervivencia elementales. Incluso más allá de herramientas de cultivo o armas blancas primordiales, todas las culturas del mundo desarrollaron, cada civilización a su debido tiempo, una idea tan compleja y refinada como el arco y la flecha. Y aunque para una persona moderna la construcción y perfección de un arco y sus correspondientes flechas, le supondría un arte irrealizable (por no hablar de una pérdida de tiempo), todos los hombres antiguos culminaron ese paso ya que… era un paso ineludible.
Si no es este equipo, mañana por la mañana, quien ponga en marcha la máquina del tiempo, alguien, más adelante, puede que con otro sistema o basándose en principios o tecnologías diferentes, lo hará. Después de la fisión del átomo, llega la fusión. Y ahora le toca el turno al desafío temporal.
Otro paso ineludible.
¿Qué pasará? Todo. Nada. ¿Quién puede saberlo?
~
Ha llegado el día de la activación. El equipo está a punto de hacer historia. Van a abrir la vía de atajos a través de las diferentes páginas del gran libro del tiempo, el mayor logro de la especie humana. La excitación puede advertirse en el ambiente.
Además de las treinta y tres personas que conforman el equipo técnico, la doctora Schweighöfer y el visitante de excepción, Niels Rickman, cuya opinión favorable podría cambiar el curso presupuestario del proyecto, hay media docena de miembros del equipo de seguridad, distribuidos alrededor del perímetro de la cabina. Tres de ellos apostados tras tres ametralladoras fijas atornilladas al suelo de tipo Gatling en formación de hélice. Los otros tres ocupan los huecos que dejan las ametralladoras pesadas, armados con fusiles de asalto con grandes prestaciones tácticas.
La doctora les ha insistido mucho sobre no caer en la tendencia habitual de los exsoldados en horas bajas de apretar el gatillo primero y preguntar después. Hoy, en teoría, nadie debe abrir fuego si ella no da la orden.
Los seis rus, con sus barbuzas recias y ojos de locos, han asentido con ligeras sonrisitas. «Sí, sí» dijo el oficial al mando con un acento muy fuerte y poco musical, mientras su rostro parecía decir «ya veremos».
La voz de Niels Rickman saca a la doctora de sus ensoñaciones.
—¿Qué pasa si entran miles de millones de crononautas llegados desde todos los puntos de la Historia?
La pregunta del chico no es ninguna tontería. Al ser el punto de viaje temporal más antiguo al que se puede viajar desde el futuro, no sería de extrañar que fuera el momento más ansiado por gran cantidad de científicos del futuro más distante, historiadores y cronistas de los siglos venideros, turistas millonarios, así como cualquier otro viajero temporal que albergara en su intención fines imprevisibles.
La doctora consulta la hora y verifica que aún tiene tiempo para una explicación rápida. Faltan unos minutos para las doce del mediodía. La hora clave.
—El primer crononauta que viaje a las doce de este mediodía, será el que, por decirlo así, tendrá el turno de aparición.
—¿Ése es el término correcto, turno de aparición? ¿Es jerga crononáutica?
La doctora pone los ojos en blanco.