PRÓLOGO #2
Lo dice humillado. La doctora tiene fama de ser irreverente y poco comedida. A pesar de que vacilaría a un ciego sobre el color del semáforo de la calle que pretende cruzar, con Niels se he portado bastante bien. Para ser el enchufado de su principal valedor, sin formación suficiente para merecer estar aquí, y siendo puesto al corriente de todo cuando no es más que un becario… coño, ella cree estar portándose de fábula con el chico.
—Pues sí, es una forma de hablar. Con todo, el proceso que hará funcionar la máquina una vez se active, podrá parecerte indistinguible de la magia.
—Tengo una visión de todo grado científica, doctora.
Tras haber recorrido medio hangar, casi vacío de personal, la doctora Schweighöfer y Niels llegan a la zona de barracones. El entorno es un complejo de campaña improvisado, similar a los que los militares montan en zonas delicadas, aunque con la intención de no permanecer allí durante demasiado tiempo. El lugar irradia un aura de provisionalidad, con estructuras temporales construidas con materiales simples pero funcionales.
A medida que se adentran en la zona de barracones, la doctora vislumbra el futuro próximo: un búnker imponente que se erigirá alrededor del artefacto. Será el corazón de unas instalaciones de máxima seguridad, donde no escatimarán en gastos. Esta será la base militar más importante de Grandes Naciones. Los recursos que ahora les son negados serán destinados sin dilación al nuevo invento, y el presupuesto se disparará para asegurar su éxito. Todo girará en torno a este avance trascendental.
Sin embargo, en el presente, las condiciones actuales de las instalaciones reflejan la improvisación y la premura. Las paredes están hechas de paneles de plástico que ofrecen poca resistencia al calor que se acumula en el interior. A pesar del esfuerzo de los máximos responsables del proyecto por mantener un ambiente cómodo, hay demasiados elementos que lo imposibilitan.
El espacio está abarrotado de cables que serpentean por todas partes, formando una maraña compleja y ordenada al mismo tiempo. Estos cables son vitales para la operación de la maquinaria y la transmisión de datos, y su presencia constante recuerda la complejidad y la sofisticación del proyecto en el que están inmersos.
La conexión inalámbrica, paradójicamente, es inestable. Viene y va según el momento, lo que añade un elemento de imprevisibilidad a la vida cotidiana en las instalaciones. Por fortuna, las comunicaciones con el exterior no son importantes en este momento. A pesar de los obstáculos y las limitaciones técnicas, todos en el equipo siguen adelante, impulsados por la pasión y el compromiso con el avance científico.
En medio de ese ambiente de provisionalidad y dificultades, destaca una pequeña sala con un par de mesas de gran tamaño, sillas de aspecto frágil y una apreciada máquina dispensadora de sándwiches, botellas de agua, bolsas de patatas y semejantes. A su lado, en una mesita de baja altura, se encuentra una cafetera Luxpresso, con un solo tipo de cápsulas de intensidad nueve. La doctora se siente afortunada de contar con ese pequeño consuelo para satisfacer sus necesidades de cafeína y mantenerse alerta durante las largas jornadas de trabajo.
Mientras prepara un café, se propone aclararle las cosas al chico.
Para poder avanzar en la dirección que les interesaba en el proyecto, todos los integrantes del equipo han tenido que aplicarse en otras cien materias relacionadas, aparte de su especialización. La multidisciplina es una obligación en un proyecto de tal envergadura.
—Sólo me burlaba de ti con lo de la magia —confiesa la doctora—. Eres el nuevo, perdóname. La teoría es antigua, así que hemos tenido que descubrir cómo hacerla útil para mover el corazón de este ingenio. La parte buena es que, una vez activada, la energía mantendrá en marcha la máquina a perpetuidad.
—¿Sin consumo?
—El consumo es el vehículo del desplazamiento cronológico. Empecemos por el principio, si no te importa, Niels. Vayámonos al Big Bang.
El chico se lleva las manos a las sienes.
—¡Vaya! ¡Eso sí que es remontarse al principio!
Ella sopla un poquito el líquido negro y caliente que pretende beberse, desde el borde del vaso de cartón. Hubo una época en que echaría dos o tres dosis de azúcar. Cuando era más joven y consideraba que tenía todo en su sitio. Con la edad, los sabores puros ganan terreno a cualquier otra opción. El café solo, la carne cruda, el tabaco negro y el whiskey sin nada.
Pero si se bebe este elixir, se escaldará la lengua, y lo sabe. Sopla un poco más.
—Todos los teóricos —prosigue diciendo mientras valora dar un sorbo— estamos de acuerdo en que la energía necesaria para provocar tal evento, me refiero al Big Bang, no podía existir en ese primerísimo microsegundo del universo. Por tanto, se tomó prestada energía de otra parte. La teoría de la inflación cósmica no predice el origen con exactitud. La pregunta no era de dónde surgía esa energía, sino de cuándo. Se ha demostrado que existen partículas que viajan de forma permanente hacia atrás en el tiempo. Con un poco más de estudio, entendimos que ciertos tipos de energía de tipo oscura, no observables en modo alguno, pero cuyos efectos son medibles en el cosmos, eran el tránsito de un tipo de energía que regresaba hacia el origen. El origen primordial. ¿Desde dónde o cuándo viajaban? Desde todas partes, y desde la consecuencia definitiva. El fin.
Le da un instante al becario para que se recomponga. El chico camina en círculos por la sala de descanso mientras repasa esas últimas palabras.
—¿Ése es el misterio de la energía oscura? ¿Es energía de retorno?
La doctora Schweighöfer asiente con tal brusquedad, que luego tiene que ajustarse las gafas al puente de la nariz con un dedo.
—¡Exacto! ¡Enviada desde el cataclismo del universo! Ese último microsegundo, quizá de índole implosiva, que acumuló toda la energía que quedaba por existir hacia un cierre de todas las cosas. El cosmos dando carpetazo a su existencia, y enviando hacia atrás en el tiempo toda esa energía no destruida jamás, convertida a diferentes estados y naturalezas una y otra vez, que recorrerá, recorre y recorrió la totalidad del espacio-tiempo para darse origen a sí mismo. Sin la energía del final, no hay energía al principio. El eco de esa energía viajando desde el denominado Big Crunch hacia el Big Bang, es lo que por norma general designamos como energía oscura. No la detectamos, en realidad, sólo sus efectos, por eso sabemos que está ahí. Es como encontrar un cadáver y un puñal ensangrentado. No sabemos nada del asesino, pero ha de existir por fuerza. Pues bien —por fin se atreve a darle un sorbito al café y, tras comprobar que está bebible, hace un movimiento típico de brindis—, ya podemos señalar con el dedo al mayordomo y permitir que todo el peso de la ley caiga sobre él.
—¿Empleáis energía oscura para la máquina?
—No. Eso es imposible. Lo que hacemos es utilizar un modelo de envío de energía a través del canal cronológico de carril único. El mismo combustible que usamos para permitir un viaje, es el que permite todos los viajes. Es una energía que viajará hacia adelante por la Historia y, tras el rebote del final, volverá al principio. Bombeando latidos de corazón, permitiendo la autosuficiencia. Brillante, ¿no?
—Parece bastante fácil. No puede ser cierto.
Se está sacando una carrera de física cuántica, el chaval no puede ser tonto del todo. La doctora tiene que concedérselo.
Se acerca a él con una sonrisa de medio lado y le da una palmadita en el hombro que él casi rehúye, si bien, en el último segundo lo permite. Quizá se pensaba que le iba a atizar, y su movimiento ha sido de alerta, por si tenía que esquivarla. La doctora piensa en ello. ¿Le pega su padre? Ya es mayorcito para aguantar palizas del viejo. O no, si tu viejo es uno de los empresarios más importantes del país, que llegó a ser presidente durante un único mandato sólo para poner una marca en su lista de tareas pendientes. Inflar currículo.
—Tenemos un problema. Creemos que, para liberar presión dentro del modelo cósmico, evitando así la distorsión que generaría un rebote continuado hacia delante y hacia atrás de la misma energía, lo que se convertiría en el acople más jodido jamás concebido (que, de hecho, destruiría el universo), hacen falta liberadores de energía constantes e imperecederos. Desde el comienzo del universo hasta su final. Y creemos que para eso están los agujeros negros. Podrían ser una suerte de depósito de estanque, conservadores de energía de esos canales de tránsito extradimensionales, que impiden una abundancia no deseada de energía en el curso cronológico hacia adelante y atrás. Lo justo para que el modelo persista sin provocar un efecto Larsen. Y aquí no somos capaces de crear algo así. —Se encoge de hombros—. Es sólo una teoría, muchacho. Puede que el universo no sea creado una y otra vez, como un acordeón que no para de funcionar, sino que sólo existe en una única ocasión. Un único principio y un final gemelo. Un libro, que se acaba y no se vuelve a leer. Un palíndromo de proporciones ciclópeas.
—Interesante. De cualquier forma, si no se logra crear un circuito cerrado de energía perpetua, al menos se podrá seguir robando energía de esa central de fusión, ¿me equivoco? Cada vez que se active el artefacto, le metemos unas cuantas pilas y hasta que el juguetito las gaste.
Ahora sí habla como su padre.
Hay que admitir que, si Niels Rickman le insistiera mucho, su viejo podría poner sobre la mesa todo el dinero que al proyecto le falta en estos apurados tiempos. Si supiera en qué consiste la máquina, sin duda, lo haría. La doctora teme que a cambio de probarla él mismo. Cosa que tendrían que negarle.
Sería como regalarle un lanzallamas a un pirómano. No se podría resistir. A saber qué desbarajustes ocasionaría un hombre como él.