Relatos Orbitales
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PRÓLOGO
De Antonio Runa
Género literario: Ciencia ficción especulativa
La doctora puede adelantarse a todas las preguntas que formule Niels. No porque disponga de información privilegiada sobre el futuro, sino porque son las mismas preguntas que ella haría en su situación. De hecho, en su día las hizo.
Niels le recuerda a sí misma, hace veinte años. Cientificistamente idealista, que es la peor clase de idealismo, la que convierte a los teóricos y las personas más racionales y pragmáticas en poco menos que fanáticos. Para un científico, que debería ser el tipo de persona con visión más aperturista, no hay nada peor que la ortodoxia.
Eso piensa la doctora. Y también que ya se le quitará la tontería al chico, algún día.
—Y, ¿cuándo se tiene pensado activarla? —pregunta Niels, procurando no mostrarse excitado ante la idea, y fracasando del todo.
—Con un poco de suerte, mañana, si la burocracia no nos falla —ella gira la cabeza y le guiña un ojo con apatía. Es una de sus excentricidades, el adoptar gestos o muecas afables desde un punto de vista social y transfigurarlos en ademanes de puro desdén.
—¡Qué pronto! —responde el chico, dando una palmada—. No pensé que la cosa estuviera tan avanzada.
En realidad, el proyecto debería haberse puesto en marcha hace un año y medio, pero el presupuesto se estancó, y la coyuntura que daría la cantidad de energía necesaria para poner en funcionamiento la máquina no era viable en ese momento.
El chico alcanza la conclusión enseguida.
—¿Hay energía suficiente?
Obvia el problema presupuestario, lo que indica que su línea de pensamiento sólo aborda cuestiones técnicas. No debe ser buen contable.
Eso no casa muy bien con su apellido. Viniendo de donde viene, el dinero debería ser lo primero, y luego los tecnicismos científicos.
Curioso, piensa la doctora.
—Hemos estado metiendo mucha energía en una hucha. Con forma de cerdito rosado. —Ella espera advertir alguna señal de confusión en su colocutor, antes de continuar con la exposición, aunque lo único que observa en él es curiosidad—. Creamos para la Jurisdicción un reactor de fusión empleando material reciclado. Se lo vendimos a la mitad de precio y aplaudieron hasta desintegrarse las manos, a cambio, llevamos extrayendo del mismo un 50% de la energía que genera, en secreto, cuando no nos correspondería por contrato más que un cuarto del total. Hay que falsear muchos informes, y se nos da fenomenal. Así que podemos decir que no se lo vendimos a mitad de precio, sino a su precio. Ni un talento de más o de menos. Aun así, piensan que les hicimos un favor, o que nos dejamos timar.
Se pusieron a caminar por las instalaciones.
—¿Y cómo traen toda esa energía a este complejo?
—Lo que traemos de la central son unos depósitos cilíndricos que se transportan en camiones. Son como pilas alcalinas, de hecho, las llamamos pilas, si bien son del tamaño de un leñador de Gramonia con el colesterol por las nubes, y con el quíntuple de su peso. Con seis de esas pilas inyectamos dentro del reactor una potencia equivalente a 5000 GWh. Es un artefacto complejo. Lo que tú vas a ver no es más que la cabina, se parece a una cabina telefónica y la llamamos así, la cabina. Nos estamos comiendo la cabeza muchísimo con los nombres de las cosas. —Le dio igual si Niels había captado la ironía—. Está conectada a una maquinaria prodigiosa que ocupa todo el hangar que has podido ver al entrar. Puede que la consola de mandos y la cabina no sean gran cosa a la vista. No obstante, la máquina entera podría llenar un estadio de baseball. ¿Te gusta el baseball?
—No mucho.
—Buen chico. La energía de las pilas se consume en un instante, y tras eso, la máquina funciona. Es entonces cuando entra en juego la magia.
Niels detiene el paso y saca las manos de los bolsillos. Se lleva una a la nuca y se frota un poco.
—Es una forma de hablar, supongo.
—¿Por qué? ¿Te da miedo la magia? Normal, la gente teme aquello que no comprende.
—Me está tomando el pelo, doctora Schweighöfer.