Capítulo 2
La noche era clara y la brisa le acariciaba el rostro con delicadeza. El suelo ondulaba bajo la estera. La sensación era indescriptible. Nunca comprendería cómo la gente prefería viajar en camedarios o trineos tirados por reses lanudas.
Al alejarse de los suburbios residenciales, el paisaje nocturno se tornó uniforme. Sólo la silueta de las dunas, tan similares entre sí y a su vez sutilmente únicas, le guiaba. Su parcela se encontraba a poca distancia de la residencia del Sahr. Un lugar privilegiado sólo permitido a los trabajadores mejor cualificados o a civiles con mucha influencia.
Tras rebasar la última duna, se encontró con la majestuosa silueta del palacio recortada ante la luz de la tercera luna. Todavía le recorrían escalofríos al ver aquella maravilla de la sustentación. Hacía apenas un lustro, una construcción similar habría sido imposible. Pero el Sahr Magn lo había logrado. Su Sahr.
La muralla exterior estaba baja aquella noche. No se esperaban tormentas. Al llegar a la torreta de entrada, el vigía le saludó desde lo alto con el puño en el pecho. El muro de arena se separó ante Kwart. Desde el interior del complejo era imposible contemplar la grandeza del edificio.
El veterano soldado recorrió las calles interiores hasta llegar al sector del ocaso donde estaba destinado desde que se unió al cuerpo de hacedores de palacio. Se detuvo frente al altar del maestre.
—Bienvenido seas, Kwart —saludó el joven Turml. Su asiento se deshizo cuando bajó del altar.
—Bien hallado, Turml —respondió él con impaciencia—. ¿Qué ha ocurrido? Conozco bien a Dravt y su ausencia me extraña. No es propio de él.
El muchacho se encogió de hombros. Aquello acrecentó la desazón en Kwart. Se guardó el sentimiento para sí.
—¿A quién tengo que dar el relevo? —preguntó al tiempo que Turml volvía a su altar.
—A Grant, en la base de la torre central —miró el reloj situado en el tablero—. Dravt debería haberse incorporado hace cinco giros.
—¡¿Cinco?! ¿Por qué no se me ha avisado antes? —.
La tez oscura de Turml se tintó de rojo.
—El protocolo dice…
—Conozco el protocolo —interrumpió secamente—. Grant me hizo el relevo hace casi un ciclo y no tenía ningún pilar de soporte.
El joven pareció encogerse por las duras palabras del veterano.
—No hay tiempo que perder. La próxima vez, en esta circunstancia, considera la directriz de emergencia.
Y sin esperar las excusas que preparaba Turml, lo dejó a sus espaldas, tras una nube de arena.
Protocolo, pensó con amargura. El progreso necesitaba estructura, pero las sandalias nuevas había que domarlas, adaptarlas a los pasos que se daban. Y ahora mismo el país de Sahrad era una sandalia recién estrenada.
Cuando llegó a la torre central, volutas de polvo recorrían su superficie.
A los pies de la construcción, sentado con las piernas cruzadas y los brazos extendidos, estaba el fornido Grant. Su torso resplandecía por el sudor y la tensión se reflejaba en cada una de sus fibras. Conocía aquella fatiga de primera mano.
Se concentró en la base de la torre y el peso de la arena le llenaba cual odre vacío. En su mente, una imagen vívida de la estructura. La forma exterior y cada uno de los recovecos, pasadizos y ventanas. Notó una presencia con mayor fuerza cuando rozó la parte media de la torre. Esa sección la sustentaba otro pilar del cuerpo de hacedores.
Observó cómo, gradualmente, Grant iba relajando su postura hasta dejarse caer sobre su estera. Su respiración se normalizó. Con una gran sonrisa saludó efusivamente a su veterano camarada agarrándole del antebrazo.
—No sabes la alegría que me produce verte, mi querido Kwart —su voz seguía entrecortada.
—He acudido lo más rápido que he podido —contestó devolviendo el saludo.
—Ese hijo de mil chacánidos de Dravt —escupió Grant—. Seguro que está ebrio cual piojo en alguna taberna.
La mirada de Kwart se endureció por el comentario. Su compañero levantó las palmas a modo de disculpas.
—Lo siento, lo siento… Sé que no debo hablar mal de mis compañeros.
—Te comprendo —contestó relajando el gesto—. Ya habrá tiempo de maldecir cuando conozcamos la historia completa.
Conocía los rumores. Dravt tenía fama de abusar del licor especiado. Ningún pilar le tenía excesivo aprecio, sin embargo, no se podía dudar de su profesionalidad.
—Con tu permiso, voy a los barracones a descansar antes de partir —comentó Grant, anudando su estera al cinturón—. Creo que podría dormir tres ciclos seguidos.
—Y bien merecido estaría.
Tras unas últimas palabras de despedida, Grant marchó con andares pesados.
Kwart, por su parte, se alejó en dirección contraria. Prefería controlar el perímetro a diferencia de otros pilares. Aunque no tenía la certeza, se veía capaz de sustentar su sección desde cualquier parte del palacio. Durante su juventud realizó hazañas mayores. Con su capacidad de sustentación podría haber alcanzado rangos superiores. Pero siempre había sido demasiado intrépido para dirigir. Prefería actuar.