Reino de mentiras y oscuridad (Nargrave 2) CAPÍTULO XLVII
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CAPÍTULO XLVII

ÉIRE

Hubo un momento de mi vida en el que me gustaba el sol.

Lo adoraba. Adoraba el ruido, la charla, los movimientos primitivos de los cuerpos en El vaivén tono glicina, burdel que solía ir a visitar por las copas gratis que a veces podías conseguir con tan solo guiñarle un ojo a alguien.

Me encantaba el sonido gutural del tambor siendo aporreado, el arrastre sensual de las teclas del piano, la forma en la que las parejas se tocaban disfrutando libremente su sexualidad.

Pero, entonces, llegó la abstinencia. Los días sin soportar ver un rayo de claridad, los temblores, las migrañas interminables y los vómitos.

El descontrol de mi poder me absorbió por completo tras tantos años sin utilizarlo, dejándolo adormecido y apenas hablaba con nadie que no fueran Audry o Keelan, por el simple hecho de que ya no había nadie más. Ya no existía el alboroto en mi vida.

Llegó un punto en el que, lentamente, sin darme siquiera cuenta, aquella Éire quedó en el pasado. Se borró por completo, dejando en su lugar a una mujer que prefería el silencio, la oscuridad y la soledad.

Por eso mismo, cuando sentí que volvía a recuperar la consciencia y que mi mente empezaba a desperezarse después de estar un buen tiempo dormida, en un principio no tuve ganas de abrir los ojos.

No sabía qué hora era, ni siquiera porqué estaba dormida, pero sí que recordaba lo que me esperaba cuando me levantase:

Eris.

Mi no-querida hermana pequeña y sus secuaces.

Y, desde luego, esos eran bastantes puntos a favor de la opción no despertar.

Pero apenas pensé en aquello, una mano se apretó ligeramente contra mi hombro. Eran dedos tersos, suaves y gruesos. Un tacto que ya conocía, que se había deslizado sobre mí y había abrasado mucho más que mi piel.

Era Keelan Gragbeam.

Así que hice acopio de mi fuerza de voluntad y me esforcé por separar mis párpados, parpadeando mientras luchaba con las ganas de volver a cerrarlos. Tragué saliva, notando como mi garganta se cerraba con una desagradable sensación de sequedad.

Lo primero que vi fue el techo: la capa inmaculada de pintura blanca, las molduras repartidas en sencillas líneas rectas y la luz de una vela que titilando bañaba parte de éste.

Lo segundo que vi fue el rostro de Keelan, que se inclinaba hacia mí, sentado justo al lado de mí en aquella cama. Por lo que pude ojear rápidamente estábamos en mi habitación, aunque no entendía porqué él estaba mirándome con aquel brillo de preocupación.

—¿Qué ha pasado? —pregunté, intentando erguirme contra el cabecero; sin embargo, cuando hice el amago de hacerlo mis fuerzas se disiparon por completo y mi mundo dio un vuelco trascendental.

Sentí como todo a mi alrededor se convirtió en borrones poco definidos, apenas esbozos de un dibujo incompleto, punzando repentinamente en mi sien como unas tenazas.

Estuve a punto de caer bruscamente contra la almohada, pero antes de que aquello pasase, Keelan me sostuvo con gentileza por los hombros y procuró que me mantuviese en una posición agradable.

Pestañeé un par de veces, tratando de que el dormitorio volviese a ser el que era, antes de convertirse en un remolino de objetos que echaban a correr con exhaustiva rapidez frente a mi campo de visión.

—Tienes que tener mucho cuidado. Evelyn ha conseguido cerrar tu herida, pero has perdido mucha sangre y necesitas recuperar fuerzas —murmuró él, palpando mi frente con cautela. Al parecer, no debió de notar nada grave, ya que sus facciones se suavizaron levemente.

Aclaré mi garganta, percatándome de como mi visión empezaba a esclarecerse.

El rostro de Keelan ya no era solo un recorte oscuro, con labios fruncidos y postura encorvada, ahora podía distinguir las luces de la vela que alumbraban el espacio entre nosotros y podía repasar con facilidad su semblante.

—¿Qué ha pasado? —repetí, arrugando las cejas.

Me esforcé por intentar recordarlo, pero cada vez que intentaba dialogar con mi mente me encontraba un muro infranqueable, con el que chocaba y chocaba sin encontrar ninguna salida, provocando tan solo que mi dolor de cabeza incrementase considerablemente.

—Resulta que bajo la terma del duque se escondía un monstruo desconocido.

Te ha arrastrado hasta su cueva y casi mueres, pero…

—Hizo una pausa, intensificando su mirada sobre mí.

Al principio, no lo vi algo significativo, pero mediante los segundos pasaban y él no conseguía encontrar las palabras, me fue más sospechoso —conseguimos salir vivos.

Detuve mi mirada sobre la nueva y delgada cicatriz de su brazo, justo bajo las mangas remangadas de su túnica, que previamente desaparecería si Evelyn la había curado con su magia.

Pero algo no encajaba. Había algo que no terminaba de cerrar en mi mente.

Una incógnita sin respuesta que Keelan no había ayudado a aclarar.

Porque me acordaba de aquel monstruo, de su sangre chisporroteante y de la enorme criatura que apareció momentos después, pero había una cosa que no recordaba.

—Si yo estaba herida y tú también...¿Cómo conseguiste quitarte de encima a esa criatura Razha?

Él no pareció demasiado desconcertado por esa pregunta. Al contrario, respondió con una facilidad abrumadora a ella. Una facilidad que casi me hizo sentirme mal por dudar de él.

Casi.

—Era demasiado grande, así que fue fácil quitármela de encima. Tan solo hizo falta la suficiente rapidez, el suficiente cuidado y sigilo y estuvo hecho. Cuando salí de la cueva fue mucho más difícil alcanzar la superficie, pero no ella no sabía nadar, así que eso me daba mucha ventaja.

Si, aquello definitivamente tenía sentido. Su cuerpo no parecía estar hecho para nadar. Con sus enormes pinzas sería imposible dar brazadas y el hecho de llevar sus víctimas a una gruta donde se respirase oxígeno podía significar que tuviese pulmones en lugar de branquias.

Sin embargo, yo no era estúpida: sabía que Keelan era lo suficientemente inteligente como para idear aquella historia sin siquiera parpadear. Y había algo en mí…Había algo en mí que me decía que no era del todo cierto, que eso no era más que una verdad a medias.

Era aquella sensación de intranquilidad.

De desconfianza. Aquella sensación glacial que mordisqueaba maliciosamente tus tendones hasta entorpecerlos.

Aquel escalofrío que besaba ladinamente tu piel hasta erizarla, pero no de una forma placentera, sino más bien perversa.

Aquella sensación que teñía tu piel de un color pálido, casi ceniciento y…

Ceniciento.

Un hilo ceniciento.

—Ojitos —susurré, como una plegaria que escapaba furtivamente de entre mis labios. Elevé mi mirada hacia Keelan y por como sus ojos se fijaban en mí, pude entrever qué era lo que estaba pensando —. Keelan, tengo que ir a buscarlo. Tengo…

—No —zanjó él, interrumpiéndome de golpe —. No vas a hacer nada.

—¿Cómo que no? ¿Qué estás diciendo?

—Estoy diciendo que no vas a hacerlo sola después de casi haber muerto —aseguró —. Déjame acompañarte.

Solté una hosca risa, notando como la contracción de mi abdomen me hacía retener dolorosamente el aire durante un instante.

—¿Estás insinuando que no puedo hacerlo sola?

—Lo afirmo, sí.

—Bueno, razón no te falta —le concedí —. Pero nunca cuentes esto: me haría perder el respeto de mucha gente.

El bufó, burlándose silenciosamente de mí, pero no dijo nada más mientras pasaba su brazo por mis hombros y me ayudaba a incorporarme.

Apoyé mi peso contra su cuerpo y pese a que me costó varias perlas de sudor, gemidos lastimeros que apenas pude contener y algunos drásticos mareos, pude sostenerme sobre mis pies.

Con su ayuda, claro. Si no tuviera la mitad de mi febril cuerpo contra su costado y su férreo agarre sobre mí, probablemente ya habría acabado bocabajo sobre el suelo.

Solté un suspiro, intentando respirar con naturalidad.

Por supuesto, no iba a mostrarle a Keelan que verdaderamente apenas podía respirar, que mi vientre punzaba como si mis manos acariciasen un puercoespín y que pese a que la sangre ya no brotara y a que la herida estuviese cerrada, mi dolor no estaba intacto ni mucho menos.

Al contrario, sentía el ardor de una herida recientemente curada, el peso del aire en mis pulmones como si hubiesen congelado todo el agua de mi cuerpo; el mismo líquido que ahora pesaba gélidamente como un peso muerto sobre cada músculo de mi organismo.

Aún así, me forcé a esbozar una sonrisa mientras admitía —: Estoy hecha una mierda.

El príncipe soltó una carcajada.

—Es bastante obvio.

Yo fruncí el ceño, repentinamente indignada.

—¿Ah, sí?

—Ajá.

—Mi belleza no entiende de malos días.

—Si tú lo dices —resopló, mucho más divertido de lo que yo lo estaba.

—Mi palabra es verdad absoluta, Keelan Gragbeam —farfullé —. Ahora, vamos. No me hagas perder el tiempo.

—Narcisista inestable —dijo entre dientes.

—Príncipe haría-lo-que-fuera-por-mi-reino que se tacha a sí mismo de maduro.

—Tan solo corroboras mis palabras.

—Cada vez que hablas con ese tono de voz solo corroboras mis ganas de darte un puñetazo.

Su sonrisa fue ladeada.

—No creo que puedas en tu estado.

Entrecerré los ojos y preferí no responder a aquello.

No porque no pudiera —porque podía —sino más bien porque optaba por dejarlo pasar.

Sobretodo porque aquella conversación solo retrasaba lo inevitable: ir a buscar a Ojitos.

Y, desde luego, no era una conversación lo suficientemente importante como para opacar la finalidad de haberme levantado de aquella cama.