CAPÍTULO XLVI
ÉIRE
Todo estaba borroso.
Cuando abrí los ojos, empecé a toser descontroladamente aún sin yo quererlo. Me erguí rápidamente y tras mi espalda me topé con una superficie gélida y rocosa.
¿ Rocosa ? Yo…lo último que recordaba era estar en la terma con Keelan, sonrojándome —según él —y después de eso…nada. Después de eso no había nada.
Recordaba la discusión con Audry, las cosas que le había dicho…Recordaba el querer disculparme. De hecho, aún lo sentía. Pero nada más. Nada preocupante.
Entonces, en un recóndito lugar de mi mente, justo en mi memoria, se encontraba el recuerdo de un tirón. Un zarandeo desde lo más profundo de la terma. Recordaba la sensación de impotencia, de asfixia, de dolor. Recordaba haber caído en una cueva y haberme golpeado, pero nada más…
No recordaba porqué estaba viva. Y eso, definitivamente, no tenía demasiado sentido.
Y en ese preciso momento fue cuando escuché la espada.
Elevé la mirada, viendo un movimiento felino, rápido y sigiloso. Era un hombre. Era el movimiento de un hombre alto y fornido, blandiendo una espada con destreza y furia.
Vi cómo aquel monstruo resplandeciente lanzaba un golpe hacia las piernas de aquel hombre, pero él parecía mucho más experto, ya que con tan solo un movimiento de su espada cortó sus dos brazos hasta reducirlos a sangre fulgente.
Me pareció reconocer aquella espalda musculosa, aquellos hombros anchos, aquellas alas doradas que se desplegaban hasta rozar las paredes de aquel recoveco.
Espera ¿había dicho…alas doradas?
¿Cómo las alas de Keelan?
El príncipe se arrodilló a mi lado con rapidez, mientras aquel monstruo se movía con torpeza por la cueva, observando como borbotones de sangre chisporroteaban fuera de sus brazos cortados.
El monstruo soltó un grito inhumano, mirando al príncipe con sus resplandecientes ojos azules.
Mirando al que le había arrebatado sus brazos con el odio más humano que alguna vez había visto.
Keelan tenía el cuerpo perlado en gotas de agua y sudor y las membranas de sus alas estaban rociadas en sangre de aquel monstruo, ahora temblando ligeramente a mi alrededor; rodeándome con ellas y protegiéndome por si a aquel monstruo se le volvía a ocurrir atacarme.
El príncipe tenía tensa la mandíbula y su ceño se fruncía, iracundo, mientras ojeaba mi vientre con fijeza.
Entonces fue cuando entendí porqué lo miraba así.
—Estoy…—Tuve que hacer una pausa, sintiendo como mi lengua se inundaba de mi propia sangre. El miedo caló en mis huesos, viendo la enorme herida que surcaba mi abdomen, mientras el charco bajo mí se engrosaba cada vez que mi pecho se levantaba por cada respiración —. Voy a m-morir, ¿verdad?
El príncipe me miró por primera vez a los ojos. Sus iris ámbares ahora mucho más brillantes, casi como la inmaculada piel de aquel monstruo, fijados en mí con una fiereza casi primitiva.
— No voy a dejar que eso ocurra —aseguró. Aún así, podía escuchar el leve temblor en su voz.
Para salir de aquí, teníamos que nadar y eso implicaba tener que salir de nuevo al agua de la terma. Y salir al agua con una herida como la mía…era un suicidio asegurado.
Me desangraría antes de llegar a la superficie.
Así que acabé con mi último resquicio de fuerzas, mientras acariciaba el pómulo del príncipe. Un ligero trazo de barba empezaba a formarse en su mentón y sentí el tacto rugoso bajo mis dedos.
Tal vez esta fuese la última vez que lo vería.
—Prométeme que si no consigo salir de esta…serás feliz —dije a duras penas. Pude ver como su gaznate se movía con fuerza mientras tragaba saliva —. Y prométeme que c-cuidarás de Audry y de Lucca.
Entonces, él puso su mano sobre la mía y dijo con seguridad —: Ni se te ocurra seguir con esa despedida, hechicera.
Yo asentí ligeramente y dejé que me tomara con cuidado por la nuca y las pantorrillas. El monstruo aún seguía chillando, de forma aguda y estridente, sacudiéndose en el suelo como un niño al que le habían negado un caramelo.
Entonces, agarré a Keelan por el hombro con fuerza, aún con mi vista fija en aquel monstruo.
¿Un monstruo así de pequeño habría podido conmigo? ¿Un monstruo así de débil?
No, este no podía ser el monstruo.
A menos…A menos que este fuese la cría.
—Keelan, corre.
Él me miró, confundido.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
De repente, la cueva se sacudió y polvo y pequeñas piedras cayeron en torno a nosotros. Temblé en los brazos del príncipe, intentando mirar alrededor para ver de qué se trataba.
Entonces, ambos vimos tres enormes patas entrando en la cueva. Esta vez, cada una medía lo mismo que aquel monstruo al que Keelan le había arrancado las pinzas.
Empalidecí, sintiendo como el aire cada vez pesaba más en mis pulmones. Sentí como el agua que empapaba mi ropa era cada vez demasiado gélida y el roce del aire erizó mi vello hasta hacer que mis dientes castañearan entre los brazos del príncipe.
Sentí como cada vez la sangre fluía más pausadamente por mi organismo, mientras cada bocanada de aire pasaba como papel de lija por mi garganta. Keelan maldijo, echándose a un lado contra una de las paredes de la cueva, intentando alejarse del campo de visión de aquella nueva criatura.
Entonces, aquel hilo ceniciento se enroscó en mis órganos, zigzagueando por mi cuerpo, hasta tocar mis nervios y anudarse en mi cerebro.
Me estremecí, sintiendo como la niebla tironeaba de él hasta casi romperlo.
De repente, todo frente a mí fue oscuro.
Aquel recoveco en la terma se convirtió en oscuridad: profunda, intensa y densa.
No veía nada, pero sentí como Keelan me dejaba de nuevo sobre la superficie de la gruta. También escuché el restallar de la espada, el gruñido, el juego de pies sobre las piedras y el seco sonido de cada una de las pisadas de aquel monstruo de tres grandes patas.
En ese momento, fue cuando se escuchó el emerger del aminqueg. La piedra se hizo trizas ante su fuerza bruta, destrozada en no más que añicos. Sentí como el débil enlace que quedaba entre nosotros relucía intensamente y escuché su reptar contra el húmedo suelo.
Mi oscuridad enhebró en su cuerpo como un hilo en una aguja, con una destreza abrumadora. La niebla razha se adhirió a su corazón, como si hubiese nacido para mantenerse allí y su latido se alineó con el mío, hasta ser el mismo corazón, el mismo cuerpo y sobretodo el mismo poder.
Pero no solo sentí su bombeo contra el mío, helando mis huesos y mis entrañas hasta no convertirlas en más carámbanos que caían por mi ser. Aquella sensación se convirtió en mucho más. En algo mucho más intenso.
Se convirtió en miedo. Un miedo que se arrastró por mi esófago, se adentró en mis pulmones e intentó derretir cada esquirla de hielo
Porque Ojitos no era un monstruo que pudiese aguantar mucho tiempo en el agua.
Moriría. Mi aminqueg moriría.
Moriría por salvarme a mí.
Así que, cuando sentí que Keelan volvía a tomarme entre sus brazos, hice mi mayor esfuerzo por tartamudear algo. Intenté apretar su mano para avisarle de que algo iba mal, de que no podíamos dejar a Ojitos allí solo, porque me negaba terminantemente a que él muriese también.
Pero, antes de poder hacerlo, mis labios tiritaron una última vez y tras eso la oscuridad me vendó los ojos hasta dejarme inconsciente.
EVELYN WALDORM
—¿Seguro que estás bien? —le pregunté a aquel pelirrojo con el que apenas había mediado palabra. Sabía que se llamaba Lucca, que era un amable joven y que había venido a las cocinas limpiando sus lágrimas para pedirnos un vaso de leche tibia.
Clarén no era demasiado extrovertida, así que prefirió calentarle la leche y dejarme a mí el rol de pañuelo de lágrimas. Finalmente, ambos habíamos acabados sentados sobre uno de los peldaños de la escalera y él se había mantenido en silencio, simplemente sollozando contra mi hombro.
Lucca moqueó, dándole un trago a aquella taza de leche.
—Tengo miedo, Evelyn. No quiero perder a mis amigos…
No quiero perder a Éire. Y, sin embargo, mañana nos encarcelarán a todos.
—Se encogió de hombros —. Yo no soy como ellos.
No se me dan bien los deportes, nunca se me dio bien ninguno.
No sé correr en línea recta y soy definitivamente nefasto para los reflejos.
No tengo poderes, ni un ejército, ni nada además del don de la palabra. ¿Acaso eso sirve de algo en una guerra?
Su mirada esperanzada estaba puesta en mí, esperando que le dijese que sí que podía ayudar en algo.
Y lo cierto era que en una guerra convencional podría haber ayudado.
En una guerra con soldados, un campo de batalla y problemas económicos, una persona inteligente y leal era lo que cualquier rey podría necesitar; sin embargo, esto ni siquiera podía considerarse una guerra.
Se suponía que Éire era una fugitiva a la que Eris le hincaría el diente en cuanto pudiese, eliminando de su camino a su único obstáculo: su hermana mayor.
Así que, por muchas leyes, palabras o estilos narrativos que conocieses, ella sin duda los tiraría por tierra ya que era una reina. Y Éire, aún, no era nada.
—Si te soy sincera, en este caso ni siquiera yo sirvo de nada.
Sí que es cierto que ayudaré a que prospere la paz entre los dos reinos del norte, pero el plan que pretenden llevar a cabo en el castillo requiere de mucho más que un ejército.
Requiere de fuerza y magia. Cosas que ni tú ni yo tenemos, me temo.
—Al menos, tú tienes magia —repuso él.
—No un tipo de magia que sirva para atacar un castillo, desde luego. Solo una que sirve para mantenerme en la retaguardia.
Él tragó saliva, mirando fijamente sus pies enfundados en aquellas botas gastadas.
Parecía abrumado y perdido, con la mirada desorientada, como si aún no supiese exactamente cuál era su lugar en el mundo.
Era la típica mirada que había visto ya muchas veces, la mayoría de ellas reflejada en un espejo.
—¿Crees que funcionará? ¿Crees que saldremos con vida? —preguntó, mirándome de nuevo con aquella mirada que temía ser dañada. Aquella mirada que temía descorazonarse.
Yo humedecí mis labios, rascando la palma de mi mano compulsivamente mientras evitaba su mirada. Porque, cuando alguien me hacía una pregunta así y más sabiendo que mi respuesta no sería agradable, prefería no vivir con el peso de recordar su reacción.
—No creo que esa corona sea demasiado difícil de conseguir, sobretodo cuando todos saben que Eris tiene una hermana, dicho por ella misma.
Pero si de veras hay un espía entre nosotros…
—Negué con la cabeza casi inconscientemente —.
Eris ya sabrá que tramamos algo, así que no será tan ingenua.
Probablemente, si es que no nos escarcela en cuanto lleguemos, tendrá mucho más cuidado que de costumbre.
Y eso solo significa una cosa: mucho más peligro.
Él asintió, aunque no pareció demasiado sorprendido, como si realmente se esperase aquella respuesta. Entreabrí mis labios, a punto de soltar alguna palabra alentadora, aún sin saber siquiera qué iba a decir, pero antes de poder hacerlo la puerta de la cocina se abrió con un enorme estruendo.
Miré a Clarén, quien ahora estaba en el marco de la puerta, clavando sus uñas en el. Ella tenía los ojos entornados en nuestra dirección, extrañamente alarmada. Casi de inmediato, me puse de pie.
—¿Estás bien? ¿Te has quemado? —pregunté por inercia; sin embargo, la niña elevó una mano y me pidió silenciosamente que guardara silencio.
Y eso hice.
Ella ladeó la cabeza, como si estuviera concentrada en algo.
Tal vez en ver algo, pero aquello no tenía sentido, ya que tan solo miraba las paredes de pierda.
Entonces, su ceño se arrugó y cerró los ojos con fuerza.
Quizá estaba escuchando algo…pero yo no escuchaba nada.
Nada además del crepitar del fuego, la respiración de nosotros tres y los pasos apresurados de algunas personas en la primera planta.
Entonces, la niña fijó de nuevo sus ojos en mí.
—Ve hacia la entrada —demandó.
Yo retrocedí instintivamente, tocando nerviosamente la tela de mi vestido.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Pasa algo?
—¡Corre! ¡Ve hacia la entrada! —me gritó. Tragué saliva duramente y agarrándome con fuerza al pasamanos, no volví a rechistar mientras corría a trompicones hacia la primera planta. Salté los escalones de dos en dos, tanto como pude, sintiendo como mi aliento se disipaba y mi corazón se desbocaba.
¿Mi madre? ¿Eris? ¿Qué podría pasar?
Escuché como Lucca parecía murmurarle la misma pregunta; sin embargo, no oí la respuesta cuando ya estaba lo suficientemente lejos.
Mis pies corrían contra el suelo marmoleo, casi resbalando y cayendo de bruces en un par de ocasiones, mientras escuchaba una especie de alboroto no muy lejos del salón central. Serpenteé por los sillones, me caí encima de divanes y rodeé mesas enteras de cristal.
Entonces, escuché como la puerta de la entrada era aporreada y yo me apresuré en abrirla.
Por ella entraron Keelan y las dos sirvientas del duque.
Parecían sostener algo entre sus brazos.
O más bien, a alguien. Keelan entró rápidamente en la casa, colocando con cuidado a aquella persona en el suelo y arrodillándose a su lado.
Keelan tenía una enorme herida que se alargaba de su hombro hasta su codo. Era grotesca e irregular y su sangre caía hasta sus abdominales, pero si le molestaba no dijo nada. De hecho, no hizo ni una sola mueca adolorida.
En su lugar, su mirada estaba pegada en el cuerpo de la persona a la que sostenía. Yo arrugué el ceño, inclinándome hacia aquella persona, sin saber aún su identidad.
Entonces, vi su abdomen y con ello la enorme herida de la que apenas salía sangre y el torniquete hecho con las partes del pantalón que le faltaban al príncipe.
Su piel era cetrina, sus párpados eran no más que piel alabastrina con pinceladas violáceas y añiles y su pecho apenas se movía con cada respiración.
En cambio, cada movimiento que hacía su cuerpo por respirar era cada vez más imperceptible y la sangre seca que debía haber producido la hemorragia manchaba hasta sus pantalones empapados.
Había perdido demasiada sangre, tanta que ni siquiera sabía si ya una Sanadora podría hacer algo.
Contuve el aliento al ver su rostro.
Porque era Éire.