CAPÍTULO XLVII #2
Tras aquello, él sostuvo mi cuerpo renqueante sin apenas esfuerzo y yo me esforcé por poner un pie frente al otro mientras caminábamos, haciendo un débil acopio de mis fuerzas diezmadas mientras cada paso aguijoneaba maliciosamente en mi ser.
Sabía que la habitación estaba ligeramente a oscuras, pero podía llegar a la conclusión de que la imagen débil y confusa que mi cerebro procesaba no se debía precisamente a la medianoche.
Las esquinas de mi campo de visión centelleaban como la llama de aquella vela, mordisqueando el interior, deseosas de dejarme en la obsidiana más absoluta: la inconsciencia.
Aún así, tomé aquellos pensamientos y los dejé quemarse contra aquellos centelleos, escuchando el crepitar desde cada vértice de mi visión y deshaciéndolos como papel convertido en ceniza.
Cuando quise darme cuenta, me encontraba en una enorme cúspide empinada que caía deliberadamente hacia otra planta más baja.
Parpadeé, tragando saliva duramente y notando como mi garganta cerrada se humedecía levemente.
Alguna ventana fuera de mi habitación debía de estar abierta, ya que la brisa helada rozaba mi piel sudorosa y la enfriaba, lamiéndola placenteramente y haciéndome estremecer por el instantáneo cambio de temperatura.
Alguien había procurado limpiar la sangre seca de mi cuerpo y había colocado un cómodo vestido de muselina sobre mi cuerpo.
Ahora mismo, después de desenfundarme de montones de mantas en las que me sentía atrapada, el frío era gratificante; sin embargo, sabía que en cuanto llevase el suficiente tiempo en el exterior, desearía esconderme en la cama de nuevo y no salir en un buen tiempo.
—Ven, siéntate aquí, dejé tus botas justo en el alféizar de una de estas ventanas para que se secasen —me dijo Keelan, ayudándome a sentarme en el primer escalón de aquella inmensa escalera, colocándose justo entre mis rodillas mientras me miraba con dejes de preocupación —. Tardaré solo un momento, ¿está bien?
Yo asentí, apoyando mi costado en el pasamanos y cerrando los ojos brevemente.
Escuché como sus pasos se alejaban después de vacilar un instantes con sus ojos aún sobre mí.
Sabía que estaba esperando alguna otra respuesta a lo que había dicho antes: a su idea de quedarse.
Sabía que merecía una contestación y mucho más que eso.
Pero, sinceramente, no me sentía preparada para dársela.
¿Quería una respuesta sincera? Si era así, que le diesen a su jodido reino, a todos esos súbditos humanos y a cada una de las personas que lo esperaban en Zabia.
Quería que se quedase conmigo. Lo anhelaba de una forma que era insana.
Sabía que sin él…Sin él seguía siendo el mismo boceto oscuro de siempre.
Pero no quería una respuesta sincera. Hoy en día nadie quería la respuesta de una persona insegura, de una persona inestable, de una persona dependiente. Porque la mayoría de gente no se independiza para tener que enseñar lo que es el amor sano también a su pareja.
Así que…prefería mantenerme en silencio. Era mucho más reconfortante, de cualquier forma. Con él nadie te juzgaba. Todo el mundo podía pensar que mantenerte callada era una forma de otorgarles la razón; sin embargo, muchas veces era la forma de negarte sin querer entrar en una discusión.
Sabía que él no entendería mi punto de vista y aquello me alegraba en cierto modo, porque significaba que por su mente no pasaban los mismos pensamientos que por la mía.
Que no era un laberinto con más espinas que con rosas, con más círculos picudos que redondos, un mareo de vueltas interminables rodeando el mismo punto y cuestiones simples que se hacían interminables.
Y si alguien entendía de lo que hablaba: de aquel infinito incierto, sin compañía, nada además de un espejo que se hacía añicos cada vez que lo mirabas, como una cárcel que no tenía barrotes pero de la que eras incapaz de salir y la forma en la que requerías de cada mendrugo de pan que te lanzaban, aunque tú mismo tenías todo un banquete en la puerta contigua, lo sentía.
Porque no había sentimiento más descorazonador que ese. De veras. Lo conocía mejor que nadie.
Porque sí, me aterraba la idea de estar sola de nuevo. Me aterraba la idea de quedarme a solas conmigo misma, porque por muy triste que sonase…era la compañía que me nos me reconfortaba.
—Tengo una sorpresa para ti. En cuanto encontremos al bicho ese, iremos juntos a verla —murmuró suavemente el príncipe, arrodillándose justo en el escalón bajo el mío y desanudando una de las botas para ayudarme a ajustarla en torno a mi pie.
—Se llama Ojitos —le corregí.
—Sí, eso: bicho con muchos ojos.
Puse los ojos en blanco, mientras él me colocaba unos gruesos calcetines.
Tras eso, me ajustó la bota gastada en mi pie derecho, anudando los cordones de cuero con destreza, mientras su pelo alborotado por las horas que se habría llevado junto a mi cama caía contra su frente, rozando sus ojos brillantes por su color miel.
Inconscientemente, sonreí mientras observaba su mirada perspicaz que alternaba entre mis zapatos de suela fina y mi rostro.
Él sabía perfectamente que estaba mirándole, pero, aún así, tan solo pareció más seguro de sí mismo mientras las hebras de su cabello rozaban despreocupadamente mis rodillas desnudas.
—Agrega a la lista de regalos para tu cumpleaños unas botas nuevas.
—Nunca —mascullé.
Enarcó una ceja, elevando la cabeza, terminando su nudo perfectamente hecho en mi bota izquierda.
—Sabes que llegará un momento en el que se te romperán del todo, ¿verdad?
—Entonces, las arreglaré. Aunque…Bueno, probablemente sea Lucca quien las arregle. —Él me dedicó una sonrisita muy atractiva —. Y en caso de que no quiera…te tendré a ti para ayudarme a caminar, ¿cierto?
—¿Crees que caeré en eso? Te conozco demasiado bien, Éire. Sé que nunca soltarías una frase así. Sería como arrodillarte y humillarte libremente frente a alguien.
Yo no pude evitar soltar una risotada.
—Exacto, Keelan Gragbeam. Me he dado vergüenza hasta yo.