CAPÍTULO XI
Los kolbras aleteaban sus alas como moscas dando vueltas alrededor de una deliciosa comida.
Alas puntiagudas, alas que podrían matarte si te daban en el lugar indicado.
La piel permeable y rodeada de glándulas mucosas de aquellas diminutas criaturas relucía desde nuestra posición con un débil verde por color.
Sus puntiagudas orejas y su picuda cabeza apenas se apreciaba desde aquí, mientras rodeaban a aquel niño, incluso dejándose caer con delicadeza sobre su regazo.
Y lo más sorprendente no era ni siquiera eso.
Era que sus alas que eran como cuchillas translúcidas no le hacían nada. Que aquel tal Cade parecía inmune a sus armas, que tan solo parecía un pequeño niño jugando con seres feéricos y amables que pululaban en torno a el.
Y yo, a pesar de no haber visto nunca a un kolbra cara a cara, había escuchado historias terroríficas de cómo en colonias atacaban aldeas enteras y con sus alas manchadas en sangre masacraban familia tras familia.
Así que aquello que estaba viendo era imposible…Imposible, hasta ahora, al parecer.
Di un paso hacia aquel claro, pero Asha me detuvo colocando su mano sobre mi hombro.
Me giré en su dirección casi de inmediato.
—Aún no. No con Cade ahí. —Fue lo único que dijo, dando un paso atrás y dejando que la mano que había colocado en mi hombro quedase a un lado de su cuerpo de nuevo. Retrocedió un paso y asintió hacia un árbol, pidiéndome silenciosamente que la acompañara a esperar.
Y lo hice. Me senté justo a su lado contra ese árbol.
—¿Cómo es posible? —le pregunté sin siquiera mirarla.
Había posado la vista en el cielo instantes antes y apenas la había movido de allí.
No estaba amaneciendo, era más bien mediodía, pero, a pesar de eso, los tonos tostados y pasteles bailando sobre mí me trajeron recuerdos de Keelan y de mi de camino a Aherian.
De nosotros juntos, sobre una colina, sentados exactamente como Asha y yo.
La mujer pareció tragar saliva.
—No lo sé. Él nació así, justo como lo ves.
Un día, cuando él apenas tenía tres años y yo llevaba una década recorriendo el norte de Nargrave con cachivaches en un carro, pasamos por un terreno cercano a Gregdow.
Y antes de siquiera poder hacer recuento de mi mercancía, nuestro carro fue golpeado por kolbras hasta que él salió a juguetear con ellos.
Justo como si fuera una criatura más, como si se hubiera extraviado y yo le hubiera apartado de su verdadera familia. De ellos.
Su mirada relució en tristeza, casi como si se sintiera culpable de aquello: de alejarlo de aquellas criaturas.
—Pero los monstruos…Los monstruos no sienten ni padecen, ¿cómo van a echar de menos algo? —le dije, ojeando como sus labios se crispaban y su mirada procuraba no apartarse de un retazo de hierbas que debía de haber encontrado irremediablemente interesante.
—Si comienzo a serte sincera, hace años que eso es una incógnita que tengo bastante resuelta.
—Ella me miró mientras alegaba —: Sí que sienten, sí que protegen a los suyos.
Solo que para ellos nosotros somos las bestias.
Porque los estamos masacrando, diezmando y ya ni siquiera tienen a sus progenitores: a los Razha.
Ya no les queda nada. Nada además de odio y el odio no debe ser batallado con odio y eso es justamente lo que estamos haciendo.
Yo fruncí el ceño.
—Tú misma me has dicho que acabe con esta colonia.
Tras aquellas palabras, Asha se quedó un rato mirando el horizonte, dejándome tan solo observar como sus ojos brillaban por la ausencia de sentimiento y como su pequeña nariz respingona se arrugaba ligeramente.
—Sé que eres Éire Güillemort Gwen y sé que para ti es algo normal el matar a criaturas cómo estas sin ningún tipo de reparo. —Se giró en mi dirección —. ¿Crees que no sabía que sería la única forma de llamar tu atención?
Yo tragué saliva. Ella había confesado deliberadamente no solo que sabía que yo era una hechicera, si no que tenía como apellido Güillemort; sin embargo, no saqué mi daga y no le corté el cuello.
¿Por qué? No lo sabía con certeza. Pero no lo hice.
—Entonces…¿Qué es lo que quieres de mí, Asha?
—Me ha enviado Serill —ella respondió —. Pero, además, no solo pretendo llevarte a Iriam: pretendo presentarte a cada noble de allí que apoya tu causa. Pretendo ayudarte a ganar esa corona, Éire Güillemort Gwen.
—¿Y por qué harías eso? ¿Por qué una simple buhonera conocería a Serill y sería de su confianza? —inquirí yo.
La mujer me dedicó una leve sonrisa.
—Pues me nombro ante ti como Asha de Iriam, hija del duque Cyrus Minceust, señor y protector de las fronteras del reino de las montañas, quien tiene la llave para dejarte entrar y para colocar esa corona de hierro sobre tu cabeza.
—¿Has venido hasta aquí, disfrazada de buhonera, siendo de alta cuna, para encontrarme? ¿Acaso has saludado a esa vieja loca por el camino también? —Solté una carcajada, dejando más que claro que aquello no era más que una ironía.
La tal hija del duque Cyrus mantuvo su temple a la perfección.
—Somos los únicos hechiceros de alta cuna del país, de la Casa de los Elaboradores.
Mi familia lleva años ayudando a Serill, e incluso fueron mis antepasados quienes prepararon aquel brebaje hecho de ojos de monstruos Razha para la reina Gianna Ragnac.
—Tan solo de detuvo un instante, con su mirada tan fija sobre mí que casi pudo haberme atravesado —.
Sabemos toda la historia de tu magia y también sabemos toda la historia de tu príncipe: quien te acompaña.
Entrecerré los ojos, desconfiada. ¿Podría aquello ser verdad o podría no ser más que una trampa? No lo sabía y desde luego, no estaba dispuesta a acabar en unos calabozos de nuevo.
—¿La historia de Keelan? ¿Qué historia? —le dije de mala gana. Casi pude haberle escupido, ahora bien, ella no se tomó a mal mi grosería, ya que me volvió a sonreír. Pero, esta vez, mostrándome sus dientes.
Sus dientes violáceos, tan purpúreos como la misma túnica que siempre llevaba.
Casi me atraganté con mi propia saliva, pero ella se adelantó y me explicó: —Mi padre confeccionó una poción en cuanto nací que me obliga a decir la verdad desde que tengo labios, dientes y lengua. Mi dentadura se baña en violetas cada año para mantenerla.
Y era cierto. Olfateé el ambiente y además del hediondo olor a magia Razha, ahí estaba. Él sutil olor a magia Elaboradora, olor a madera siendo mordisqueada por las llamas, el olor de la naturaleza más pura siendo modificada por los humanos y hechiceros. Por cada mortal que pisaba este mundo.
—¿Y por qué se supone que quieres ayudarme?
Si es que es cierto, claro está, que tu padre es Cyrus Minceust. —Conocía la línea sanguínea del ducado de Iriam.
Idelia misma me había obligado a conocerla.
Y era cierto: Cyrus Minceust era el vigente duque de Iriam.
Y también era cierto que una pequeña niña adornaba bajo él aquel libro de historia bañado en polvo y pelusas: Ashania Minceust.
—Queremos ayudarte porque Eris nos ha obligado a preparar un ungüento que haga desvanecer la cualidad de ver el futuro en sus ojos.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo? —inquirí en respuesta.
—Que si ella misma, la reina de nuestro reino, ha querido despojarse de su magia, pronto nos pasará a todos, si es que no prefiere matarnos ella misma y su ejército.
—Sus globos oculares fueron arañados por cristales de terror —.
Porque quieren exterminar a las criaturas que quedan en Gregdow y no pensamos permitírselo.
Yo parpadeé, incrédula, en su dirección.
—Asha, son monstruos. Criaturas hechas con una magia oscura y que sólo vagan buscando a un mortal al que zamparse — le dije, con obviedad.
Y ella chasqueó la lengua.
—Ese es el problema, Éire: que ves tu magia como algo oscuro y atemorizante.
Que deshumanizas tu magia como tu madre hacía, quien la anestesiaba con los ojos de las mismas criaturas que había creado Gianna y la casa de los Razha.
—Ella posó su mano sobre la mía y aunque pensé en apartarla, su tacto fue extrañamente revitalizador —.
Creabais vida, su majestad y ahora solo tú tienes la oportunidad de hacerlo: de crear a seres que merecen vivir tanto como nosotros, de hacer desvanecer el odio de sus corazones fomentando el amor de los demás hacia ellos.
Solo tú, Éire Güillemort, tienes el poder de crear un reino que sea como antaño era Gregdow: un reino de monstruos.
Aparté su mano de la mía con brusquedad.
—No pienso hacer eso —le solté, levantándome de sopetón de su lado y dándole la espalda, dispuesta a marcharme sin decir nada más.
Pero, antes de poder hacerlo, Asha me detuvo con sus palabras:
—¿Sabes la historia de tu príncipe, Éire? —No dije nada. En cambio, la miré sobre mi hombro y al ver cómo paraba de repente, ella continuó —: Si odias tanto a estas criaturas. Si odias tanto a tu magia como a ti misma, ódialo a él también.
—¿Qué estás diciendo, Asha? —le ladré.
Ella tan solo me dedicó un pestañeo en mi dirección, tan calmada como parecía estar siempre. Con tanto temple sobre sus hombros que tuve ganas de zarandearla hasta que soltara alguna blasfemia.
—Pregúntale tú misma quien era su madre y porqué sus ojos son tan brillantes.
Antes de que pudiese volver a aletear sus pestañas, me acerqué como una exhalación a ella y la levanté de su posición, sujetándola por las solapas de su túnica contra el tallo leñoso de un árbol.
Asha soltó un pequeño jadeo y me miró con la sorpresa más pura que alguna vez había visto.
—¿Qué coño estás diciendo, Ashania Minceust?
Ella sonrió .
—Al menos, ya reconoces mi título.
—¡Dímelo de una maldita vez! ¿A qué te refieres?
La supuesta —o no tan supuesta —hija del duque, me pidió silenciosamente que deshiciese mi agarre sobre ella. Y, antes de pensarlo siquiera, así lo hice.
Asha dio algunas zancadas hacia las ramas y las hojas que ocultaban el claro dónde su hijo jugaba con aquellos kolbras, donde la sonrisa de felicidad de ese niño triplicaba con creces cualquiera que yo hubiera tenido en mi infancia.
Me acerqué a ella de nuevo y mientras me ponía a su lado y Asha sujetaba la gran rama repleta de hojas que nos impediría verlo, entendí porqué su carruaje estaba oculto en el bosque:
Por su hijo. Para que la gente no lo mirase con horror, para que la gente no se espantase al ver su increíble parecido con los kolbras.
—Mi familia y yo hemos averiguado que, a veces, en algunas familias de hechiceros, cada cierto tiempo, ocurre algo.
—Me giré en su dirección, viendo cómo los rayos de sol hacían ver su piel como la más preciosa enstatita —.
Y, cuando un humano y una hechicera se comprometen, es más probable que ese algo ocurra.
Y es que, si bien lo común sería que el hijo de ambos poseyese o una pizca o nada de magia, también puede ocurrir otra cosa.
La observé con extrañeza.
—La madre de Keelan es Miriela, la hija de un conde de lustre familia de Draba.
Asha ni siquiera me miró, pero una de las comisuras de sus labios se tensó brevemente cuando preguntó —: ¿Ah, sí?
—¿A dónde quieres llegar? —Pude haberle sacado los dientes mientras lo decía, pero preferí no hacerlo y cruzarme simplemente de brazos. Mantén su temple, Éire, mantén su temple, me rumié una y otra vez en mi fuero interno.
Entonces, la mujer sí que se giró en mi dirección y sus ojos brillaron como nunca antes. El azul de sus ojos pareció más bien haber sido oculto por un blanco lechoso, casi como el de un pez muerto que había dejado de boquear.
Justo como el de un ñacú.
—Digo que, a veces, Éire, en algunas familias, hay un gen.
—Y parpadeó, justo como había parpadeado aquel ñacú frente a mí ese día.
Todo fue blanco, todo en su sus ojos se bañó de la leche más pura y se convirtió en un mármol que me miraba con férrea determinación —.
Y, solo a veces, uno de los hijos de esa familia lo hereda.
Tragué duramente saliva.
—¿De qué gen estamos hablando?
—Del gen que posee tu príncipe. Del gen que poseo yo. Del gen que posee Cade. —Sus labios, esta vez, no parecían predispuestos a esbozar ninguna sonrisa —. Un gen que nos convierte en la mitad de esas criaturas, un gen que nos convierte en uno de ellos.
Retrocedí un paso y le gruñí —: Mientes.
—¿Qué monstruo tiene los ojos ámbar, Éire?
—Mientes —repetí.
Y ella dio una zancada hacia mí y dijo aún más fuerte:
—¿Cuál, Éire?
Pasaron unos segundos, unos minutos, casi pudieron ser horas, en las que ella me miró con sus ojos lechosos y el aleteo de los kolbras se tragaron por completo lo que pudo ser un silencio y una ceguera deliciosamente tentadoras.
Mi corazón se desbocó, el sudor cayó por mi frente y sabía que después de esto vomitaría, porque ni toda la cerveza de esa taberna ahora sería capaz de calmar mi abstinencia.
—Los dragones.