Reino de mentiras y oscuridad (Nargrave 2) CAPÍTULO X
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CAPÍTULO X

Era trece de Julio. Cuatro días habían pasado desde que habíamos enfrentado al gran ñacú, cuatro días desde que hice el trato con aquella buhonera, cuatro días desde que Keelan y yo nos habíamos besado y cuatro días que llevábamos con Evelyn y Asterin en la posada.

No había visto a Asha desde aquel encontronazo en la entrada de la posada, así que, por ahora, solo me quedaba guardar las joyas y esperar a encontrármela.

Tomé un trago de la cerveza que estaba compartiendo con Audry y la princesa Evelyn se apoyó contra la barra de la taberna que había bajo la posada.

Asterin estaba arriba, recluida en su habitación desde hacía días, como si aquel día en el que tuvo que sanar a Keelan aún hubiese dejado estragos en ella.

Y Keelan…Keelan estaba justo a mi lado, masticando un trozo de pollo braseado que había demandado.

Evelyn le dio un sorbo a su jarra de vino, tan corto y escaso que debió de ser como mojarse los labios. Entonces, ella miró como Audry y yo nos turnábamos la jarra de cerveza, ojeó como el sudor perlaba mi frente y no precisamente porque hiciese calor y dijo:

—Si me permites decírtelo, esta no es la mejor forma de acabar con la abstinencia.

Yo pestañeé y me planteé el gruñirle que no le permitía el siquiera mirarme; sin embargo, en su lugar, me giré hacia Keelan y le dije —en un tono lo suficientemente alto como para que la princesa lo escuchara —:

—Si hubieras seguido haciéndome chocolate con melisa…

Keelan me guiñó un ojo.

—¿Crees que no he conseguido tomar prestadas algunas cantidades inconmensurables de granos de cacao para cuando salgamos de aquí, hechicera?

Antes de que yo pudiese responder, Evelyn brindó repentinamente su jarra de vino con la mía, salpicándome de gotas violáceas y ambarinas.

—Ten más cuidado —le gruñí. Evelyn me dedicó una media sonrisa y no tuvo reparo en alisar su largo vestido mientras se pavoneaba con su sonrisita —. ¿Qué haces? ¿No me has escuchado? Que tengas más cuidado.

—Es que, si te soy sincera, no me das miedo, Éire. Más bien, me apena tu situación.

—No es ella la que va a morir —le dijo Keelan, mientras Audry parecía maldecir con la mirada a la princesa.

A Evelyn, por mucho que trató de ocultarlo, le afectó aquel comentario.

—Nunca se sabe.

—Vuestra muerte, si no callas, será segura —dijo, esta vez Audry, dejando la jarra de cerveza en la barra. Y, para mi gran sorpresa, se inclinó amenazadoramente hacia Evelyn.

—¿Tiene algo contra mí, su alteza ? —Dije, burlesca. Sin molestarme en más mínimo sus comentarios.

–Pues no sé...Las hechiceras como tú tienen fama de ser un poco promiscuas —arguyó ella.

Reí por lo bajo, tomé la jarra que Audry había dejado en la barra y la miré por el borde de barro de esta.

—¿Quieres venir a mi cuarto y lo compruebas?

—Desde luego, Éire, no tienes honor. Eres puro libertinaje y no más que una mujer grotesca.

—¿Sabes, Evelyn? —le preguntó Keelan —. Sé que te importa tu reino y tu gente casi tanto como a mí la mía, pero niégame si no es cierto que tú misma querías defender la libertad de expresión.

¿No deberías defender, también, el hecho de que una mujer haga lo que quiera con su cuerpo?

Porque, si no, me temo que serías una hipócrita .

La princesa crispó los labios.

—Desde luego, no es lo mismo. Éire es como un arma sostenida con hielos sobre nuestras cabezas y tarde o temprano nos matará a todos. Solo toma mi consejo, Keelan, porque algún día te darás cuenta de que es todo lo que cuentan sobre ella.

Después de aquello, se fue, tan solo dejándonos ver como su vestido aciano ondeaba tras de ella junto con su largo y liso pelo obsidiana.

—Vaya con la princesa…—dijo Audry, dándole un sorbo a nuestra jarra de cerveza. Yo solté un bufido y Keelan, inesperadamente, pasó un brazo sobre mis hombros.

Me giré, encontrándome de sopetón con su rostro a menos de un dedo de distancia y no supe si ojear sus vibrantes ojos o sus pálidos labios. Apenas tardé un instante en decidirlo, mientras me inclinaba hacia él y dejaba que su boca se encontrara con la mía.

Su olor a cítricos y a ámbar me inundó como una ola que se lo tragaba todo, como un agujero en la tierra que absorbía a los transeúntes, como un monstruo en sus largas garras.

Pasé mis dedos por las hebras oscuras de su cabello y él apretó su mano en torno a mi cuello ligeramente, clavando sus rotas uñas y provocándome un dolor deliciosamente tentador.

Keelan soltó un pequeño jadeo y no pude evitar apartarme levemente, rozando mi nariz con la suya, agarrándole de las solapas de su túnica para mantenerlo cerca de mí.

—No sabía cuánto deseaba esto hasta que ha pasado, hijo de Symond.

Keelan sonrió y sus ojos se empequeñecieron como habitualmente hacían.

—Y yo no sabía cuánto podía desear a alguien hasta que saliste de las sombras de ese despacho.

—¡Puaj! ¡Buscaros una habitación! —exclamó Audry, tragándose de sopetón el último trago de cerveza. Pensé en molestarle un poco más, pero, en su lugar, decidí tomarle la palabra.

—Ven a mi habitación esta noche, Keelan Gragbeam —le propuse, pasando mi lengua por mis labios. Su mirada se desvió hacia ellos un instante.

—Solo porque me lo pides .

—Ajá.

—También es que tú habitación es ligeramente más grande y…

—Ni siquiera la has visto —le dije.

El asintió, sabiéndolo más que de sobra. Y apenas pasó un minuto cuando me acercó de nuevo a él, sosteniéndome por las caderas.

—Pero la veré esta noche.

—Esta noche —afirmé.

Él murmuró un leve mmm satisfecho y en cuanto pasaron algunos segundos, se separó brevemente de mí y dejó un último beso en mi coronilla.

—Luego nos vemos, que Audry y yo vamos a ir a unas termas cercanas para quitarnos el olor a alcohol. ¿Quieres venir con nosotros?

—Pese a que suena tentador, prefiero quedarme aquí —le susurré en el oído, dejando caer mis manos por debajo de su túnica, tocando sus abdominales.

Y, en cuanto se fueron y ambos se despidieron de mí mientras salían por la puerta de la posada, solté un suspiro que no supe cómo interpretar.

Me apoyé en la barra y sentí como mi corazón latía frenético…Espera, ¿frenético? No, no, no.

No podía permitirme esto…Yo…No. Aún recordaba la visión, aún tenía sueños sobre cómo Audry acababa sobre un charco de sangre y sobre cómo Keelan acababa en peligro por mi culpa. Y aquel camisón…Y estando juntos en la cama…

No era Keelan lo que nos ponía en peligro, ni tampoco yo, era el hecho de que nos atraíamos. Y, de que, tal vez, en un futuro fuese más que eso.

Mucho más que eso.

—Hola de nuevo, forastera —dijo una voz justo a mi lado, sentada en una de las sillas frente a la barra. Me giré en su dirección y ahí estaba Asha, esta vez con una tira de cuero recogiendo sus diminutas trenzas en una larga cola.

Las cintas que se habían enroscado antes sobre sus trenzas ya no eran azules, ahora eran de un verde color trébol, resaltando sus ojos cerúleos con diminutas motas que, de cerca, podías apreciar que eran como el musgo de java.

—Ya has vuelto, por lo que veo. Tenías que avisarme sobre cuándo partíamos y no desaparecer así como así —le dije, cruzándome de brazos en su dirección. Asha, en lugar de tomárselo de mala manera, sonrió castamente con el arco de su labio superior pintado de una extraña pintura púrpura.

—Tenía que haberlo hecho, sí, pero tenía otras cosas en las que pensar.

Ahora, puedo darte una fecha —aseguró, dejando caer sus manos sobre la barra de la taberna, mostrándome sus largos dedos llenos de anillos con símbolos que parecían…

¿Los símbolos que utilizaban los elaboradores? —. Con una condición.

Me incliné hacia ella y le gruñí —: No dijimos nada de condiciones. Yo te daba las joyas y tú nos hacías pasar por Iriam.

Asha pasó la lengua por el arco de su labio pintado.

—Sí, pero si quieres una fecha para poder subir al carro, debes hacerme un último favor. Seguro que no te costará nada, hechicera.

Tras eso, bajé de un salto de aquella silla y me quedé a tan solo un palmo de su rostro, apuntándola con el puntiagudo filo de mi daga. La había sacado hábilmente de mi bota, sin darle siquiera la oportunidad para apartarse y Asha contuvo la respiración durante un instante.

—¿Cómo sabes eso?

La buhonera tragó saliva, solamente ojeando la daga que se encontraba a centímetros de su cuello.

—Sé muchas cosas. Pero, no te preocupes, si quisiera delatarte, ya lo habría hecho. Tan solo quiero ese favor para que los kolbras dejen de molestar a mi hijo.

Fruncí el ceño. ¿Los kolbras molestando a un niño?

Solo había conocido casos de kolbras que puntualmente fastidiaban a personas, susurrándoles alguna palabra dolorosa para ellos, o acechando la cosecha de una casa.

Pero, aparte de eso, nunca había escuchado de una colonia de kolbras que se interesasen tanto por el hijo de nadie como para que la buhonera tuviese que negociar conmigo de esta forma.

No supe si fue un rayo de bondad que me alumbró, el estar con Keelan y Audry tanto tiempo o el haber conocido lo que era el amor más puro con Chica, pero asentí.

Y aparté la daga de su cuello, justo antes de decir:

—Llévame a esa colonia de kolbras.

Y así lo hizo: me sacó de la posada y me llevó más allá de los puestos y carros de buhoneros, me llevó hasta el comienzo del bosque que si continuabas leguas y leguas andando sería Gregdow y justo ahí, contra un árbol que estaba inclinado hacia un lado, dejando caer sus hojas purpúreas sobre el, estaba un enorme carro rectangular, sostenido por cuatro ruedas y sin caballería cerca.

Supuse, casi de inmediato, que Asha guardaba sus caballos en los establos de la posada.

Entonces, Asha se dio la vuelta en mi dirección, justo frente al carro de madera y tragó saliva varias veces justo antes de golpear con sus nudillos aquel carro.

—¿Cade? ¿Cariño? Cariño, soy mamá. —Y, a pesar de que Asha parecía tener más o menos mi edad, no me escandalicé ni mucho menos porque fuese madre. La mujer, al ver que nadie respondía, pareció dejar caer su rostro ligeramente y con una mueca triste brillando en sus facciones, me dijo —: Sígueme.

Andamos durante algunos minutos en absoluto silencio, atravesando la maleza y apartando ramas y ramas de árboles perennes, mientras Asha suspiraba justo frente a mí, mientras me guiaba con su cuerpo en absoluta tensión.

No supe qué imaginarme, sinceramente. Mientras seguía a aquella mujer tan solo me resumía a aquello: a seguir sus pasos. Porque no podía imaginarme lo que vería tras aquellos árboles que tapaban un enorme claro.

Y es que, justo en el frente, donde el sol bañaba con sus rayos la hierba y la brisa era más cálida y húmeda, cosa extraña considerando dónde nos encontrábamos, había un niño.

Su cuerpo era normal, pequeño pero normal, de no más de diez años, vestido con una túnica que le quedaba grande y con collares y collares de perlas rodeando su cuello.

Sus manos también parecían llenas de anillos que relucían hasta nuestra posición debido a la forma en la que le daba el sol y su pelo rizado, corto y castaño se enroscaba con la brisa ligeramente.

Si era sincera, era un niño precioso.

Si no observábamos su rostro, claro .

Sus mejillas no eran rollizas y suaves, si no caídas y llenas de unas cicatrices tan enormes que parecían cera de vela seca cayendo hasta la altura de su clavícula.

Sus ojos eran verdes, pero no un verde débil y moteado como el de su madre, si no un verde que casi parecía inhumano: vibrante, hipnótico, casi como con la potencia de un candelabro en una diminuta habitación.

Su frente se perlaba por doquier de algo parecido a una masa para apilar piedras: rugosa, blanca como el alabastro y probablemente dura como una roca.

Y, a su alrededor, había una colonia de kolbras.

La colonia de kolbras más grande que había visto en mi vida.

—¿Qué…? ¿Qué es esto? —pregunté, casi vacilando al decirlo.

Asha tragó saliva antes de responder:

—Es mi hijo.