Reino de mentiras y oscuridad (Nargrave 2) CAPÍTULO XII
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CAPÍTULO XII

La llama de aquella vela se mantenía firme, no titilaba, no ondeaban sus tonos rojos y amarillos, tan estática que pudo parecer inhumana. Aquella llama parecía fuerte; sin embargo, solo hacía falta apretar tus dedos en torno a su chispa y todo se desvanecería.

Y, aunque pareciese absurdo, me veía muy reflejada en aquella vela: diminuta, en una esquina, aguardando tan solo para serle útil a alguien. Porque, realmente, ahora mismo, yo tan solo era un peón y me estaba dejando mover por otras personas, quienes me empujaban en la misma dirección:

Conseguir aquella corona.

Y aunque sonase tentador tener absoluto poder sobre un reino, tener la vida de tantas personas como hilos de un titiritero en tus manos, cada vez que lo pensaba se veía menos atractivo para mí.

Porque yo no sabría qué decirle a un señor que había perdido su ganado por uno de los monstruos Razha. No lo sabía porque, si aceptaba la ayuda de los Minceust, no podría acabar con aquella criatura.

Y ahora…Keelan…No sabía siquiera qué pensar al respecto. Todo en mi cabeza era una maraña de pensamientos que desaparecían cada vez que pretendía estirarlos con la punta de mis dedos. Como algo inexistente, como un ente que ponía el pie en un peldaño y luego tan solo quedaba un rastro invisible.

Como si nunca hubieran estado ahí.

Además, en mi mente, el hecho de que aquellos monstruos…De que aquellas bestias fuesen humanizadas, hacia que mi estómago diese un vuelco enorme. Pero, si lo pensaba de una forma objetiva, yo misma había defendido a Ojitos y lo había humanizado a tales niveles que ahora lo echaba en falta.

Pero las bestias…Las bestias eran bestias. Y no había más.

Yo misma lo fui desde el momento en el que tomé mi primera vida sin ser en defensa propia. Desde el momento en el que maté a mi madre.

Y las bestias no merecían una corona.

Y de veras que quería retroceder y cambiar de opinión, dirigirme hacia Draba y tomar un navío que me llevase sobre aquel mar azul que aún no había visto.

Descubrir monstruos que poca gente había podido tener el placer de decir que los combatió, pelear contra ellos y saborear la sangre y el sudor en la punta de mi lengua.

Pero ahora…Por mucho que pretendiese ser una mujer insensible, no podía evitar pensar en niños como Cade, que probablemente acabasen en una pica si yo no hacía nada.

Porque solo yo podía reclamar aquel trono, o morir en el intento de hacerlo.

Entonces, alguien llamó a mi puerta y aquel momento a solas me dejó con más preguntas que respuestas.

—Soy yo —dijo alguien, abriendo el destartalado trozo de madera que se aguantaba por el marco de la puerta —. Keelan está aún abajo, hablando con Evelyn. Supongo que ahora vendrá.

Una dolorosa punzada en mi pecho me hizo querer darme un cabezazo contra una de las piedras de la pared. No debería sentirme mal…No debería, pero me sentí así y aquello me hizo odiarme aún más.

Aquella visión se cumpliría. Y yo estaba dando todos los pasos en dirección a ella, como si me dejase comer libremente por una de las dos cabezas de un hambriento cornok.

Porque era estúpida, justo como decía Idelia.

Audry dio un paso dentro de la habitación y cerró la puerta tras el, observando mi rostro repleto en lágrimas mientras mis rodillas tocaban mi pecho justo sobre la cama .

Él no se movió, como si no esperase esa imagen de mí, con sus glóbulos oculares reluciendo en desconcierto. Su cabello estaba húmedo y su túnica se adhería a su aún mojado cuerpo de tal forma que transparentaba el grupo de músculos que había empezado a desarrollar.

—¿Qué ha ocurrido?

Tan solo hizo falta que su voz dijera eso para que yo me echara a llorar. Los sollozos fueron tan fuertes que casi pudo parecer que soltaba alaridos, mientras dejaba que mi cabeza cayese contra mis rodillas y me perdía en la oscuridad de mis ojos cerrados.

«Idelia se horrorizaría al verte llorar de tal forma. Una reina enmascara su debilidad, no la grita a los cuatro vientos»

Lo sé. Lo sé. Lo sé.

Pero todo era oscuro, oscuro…Todo era oscuro y no veía a Audry, no veía como se arrodillaba a mi lado pero lo oía, no podía ver su compasión pero la sentía. Y aquello…Aquello fue tan malditamente reconfortador.

Su mano se cerró en torno a mi pierna desnuda, ya que tan solo llevaba la larga túnica que había portado durante todo el día, la cual me llegaba hasta casi las rodillas.

Era verde…Verde como los ojos de Cade, como los ojos de uno de los niños que corrían peligro por mi culpa, porque yo estaba a punto de echar a correr en dirección contraria a Iriam.

Y no quería…Lo que menos quería era ver la decepción en los ojos de Keelan al ver cómo dejaba a mi pueblo desamparado. Aquello me destrozaría de formas tan inimaginables que ningún ser que pisara esta tierra lo podría entender.

—Éire, ¿ha ocurrido algo? —musitó él débilmente, casi como si pretendiera que sus tímidas palabras limpiasen con la suavidad de la seda mis lágrimas caídas.

Yo moqueé, pero, aún así, no dije nada. No dije nada, pero sí hice algo.

Me dejé caer contra él, quien me sostuvo de inmediato, dejando que mi cabeza se refugiara en la curvatura de su hombro y que mis lágrimas empapasen su túnica ya húmeda.

Sus brazos se cerraron en torno a mis caderas y las apretó con fuerza, como si tuviese miedo de que este momento desapareciese para siempre .

Y es que era extraño que yo me dejase caer sobre alguien como si fuese una dama en apuros. Porque yo sí que solíaenmascarar mi debilidad, pero había veces que simplemente…no se hacía tan fácil.

—Está bien, Éire.

—¿El qué? —musité entre gimoteos.

Él separó ligeramente mi cabeza de su hombro y sostuvo mi nuca para que me mantuviese mirándole, aún con la vergüenza de que él me viese en aquel momento tan sensible.

—Llorar —respondió. Sus ojos café relucían tanto que mi mente no pudo evitar compararlo con un té caliente bajo remolinos de vapor en una tacita de marfil —.

Llorar está bien. Es simplemente una acción que es llevada por una emoción incontrolable.

Muchas veces lo he hecho frente a gente que no debería haberlo visto, incluso gente que me había hecho un profundo daño por abrirles mi corazón, pero no me arrepiento.

—¿Por qué? —inquirí yo, lamentándome, mientras Audry limpiaba las lágrimas secas y húmedas que surcaban mi rostro.

—Porque aunque no seamos de la misma especie, Éire, tú y yo…

merecemos llorar, merecemos ser queridos y merecemos que nos quieran por cómo somos.

Y no está mal llorar porque, pese a todo, ambos somos mortales.

Y hay cosas que nos duelen, cosas que nos hacen mucho daño y que les jodan a los que se rían, porque aquí voy a estar yo para repetírtelo hasta la saciedad.

Solté una risa carente de gracia y miré a Audry otra vez, durante un rato interminablemente largo.

Y es que ese niño…Él había sido lo mejor que me había pasado durante mucho tiempo, incluso mejor que Lucca, mejor que cualquier otra cosa.

Y le quería de una forma que yo no conocía, de una forma tan arrasadora que podría acabar con Nargrave entero.

Porque él siempre sería mi mejor amigo y ojalá sus palabras fuesen ciertas y pudiese estar toda mi vida conmigo repitiéndome aquello hasta la saciedad.

—No quiero ser reina de nada, Audry. No quiero…Yo…

Él me observó y pareció no sorprenderle aquello mientras sostenía mi rostro con sus manos en cada una de mis mejillas.

—¡Pues a la mierda Iriam! ¡A la mierda esa tal Gianna que aún no se ni quién es! A la mierda todo, Éire, pero sé feliz porque eres maravillosa. Porque te lo mereces, joder.

Y le callé con un abrazo. El abrazo más significativo que había sentido en mi vida.

Ahí, en los brazos de aquel niño insoportablemente charlatán, sensible y futuro guardia real.

En los brazos de una persona a la que, durante el transcurso de un mes, estaba viendo cómo se convertía en un hombre frente a mí.

Estaba viendo cómo su evolución y cada logro no solo le hacía enormemente feliz a él, si no también a mí.

En los brazos de Audry.

En cuanto nos separamos y ambos nos dedicamos una sonrisa lastimera, yo no tardé en dar un par de palmaditas sobre su hombro y en decir:

—Anda, pequeño cobarde espadachín, fuera de mi cuarto. Que la gente habla demasiado y no quiero que nos relacionen.

Él soltó una carcajada y tras dejar un beso en mi moflete, se fue de allí, dejando la puerta abierta para quien, instantes después, entró.

Tragué saliva y solté un suspiro entrecortado, observando como la sombra de su cuerpo se reflejaba en el suelo como indicio de su llegada.

—Oh, Keelan Gragbeam de Zabia, futuro rey del sur, me complace que por fin haya subido a mi enorme habitación hecha de piedra, barro y mierda de caballo —le dije, intentando alivianar el ambiente tan denso que había dejado mi tristeza sobre este cubículo.

Él me sonrió y dio un par de zancadas hacia mí, su cabello tizón mojando ligeramente sus anchos hombros y dejé que se sentara justo frente a mí en la cama y que deslizara sus manos por mis piernas desnudas.

Sabía que aún quedaba alguna lágrima reluciendo en mi rostro que Keelan podía ver gracias a aquella vela, pero preferí quedarme con lo que había dicho Audry y pensar que no pasaba nada. Porque yo podía mostrar debilidad…Porque yo no era una reina.

La puerta estaba entreabierta y dejaba pasar una rendija de luz que caí sobre nosotros mientras nos observábamos en silencio. Él no limpió ninguna de aquellas lágrimas y yo tampoco me atreví a hacerlo.

—Si estas llorando porque me echabas de menos, aquí me tienes al fin —se burló él —. Evelyn me ha entretenido hablando de impuestos, diezmos y señoríos, pero seguro que las conversaciones con Éire Güillemort Gwen son mucho mejor.

Y fue la forma en la que pronunció mi apellido: como si tuviera importancia, lo que me hizo doblar de nuevo mis piernas y apoyarlas contra mi pecho. Él frunció el ceño y casi como si hubiese violado mi libertad, se irguió en aquella cama y se alejó todo lo que aquel colchón le permitió.

—No quería…Si te he incomodado, ya sabes que no…

—No es eso, Keelan. No es eso. —Miré hacia aquella vela de nuevo y tomé la fortaleza de sus colores vibrantes mientras me giraba de nuevo en dirección al príncipe y le decía —: Nunca me has hablado de ti.

Keelan arrugó su frente.

—No sé a qué te refieres. Sabes mucho más de mí que cualquier persona.

—¿Ah, sí? ¿Cómo qué? —inquirí, sabiendo que mi tono cada vez tomaba notas más altas. Y, que, tal vez, debería exhalar y tranquilizarme. Pero no lo hice —. ¿Que te gusta el color azul, que te importa tu reino, que…? ¿Qué más, Keelan? ¿Qué malditamente sé de ti?

Él me miró casi como si hubiese perdido la cabeza.

—No hay mucho más que contar. Mi vida ha estado siempre en Helisea, aprendiendo cómo manejar un…

—¿Sí? —le pregunté yo, arqueando una ceja.

—Claro, Éire, lo sabes todo de mi. Sabes lo de que nunca he estado con nadie, que…que…—él titubeó y frunció el ceño, casi como si se estuviera dado cuenta de que realmente no le conocía como él a mí.

—Nada. No sé nada más. No sé qué te hace llorar, no sé qué te hace reír, no sé qué comida te gusta. Ni siquiera sé tu maldita fecha de nacimiento.

—¿Y qué? ¿Quieres conocer mi fecha de nacimiento?

Yo bufé y me levanté de la cama, notando como el gélido frío que se concentraba en la habitación ponía los pocos vellos de mis piernas desnudas de punta .

—¡No lo sé! ¡Quiero sabes más de ti! ¡Quiero conocerte y no haces más que mentirme!

—¿Mentirte? ¿Te he mentido acaso en algún momento? —preguntó él y realmente pareció confuso mientras lo decía.

Yo tensé mi mandíbula e intenté relajarme, de veras que sí. No sabía que me pasaba. Tal vez estaba pagando mi frustración con él, tal vez era porque era una mierda de persona, tal vez…No sabía siquiera qué más tal vez podía decir.

—No quiero sonsacártelo, no quiero obligarte a contarme nada, es solo que… —Suspiré y dejé caer los brazos a cada lado de mi cuerpo, sintiéndome extrañamente rendida —. Es solo que siento que esta amistad no va ninguna parte cuando ni siquiera sé por quién estoy empezando a sentir cosas.

Él pareció tragar saliva y se levantó de aquel camastro. Dio una zancada hacia mí y me quedé atrapada entre él y aquellas piedras que conformaban la pared. La piedra estaba fría, pero su presencia era tan cálida que casi pude haberme acurrucado en su pecho hasta perder la consciencia.

Keelan colocó una mano en mi pómulo y levantó levemente mi rostro, inclinándose él hacía mí, tan cerca que casi pudo habérseme olvidado el motivo de mis reclamos. Pero no sería así, yo no era así.

A mí no me distraías con un par de besos.

—Mi cumpleaños es el 25 de Octubre. Fácilmente podría llorar si alguna vez le hiciese daño a alguien que me importa sin ser mi intención y reír es verdaderamente fácil cuando estoy contigo. Mi comida favorita son las gachas y…

—¿Las gachas? ¿Por qué?

El rio mientras decía —: Déjame continuar, hechicera.

Asentí y me perdí en el ámbar de sus ojos. Entonces, me di cuenta de que lo que había dicho Asha no era verdad: podría odiarme, odiar a las bestias y odiar mi magia y mi apellido, pero nunca podría odiarle a él.

—Es cierto que no pasé veinte años en Helisea, no voy a mentirte, pero no es una historia que merezca tanto la pena como para entristecer esta noche, ¿de acuerdo?

Yo sonreí débilmente.

—De acuerdo —le respondí y antes de que pudiera decir algo más, me eché a un lado y me aparté de la prisión en la que me había encarcelado con su cuerpo.

Entonces, él se giró hacia mí mientras yo me echaba en la cama y me regodeaba felizmente sobre la paja —.

Pero, antes que otra cosa, cuéntame con todo lujo de detalles cómo Evelyn ha tratado de conquistarte esta vez.

—¿Celosa? —inquirió él, enarcando una ceja.

Yo negué, aunque quizá fuese un pelín cierto.

—Expectante, hijo de Symond.

—Pues…—dejó él en el aire, sentándose justo a mi lado —. Me ha prometido que a ella también le gustan los caballos.

—¡No! —dije, soltando una risotada. Obviamente, para Evelyn era un obstáculo muy a tener en cuenta y aquello me encantaba.

—Sí, sí, te lo prometo. Me ha dicho que ella quería comprar caballerizas para todo su pueblo y que incluso había nombrado a un pequeño potro como Tommy.

Seguí riéndome sobre aquella cama y el brillo de los ojos de Keelan al observarme mereció el dolor que aún se instalaba sobre mi pecho. Mereció jodidamente cada lágrima.

Porque Keelan Gragbeam también me tenía en la palma de sus manos.