Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO XXX
75%

CAPÍTULO XXX

Llevábamos horas en el carruaje, con el sonido de las ruedas lacadas pisoteando algunas piedras de la vereda y los relinchos de los caballos tras nosotros.

Me había perdido en la bruma del sueño hacía al menos una hora, y ahora no podía hacer otra cosa que parpadear mientras enfocaba el rostro del príncipe frente a mí.

No sabía dónde estábamos exactamente; sin embargo, era consciente de que debíamos de estar a pocas horas de pisar Aherian. A pocas horas de ver a Idelia, de llegar a la capital del reino, a pocas horas de decir un adiós definitivo.

—¿Disfrutando de las vistas? —murmuré, con la voz agrietada por la soñolencia.

Me froté los ojos, estirándome exageradamente sobre los incómodos asientos.

Keelan me dedicó una sonrisa ladeada, con su rostro apoyado contra la ventanilla del transporte.

No me hizo falta detallarlo mucho más para saber que él no había dado ninguna cabezada: parecía extrañamente cansado, con dos hendidas y oscuras ojeras trazándose bajo sus ojos y con el brillo de éstos ya casi nulo.

—Pues sí, los terrenos fronterizos de Aherian son bastante bonitos.

Los terrenos fronterizos de Aherian; eso significaba que estábamos pisando el marquesado de Azcán.

Había escuchado de la familia de los marqueses Daggen.

Aunque, extrañamente, nunca los había conocido personalmente.

Ellos no solían presentarse en ninguna fiesta de Zabia, y ni siquiera parecían haber pisado el palacio, al menos, no mientras yo había estado viva.

Bufé, bostezando ligeramente mientras decía—: No más que yo. ¿Has visto lo sexy que me veo con esta cicatriz? Me hace ver intimidante.

El príncipe elevó una ceja.

—¿Más aún?

—No lo sé, dímelo tú, Keelan Gragbeam —le dije—. Aunque, bueno, entiendo que es difícil verme incluso más sexy que antes.

Keelan arrugó el ceño—. No me refería a eso .

Elevé las cejas, intentando dramatizar una convincente expresión de estupefacción.

—Oh, mi príncipe, no es necesario que esconda sus deseos más primitivos hacia una señorita de alta cuna como yo —me burlé, poniéndome de pie con destreza en el carruaje.

No me costó demasiado mantener el equilibrio; sin embargo, casi me caí al suelo de la carcajada que reprimí al ver el rostro del príncipe brillando en molestia.

Di algunos pasos hacia él, hasta que un nimio palmo nos separaba y tan solo con elevar mi mano podría tocarlo.

Tan sólo instantes después, me incliné ligeramente, apoyando mis manos contra el respaldo del asiento donde Keelan estaba sentado.

Él me miró como si fuese un insecto que zumbaba a su alrededor, intentando no rozarme. De nuevo, como si tuviera sarna.

—De cualquier forma, siento una extraña atracción hacia lo prohibido —musité, sintiendo como el aliento de sus labios chocaba contra mis dientes. No pude evitar compartir una mirada con el príncipe: rápida, efímera y tan breve como un aleteo; sin embargo, fue una mirada.

Él humedeció sus labios.

—Tal vez… —comentó él, haciendo una breve pausa—, tal vez por eso dejaste que el pulvra te desfigurase el rostro .

Solté una risa baja mientras resoplaba—: Deberías recordar que tú tienes el abdomen bastante peor que mi rostro.

—Veo que recuerdas con bastante detalle mi abdomen.

Chasqueé la lengua.

—Recuerdo bastante mejor el hecho de que llamaste dulce primo a Audry.

Keelan entrecerró los ojos en mi dirección durante un instante. Aunque, pese a eso, sentí como su postura y cada uno de sus músculos agarrotados se relajaban bajo mi cuerpo.

Ni siquiera pasó un segundo cuando ambos soltamos una carcajada, a tan solo un palmo de distancia, mientras el sonido de las herraduras de los caballos se perdía entre nuestras risas.

De pronto, y antes de que ninguno pudiese preverlo, el carruaje paró en seco.

Durante un instante, estuve a punto de acabar en el suelo; sin embargo, Keelan me agarró de la cadera con destreza y me dejó caer sobre su regazo.

Exhalé inevitablemente, mientras elevaba la mirada y su rostro me recibía de frente.

El príncipe aún sostenía su mano sobre mi cadera, y ahora yo estaba sentada a horcajadas sobre él.

Agarré sus hombros con fuerza, observando detenidamente como sus ojos volvían a posarse sobre los míos; sin embargo, él no tardó en volver a ser el mismo hombre esquivo de siempre, evitando mi mirada.

—Necesito que… —comenzó él, apartando rápidamente las manos que antes habían sujetado mi cuerpo. Fruncí el ceño, pero, aún así, no tardé en apartarme de su agarre.

Tampoco es que yo lo hubiese querido, pensé, sabiendo con certeza que tan solo había sido un momento incómodo, un encontronazo que podías tener con cualquier persona.

Ni siquiera me dio tiempo a pensarlo mucho más, o a burlarme para restarle importancia, porque no la había tenido, cuando el príncipe salió de un salto del carruaje. Crispé los labios, viendo cómo su figura se perdía mientras echaba a andar por la estrecha vereda.

—¿Qué significa esto? —me pareció oír.

No tardé demasiado en seguirlo, escuchando algunos reclamos aplacados por la estructura que era el carruaje. En cuanto salí al exterior, me encontré tan solo con algunos de los mercenarios subidos en sus caballos y sujetando con determinación la empuñadura de sus espadas.

Casi todas mis alarmas se encendieron instintivamente, mientras giraba mi cabeza e intentaba averiguar dónde se encontraba Keelan.

Un destello plateado llamó mi atención, justo frente a los caballos que movían el carruaje, justo frente a Chica y a Audry.

Arrugué el ceño aún más, mientras me dirigía hacia allí con rapidez.

Escuché el sonido de mi daga silbar sobre mis veloces pisadas, mientras sentía como mi larga capa ondeaba tras de mí.

Me detuve de inmediato en cuanto vi a una decena de hombres ataviados con brillantes armaduras, portando un extenso equipo de armamento, y con tiras de cuero trenzado sujetando cada parte del metal.

—Su alteza, ¿cuánto hacía que no pisaba estas tierras? —preguntó uno de los hombres, quién escondía su cabeza en un yelmo y parecía liderar a aquel grupo de caballeros.

Keelan enarcó una ceja en su dirección.

—De hecho, hacía mucho que no las pisaba, y no recuerdo haberte visto nunca.

Aquel hombre asintió.

—Antes trabajaba para la guardia del rey Einar Waldorm, así que no he podido evitar reconocer su carruaje.

—¿Porqué se entromete en mi viaje, entonces? —inquirió Keelan. Su mano estaba suficientemente cerca del tahalí, la desconfianza reluciendo clara en su mirada, y casi pude imaginarme cómo en su mente debía de estar preparando la estrategia más inteligente en caso de que algo saliese mal .

—La marquesa Kamia insiste en verle.

Ladeé la cabeza; nunca había visto a la marquesa Kamia; sin embargo, sabía de buena tinta que era una viuda que había perdido la cabeza hacía años, y que sólo mantenía su puesto por su primogénito Dave.

—¿Ocurre algo acaso? —preguntó el príncipe. Por su mirada, casi estuve segura de que estaba pensando en lo mismo que yo.

—No que yo sepa, su alteza —dijo el hombre. Aún así, pude jurar que su voz temblaba ligeramente.

—Bien, entonces —afirmó Keelan—. Volveremos cuando tengamos ocasión.

Antes de que el príncipe pudiese darse la vuelta, los caballeros desenvainaron sus espadas con rapidez.

El sonido de las armas de los mercenarios tras nosotros me erizó el vello de inmediato, mientras Keelan se paraba en seco.

Ni siquiera hizo el amago de mover un dedo; sin embargo, no apartó su mirada de los hombres de Azcán.

—Tenemos órdenes de llevarle ante la marquesa. Insiste en veros, su alteza —mantuvo el primer caballero de la cuadrilla.

—¿Debería ir a ver a una marquesa que tiene como concepto de bienvenida este recibimiento? —inquirió Keelan—. O, en su lugar, podría acabar con sus caballeros y pasar por sus terrenos como si esto no hubiera ocurrido.

—Entonces, me temo, su alteza, que ofendería gravemente al rey Einar atacando las tierras de Azcán. —El caballero sujetaba con firmeza la espada en alto mientras hablaba. Pese a eso, su agarre pareció flaquear cuando Keelan avanzó un paso hacia él.

—Cierto, sería un estúpido si hiciera eso —afirmó, echándole una mirada a los mercenarios sobre su hombro antes de añadir—: Ya lo habéis escuchado, seguid a los caballeros de Azcán.

El príncipe no esperó una respuesta por parte de nadie.

Rápidamente pasó por mi lado, y sin decir nada más, se adentró de nuevo en el carruaje.

Solo quedaba un sorbo de bebida en el último frasco que había guardado.

Lo bebí con avidez, intentando tragarme hasta la última gota de agua de tormenta, pero, de cualquier forma, sabía que dentro de poco tendría que volver a llenar varios frascos.

Solté una respiración entrecortada, ojeando por la ventanilla el aristocrático castillo de Azcán, ubicado en las fronteras de Aherian.

Había escuchado que la familia Daggen tenía oro suficiente como para bañar a cientos de aldeanos; y que, por eso mismo, era la encargada de replegar las fuerzas militares por todas las fronteras del reino.

El castillo era más bien una fortificación tan grande como el mismísimo acantilado de Normagrovk.

Tras las murallas hechas de piedra, cemento y ladrillo, se encontraba un pequeño castillo hecho de madera blanca trabajada.

Grandes torres se erguían en cada lateral, y en las más altas parecían haber pintado con una espesa pintura azul círculos perfectos.

Al parecer, la marquesa debía de ser creyente.

Si no lo era ella, lo era su difunto marido.

Entrecerré los ojos, intentando resguardar cada detalle importante.

Sabía que este no era mi fuerte, sino el del príncipe, pero, aún así, dudaba que dentro de un castillo de territorio enemigo se necesitasen más problemas.

Bajé del carruaje, echándole una mirada envenenada al caballero que me tendió su mano.

Caballerosidad, ajá, como si no tuviera manos que supiese utilizar mejor que ellos .

—Síganos, su alteza —asintió el caballero que parecía liderar a los demás. Keelan arrugó el ceño al ver como un mayordomo con el estandarte de Aherian cosido en su traje se acercaba al arcón que sobresalía de la parte trasera del carruaje.

—¿Por qué vais a tomar mi equipaje? No estaré aquí más de unas horas —zanjó Keelan, echándole una mirada al esbelto mayordomo. Este, rápidamente, ante la firme voz del príncipe heredero, se detuvo en seco y se irguió a un lado.

Equipaje, había dicho. Ojalá quedase equipaje y no más que dos bolsas maltrechas con algo de ropa.

—Oh, querido, querido, querido príncipe mío.

Te he añorado tanto en estos años sin ti —pronunció una aguda voz.

Me giré hacia la puerta del castillo, de dónde salió una menuda mujer que no debía de tener más de cuarenta años.

Pude notar como casi renqueaba al andar, probablemente debido al peso de las decenas de extravagantes joyas y pesadas capas de ropa que llevaba encima.

Un largo vestido de flores, tejido en encaje rosa y tan modesto como lo era el de una prostituta, tapaba la mitad de su pecho, ceñido en su cintura por un cinturón de filigrana plateada y aguamarina. Casi podía ver cómo sus pechos rebotaban por lo ajustado que estaba su corsé .

La que debía de ser la marquesa Kamia, tomó al príncipe de su hombro y lo acercó a su pecho, envolviéndolo en un incómodo abrazo. Audry carraspeó por lo bajo a mi lado, arrugando la nariz con la repulsión obvia en su mirada.

—No me digas que la marquesa… —empezó él, musitando con discreción en mi oído.

—Espero que no.

Keelan estaba terriblemente tenso, mientras aquella mujer escondía el rostro en la curva de su hombro.

—Querido mío, tenía tantas ganas de verte —arrulló, apartándose del abrazo que ambos habían compartido—. El castillo no es lo mismo sin ti.

El príncipe frunció el ceño, con los brazos rígidos a cada lado de su cuerpo. Mientras tanto, la marquesa deslizaba sus dedos por los hombros de éste con dulzura.

Crispé los labios. ¿Esto estaba pasando de verdad?

—Sino recuerdo mal, marquesa, solo estuve en este castillo una vez —alegó Keelan—. Y fueron dos días.

La marquesa Kamia chasqueó la lengua.

—Pero fueron dos días increíblemente maravillosos, alteza.

—Si tú lo dices, madre —resopló una voz desconocida.

Me giré de nuevo hacia la puerta del castillo, de dónde salió un hombre que debía de tener la misma edad que Keelan y yo.

En cuanto vi la gran capa de espeso pelaje y el broche de oro que la sujetaba, supe de inmediato que se trataba de Dave Daggen, el primogénito de la familia.

Su pelo rubio estaba cuidadosamente peinado, mientras se acercaba en grandes zancadas hacia nosotros.

Su madre, la marquesa Kamia, se deshizo del abrazo del príncipe de inmediato y trastabilló mientras retrocedía un paso.

Casi me carcajeé frente a ella al escuchar como carraspeaba, manteniendo la compostura frente al que debía de ser su hijo.

Repentinamente, el rostro de Keelan cambió, y una gran sonrisa iluminó sus facciones mientras Dave lo estrechaba entre sus brazos.

—¿Qué te trae por aquí, príncipe guerrero? —le preguntó el rubio, separándose ligeramente de él. Keelan soltó una risa baja, aún sosteniendo la mirada del que parecía ser su amigo.

—Tu madre me ha hecho buscar —dijo simplemente.

Dave se giró rápidamente hacia su madre, ceñudo. Ante la mirada del primogénito, ella únicamente se encogió de hombros mientras toqueteaba su escardado peinado lleno de rizos castaños.

—Hacía tanto que no veías al príncipe que he visto conveniente una reunión de última hora, querido hijo —dijo la marquesa, forzando una sonrisa en dirección a Dave. El rubio no pareció completamente convencido. En todo caso, se mostraba indiferente. Sin embargo, asintió y pareció dejarlo pasar.

Aunque, antes de poder darme cuenta, desvió su mirada en mi dirección.

—¿Quién es ella, Keelan? No sabía que ahora las mujeres hermosas viajasen en comitivas.

Ni siquiera esperé a que el príncipe contestara.

—No viajo, protejo al príncipe —le ladré—. Y no soy una hermosa mujer, soy una hechicera real.

Audry contuvo una risa a mi lado, mientras yo despedazaba con la mirada a aquel hombre. Pese a eso, no me moví: no era tan estúpida.

Dave elevó las cejas.

—Entonces perdóname, hechicera…

—Hechicera es el apodo con el que yo la llamo —le interrumpió el príncipe. Aún así, tenía un esbozo de sonrisa patinando en el rostro.

Fruncí el ceño en su dirección.

—No sé si debo recordaros que tengo nombre —repliqué.

El príncipe se encogió de hombros justo antes de resoplar—: Si lo conozco, no me importa .

—¿Y cómo te llamas, entonces? —inquirió Dave, dedicándome una sonrisa ladeada que distaba bastante de seducirme.

Antes de poder decirle nada, la marquesa Kamia carraspeó.

—Dentro nos espera el té, y no deberíamos dejar que se enfríe, su alteza.