CAPÍTULO XXIX #2
Me mordí la lengua casi de forma inevitable. Si hablaba, si abría la boca, ese hijo de puta se iba a tragar el brazo que le quedaba de sopetón.
Keelan no se rio. En cambio, arrugó el ceño en dirección al tullido .
Casi podía ver el fastidio claro en la mirada del príncipe cuando abrió la boca:
—Tampoco creo que estés para elegir, Éldelgar. Sobre todo teniendo en cuenta que tus cinco esposas solo te han querido por el dinero y la protección que ofrecía tu puesto de coronel.
El tullido pareció chasquear la lengua tras de mí. Audry estaba encogido levemente en la esquina de la mesa, con su rostro prácticamente enterrado en el vaso, mientras nos ojeaba sobre el borde de este.
—El amor es algo que está sobrevalorado —dijo Éldelgar entre dientes.
—Normal que tú digas eso. ¿Quién iba a querer a…?
—Bueno, Éldelgar, ¿tienes a mis hombres? —me interrumpió Keelan, mirando significativamente en mi dirección. Sabía que debía callarme, pero era tan tentador molestar a la gente. Sobre todo, a un hombre como este que soltaba ese tipo de comentarios estúpidos.
Éldelgar le dio la vuelta a la mesa, con el talón de sus botas haciendo trinar la hinchada madera. Estaba casi idéntico al otro día: una túnica verde oscura con solapas agujereadas, la camisa blanca asomándose por su cuello, el tahalí atravesando su pecho con varias armas silbando dentro de él .
Detuvo sus pasos cerca de Keelan, a apenas unos palmos de distancia de él, echándome miradas sesgadas de vez en cuando; la desconfianza clara en sus ojos.
No pude evitar fruncir el ceño en su dirección, tapando cuidadosamente con mi cabello la marca de la corona que estaba grabada en mi cuello.
Daba gracias a que hoy no me lo había trenzado ni recogido.
—Los tengo, aunque no son de los mejores. No me diste la suficiente cantidad para ello.
Keelan arqueó una ceja ante la sonrisa afilada del tullido.
—¿Cuántos?
—Ocho. No pude conseguir más con lo que me diste.
El príncipe asintió.
—Bien. ¿Dónde están?
El tullido señaló hacia fuera—. El carruaje también está listo.
Fruncí el ceño, echándole una mirada interrogante a Keelan. El príncipe me dedicó una sonrisa socarrona mientras se levantaba y seguía a Éldelgar.
Me giré hacia Audry.
—¿Un…, carruaje? ¿Cómo ha conseguido un carruaje? —le pregunté al castaño, quién tan solo se encogió de ho mbros, tragándose el sorbo que quedaba de agua en el vaso.
—Ni idea. Es Keelan —dijo, como si aquella fuese la respuesta más obvia.
Después de eso, ambos seguimos al príncipe al exterior.
El ambiente del sitio hoy era mucho más liviano.
No sabía si era porque era la hora de almorzar o porque la semana estaba empezando y las responsabilidades empezaban a apilarse para los aldeanos y los nobles; sin embargo, las putas seguían cortejando a los pocos hombres que estaban desperdigados por la taberna.
En cuanto abrí la puerta de la cantina, me fijé de inmediato en el carruaje que estaba en la estrecha vereda frente a la puerta.
Arrugué aún más el ceño: aquel carruaje era borgoña, tal vez no tan brillante como el carruaje real, pero el color era idéntico.
Las ruedas parecían lacadas de un dorado tan convincente que casi parecía oro líquido.
Y, a pesar de ser más bien pequeño, era una mentira sumamente contundente.
Justo al lado de este, se encontraban varios hombres a pocos pasos de Keelan, el cual los repasaba con una mirada crítica: justo como el rey me había evaluado aquella mañana: intentando averiguar puntos débiles, fuertes, o si era lo suficientemente rápida y hábil .
Al parecer, quedó satisfecho con esa evaluadora mirada, ya que asintió en dirección a Éldelgar.
Le lanzó varias monedas y el tullido las alcanzó al vuelo casi de inmediato, como si Keelan pudiese arrebatárselas en cualquier momento.
Ojeé a los ocho hombres que no estaban muy lejos de mí.
Ellos ni siquiera habían desviado la mirada; sin embargo, era más que obvio que no encajarían en el palacio.
La mayoría tenía cicatrices visibles, ropas que eran más bien harapos y sin ningún estandarte cosido, y otros cuántos tenían una barba larga y un pelo frondoso.
Casi bufé, mientras Keelan se daba la vuelta y les indicaba a los mercenarios que tan solo tenían que seguir al carruaje que dirigiría Audry.
Había caballos suficientes para todos; sin embargo, estos parecían traídos por los mismos hombres, que se sentaron a horcajadas sobre ellos con deliberada naturalidad.
Chica y los otros tres caballos estaban atados a nuestro transporte, pasando sus herraduras por el camino y esperando impacientes para moverse hacia algún destino.
Éldelgar tenía los ojos entrecerrados hacia la espalda de Keelan cuando añadió—: ¿Te conozco, mi señor?
El príncipe se detuvo en seco. Su gaznate se movió, tragando saliva, y sus ojos relucieron en una emoción que no me dio tiempo a identificar. Casi un instante después, le echó un vistazo al tullido sobre su hombro.
—No, no creo.
Keelan se metió en el carruaje sin decir nada más, y mantuvo la puerta abierta para mí. Cuando me ofreció la mano, le eché una mirada que le despedazó lentamente y él la quitó mientras soltaba una risa baja.
—Lo suponía —dijo, acomodándose frente a mí contra el asiento.
—¿Un carruaje? ¿Cómo? —inquirí.
El príncipe me guiñó un ojo mientras cerraba la pequeña puerta con un seco movimiento.
—Es un secreto, hechicera.