Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO XXXI
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CAPÍTULO XXXI

El castillo de Azcán no era tan impresionante por dentro como prometía. De hecho, podría ser resumido tan solo con una simple palabra: rosa.

Paredes pintadas de un suave rosa pastel, alfombras brocadas en cobre, tintadas en rosa y espolvoreadas con un extraño polvo magenta. Polvo que, Kamia había asegurado, era confeccionado por su propio hechicero para dulcificar el aroma del pequeño castillo.

Parpadeé, observando la redonda mesa del té donde reposaban decenas y decenas de platos. Eran tantos que, por un momento, uno casi había resbalado y caído al suelo, a punto de desperdigar trozos puntiagudos de marfil por el estúpido suelo pistacho.

Inesperadamente, la casa tenía muchos espejos.

Demasiados, tal vez decenas en las dos salas que había visto.

Ni un solo mapa, ni una sola pintura y ni un solo estandarte además del estrictamente exigido en los uniformes; únicamente espejos y distintos tonos de rosas que ni siquiera había conocido hasta el día de hoy.

Las doncellas de la marquesa Kamia, tres jóvenes que se erguían tras ella, la observaban detenidamente. Probablemente esperando una de las muchas órdenes que parecía querer dar, mientras estiraba una servilleta de damasco de seda frente a ella.

Elevó la mirada hacia el príncipe.

—No sabía que las mu…—carraspeó, echándome una breve mirada sesgada mientras rectificaba—: Que las hechiceras pudiesen sentarse a tomar el té con usted, alteza.

Keelan enarcó una ceja.

—Bueno, no es una simple hechicera. Es la hija de Idelia Gwen, la hechicera real: de la casa de los clarividentes e hija de un comandante. —Fruncí el ceño, compartiendo una mirada con él, justo antes de que volviera a dirigirse a Kamia—. De hecho, es casi tan noble como lo es usted, marquesa.

Dave, el cual se sentaba justo al lado de su madre, pareció reprimir una carcajada.

—Veo que tienes estrechos lazos con la hija de la grandísima Idelia Gwen .

El príncipe pareció dispuesto a responder; sin embargo, no pude evitar hablar en su lugar.

—No más que los lazos que creas sobreviviendo en un bosque catorce días con una persona —le dije, manteniendo con fijeza mi mirada sobre Dave.

No me gustaba esa familia, y me importaba una mierda si podían o no darme lingotes suficientes como para regalarlos el resto de mi vida. No eran de fiar, al menos, no para mí.

El primogénito Daggen levantó su taza en mi dirección, con el cálido vapor aún haciendo remolinos frente a él.

—Qué martirio pasar una quincena con Keelan Gragbeam —me respondió, justo después de darle un sorbo a aquel té—. He escuchado que duerme con su arco entre las piernas, ¿es eso cierto?

Enarqué las cejas, mirando a Keelan de soslayo. Este, pese a lo que esperé, aún sonreía ligeramente. Audry, apostado a un lado de la puerta, soltó una risa baja mientras nos observaba con detenimiento.

Estuve a punto de ladrarle algo al tal Dave Daggen; sin embargo, la marquesa elevó su vista repentinamente, escandalizada.

—¿Cómo te atreves a reírte, niño? —soltó en grititos, con una voz tan irritante que casi parecía hecha con el mismo sonido que producían los tenedores contra una vajilla.

El castaño, quién antes estaba riéndose casi abiertamente, hizo el amago de retroceder un paso cuando algunos de los caballeros de Azcán posaron sus manos sobre los mangos de sus espadas.

Arrastré mi silla hacia atrás, poniéndome de pie casi de golpe. Los ojos de todos los que se encontraban en la sala se posaron sobre mí: incrédulos, divertidos, expectantes.

—No vuelvas a hablarle así —le gruñí a la marquesa.

Sabía que aquel movimiento era estúpido, no hacia falta tener una gran inteligencia para deducirlo; sin embargo, me daba más bien igual. Había sido un impulso: el mismo que me llevó a caerme del carruaje para salvarle. A día de hoy, aquel extraño instinto, aún me sorprendía.

Nunca había sido de las que esperaban a ser salvadas, ni tampoco de las que salvaban: solía ser la que sobrevivía. Pero, cuando se trataba de ciertas personas, aquel estilo de vida solía desvanecerse frente a mis ojos.

Así que tampoco me amedrenté demasiado cuando los caballeros apretaron con aún más determinación sus manos contra los mangos.

Keelan carraspeó, cortando con aquel sonido el tenso silencio en el que nos habíamos sumido, esperando a que alguno hiciera el primer movimiento. Probablemente, si el príncipe no hubiese intervenido, hubiera sido yo la que diese aquel movimiento.

—Marquesa, creo que debería de ordenarle a sus guardias que envainasen esas espadas —dijo él, manteniendo un sereno tono en su voz.

Aún así, era más que obvio para mí que el príncipe no se encontraba como delataba su postura.

Probablemente, estuviera aterrorizado por alimentar aún más la hoguera de la guerra.

La mujer abrió desmesuradamente los ojos.

—¿Y porqué haría eso? Perdone mi atrevimiento, pero uno de sus guardias, alteza, se ha atrevido a reírse de un chiste que no le incumbía.

—Un chiste que, sino recuerdo mal, ha contado su hijo —replicó Keelan, tomando con su tenedor un trozo de una de las milhojas de frambuesas.

—Sí, pero, su alteza…

—Y, además, si mi memoria no me falla demasiado, usted ha intervenido en un viaje real que tampoco le incumbía en lo más mínimo.

De hecho, creo que exigió ver a un príncipe.

—Keelan le echó una mirada a Audry, justo antes de decir—: Audry, ¿podrías decirme que implica explícitamente exigirle algo a un príncipe ?

El niño, erguido torpemente a un lado, pareció tragar saliva antes de decidirse a hablar.

—En Zabia, probablemente no harían más que cortarle algunos dedos. Si os encontráis en algún otro reino, posiblemente podrían matar a esa persona o cortarle la lengua.

Keelan asintió, masticando detenidamente aquel trozo dulce.

—Exacto. Gracias por aclarárselo a la marquesa. —Asintió en su dirección—. Ahora puedes retirarte.

Audry ni siquiera se lo pensó dos veces antes de abrir la puerta, trastabillando y rojo hasta la punta de sus pies y salió de allí a trompicones muy veloces.

El príncipe me echó una mirada que me advertía silenciosamente que no debía de seguir por más tiempo de pie.

Así que, a regañadientes, me acomodé contra el respaldo de la silla de nuevo.

La marquesa mantuvo su mirada sobre su té, mientras el sonido del silbar de las espadas de los caballeros bailaba sobre la habitación, mientras ellos las envainaban.

—Bueno, tras este incómodo momento, podemos proseguir con la reunión —dijo Dave, forzando una sonrisa mientras una doncella echaba un terrón de azúcar en su té—. Comed, bebed té, os hará sentir bien para proseguir con el viaje. Aún os quedan al menos dos días para alcanzar la capital.

Kamia, como si la hubiesen zarandeado después de un largo sueño, volvió a mirarnos con una amplia sonrisa que exageraba los hoyuelos de sus mejillas.

—Claro que sí, por los dioses. Hay tantísimas cosas en la mesa, y todas están increíblemente deliciosas.

—Ensanchó aún más su sonrisa, si es que era posible—.

Milhojas de frambuesas, sándwiches de huevo, salmón y aguacate, tartas de frambuesas, galletitas con crema de queso y frambuesas, limonada con fresas y…

—Déjame adivinar —la interrumpí—. Con frambuesas, ¿verdad?

—Por supuesto. Las frambuesas son exquisitas —dijo, tomando una de esas galletas con frambuesas y untándola en crema de queso—. Además, mi hechicero siempre les echa su toque especial.

Fruncí el ceño, observando como Keelan se detenía repentinamente, a punto de tomar otro trozo de esa milhoja casi terminada.

—¿A qué casa pertenece su hechicero? —inquirí, sin saber exactamente a qué atenerme. Algunos hechiceros fabricaban pociones, conocían ciertas hierbas y otros pocos cada piedra. Así que, realmente, no sabía si aquel toque era algo especialmente agradable.

La marquesa me dedicó una sonrisa justo antes de darle un bocado a aquella galleta.

—Creo que… Si no recuerdo mal… —Ella chasqueó la lengua, extrañamente dubitativa—. Mm, creo que es un usurpador.

Eso, exactamente eso, no fue lo que encendió todas mis alarmas tan fácilmente como una cerilla prendía una llama.

Fue aquel quejido ahogado que soltó Keelan antes de caer contra la mesa.

Fue el trapo que se anudó tras mi cuello e hizo que todo mi campo de visión se convirtiese en oscuridad.

Fue el hecho de que, Dave Daggen, se convirtió en otra persona justo antes de que yo perdiese la visión.

Me removí, intentando alcanzar mi daga, pero alguien sujetó mis manos y las ató con dureza con lo que se sintió como una cuerda.

Sentí un aliento justo contra el lóbulo de mi oreja: gélido, inhumano, justo como el de Gianna.

—No solo un usurpador, Éire Gwen —tarareó una voz desconocida: ronca, tan vieja como Gregdow, oscura—. Pertenezco a la casa Razha.