CAPÍTULO XVI
Escondido entre los árboles, a bastantes palmos de nuestra posición, la anciana nos guio hacia un camino que no tardó en bifurcarse. Ella ni siquiera nos habló en ese tiempo, simplemente anduvo en silencio, tomando la dirección que apuntaba al este del camino.
Nadie la contradijo. Ni Audry, al cual tuvimos que llamar en cuanto la anciana nos encontró, ni Keelan, ni yo, que me encontraba a horcajadas sobre Chica. Sólo nos limitamos a seguirla, aunque aún seguía sin entender muy bien el porqué.
Cuando me había acercado al príncipe para obtener respuestas, esta había sido nuestra escueta conversación:
—¿Por qué estamos siguiendo a una extraña en mitad de un bosque? ¿Cómo sabemos que no es peligrosa? No cualquier persona normal podría sobrevivir en Gregdow .
La única respuesta de Keelan había sido—: Deja de hacer preguntas y síguela.
Estaba casi segura de que se comportaba así conmigo por la muerte de sus soldados. O…, bueno, también podría ser porque yo no le agradaba.
Si era sincera, no me extrañaba demasiado. No solía agradarle a la gente, aunque ellos tampoco solían agradarme a mí.
En fin…, cosas de personas superiores al resto.
—Hemos llegado —suspiró la anciana, deteniéndose de golpe. Hice parar a Chica sobre sus herraduras, asiendo y tirando de las riendas que se agarraban en sus bridas. La yegua paró sus movimientos casi instantáneamente, sin moverse de su sitio, justo con Keelan y Audry a nuestros lados.
Pestañeé mientras observaba el pequeño claro rodeado de sauces, donde justo en el centro se erguía una cabaña antigua y revestida en madera.
Parecía extrañamente antigua, con las ventanas sucias y repletas de motas de polvo, y la puerta demasiado astillada como para poder sostenerse aún de una pieza.
Pese a eso, el exterior del hogar de la anciana era extrañamente acogedor, con aquellos árboles perennes de ramas colgantes replegándose por el lugar, y el sol bañando de luz el tejado agrietado y lleno de clavos oxidados.
La mujer se giró sobre su hombro, aún encorvada sobre su largo bastón, repasándonos a los tres con una mirada divertida.
—Estad siempre alertas, niños. Sólo porque sea mi hogar, no significa que sea seguro. —Ella estiró una espeluznante sonrisa por sus fruncidos labios—. Ah, y no os asustéis demasiado por mis exóticas decoraciones u ofenderéis a esta vieja mujer. Sobre todo lo digo por ti, escuálido.
Le echó una última mirada a Audry, dedicándole a él aquel comentario, quién tan solo parpadeó en silencio.
Si esas palabras le ofendieron, no replicó en lo más mínimo por ello.
Casi me reí al ver cómo le temblaban ligeramente las manos mientras sostenía la mirada de la anciana.
El castaño asintió secamente, con sus ojos desmesuradamente abiertos, tan tieso como la vara que sostenía aquella vieja.
La mujer soltó una pequeña risita mientras se giraba pausadamente en dirección la puerta de su cabaña, sosteniéndose pesadamente con cada paso en su bastón, con tan solo el sonido de sus pies descalzos pisando la hierba.
Entrecerré los ojos mientras observaba la planta de su pie, viendo cómo los hilos de sangre caían de ella hasta su talón cada vez que lo elevaba para caminar, con algunas ramas e insectos pisoteados mancillando su piel endurecida y llena de callos.
Definitivamente, aquella mujer era muy extraña.
Miré a Keelan significativamente, con el interrogante escrito en mi mirada; no obstante, el príncipe ni siquiera me prestó atención mientras la anciana posaba su mano sobre el pomo bañado en latón.
La puerta se abrió con el chirrido de sus bisagras sin engrasar.
Y Keelan fue el primero en seguirla.
Arrugué aún más el ceño mientras observaba como el moreno daba pasos seguros hacia la cabaña de aquella mujer, sin siquiera detenerse a pensar, sin aquella desconfianza que era tan característica en él. Sin duda, el príncipe era una caja llena de sorpresas.
Audry se pegó a Keelan como una lapa, quién no rechisto ni siquiera cuando el castaño casi se chocó contra su espalda, aún demasiado aterrorizado con la perspectiva de entrar en aquella casa.
Antes siquiera poder bajarme del lomo de Chica, la voz de la anciana resonó hasta mi posición:
—Ata a la yegua con una de esas correas en algún sauce .
Entrecerré los ojos en dirección a la casa, soltando un gruñido molesto.
—No necesito que nadie me diga qué hacer.
La risa de la anciana rebotó en la madera de la cabaña como una pelota de goma, saltando y molestando, implacable.
—Era solo una sugerencia, hechicera. No pretendo molestarla.
Asentí, escueta, como si ella pudiese verme, aún cuando ya se había adentrado en aquella casa. No confiaba en la anciana, aunque tampoco era extraño aquel hecho.
Nadie podía vivir en el bosque Gregdow. Aún menos, una humana.
Las personas solían salir vivas del bosque; sin embargo, aquellos afortunados se resumían en las cortes de Nargrave cuando se movían entre los reinos con tantos escoltas y hechiceros como batallones hay en un regimiento.
No una anciana en una cabaña. Eso era ridículo, estúpido y solo fruto de la mente de un loco. De hecho, era un más estúpido entrar en su casa, sin saber siquiera si era una persona.
Aún así, mientras soltaba la crin y las riendas de la yegua, sabía casi con certeza que el príncipe no era tan necio como para sentenciarnos a la muerte. De hecho, sabía con aún más certeza que él debía de conocer a esta mujer.
Sino era así, debía de haber un motivo por el que desconfiase tantísimo de sus propios soldados.
Tomé una de las cintas que caían por el lomo de Chica, la cual estaba sin anudar y parecía que debía ir enganchada en el carruaje, e hice un fuerte y tenso nudo en torno a uno de esos troncos.
Chica ni siquiera se quejó, manteniéndose frente a mí dócilmente, ojeando cada uno de mis movimientos. Acaricié aquella cicatriz que cortaba su testuz, dedicándole una sonrisa.
—Tranquila, no voy a dejar que esa vieja loca te cocine o algo por el estilo —musité en una de sus orejas, ensanchando aún más mi sonrisa. En cuanto Chica lamió la mano que había dejado reposando sobre su hocico, retrocedí echándole una mirada ofendida—. Mal, Chica, mal. No hagas eso.
Chica ladeó su cabeza, mirándome detenidamente, como si intentase entender mis palabras. Me reí por lo bajo mientras me daba la vuelta en dirección a aquella puerta, dejando a la yegua atada a aquel árbol, aún sobre sus patas .
En cuanto entrase, le pediría a aquella mujer agua y comida para ella, ya que no iba a dejarla sin bebida bajo el pleno sol de primavera.
En cuanto alcancé el pomo de latón y abrí la puerta, un nauseabundo olor me absorbió. Por un momento, aquella bruma nubló mi raciocinio y todo sentido que pudiese utilizar, inmovilizándome aún sin tocarme.
Parpadeé varias veces, sin poder asentar la estancia frente a mí, aún sintiendo el cálido latón contra mis dedos. Volví a aspirar aquel olor, intentando averiguar dónde había olfateado aquello antes.
No era magia Razha, de aquello estaba segura.
Pese a que el olor era intenso, no era tan desagradable como el de la magia Razha. No, aquello no era magia Razha.
Entonces, algo arañó mi pantalón de montar, paseando la punta de sus garras por la tela de mi prenda.
Bajé rápidamente la mirada, aún con aquella niebla sumiendo a mi cerebro, sin poder conectar cada pensamiento lógico en mi mente.
Esperé por un instante ver a un monstruo, a alguna criatura temible y enorme, con grandes garras que hubiesen traspasado mi piel y mis músculos, con unos enormes ojos cenizos en los laterales de su terrorífico rostro.
No fue un monstruo lo que me encontré .
—Miau —maulló aquel gato, pasando sus pequeñas y débiles garras de nuevo por mi pierna, observándome desde mis pies.
Bueno, tal vez no estaba observándome.
Porque aquel gato no tenía ojos.
—Miau —volvió a maullar, deteniendo su pata justo sobre mí espinilla, con aquellas inmensas y vacías cuencas apuntando en mi dirección.
Su escaso pelaje parecía recortado de pésima forma, dejando remolinos y cortadas sobre sus anaranjadas hebras.
Tuve que tragar saliva, sin poder aceptar la imagen que me cedía la realidad, aún con aquel aroma danzando en mi cerebro, recordándome que allí había magia.
Magia. Magia. Magia. ¿Qué tipo de magia olía así?
La que utilizaban los clarividentes.
La puerta se cerró tras de mí con un seco portazo, cerrando la única salida que hasta ahora había podido ver.
—Éire Gwen, te he esperado por tanto tiempo.
Elevé mi cabeza de nuevo, en dirección a aquella voz. La anciana estaba frente a mí, aún sostenida por aquel bastón, agarrando la punta de este con firmeza. El jaretón en el borde de su camisón crema ondeaba levemente sobre sus tobillos, ensanchando lo que parecía su huesuda figura .
Barrí aquella estancia con la mirada, sin ver por ningún lado a Keelan o a Audry. En aquel salón no había más que una chimenea y dos sofás frente a esta, con algunos estantes sobre las paredes de madera, en los cuales reposaban extraños tarros y frascos.
Tuve que sosegar mi nerviosismo cuando observé lo que contenían aquellos tarros grandes y cristalinos.
Aquellos órganos eran ovalados, blanquecinos, llenos de capilares sobre el tejido lechoso. Estaban apilados unos sobre otros con el nervio óptico perfectamente arrancado, con su pupila fija y ennegrecida, con sus coloridos iris formando una tétrica secuencia de colores.
Me di cuenta de que los amontonaba siguiendo una extraña escala dentro de cada hermético bote. Azules, verdes, ambarinos, negros y achocolatados. Azules, verdes, ambarinos, negros y achocolatados. Azules, verdes, ambarinos, negros y achocolatados.
Y así continuaba incesante, por toda la longitud de aquellos trozos de madera, sin detenerse, sin fallar en una sola ocasión.
En otra estantería reposaban tarros y tarros con ojos aún más grandes, más monstruosos, con una sola rendija y sin un solo espacio en blanco.
Ojos de criaturas Razha .