CAPÍTULO XV #2
—¡Tú no te metas en nuestra conversación! —gruñí en dirección a Keelan, tirando de las cuerdas que ataban a Chica por un impulso. Chica volvió a relinchar, cada vez más molesta, pero volví a obviar aquello mientras Keelan tensaba su mandíbula.
—Tú no vuelvas a decirme que me calle.
Mis dientes chirriaron.
—¡No te he dicho eso!
Keelan frunció sus cejas, dando un paso en mi dirección.
—No me grites.
—¡No te estoy gritando!
—Nunca haces nada, ¿no? ¿Tampoco matas a gente, Éire?
Su pregunta, repentinamente, silenció a todo el mundo.
Cerré la boca de golpe, sin esperar aquella respuesta. Audry dejó de mirarnos con expectación para detener su mirada en seco sobre mi. Incluso, Chica, se quedó quieta sobre sus patas, también ojeándome detenidamente.
Ni siquiera me lo pensé dos veces cuando solté las cinchas de la yegua, dejándola allí, sin preocuparme en lo más mínimo.
Di varias zancadas hacia Keelan, sintiendo como mis pies se movían por su propia voluntad, mi corazón bombeando con fiereza, mi mirada y la suya colisionando en una batalla que dudaba que acabase algún día .
En cuanto solo nos separaban algunos pasos, me permití detenerme, con su mirada fija aún sobre mi. No como la de todos, no atemorizada, ni preocupada por mis acciones, ni interesada, tampoco respetuosa ni mucho menos aterrorizada.
Él me miraba divertido, desafiante, enarcando su dichosa ceja y gritándome silenciosamente que le demostrara más. Que le demostrara que de veras era digna de ser temida, que le demostrara que era más interesante y profunda que aquellas mujeres temerarias con las que me había comparado ayer mismo.
—¿Cuánta gente ha muerto en tus manos, hijo de Symond? ¿Siempre los atraviesas con la misma espada? —Asentí hacia la empuñadura que siempre sujetaba—. O, tal vez, cuando crees conveniente los decapitas con una hoja bañada en oro y sujetada por un mango ornamentado en filigrana.
El príncipe convirtió sus labios en una fina línea, disipando de un plumazo la diversión de su semblante.
—Sinceramente, más gente de la que pueda contar en días. —Él dio un paso hacia mí, deslizando una sonrisa aguzada por sus labios—. Pero siempre puede haber sitio para una persona más. A ti, hechicera, incluso te decapitaría con una espada bañada en oro si eso es lo que me pides .
Antes de poder responderle, Chica volvió a relinchar.
La miré sobre mi hombro, intentando averiguar qué había causado aquel estridente sonido; sin embargo, no pude averiguarlo cuando la yegua flexionó sus patas y echó a correr hacia los árboles, perdiéndose entre la maleza con todas las cintas enredadas tras ella.
Maldije entre masculles, corriendo de inmediato tras la yegua, dejando a Keelan y a Audry justo tras de mí, observándome con una sorpresa más que obvia. No me detuve a darle explicaciones de porqué perseguía a aquella yegua pese a que teníamos de sobra, no tenía porqué excusarme ante nadie.
Mis piernas se movieron con rapidez, con la agilidad que antes de la abstinencia siempre habían tenido, serpenteando entre los árboles y ojeando con una velocidad inhumana cada obstáculo que podría hacerme trastabillar con la intención de esquivarlos.
Agudicé el oído todo lo que pude, escuchando las pisadas de las herraduras de Chica justo sobre las mías.
Había perdido de vista a la yegua, pero aún podía escucharla: eso era una buena señal, ella no estaba demasiado lejos.
Olfateé el ambiente, sintiendo como algo húmedo se condensaba sobre las aletas de mi nariz, escuchando aún los ruidosos relinches de Chica haciendo eco entre los árboles. El olor era demasiado fuerte como para ser natural, era demasiado pesado, demasiado intenso.
Olía a magia Razha.
Gruñí mientras obligaba a mis piernas a correr aún más rápido, sintiendo como mis músculos comenzaban a quemar bajo mi piel, mientras mi nariz se arrugaba con fuerza ante lo que percibía mi olfato.
Empecé a desesperarme mientras dejaba de escuchar los ruidos que hacía la yegua, sin saber exactamente hacia a donde dirigirme, deteniéndome sobre mis pies.
Mi respiración era acelerada, el sudor empapando mi piel y mi ropa, mi cerebro ladrándome que debía esforzarme aún más para encontrar al caballo.
Aunque, por mucho que me esforcé en escuchar algo además de mi respiración, nada más resonaba en el bosque. Pero el olor sí que seguía ahí.
Entonces, algo rozó mi codo.
Me di la vuelta de inmediato, alerta ante aquel tacto, sabiendo que algún ser se encontraba detrás de mí. Sentía su aliento contra las costuras de mi túnica, erizando mis vellos, incrementando los latidos de mi corazón.
Pese a lo que imaginé, era el hocico de Chica el que había tocado mi codo, mientras ella me echaba una mirada inclinada hacia mi. Fruncí el ceño, detectando un extraño brillo en su mirada, en su postura, en la forma en la que sus herraduras se hincaban con demasiada fuerza en la hierba.
La yegua estaba avisándome de que había algún depredador cerca. Tal vez, demasiado cerca.
Me preparé para subirme a horcajadas sobre el lomo de Chica, dispuesta a salir de aquel tramo del bosque. Tramo que era espeluznantemente silencioso. De cualquier forma, antes de poder hacerlo, sentí de nuevo aquel frío sobre mi piel.
Era como una capa colgante sobre mis hombros, pesada, cobijándome. Aunque no del helado aire, sino del calor que me había acechado en la carrera. Sentí como Chica abría desmesuradamente sus ojos, moviendo sus pupilas con rapidez sobre algún punto tras de mí.
Y, entonces, la escuché.
—Oh, pequeña Éire. Pequeña, pequeña, pequeña…
—Su voz era cantarina, melodiosa, inesperadamente dulce.
Se colaba por mis oídos, anestesiando mi pulso, tranquilizando mi paranoia, acariciando con aquella brisa gélida mi pelo.
Casi suspiré de alivio mientras aquel ser se acercaba a canturrear a mi oído—: ¿Cómo se siente estar abandonada?
Sola, sola, sola. Como siempre, ¿verdad?
Eres tan adorable, pequeña Éire. Me parece enternecedora tu soledad .
Una extraña sonrisa se deslizó por mis labios en contra de mi voluntad, mientras unas huesudas manos se posaban sobre mis hombros, atravesando mi túnica en un etéreo e intangible toque.
Tomé una bocanada de aire mientras Chica me miraba, aún con sus ojos frente a mí.
Sino me hubiera sentido tan drogada por aquel ser, casi me habría percatado de su mirada de advertencia, de su mirada horrorizada mientras volvía a relinchar.
Sentí sus dedos aún más clavados en mi piel mientras su álgido aliento chocaba de nuevo contra el lóbulo de mi oreja.
—Oh, niña —volvió de nuevo a tararear entre risas bajas.—. Yo podría ayudarte a sanar. Podría ser la madre que tan desesperadamente buscas. Porque, entre ambas, sabemos que por mucho que tu madre vuelva, ella nunca será el soporte que buscas. Hay personas, pequeña Éire, que nacen para morir solas.
Aquel ser soltó una carcajada enfermiza, sonando sobre mi piel como jaleas dulces, empañando mi raciocinio con su dulce sabor.
Asentí suavemente, sintiendo como su cántico se colaba en lo más profundo de mi éter.
Chica volvió a relinchar mientras flexionaba sus patas y volvía a echar a correr hacia alguna inhóspita dirección.
Ni siquiera seguí su rastro cuando aquel ser chasqueó la lengua, acariciando la curva de mi hombro, paseando en suaves deslices sus extensas uñas por mi prenda.
Sentía el tacto puntiagudo de sus dedos pero, aún así, sabía que no era un ser humano, sabía que no era un ser palpable.
—Quieres sentirte querida, ¿verdad, Éire?
Lo sé, yo te conozco mejor que ningún mortal.
Veo en tu interior esa necesidad insatisfecha, esa soledad que quiere ser repleta, esa tristeza recluida que te niegas a desenjaular.
—Sus manos se detuvieron justo sobre mis manos, apretándolas ligeramente desde atrás—.
Yo te puedo ayudar, Éire. Más que ninguna droga, más que ningún ser humano. Más que Idelia, desde luego.
Antes de escuchar el sonido de unos pasos, mi cerebro pareció despertar de aquel adormecimiento. Parpadeé varias veces, sintiendo como mis manos eran presionadas desde mi espada, con mucha más fuerza de la necesaria.
Lo supe en el mismo instante en el que el peso sutil de sus dedos sobre los míos desapareció.
Era una bynge.
—Piénsalo, Éire. Más que ningún ser humano, más que ninguna droga. Cuando estés lista, te buscaré.
Entonces, un grito bárbaro y espeluznante chocó contra mi tímpano, tal vez en demasiada cercanía con mi oído. Solté un jadeo sorprendido mientras mis rodillas cedían bajo mi peso, notando como mi energía era arrebatada de golpe, derrumbando las columnas que me mantenían en pie.
Unos brazos sujetaron mis hombros, impidiendo que cayese de bruces, elevando mi cabeza en su dirección. Por un momento, casi esperé ver a aquella criatura con una sonrisa maquiavélica y lobuna; sin embargo, fue la mirada molesta de Keelan la que me recibió.
—¿Algún día dejarás de causarme problemas? Eres peor que un puñetero insecto.
En otro momento, pude haberle respondido. En otro momento, incluso me hubiese reído. Ahora, simplemente me quede mirándole fijamente, sin poder creer lo que había pasado.
Había caído en el embrujo de una bynge.
Había sido vencida por un monstruo.
Sinceramente, hija, sería muy indigno no servir siquiera para lo que te otorgó el destino.
Para lo que te otorgaron las casas, y yo, tu madre.
Si alguna vez deshonras tu apellido, si alguna vez siquiera se te pasa por la cabeza perder, quiero que tú misma recuerdes lo que ese hecho conlleva.
Quiero que te hagas daño, Éire, si es que yo no estoy ahí para hacerlo.
Quiero que te hagas mucho daño, hasta hacerte gritar, para recordarte que una deshonra no merece vivir.
Me deshice del agarre de Keelan en bruscos movimientos, retrocediendo hacia atrás, sin poder apartar mi mirada de él. Por un momento, mi cerebro se detuvo y se redujo a cenizas, mis entrañas se retorcieron y mis recuerdos se carcajearon de mi.
Inútil. Estúpida. Necia. Aberración. Nunca serás querida, nunca estaré orgullosa de ti. Nunca nadie lo estará. Porque, si esas criaturas de ahí fuera son llamadas monstruos, tú mereces ser incluida en ese título.
Parpadeé varias veces. Aquello no era real, aquello no era real, no quería tener un ataque de pánico frente a nadie.
Mucho menos frente a él. Intenté ralentizar mi aliento y mi respiración, intenté relajar mis músculos y tranquilizar el bombeo de mis pálpitos.
Me forcé a recordar el rostro de Lucca frente a mí, susurrándome entre lágrimas que yo sí que era suficiente.
Lo era. Yo era suficiente. Mi madre estaría orgullosa.
Lo estaría, lo estaría, lo estaría.
Oh, vamos, Éire. ¿Tú en el campo de batalla?
Ni siquiera podrías sujetar una espada con destreza.
Eres torpe, aburrida, estúpida, débil y muy lenta.
Aunque, de hecho, deberías ser apaleada solo por pensar en contradecir mis órdenes.
Si sirvieses para algo, como mucho sería para sentarte tras un hombre.
Sacudí la cabeza, cerrando los ojos brevemente.
Sabía con certeza que aquello no era real, y no me dejaría vencer por mis estúpidas emociones.
Destensé cada dedo que se había cerrado sobre mi palma formando un puño, intentando calmar cada parte de mi cuerpo que ahora se encontraba agarrotada.
Sabía que, además de la mirada de Keelan sobre mí, había alguna más; sin embargo, no me detuve demasiado a pensar en ello.
Volví a abrir mis ojos, esta vez sintiendo como mi respiración se tranquilizaba y volvía a la normalidad. Ha sido un fallo, uno, tan solo uno. No se volverá a repetir. Nunca.
Mi mantra resonó e hizo eco rebotando en cada recóndito lugar de mi ser, calando en mis huesos y jurándome con sangre que sería el primer y el último fallo.
Podía imaginar a Idelia, su mirada perturbada, aquel palo en su mano, un sirviente rompiendo mi corsé, el sabor de la sangre en mi paladar mientras aguantaba mis súplicas.
Esta vez, volvería a retener aquellas emociones. Las enjaularía, cerrando aquella celda con el candado más resistente que encontrase, y las liberaría cuando pudiera hacerme cargo de ellas. Ahora, sin duda, no era el momento adecuado .
Volví a detener mi mirada sobre Keelan, fijándome en que sus ojos se encontraban entrecerrados en mi dirección. Pese a ello, tuve que obligarme a sonreír mientras le guiñaba un ojo.
—Las drogas no son nada en comparación a este monstruo Podría esnifarlo si hiciera falta, te lleva a un mundo completamente distinto.
Pese a que intenté parecer despreocupada, sabía que Keelan no se había tragado aquel numerito. Aún así, no dijo nada más mientras se giraba hacia otra dirección.
Fruncí el ceño mientras miraba hacia donde los ojos del príncipe apuntaban, esperando encontrarme a Audry. En su lugar, una menuda mujer, arrugada como una pasa y sosteniendo su anciano cuerpo sobre un bastón, fue lo que me recibió.
Ella arrastró su mirada pausadamente hacia la mía, estirando sus finos y agrietados labios hasta formar una mueca.
Dio un golpecito en la hierba con aquel trozo de madera alargado que sostenía entre sus fruncidos dedos.
—Esa bynge volverá, hechicera. —La anciana le echó una mirada a Keelan esta vez, inclinando su cabeza levemente hacia él, haciendo una breve reverencia—. Su alteza, necesito que me acompañéis.