Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO XVI #2
43%

CAPÍTULO XVI #2

En otra estantería, se hallaban ojos más comunes: ojos de animales. Por un momento, mientras repasaba con la mirada cada uno de ellos, me pregunté si alguno podría ser del gato que se encontraba a mis pies.

Un escalofrío recorrió mi columna.

—Puede resultar escalofriante. O eso me ha dicho el escuálido Audry. De cualquier forma, creo que sabes porqué los poseo.

Volví a detener mi mirada sobre ella. El gato ahora estaba bajo sus faldas, echado al lado sus pies descalzos, aún con su cabeza girada hacia mi, obligándome a ver aquellos espacios vacíos que poseía por ojos.

Pese a ello, no aparté mi mirada de la anciana.

—Claro que sé porqué los posees —afirmé—. Eres una clarividente.

Ella estiró una sonrisa por sus labios.

—Me alegra que Idelia te haya enseñado tan bien.

Entrecerré los ojos en su dirección, alerta por si era necesario, por si aquello sí que era una trampa. Aunque, si pensaba con claridad, una clarividente no podría contra Keelan.

¿Contra Audry? Por supuesto que sí, y apostaba que tan solo necesitaría su bastón. Pero, contra Keelan, lo dudaba en demasía .

—¿Cómo sabes el nombre de mi madre, vieja loca? —le gruñí, esperando que desvelase algo, lo que fuera. Pese a que mi madre fuese conocida por los reinos, no debería de haber sido conocida por una anciana escondida en un recóndito lugar de Gregdow.

La anciana, pese a lo que esperé, solo chasqueó la lengua.

—No deberías dirigirte así a tus mayores. A pesar de que sepas defenderte, eres solo una aprendiz a mi lado, Éire.

—Respóndeme —exigí, apretando mis dientes con demasiada fuerza. Empezaba a sentir el leve canto del miedo susurrándome que me había quedado sola, aún más sola, en mitad de un bosque repleto de monstruos y sin saber con certeza el camino de vuelta al carruaje.

Y no solo al carruaje. A las provisiones y a los mapas.

Si esto de veras había sido una trampa y Keelan estaba muerto, estaba perdida, irremediablemente perdida.

Por un momento —y de veras que me sorprendí por ello—, casi me encontré rogando para que el príncipe saliese de esta cabaña ileso.

—Me llamo Serill, y puedes dirigirte a mí por ese nombre. Desde luego, intenta no dirigirte hacia mí por ese apelativo tan molesto —dijo ella, aún sosteniendo mi mirada sin flaquear—. No me gusta demasiado que otras personas recalquen mi edad, o mi estado mental, ya que estamos.

Antes de que pudiese volver a mascullarle nada más, la anciana llamada Serill continuó—: Su alteza y el escuálido Audry están acomodándose en sus respectivas habitaciones. No están muertos ni secuestrados: ambos están bien.

Tuve que deslizar una aguzada sonrisa por mis labios.

—Permite que no confíe en tu palabra, Serill.

No es una cuestión referente a tu estado mental, desde luego.

Más bien es una cuestión de confianza. —Di un paso hacia ella, sintiendo en consecuencia el peso de mi daga contra mi cadera.

Serill también pareció darse cuenta, ya que crispó sus labios con desaprobación—.

Y, como supongo que habrás podido comprobar, no confío en ti en lo más mínimo.

La anciana me miró con exhaustiva fijeza, deteniendo su mirada súbitamente en mi marca, la cual simbolizaba que era una hechicera comprada y marcada como un objeto. Ella arrugó sus cejas y volvió a detenerse en mis ojos, con un extraño brillo de decepción golpeteando sus pupilas.

—Yo no le quité los ojos a mi gato para utilizarlos de herramienta, lo hice por las criaturas del bosque. —Debió de ver algún tipo de confusión en mi mirada, ya que aclaró—: Una bynge no puede atraerte si no la ves o la oyes .

Parpadeé mientras observaba las orejas puntiagudas de aquel gato, el cual se lamía su pata con tranquilidad, como si no estuviera en mitad de un bosque lleno de criaturas que podrían zampárselo como aperitivo.

—¿Tú…?

Ella pareció saber a qué me refería.

—Sí, fui yo. No hizo falta más que un cazo y una cuchara cerca de su oído, repitiéndose por horas, y ya apenas escucha por ninguna de sus dos orejas.

Fruncí el ceño mientras hablaba—: ¿Y se supone que lo quieres?

Serill sonrió, mostrándome sus dientes rotos y llenos de manchas tan negras como la ceniza que espolvoreaba su chimenea.

—Sino lo quisiera, me lo habría comido hacía ya un lustro. Créeme, no es demasiado fácil para mí encontrar alimentos comestibles en este bosque. —Ella golpeteó ligeramente el suelo con su bastón, aún sin evitar mi mirada—. De todos modos, no es una historia que te interese.

—De hecho, estamos de acuerdo en eso. Me interesaría bastante más saber cómo conoces a Idelia.

Serill pareció confundida durante un instante, mientras echaba una ojeada disimulada al pasillo que se encontraba a su lado. Fruncí el ceño mientras seguía su mirada, aunque antes de poder preguntar, ella respondió:

—Ah, Idelia —dijo ella, más para sí misma que para mí.

Como si intentase recordar de qué estábamos hablando.

Casi inmediatamente continuó, esta vez observando únicamente mi rostro—: ¿Quién no la conoce, chiquilla?

Antes de ella, los clarividentes éramos una insignificante casa sin prestigio, sobre todo comparándonos con los Razha.

Ahora, gracias a tu madre, todo rey pelea por un hechicero de la casa de los clarividentes entre sus filas.

—Ambas sabemos que, por muy famosa que sea Idelia, una anciana en mitad de un bosque no debería haber escuchado de ella. Y, menos aún, debería reconocer a su hija.

Serill suspiró hastiada, como si mis palabras empezasen a ser una molestia demasiado severa para ella.

—No me gusta que me interroguen, si me gustase todavía viviría en el castillo.

—La anciana crispó sus labios, analizándome con la mirada.

No supe exactamente qué fue lo que vio, pero fuese lo que fuese, pareció convencerla de continuar—.

Yo no he vivido toda mi vida aquí, Éire, las circunstancias me han hecho huir.

El gato a su lado arrastró las garras contra los tablones de madera del suelo, desgarrando el silencio con aquel espeluznante sonido, dejando marcas rectas sobre el material.

—¿Eras amiga de mi madre?

La anciana estiró una afilada sonrisa por sus finos labios.

—Era su hermana.