Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO XII
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CAPÍTULO XII

Tanteé el suelo del carruaje, buscando aquella trampilla escondida.

La lluvia caía contra las ventanas del transporte, trinando en el silencio de las tinieblas de la noche, cayendo torrencialmente contra el suelo y los pimpollos del bosque.

Yo misma había conjurado aquel suceso meteorológico, dejando varios frascos en el techo del carruaje, esperando a que se llenasen en su plenitud antes de la aurora.

Si de veras quería sobrevivir semanas en este bosque, necesitaba deshacerme de aquella abstinencia. Y, sin duda, no lo conseguiría sin ayuda de la magia.

Finalmente, di con la pequeña manilla, escondida entre los asientos de madera trabajada y bruñida. Apenas tuve que hacer un leve movimiento para que la ventanilla cediese, mostrándome aquella habitación desde mi posición elevada .

El compartimento no era muy grande, pavimentado con madera reluciente y con paredes revestidas de fibras naturales de lo que parecía ser nenúfar trenzado.

La cama parecía cómoda, aunque no tan exuberante ni grande como la que tenía en el palacio; aún así, era una cama de matrimonio acolchada con sábanas de color marfil.

No había más muebles en la habitación, pero pude avistar un arco recubierto de cuero trenzado y un carcaj repleto de flechas con el astil de madera de quebracho y punta de obsidiana, justo en una esquina del compartimento.

Salté de aquella trampilla de un salto, cayendo de cuclillas sobre el suelo, el cual crujió bajo mi peso.

Elevé mi cabeza, observando a Keelan sentado sobre aquel colchón, aún con su túnica perfectamente abotonada y el mango de su espada reluciendo en su cinturón.

Me erguí, sabiendo que la evaluadora mirada del príncipe seguía ahí, justo sobre mí.

Le dediqué una sonrisa afilada.

—¿Te desarmas para dormir o te gusta el morbo de ver si cortas a la persona que comparte tu cama? —Keelan hizo una mueca mientras apoyaba sus manos en sus rodillas, inclinándose levemente.

—No suelo compartir mi cama —confesó él, pareciendo extraordinariamente sincero—. Y, en este caso, no lo estoy haciendo porque yo así lo quiera .

Resoplé una risa, acercándome a aquella esquina donde se apoyaba el carcaj, y doblé mi pesada capa en el suelo mientras desabrochaba mi cinturón con destreza.

Pude ver sesgadamente como Keelan se tensaba.

—Así que el príncipe heredero prefiere guardarse para el matrimonio. —Deslicé el cinturón donde guardaba mi daga por mi cintura, dejándolo caer justo al lado del arco. Miré sobre mi hombro a Keelan mientras empezaba a desabotonar mi túnica pausadamente—. Muy honrado de su parte, alteza.

Keelan tensó los labios ante aquella burla de su título. Yo, aún así, no me perturbé mientras terminaba de desasir aquel último botón.

—No me guardo para ningún matrimonio. —El príncipe ladeó su cabeza, como si el hecho de pronunciar la palabra matrimonio fuese un sacrilegio—. Simplemente, no ha sido mi principal motivación en la vida. He estado demasiado ocupado aprendiendo como dirigir un reino.

Deslicé una lenta sonrisa por mis labios mientras pasaba aquella túnica por mi cabeza, quedándome tan solo con aquella fina camiseta de lino blanco. Keelan no dijo nada, ni carraspeó ni se quejó por aquello, pero sí estaba segura de que su mirada seguía ahí, posada en alguna parte de mi cuerpo .

Dejé cuidadosamente la túnica justo encima de mi oscura capa, ahora con el sonido de la lluvia chocando contra la madera del carruaje justo encima de nosotros.

Keelan no dijo nada y yo tampoco me molesté en hacerlo.

Era un hecho que él y yo nunca seríamos amigos, por mucho tiempo en compañía que nos quedase por delante.

Él era un imbécil, y yo…Bueno, yo era maravillosa.

Me senté a su lado en la cama, concentrándome en desanudar las tiras de cuero entrelazado de mis botas. Pude ver cómo Keelan seguía mirando algún punto de la habitación, aún con sus armas envainadas, sin prestarme la más mínima atención.

El silencio empezó a ser demasiado pesado cuando tiré las botas desordenadamente por la habitación, provocando que Keelan me mirase con molestia. Yo simplemente me encogí de hombros y me tumbé contra el colchón de la cama, el cual inmediatamente se amoldó a mis músculos y los destensó.

Observé cómo Keelan seguía sentado a los pies de este, ahora deslizando su mano hasta el cinturón que se cerraba en su cadera, justo donde estaba la empuñadura de su espada. Entrecerré los ojos mientras miraba como sus dedos se removían contra esta .

—Si piensas matarme mientras duermo, tengo una daga bajo la almohada y el sueño bastante ligero.

—Keelan me miró sobre su hombro y, contra todo pronóstico, sus dientes relucieron en una sonrisa.

Pero no era ni divertida ni afable, era aguzada.

Me apoyé contra la pared, intentando erguirme lo suficiente como para estar preparada si el príncipe atacaba—.

Además, no es muy inteligente asesinar a tu propia comitiva.

Técnicamente, no debería ser tu enemiga ni tu objetivo.

El príncipe apartó su mano de la espada, sin apartar la mirada de mí, como un depredador que espera a que su presa ataque. Parpadeé ante su fija mirada.

Yo no atacaría primero, no era inteligente aquel movimiento. Yo tenía magia, probablemente la batalla no sería justa, pero si hablábamos de armas, estaba segura de que Keelan me tumbaría antes de yo siquiera poder sacar aquella daga.

Notaba como el mango de mi daga se clavaba en la parte baja de mi espalda, la cual estaba apoyada en mi almohada, recordándome que estaba ahí si necesitaba defenderme. En un principio, no había sido solo por el príncipe, sino por las criaturas que aguardaban fuera.

Ahora era una cuestión más personal .

Keelan, al fin, apartó su mano del cuero de su cinturón, el claro reto de hace unas horas aún reluciendo en su mirada. Al parecer, quería que yo atacara primero para tener un motivo justificado al alba de porqué mi cuerpo había amanecido desmembrado.

—No es nada personal el hecho de que esté actuando como un imbécil.

Pero no me fío de nadie, al menos, no de alguien que confraterniza con Iriam —ladró el príncipe.

No pude evitar cerrar mis manos sobre las sábanas con fuerza, mientras mis ojos chispeaban en furia con la misma intensidad que aquella hoguera.

—Pues yo pienso que actúas como un imbécil porque lo eres.

—Endurecí mi tono, notando como mis dientes chirriaban bajo la tensión a la que los había sometido.

El príncipe no se movió de su postura, aunque sí que pude observar como sus labios se convertían en una fina línea: estaba molesto.

Bien, que lo estuviese durante un buen rato—.

Además, yo no confraternizo con Iriam . Lucca es nativo de allí, pero no representa a todo su reino.

De hecho, se fue hace años. Más bien debería de caber en tu consciencia el hecho de dañar a un niño inocente de Zabia.

Esta vez, Keelan sí que tensó los dedos en torno a su empuñadura cubierta de bronce y oro. Mis ojos se movieron con rapidez, analizando sus movimientos, la forma en la que sus rodillas se flexionaron y la forma en la que su corazón se aceleró con fiereza.

Iba a atacarme.

Así que fui más rápida.

Sin apartar la mirada de él, tomé el mango metálico de mi daga y me abalancé sobre su espalda, la cual estaba protegida únicamente por su sencilla túnica.

Antes de que él pudiese girarse por completo en mi dirección, antes de que siquiera pudiese desenvainar su espada y apuntar hacia mi cuerpo, yo coloqué la hoja de mi daga en su cuello.

Escuché la respiración de Keelan cerca de mi rostro, mientras acercaba mi boca al lóbulo de su oreja, sintiendo como se ponía rígido bajo mí.

Aún sentía la ira turgente en mi estómago. No sabía si había sido la forma en la que había pensado que era buena idea atacarme, o el simple hecho de que iba a hacer que este viaje fuese terriblemente complicado, pero me llenaba de ansias por hacerle sufrir.

Clavé las yemas de mis dedos con fuerza sobre la empuñadura de mi arma, respirando pausadamente sobre el oído del príncipe, sintiendo como mi cuerpo bombeaba adrenalina.

—Escúcheme, su alteza —comencé, viendo cómo Keelan me miraba de soslayo con sumo odio concentrado en su mirada—.

Solo quiero hacer esto más fácil para ambos.

Yo también tengo ganas de despellejarle como a un cerdo, comerme la grasa de su cuerpo y beberme lo que quede de su sangre.

Pero, desafortunadamente, tenemos que aguantarnos durante semanas.

Así que me gustaría dormir tranquila en mi propia cama, sin tener que hacerlo con un ojo entrecerrado, ¿entiendes?

Keelan gruñó—: No es tu cama.

Apreté el filo de aquella arma contra su cuello, viendo cómo un hilo de sangre caía hasta el cuello de su túnica. Sonreí sobre su oído, escuchando como Keelan siseaba.

—Exacto, es nuestra cama. Me enorgullece ver tu compañerismo, Keelan. —El príncipe crispó sus labios, aún así, no moví mi postura. Pero erré estrepitosamente en ese momento.

No había visto como la mano de Keelan se deslizaba hasta su cinturón, no había visto el destello de sonrisa en sus labios, ni tampoco el momento en el que desenvainó su espada silenciosamente, sin que mis oídos se percatasen de aquello.

Aún así, fue demasiado tarde cuando predije sus planes.

Keelan sujetó mi brazo, justo el que sostenía aquella daga contra su cuello, y lo dobló de tal forma que aullé de dolor contra su oído.

El príncipe no se amedrentó por ello mientras observaba con una ferocidad inhumana como la daga caía en el suelo, salpicada por su propia sangre.

No tardó en tumbarme contra la cama en un seco empujón, sentándose a horcajadas sobre mí y colocando su espada contra mi arteria carótida.