CAPÍTULO XI #2
—Supongo que deberé arriesgarme, entonces.
—En cuanto aquellas palabras salieron de mis labios, me levanté de mi posición en el suelo con un impulse grácil.
La capa tiró de mi pecho hacia atrás, haciendo que cuadrase mis hombros con aún más fuerza mientras me acercaba a aquellos cubos.
No confiaba en el príncipe, claro que no lo hacía, pero sabía con certeza que aquello era una prueba.
Aún podía ver con claridad el reto en sus ojos, bailando junto con las llamas de aquel fuego, provocándome, incitándome, declarando que no era lo suficientemente tenaz.
Si él de veras pensaba eso, no era más que un necio equivocado .
Desde esta moderada distancia, los cubos parecían comunes, lisos, suaves. Nadie guardaría montones de comida allí. Nadie sería tan estúpido, y menos el príncipe Keelan.
Asomé mi vista en uno de esos cubos, justo en el que desprendía un hedor apestoso, pegajoso, y putrefacto. Supe casi de inmediato qué carne era aquella.
Al parecer aquel príncipe sí que era tan estúpido.
Eran los restos de la cabeza del pulvra, estaban troceados, gelatinosos y morados sobre aquel cubo aguado. Tuve que tragar saliva mientras los miraba.
Sabía perfectamente que la carne de monstruo no era comestible.
Estaba contaminada por magia, era mortal, como el peor de los venenos.
Había escuchado que en menos de un segundo la magia evaporaba el agua de tu cuerpo y exprimía la sangre que bombeaba tu corazón.
Idelia me había contado historias que harían llorar a cazadores expertos, historias de personas que se convertían en una mezcla heterogénea de huesos, piel y sangre, dejando solo sus ropas como vestigio de su existencia.
Tomé uno de los palillos que llenaban los cubos restantes, dejando pasar aquella carne viscosa en el.
La carne del pulvra era resbaladiza entre mis dedos, aunque al menos ahora no tenía escamas puntiagudas, y su olor corrupto y descompuesto se adentraba por mi nariz casi de forma angustiosa adensándose en mis conductos.
Retuve una arcada mientras elevaba aquel palo en el que se amontonaban uno tras uno los dados pútridos de aquella criatura.
Me di la vuelta con aquel asqueroso olor a cuestas, fijándome en la mirada del príncipe Keelan sobre mí: atenta, cuestionándome y juzgando si de veras haría aquello o si todo esto no era más que un farol.
Me senté otra vez a su lado con pausada calma, haciendo que Keelan ahogase una arcada a mi lado, apartándose levemente de mi y acomodándose un poco más lejos. Le sonreí con la boca cerrada, acercándole aquellos trozos de comida.
—Huele deliciosamente. —Inspiré profundamente, haciendo que aquel olor casi me hiciese perder el sentido; sin embargo, coloqué una mueca hambrienta en mi rostro—. ¿Quieres un poco?
Keelan me miró como si hubiese perdido la cabeza, alternando su mirada entre la carne putrefacta del pulvra y mi rostro.
—No, ya he comido. Pero estoy deseando que pruebes este exquisito plato. —Me dedicó una sonrisa irónica—. Desde luego, los pulvra son la moda del mañana. Tal vez, incluso puedas ahorrarte el maquillaje cuando se te tiña la piel de azul.
Forcé una sonrisa, controlándome para no arrancarle los ojos de cuajo a aquel hombre, justo después de hacerle tragar la carne venenosa del monstruo.
Sí, aquel era un buen plan, pero no era más que una fantasía de mi mente.
—Sabes que la carne de los monstruos no puede asarse, ¿verdad? —dijo Keelan, evaluando mi reacción. En cuanto vio mi leve mueca de disgusto, prosiguió—: Ni brasearse, ni ahumarse, ni cocinarse de ningún modo conocido.
Tragué saliva. Vaya, aquello no lo sabía.
Maravilloso.
Estiré mis labios, en una sonrisa que bien sabía que se denotaba falsa. Notaba como mi estómago daba un vuelco al imaginarme el sabor de aquella asquerosa carne.
—Lo sé, y eso la hace aún más apetitosa. —Observé de nuevo la brocheta con aquella carne gelatinosa atravesada. Volví a mirar al príncipe, notando como todo el hambre que había sentido se disipaba de golpe—. Por cierto, la piel azulada me parece de lo más morbosa.
Le guiñé un ojo mientras acercaba la brocheta a mi boca. Keelan me estaba observando, aún sin creerse que haría aquello, pero no tardé en hincar mis dientes en aquella pegajosa, viscosa y levemente acuosa carne.
Ni siquiera me detuve a pensar en su sabor, pero en cuanto aquel trozo se deslizó por mi garganta, sentí como los tejidos de mi cuerpo se agitaban ante aquella vomitiva explosión de sabores.
Sabía mal, sabía tan mal, que atosigaba mis sentidos, nublaba mi mente, mataba mis pupilas gustativas con cuchilladas ávidas.
Tomé el frasco que guardaba en mi capa y me bebí lo que quedaba de golpe, calmando de nuevo los tejidos de mi garganta, actuando lo suficientemente rápido como para que la magia intrínseca de los Razha en aquella carne no me matase de inmediato.
Daba gracias porque mi plan hubiese funcionado.
Carraspeé mientras guardaba de nuevo aquel frasco en mi capa, escondiéndolo de nuevo entre las pieles de mi bolsillo, volviendo a mirar a Keelan. El príncipe tenía su mirada sobre mí, con una de las comisuras de sus labios tensada, al parecer satisfecho por haber cumplido su reto con éxito.
—Que tengas una buena noche, hija de Idelia —dijo Keelan, tirando los trozos de madera que aún sostenía entre sus manos al fuego. Las llamas se movieron repentinamente, con vehemencia al notar aquel trozo de madera alimentando su combustión.
Mantuve la brocheta de carne cruda entre mis dedos, llenando mis dedos de la sangre contaminada del pulvra.
Keelan se levantó de su asiento, ondeando la capa tras él mientras se movía con seguridad lejos de donde se había encontrado.
Las llamas le daban un aspecto incluso más temerario mientras se giraba sobre su hombro, mirándome justo antes de dar un paso más.
Esta vez, fue el dorado de sus ojos el que crepitó.
—La carne de los monstruos sí que puede cocinarse —confesó, analizándome con su mirada, deteniéndola justo donde se encontraba la carne mordisqueada—. Sigue siendo venenosa, pero sabe mejor.
Justo cuando reanudó su caminata, hablé yo:
—No confío en ti, hijo de Symond. De hecho, seré yo la primera en matarte si Aherian y Zabia acaban en el campo de batalla.
Casi pude jurar que sonreía a pesar de estar de espaldas a mí.
—¿Necesitas un campo de batalla para hacerlo?
—Sí, si no quiero ser ejecutada por ello. En un campo de batalla pocas personas distinguirán a la hechicera de la corte de un simple soldado más .
Esta vez, Keelan sí que me miró sobre su hombro.
—¿Hechicera de la corte? ¿Tan rápido te otorgas títulos?
Me encogí de hombros, observando aquel trozo de carne mordisqueado, el cual dejaba caer su jugo hasta la palma de mi mano.
—Solo sería una tonta si creyese sin cuestionármelo que mi madre está viva.
Keelan no dijo nada más mientras volvía a girarse, continuando su camino hasta lo que parecía el carruaje. Tras él, su capa relucía frente a las llamas, poderosa, candente como una espada siendo forjada.
Justo cuando tiré la carne del pulvra al fuego, haciendo que sus llamas chasqueasen mientras el fuego se avivaba y consumía aquel material, el príncipe dijo a la distancia—: Yo tampoco confío en ti, Éire Gwen.