CAPÍTULO XII #2
Intenté tomar una bocanada de aire, necesitada, pero cada vez que mi cuello se movía involuntariamente, la espada se acercaba peligrosamente a aquella importante arteria. Tragué saliva a duras penas, notando el metal ornamentado sobre mí, demasiado cerca.
El príncipe se cernía sobre mí, con su túnica ahora desabotonada, mostrándome sus músculos trabajados y las miles de cicatrices que cubrían su torso.
Era la piel de un guerrero, no la de un príncipe, no la de un heredero.
Fruncí el ceño, elevando mi mirada hasta sus ojos, aquellos que relucían con determinación, con violencia.
Ni siquiera se inclinó hacia mí mientras me recorría con la mirada.
Ahora estaba a su merced, ahora sí que podría matarme.
Era cierto que podría utilizar la magia, pero el resquicio que había quedado de aquellos días febriles, era tan débil que dudaba que hiciese mucho.
Esta batalla, desde este preciso instante, estaba perdida para mí.
—Ahora me vas a escuchar tu a mí, hechicera — dijo con la mandíbula tensa, ahora burlándose él de mi herencia.
Le eché una mirada envenenada mientras Keelan acercaba su mano inesperadamente cerca de mi cadera.
Fruncí el ceño, sin saber qué era exactamente lo que hacía.
Aunque, no tardé en descubrirlo cuando sacó su mano de mi piel desnuda, mostrándome aquella pequeña navaja que había escondido allí por si acaso.
Esta vez, fui yo quien le echó una mirada retadora mientras tiraba aquella arma contra algún lugar de la habitación—.
Quiero que empiece a quedarte claro quién es el príncipe aquí.
Quiero que empieces a entender que yo soy tu futuro rey, que debes obedecerme.
Lleguemos vivos o no lo hagamos, tú solo morirás siendo una triste aprendiz que no tiene ningún título y yo seguiré siendo Keelan Gragbeam, heredero de más tierras de las que puedas contar en tu insignificante vida.
Antes de poder replicar aquello, Keelan agarró con su mano restante mi antebrazo, doblándolo sobre el colchón de tal forma que estuve a punto de retorcerme bajo su peso; sin embargo, inmediatamente me detuve al notar que aquel movimiento me sentenciaría a muerte con aquella espada aún sobre mi piel.
El príncipe, al ver mi mirada reluciente por el dolor, ensanchó su sonrisa.
—Bien, veo que nos vamos entendiendo, hija de Idelia.
—Al ver que le eché otra mirada envenenada, él tiró aún más de mi brazo, contoneándolo en una retorcida posición, haciendo que tuviese que morder la punta de mi lengua con fuerza para no gritar—.
Si no lo entiendes, no hay problema, sé métodos bastante buenos de tortura.
Podría partir los tendones de tu antebrazo antes que los huesos de este.
Tardaría bastante más en curarse. En unas circunstancias normales, un sanador lo arreglaría.
Aquí, ese tipo de rotura, sin ningún tipo de atención médica, te obligaría a amputártelo.
Tragué saliva bajo su atenta mirada. Sabía que estaba esperando a que hiciese algún movimiento, alerta por si utilizaba mi magia; pese a eso, intenté parecer impasible mientras buscaba más que aquel resquicio en mi interior.
Normalmente, me abstenía de utilizar más magia de la necesaria, de trabajar con aquella niebla defensora.
En cambio, ahora mismo aquella niebla era justo lo que necesitaba.
Apreté las suaves sábanas de seda bajo mis dedos, sintiendo como cada célula de mi cuerpo se revolcaba involuntariamente, cada tejido de mi cuerpo gruñía, la sangre de mi sistema circulatorio parecía renovarse al sentir aquella humareda negra atravesándola, sustituyéndola, convirtiendo mi fuente vital en aquella bruna ennegrecida.
Sabía que había funcionado cuando Keelan hizo una mueca sobre mí.
—Vete a la mierda —le dije entre dientes, observando su brazo: fuerte, sano, tonificado, tostado.
Enrosqué aquella bruma en torno a su cerebro, obligándole a apartar aquella espada de mi cuello en contra de su voluntad, observando como se desperezaba de su postura y se erguía sobre el suelo.
Su mandíbula parecía tensa mientras me miraba, sus ojos reluciendo en el sentimiento más primitivo de odio, sus labios crispándose al ver mi sonrisa satisfecha.
Me puse de pie de un salto, colocándome justo frente a él, viendo cómo clavaba la punta de su espada sobre la parte de su pecho que estaba desnuda, justo en una parte que no tenía ninguna cicatriz.
Me sentía lo suficientemente creativa hoy como para crearle alguna más.
—No vuelvas a amenazarme. Nunca. Jamás en tu mísera vida de imbécil real.
—Crucé mis brazos, intentando apretar mi dolido antebrazo.
Mi cerebro parecía nublarse por el esfuerzo, avisándome de que pronto perdería el sentido, de que aquella no era una magia que podría manejar con tan pocas fuerzas.
Aún así, no dejé que Keelan se escurriese de mi control—.
No quiero problemas contigo, Keelan. Se supone que estoy aquí para protegerte.
Compórtate como un puto adulto y deja esa desconfianza.
Me da igual que gente de tu pasado te clavase un puñal por la espalda, yo no tengo ninguna intención de traicionar a la persona que se supone que debo proteger.
Yo sí que cumplo el deber que he jurado mantener ante el rey.
Keelan me miró, aunque algo del feroz odio que se congregaba en su mirada menguó. Fue algo muy débil, pero estaba claro en sus ojos.
Arrugué el ceño, sintiendo como mi antebrazo aullaba con fuerza, probablemente con una profunda contusión. El príncipe y yo nos quedamos en silencio durante algunos instantes, retándonos con la mirada, el odio centelleando entre los dos.
Aunque, antes de que yo pudiese decir algo más, Keelan masculló—: Quítame esta espada de encima. Voy a dormir hoy arriba.
Lo hice con un seco asentimiento, sintiendo como mi corazón debilitaba sus latidos consecuentemente, mis piernas temblando sin cesar, mis manos perlándose en sudor casi de forma demasiado veloz.
Keelan se agarró de una de las esquinas del hueco abierto de la trampilla, balanceándose con habilidad y subiendo en un rápido salto.
Solo escuché el sonido de la madera golpeteando la trampilla que nos separaba, justo antes de tambalearme hacia la cama .
Poco después, perdí la conciencia.