Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO IX
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CAPÍTULO IX

—Tú, despierta —dijo una molesta voz mientras zarandeada mi brazo con brusquedad. Apreté aún más mis ojos ya cerrados. No quería levantarme por nada del mundo.

Algo cálido y luminoso golpeaba mis ojos, haciendo que la oscuridad en la que me había encontrado mientras dormía se disipase. Había comenzado a odiar la luz del día, aunque antes incluso me gustase, ahora resultaba increíblemente molesta.

—Que te despiertes —volvió a ordenar ese hombre. Tuve que hacer trabajar increíblemente a mi cerebro para averiguar que era Keelan—. No tengo todo el puto día, Éire. Levántate ya.

Fruncí el ceño mientras me removía en mi cama. Aunque, mientras estiraba mis piernas sobre lo que debía ser mi colchón, solo el crujido de la madera barnizada me recibió. Casi gruñí mientras Keelan volvía a zarandear mi brazo .

—Así que ahora sí que me vas a llamar por mi nombre —dije, con la voz rasgada por el sueño. La madera se clavó contra mi espalda, la cual debía de tener ahora varias contracturas.

Keelan pareció retroceder sobre el carruaje al darse cuenta de que ya me había despertado, quitando su mano de mi brazo inmediatamente.

—Ejem…—carraspeó él—. Puedo llamarte como yo quiera.

Sonreí, aún adormilada.

—Claro, Keelan, puedes decirte eso antes de ir a dormir.

—Yo, desde luego, he dormido bastante mejor que tú en el colchón de mi compartimento.

Eso sí que me hizo abrir los ojos de golpe. La luz trascendió por mi pupila de inmediato, haciéndome parpadear repetidas veces. Notaba mi boca increíblemente seca y, a pesar de haber dormido al parecer toda la noche, aún seguía inesperadamente cansada.

No pude siquiera incorporarme en aquel asiento mientras me esforzaba para que las palabras que salieran de mi boca no fueran inconexas .

—Me parece demasiado descortés dejarme durmiendo en un asiento de madera bajo la vista de miles de criaturas mientras tú te relajas en tu colchón particular.

El príncipe arqueó una ceja.

—Parecías muy cansada, no quería ser aún más descortés y despertarte de tu sueño particular.

Bufé, esforzándome por apoyarme contra la ventana del carruaje mientras me incorporaba. Aún tenía los ojos entrecerrados ante la luz, y mi lengua parecía un peso muerto en mi boca mientras humedecía mis resecos labios.

—Vete a la mierda.

—Tú ya pareces estar en ella.

Entrecerré los ojos, mirando sus facciones divertidas.

—Pues ven conmigo, entonces.

Keelan me miró de arriba a abajo con una mueca bastante parecida a la repulsión.

—Ni en tus mejores sueños.

Me reí con desdén, aunque fue un sonido más hueco que de costumbre.

—En mis mejores sueños no sales tú, salgo yo misma con un par de botellas tumbada en alguna playa.

Keelan resopló—: Cállate y haznos un favor a todos.

—¿A “todos”? Dirás solo a ti, ¿verdad? A la mayoría suelo caerles de maravilla .

—Permíteme dudarlo.

Levanté una de las comisuras de mis labios y le susurré burlonamente—: No te lo permito.

El príncipe ni siquiera me respondió mientras salía del carruaje con el ceño fruncido. Aunque sí que le escuché gritarme antes de cerrar la puerta—: Levántate o te quedarás sin comida.

Comida , había dicho. Si me fijaba en sus palabras, en que parecía llevar un buen rato despierto y en la posición del sol, aquello significaba que era la hora del almuerzo.

Había estado durmiendo prácticamente un día entero.

Me tapé los ojos, intentando que aquella molesta calidez dejase de abrumarme. Me sentía como si estuviese en un día de resaca, aún sin haber bebido lo suficiente como para tenerla.

Mi cuerpo pesaba, mis párpados apenas se mantenían abiertos, tenía una increíbles arcadas y, cuando intenté levantarme, casi me caí de bruces.

Sentí como mis rodillas temblaban sin cesar mientras me apoyaba en una de las paredes del carruaje.

Intenté con todas mis fuerzas mantenerme en pie mientras mi estómago daba un vuelco impresionante dentro de mí.

A pesar de no haber comido nada, sentí la bilis pasearse ácida por mi garganta, pavoneando su quemazón por los tejidos de mi esófago.

Necesitaba vomitar y necesitaba hacerlo ya.

Abrí la puerta del carruaje con fuerza, prácticamente tambaleándome mientras posaba mis pies en el suelo.

El cuero de mis botas parecía pegarse sudoroso a mi piel, después de pasar un día entero apretujado en torno a mi pie.

Me acerqué renqueante al tronco que vi más cercano, sin importarme en lo más mínimo si Keelan o algún guardia me veía.

Me arrodillé sobre las hojas secas que se esparcían por el suelo y mi boca se abrió involuntariamente, dejando pasar aquella bilis amarillenta por mis labios, desembocando en el suelo tras contracciones esporádicas de mi estómago.

Hinqué mis uñas en la madera del tronco, sintiendo como el pegajoso sudor pegaba parte de mi pelo en mi nuca, haciéndome sentir increíblemente sucia.

En cuanto sentí que aquellas arcadas habían cesado, dejando paso a una sensación de mareo, tuve que dejarme caer en el suelo que se encontraba al lado de mi vómito.

Notaba como mis manos y mis piernas temblaban sobre la hierba, mientras el asqueroso olor del vómito se adentraba repentinamente en mi nariz .

Cerré los ojos mientras un sudor frío recorría mi pecho y mis manos, las cuales temblaban con demasiado furor como para ser natural.

—Tú, te habrás despertado ya, ¿ver…?

Me pareció escuchar esas palabras, aunque por un momento mi mente no supo de quién se trataba, no lo enlazó con ninguna voz que pudiese haber escuchado antes. Tal vez era mi madre, tal vez ella había vuelto a salvarme y por una vez en mi vida no me juzgaría.

Sonreí levemente al pensar en aquello.

Alguien zarandeó mi brazo con demasiada fuerza.

—¿Qué estás haciendo? Levántate.

Seguía sin saber quién era mientras mis piernas empezaban a temblar como gelatina tambaleante aún sin estar de pie.

Mi garganta parecía estar agrietada después del vómito, aún quejándose por el ardor que había dejado en ella, saboreando tan solo seco mal sabor; sin embargo, no tenía fuerzas como para tragar saliva.

Volvieron a zarandear mi brazo.

—Deja el maldito drama. Si esto es una broma, no me hace gracia.

Esta vez, ese alguien agarró los laterales de mi cara, acunándola con demasiado vigor .

—¿Esto te lo ha hecho algún monstruo? —Guardé de nuevo silencio, sin conseguir identificar aquella voz. Así que ese desconocido volvió a hablar, molesto—: Si no me dices nada no puedo ayudar.

Esta vez sí que conseguí averiguar quién era.

Era Lucca.

Levanté mis pesados brazos y, aún sin ver nada, los pasé por su cuello, sin querer soltarlo nunca. Yo nunca había sido cariñosa, pero me sentía en la necesidad de abrazarle ahora mismo.

Lucca se sacudió en cuanto me acerqué a él, despreciando mi contacto físico y dejando que mis manos cayesen de nuevo sobre la tierra.

—¿Qué haces? No me toques —vociferó.

Fruncí el ceño, sintiendo como la bilis volvía a sacudir mi estómago. Aquella voz no parecía de Lucca. Él nunca tenía ese deje de molestia en su tono.

Esta vez, en vez de zarandearme el brazo, me dio un golpe con la palma de su mano en mi mejilla.

—Tú, estás muy rara hoy. ¿Qué haces tirada en el suelo? —Al ver que volvía a quedarme callada, él insistió dándome otro golpe—. Que me respondas.

Y, de nuevo, las arcadas volvieron a abrir mi boca involuntariamente. Me agarré a los hombros de aquel hombre que no parecía Lucca, para intentar incorporarme, pero él me dio un manotazo.

—Que te he dicho que no…

Antes de que pudiese terminar la frase, eché mi cabeza a un lado y vomité.

Esta vez mis ojos sí que se abrieron a la fuerza, lacrimosos y empañando aún más con lágrimas mí ya húmeda piel sudorosa.

Sabía que la bilis esta vez estaba cayendo sobre las rodillas de aquel hombre, pero no me molesté en apartarme mientras hebras de mi cabello se soltaban de mi pelo trenzado y se salpicaban de aquel líquido.

—No me jodas —maldijo él mientras se levantaba de golpe, aunque con sus pantalones ya ensuciados.

Ahora sí que pude reconocerlo mientras apoyaba mis manos en el suelo, intentando no caerme sobre aquel charco mientras me recomponía.

Sentía como mi estómago vacío se sacudía en mi propia barriga hambrienta, mientras que el sudor empapaba mi piel y la poca energía que había conseguido durmiendo se iba junto con aquellas arcadas.

—Ese no es el vocabulario adecuado de un príncipe —susurré a duras penas, limpiando como podía las comisuras de mis labios. Mis rodillas aún temblaban mientras me esforzaba por no tirarme de nuevo al suelo. Literalmente y, aunque pareciese gracioso, estaba entre dos de mis vómitos.

Keelan me lanzó una mirada estupefacta.

—Debería haber dejado que te murieses.

—Tampoco es que hayas hecho mucho.

—Por lo menos, no hubieras muerto sola. Ten un poco de agradecimiento.

Me esforcé por levantar mi mirada para observarlo.

—Por suerte para ambos, no he llegado a morir.

Keelan enarcó una ceja.

—¿Suerte para ambos? Yo preferiría tener que sobrevivir solo a tener parte de tu comida en mi pantalón.

Noté como el mal sabor se adhería a mi lengua mientras volvía a forzarla a moverse para contradecirle—: No es comida.

—Ahórrate el discurso en el que me explicas lo que es la bilis. Sé lo que es y sigue siendo asqueroso.

Estuve a punto de responderle, aún sin poder apenas mover mis labios para formular oraciones. Aunque, antes de siquiera pensar en lo que iba a decir, Keelan volvió a echarme una mirada desdeñosa.

—Voy a cambiarme. Tú intenta buscar algo de agua para darte un baño: estás asquerosa y hueles horriblemente mal .

Le gruñí mientras se iba, intentando recopilar la suficiente energía como para levantarme de aquel sitio y hacer justamente lo que él había dicho.

Estaba sudorosa, cansada y hambrienta. Necesitaba con urgencia un baño, ropa limpia, comer algo lo suficientemente ligero como para no hacerme vomitar de nuevo y dormir.

Era una larga lista, pero debía completarla si es que quería seguir viva para cuando este carruaje llegase a Aherian.