CAPÍTULO IX #2
Tomé una larga bocanada de aire y me impulsé sobre mis manos para levantarme, trastabillando sobre mis pies mientras intentaba mantenerme estable. Aún así, en cuanto estuve sobre mis dos pies, sentí como el mundo daba un enorme giro y partía por la mitad el equilibrio que había conseguido.
Tuve que cerrar los ojos para no marearme aún más con aquella visión del panorama, aunque la sensación de rotar seguía ahí, aún teniendo la vista completamente ennegrecida. Cuando aquella atosigadora sensación se detuvo, tuve que obligarme a andar hacia algún sitio.
Palpé desesperada la túnica ligera que llevaba y la despegué de mi pegajosa piel, intentando que algo de aire frío se colase por ella; sin embargo, aquel calor inexplicable seguía ahí.
Estaba segura de que aquello no pasaba siquiera en las tierras más profundas de Helisea, donde el nivel del mar no regulaba aquel inconmensurable calor.
Rodeé el carruaje, apoyándome en lo que podía a mi paso, fuera lo que fuese: desde la misma madera del transporte hasta en los troncos de los árboles llenos de savia por la primavera.
En cuanto pasé el carruaje, empecé a escuchar el sonido de los caballos pastando. Casi suspiré de alivio al ver a varios guardias hablando tranquilamente frente al carruaje, sentados en el suelo y con un plato de lo que parecían hortalizas sobre sus regazos.
Dos de ellos no parecieron darse cuenta de mi presencia, aunque el que se encontraba apoyado en el tronco de aquel árbol, riendo hasta que me vio, sí que lo hizo.
Apartó su plato de golpe, alarmando a sus otros compañeros, los cuales empezaron a mirar a su alrededor, alerta por si aparecía alguna criatura. Y, a pesar de que su mirada recayó en mí, ninguno relajó su semblante.
El castaño que se percató de mi presencia primero, quién ahora estaba de pie, fue el primero en hablar—. Eres Éire Gwen, ¿verdad ?
Parecía cauteloso mientras daba un paso hacia mí, como si no estuviese seguro de sí sería un posible peligro inminente. Entrecerré los ojos mientras le echaba una mirada llena de hastío.
—No, soy un monstruo camuflado —al ver cómo detenía sus pasos en seco, casi me planteé soltar una carcajada—. ¿A ti que te parece, estúpido?
El guardia frunció el ceño.
—Oye, no hace falta…
—Cállate —le ladré, haciendo que cerrase su boca casi instantáneamente—. Como verás, no me encuentro bien, así que no estoy como para lidiar con nadie. Simplemente dime si hay algún riachuelo por aquí y olvídate de que existo.
El guardia pareció ofenderse por mi comentario.
—Creo que se pueden hablar las cosas sin necesidad de…
Gruñí, molesta, mientras volvía a interrumpirle—: Que me digas si hay un riachuelo o no.
Antes de que él pudiese responder, su amigo lo hizo por él, al parecer bastante más divertido por la situación—: Detrás de estos árboles, no muy lejos del carruaje, hay uno. Aunque está empezando a secarse por la llegada del verano .
Asentí secamente hacia aquel hombre rubio, y me acerqué renqueando al árbol donde ellos estaban apoyados, dispuesta a atravesar el tramo que hiciese falta.
Solo esperaba no encontrarme con un monstruo. Ahora mismo, dudaba incluso de ser capaz de defenderme de un simple animal salvaje.
—¡Eh! ¡Espera! —me llamó aquel hombre castaño. Ni siquiera me molesté en detenerme mientras me agarraba a cada cosa que podía para seguir adelante—. Voy a acompañarte.
Antes de poder decirle que se fuese por donde había venido, el hombre dio varias zancadas aceleradas y se posicionó a mi lado, siguiéndome el paso. Sentí algo de rabia al ver cómo tenía que obligarse a ir más lento para que anduviésemos al mismo ritmo.
No me molesté en dirigirle la palabra mientras surcábamos aquel tramo lleno de maleza. Aunque, al parecer, aquel guardia no era muy partidario de ello, ya que volvió a hablar:
—¿Estás enferma? No nos habían informado de ello —dijo él, apartando una rama que estuvo a punto de interponerse en nuestro camino .
Pese a que aquel hombre era alto, medíamos prácticamente lo mismo, así que teníamos que tener ambos cuidado con las ramificaciones de cada árbol.
Yo ni siquiera me molesté en mover ninguna, ya lo hacía él por mí.
—No estoy enferma. Al menos, no físicamente —le aseguré, escueta, intentando oír a mi alrededor alguna corriente de agua. Aunque, pese a mis esfuerzos, no capté ningún sonido relevante.
—Entonces, ¿qué te pasa?
—No es algo que te incumba en lo más mínimo.
—Oye, ¿siempre eres tan amable o es solo por como te encuentras?
Le miré sesgadamente—. Un poco de ambas.
Contra todo pronóstico, él esbozó una sonrisa, algo divertido por mi respuesta.
—No sé por qué, imaginaba que serías una decepción. Aunque, sin duda, no lo eres.
Entrecerré los ojos.
—Todos parecen subestimarme hasta que me conocen —pensé en voz alta, llamando la atención de aquel guardia. Esta vez fue él el que me dedicó una mirada, clavando sus oscuros ojos en mí.
—¿Eso es algo malo ?
—Desde luego, no es algo que vaya a hablar contigo.
Evitó mi mirada, ruborizándose levemente.
—Bueno, lo entiendo pero…
—Cállate —le ordené, intentando agudizar mi audición. Estaba segura de que había escuchado una corriente cercana. Estaba segura. Aquel hombre entrecerró los ojos mientras me miraba, aparentemente ofendido.
Me detuve en seco, intentando no manchar el silencio con el crujir de las hojas bajo nuestros zapatos. El guardia se detuvo en seco a mi lado, observando el paisaje, alarmado, como si pudiese aparecer en cualquier momento un monstruo de entre la maleza.
En cuanto averigüé de dónde provenía aquel sonido acuático, me dirigí hacia allí, sabiendo que el castaño me seguía.
Escuché como el sonido de los pájaros cantando empezaba a disminuir mediante nos acercábamos al riachuelo, pero preferí pensar que simplemente fue un efecto auditivo al escuchar las corrientes desde la cercanía.