CAPÍTULO VIII #2
Él tenía razón. Tenia que salir de ahí. La criatura no tardaría en caer sobre mi propio cuerpo, aplastándome, y Keelan no podría sostenerla el suficiente tiempo como para que saliera de ahí.
Tuve que tomar varias bocanadas de aire para poder ponerme a gatas en aquel reducido espacio, arrastrando mis codos y mis rodillas por el suelo y raspando con fuerza mi piel.
Intenté salir de allí con ferocidad, pese a que mi corazón bombeaba con demasiada fuerza y el sudor acaparaba mis sentidos.
Tenía unas inmensas ganas de vomitar, necesitaba vomitar. Jodido, jodido síndrome de abstinencia.
En cuanto supe que el cuerpo de aquella bestia ya no estaba sobre mi, me dejé caer rendida en el suelo con un suspiro de alivio. Sentía mi cuerpo aún en tensión, agarrotado y sin apenas un ápice de energía, mientras escuchaba como el peso muerto del cornok caía no muy lejos de mi .
Escuché como Keelan soltaba otro suspiro aliviado.
—Hay que atacar a los cornok en una de sus dos cabezas. En cuanto pierden la cabeza en la que sus dos ojos están sanos, apenas pueden coordinar. Eso que acabas de hacer es estúpido y muy arriesgado.
Bufé.
—De nada por salvarte la vida. Siempre es un placer.
Escuché como Keelan volvía a envainar su espada.
—Tú no me has salvado nada. Podía apañármelas solo. —Me reí por los bajo y él pareció ofenderse, ya que dijo—: ¿Te recuerdo quién era la que estaba a punto de morir aplastada?
Ahí tenía un punto. Resoplé indignada, aún con la vista centrada en el cielo, tirada sobre mi espalda.
—Ni idea. Necesitaría que me refrescases la memoria.
Keelan no se molestó en contestar a eso, aunque sí que escuché como se movía por los alrededores, haciendo crujir las hojas bajo sus botas. Giré mi cabeza para intentar buscarle, pero solo la cabeza del cornok me recibió.
Entrecerré los ojos al ver aquella cabeza cortada frente a mí, con sus ojos abiertos fijos en los míos.
El apestoso olor a sangre envenenada por magia se pegó en las aletas de mi nariz como plástico quemado.
Olía a azufre y a suciedad, como cuando caminabas cerca de alguna tubería de aguas residuales y arrugabas tu nariz con asco.
Sacudí mi cabeza mientras me levantaba de allí a duras penas.
Recogí tras mi oreja una hebra de cabello que se había soltado de mi trenza, enfurruñada. No veía ahora a Keelan por ningún lado, pero pude encontrarle siguiendo el sonido de sus pasos.
El príncipe estaba inclinado al lado del cuerpo de un guardia. Su cuerpo estaba destrozado, sin alguna de sus extremidades y desgarrado por la mitad, dejando entrever sus vísceras y tripas. Preferí no decirle que era raro que no se lo hubiese comido de un bocado cuando vi su expresión preocupada.
—No sé dónde están los demás guardias —dijo él, al parecer sopesando lo que suponía aquello.
Tuve que trabajar por no soltar una carcajada.
—Probablemente ahora sean puré de cornok. —Keelan me echó una mirada envenenada sobre su hombro. Yo le miré, indiferente—. Es la verdad.
El príncipe detuvo de nuevo su vista sobre su guardia, aún pensativo .
—No, hay algo que no me cuadra. Por lo que sé, los cornoks no atacan porque sí. Ellos no son agresivos, así que solo atacan cuando tienen hambre.
Fruncí el ceño en su dirección, pensando en lo que aquello suponía. Lo había escuchado, sí, pero en ningún momento había caído en eso.
—Eso significa que es imposible que él solo se haya comido a tantos guardias —pensé en voz alta, recibiendo un asiento aprobatorio por parte de Keelan.
Antes de poder pensar más en ello, las herraduras de unos caballos sonaron contra el suelo. El príncipe se levantó de golpe, alerta. Me giré para averiguar de quién se trataba y ni siquiera me dio tiempo a abrir la boca, estupefacta.
Eran los guardias que nos habían acompañado. Hice un recuento rápido y solo parecían faltar dos o tres de ellos. Al parecer, esos debían de ser a los que se había zampado el cornok.
Los hombres miraron a su alrededor con horror, analizando el cadáver del monstruo con la mirada y mirando con pesar el cuerpo de su compañero. Me pregunté si a alguno le importaría su muerte. Por lo que sabía, en la guardia real estaba terminantemente prohibido tener relaciones con nadie .
Un fúnebre silencio se empapó en el ambiente, acompañado de las miradas aún horrorizadas de los guardias. Pese a que todos parecían querer decir algo, solo el que los encabezaba habló.
—Su alteza, no sabemos cómo ha podido pasar esto. Habíamos ido a comprobar que todo fuese seguro por la zona, pero dejamos a suficientes guardias protegiendo el carruaje. Lo sent…
—No quiero tus disculpas —le interrumpió Keelan con sequedad detrás de mí.
El guardia incluso pareció encogerse aún más—.
Soy el príncipe heredero, y se me debe informar de absolutamente cada movimiento.
La próxima vez que esto ocurra, podría contemplar la opción de ejecutaros por traición a la corona.
Aquel guardia abrió los ojos desmesuradamente.
—No, no, su alteza. Se lo ruego, no volverá a pasar. Descanse en su carruaje y continuaremos el camino.
—Yo no voy a descansar —dijo el príncipe bruscamente—. Voy a enterrar el cadáver de este pobre hombre. Que al menos ha tenido la suerte de estar entero.
Quise objetar aquello. Prácticamente estaba partido por la mitad. Pero algo en mi cerebro me decía que aquel no era el mejor momento .
Sabía que el guardia le había vuelto a pedir disculpas y que Keelan había empezado a mover aquel cadáver, pero aquello me era indiferente. El cansancio había vuelto a alcanzarme y, esta vez, creía que tal vez podría dormir durante un pequeño instante.
Tuve que morder mi lengua mientras caminaba para intentar no trastabillar y caerme de bruces.
Agarré con fuerza el marco de la puerta del carruaje, clavando mis uñas rotas en el.
Utilicé la poca energía que me quedaba para subir mi cansado cuerpo al transporte y solo recuerdo desplomarme sobre mi asiento.
Por fin podría descansar.