Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO V #2
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CAPÍTULO V #2

El pelirrojo y yo estábamos hablando, aunque no me molesté en prestar atención a nuestra conversación mientras pasaba mi mirada por la alcoba, averiguando si todo se encontraba en orden.

De pronto, la estantería que habíamos puesto frente a la puerta a duras penas, tembló.

Noté como mi corazón saltaba en mi pecho por la impresión y como Lucca daba un brinco en su sitio, sobresaltado.

Antes de poder levantarme a coger el atizador de la chimenea, la persona que se encontraba tras la puerta gritó:

—¡Somos la guardia real de Zabia! ¡Abran la puerta inmediatamente!

Casi suspiré de alivio mientras dejaba caer mi mano sobre mi estómago. Esta parecía volver a temblar y, aunque la idea de sumergirla en aquel barreño con agua aún templada resultase tentadora, era más que asqueroso el olor que aún desprendía.

En vez de eso, me levanté trastabillando, notando como la energía se desvanecía de mi cuerpo por cada paso renqueante que daba.

En cuanto salí del baño, observé cómo Lucca observaba la botella aún sin abrir de licor, pensativo.

El pelirrojo me miró en cuanto escuchó mis pasos entrando en la habitación, y pude ver claramente como la preocupación deslumbraba en su mirada.

Le sonreí mientras me sentaba en el sillón que se encontraba a su lado. Miré las llamas bailar en la chimenea, consumiendo los trozos de leña en suaves bocados anaranjados. Al parecer, Lucca ya se había adelantado en encenderla.

—Zabia estará a salvo. Puedes dormir si quieres, mañana con los primeros rayos del sol vendrán a buscarnos. —Lucca pareció dispuesto a replicar, así que añadí—: De todas formas, haré guardia durante unas horas para asegurarnos. La cama es tuya, yo dormiré aquí.

Era mentira y, aunque Lucca no pareció darse cuenta de ello, yo sí que lo sabía muy bien.

No sería capaz de dormir, ni siquiera con todo el cansancio que mi cuerpo albergaba, no sin las hierbas somníferas que me administraba Idelia cada noche en mi té.

Desde que era pequeña, mi madre me había obligado a tomármelas, alegando que eran naturales e inofensivas, que simplemente calmaban mi estrés y mejoraban la calidad de mi sueño.

Sin embargo, esas hierbas se habían convertido en algo necesario para mí, en una droga de la que yo era sumamente adicta y sin la que no podía dormir.

Idelia, como era obvio, utilizaba eso a su favor. Si la enfadaba, la desobedecía o hacia algo para disgustarla, me dejaba sin ellas noches enteras.

Aun así, Lucca no sabía sobre aquello, así que asintió escuetamente y se escondió bajo las suaves y espesas mantas de mi enorme cama rellena de plumas .

Suspiré una última vez y me dejé caer contra el respaldo del sillón, sintiendo como mis músculos se contraían, reclamando un descanso inmediato.

Miré la ventana aún abierta, en la que se condensaba escarcha sobre el alféizar.

Mis manos aún temblaban cuando un soplo de aire fresco me dio de lleno en la cara.

Aún no había llegado el invierno a Zabia, de hecho, estábamos en primavera.

Y, sin embargo, el frío entumecía aún más mis músculos.

Me planteé el levantarme a cerrar la ventana, pero el esfuerzo de erguirme y sostenerme sobre mis propios pies una vez más sonaba más que desalentador.

Muy a mi pesar, aún seguía alerta, con el cuerpo tenso y preparado para defenderme en caso de que alguien irrumpiese en la habitación. Sabía que eso no pasaría y que, si pasaba, sabía que saldríamos ilesos de ello. Pero, aún así, no podía evitarlo.

Me pregunté durante un instante dónde estaba mi madre.

Sabía que estaría bien, ella era Idelia Gwen de Zabia, la gran hechicera que había sido un arma clave para acabar con toda Iriam; sin embargo, estaba inquieta cuando su imagen empezó a rondar mi mente.

¿Por qué mi madre no nos había advertido de aquel ataque?

¿Por qué no me había advertido a mí de aquel ataque ?

Ni siquiera sabía porqué me extrañaba tanto.

Idelia nunca había sido una madre ejemplar ni mucho menos una que se preocupase por mi bienestar.

De hecho, estaba más que segura de que cuando nos encontrásemos al día siguiente detendría su mirada sobre la herida de mi cuello y me recordaría durante semanas aquel error.

No debía haber dolido tanto imaginar aquello, pero lo hizo.

Mis labios empezaron a temblar y a tiritar pocas horas después, cuando ya había reunido el valor para cerrar aquella dichosa ventana en mitad de la vigilia.

Me había apoyado contra la chimenea, intentando acercarme todo lo posible al calor de las llamas, cuando Lucca se removió y se desenfundó de las sábanas.

Observé el suelo bajo la ventana cerrada, el cual ya no era más que un charco de agua. Por un momento me planteé la cuestión de si aquella nevada había sido provocada por mí y, si aquello era cierto, lavarme las heridas con ese agua podría ser una buena solución.

Aún recordaba a Idelia mientras recitaba con desdén:

Los Temporales sois inútiles, no hay ni siquiera una casa para ustedes, sois una rareza completamente caída en el olvido.

Sin embargo, los restos naturales que queden de vuestro caos meteorológico son altamente valiosos: propiedades curativas, tranquilizantes y canalizadoras de cualquier don.

Tristemente, solo los Temporales podéis disfrutar de estas propiedades.

Ni siquiera me lo pensé dos veces cuando me agaché cerca de aquel pequeño charco cristalino con trozos de nieve derretida.

La nieve estaba extrañamente cálida al tacto, y el charco relucía bajo la luz de la luna.

Vi mi rostro reflejado en el agua de escarcha ahora líquida: mis grandes ojos marrones parecían cansados, acentuando aún más las hendidas ojeras que tenía bajo mis párpados, la herida de mi cuello seguía ahí, abierta, aunque no muy notoria.

Pasé la mano levemente por la nieve, sintiendo como ésta se calentaba al rozar mi piel.

Solté un pequeño jadeo de alivio al pasar mis dedos mojados de la humedad que perlaba la escarcha por la herida de mi cuello.

No me molesté en levantarme a comprobar en un espejo si la herida había mejorado o si, súbitamente, se había cerrado. Apoyé mi espalda contra la pared que estaba bajo la ventana, y me quedé mirando aquellas aguas con la mirada perdida.

No sabía cuantas horas habían pasado cuando la calidez arrulló mis manos ahora secas de nuevo. Ni siquiera me había dado cuenta de que el fuego de la chimenea se había apagado y de que la cálida sensación que chocaba contra mis manos eran los rayos del sol.

Parpadeé lentamente, asentando el escenario a mi alrededor.

No había conseguido conciliar el sueño, pero las horas habían pasado tan rápido que no me había detenido a fijarme en que ya era de día.

Me levanté tambaleando, escuchando como el pelirrojo bostezaba desde la cama y se removía por ella, aún inconsciente.

Mis manos ya no estaban entumecidas cuando abrí los cristales de las ventanas y sentí como el aire fresco acompañado del suave calor de Zabia me despegaban levemente de aquel sueño que aún cargaba a cuestas.

Inspiré fuertemente, notando como mi cerebro apesadumbrado parecía haber hecho que mi cuerpo fuese más lento de lo normal.

Me costaba mantenerme en pie más que cualquier otra cosa, sintiendo como mis huesos crujían silenciosamente por el esfuerzo.

Me apoyé en el alféizar de mi ventana y supliqué porque el momento en el que viniesen a por nosotros fuese inminente.

Supliqué piedad para mí y para mi exhausto cuerpo, el cual necesitaba dormir con urgencia.

La magia, sobre todo la de los Defensores y los Razha, solía dejarte sin un ápice de energía.

Aquellas magias suponían los precios más altos y, cuando tu cuerpo sufría un dolor casi tan real como el que infringías, necesitabas descansar para desprenderte de aquellas engañosas sensaciones.

—¿Qué hora es? —bostezó Lucca, incorporándose en la cama. Le miré sobre mi hombro y no pude evitar sentir una pizca de envidia al ver su rostro hinchado por las horas de sueño.

—No lo sé, pero si no me equivoco dentro de poco vendrán a buscarnos. —Recordé la visión de anoche y asentí hacia el sofá que estaba cerca de mí—. Siéntate mientras esperamos.

No me molesté en comprobar si cumplía mi sugerencia, sabía con certeza que lo haría.

Lucca había sido mi amigo desde que me lo encontré mendigando, con los labios irritados y morados en mitad del invierno, y con una triste túnica para calentarse sobre las calles de Zabia.

Ni siquiera me lo había pensado un momento cuando le conseguí trabajo de ayudante en las cocinas, prometiendo que yo me encargaría personalmente de que cumplía con su trabajo.

Juré en su día que me haría cargo de él y que respondería ante él aún cuando yo tan solo tenía dieciocho años.

Ahora, el pelirrojo era como un hermano pequeño para mí, aunque a veces era exasperantemente inocente .

Me acerqué al sofá donde él ya se encontraba sentado, mirándome expectante. No tardé en sentarme a su lado y relajar mi cuerpo contra las suaves pieles de aquel asiento.

—¿Qué te dijo Idelia anoche? —Suspiré, sabiendo probablemente la respuesta.

Mi madre nunca estuvo de acuerdo con que me hubiese responsabilizado de un vagabundo pobre y nativo de las tierras del norte.

Así que ni siquiera me extrañaba que le hubiese amenazado con despellejarlo sino se alejaba de mí.

Lucca evitó mi mirada.

—Ella me dijo que debía tener cuidado con las compañías que frecuentaba. —Humedeció sus labios, pareciendo extrañamente avergonzado—. Dijo que muchas no estaban a mi nivel. Y, que si jugaba a ser suficiente, tal vez ella misma me echaría del tablero.

Gruñí y estuve a punto de decirle que aquello era estúpido y absurdo: que él era más que suficiente para ser mi amigo, de hecho, era mucho mejor que yo. Había hecho cosas mucho mejores que yo.

Cuando, de pronto, la estantería que estaba frente a las grandes puertas caobas, tembló.

Lucca dio un respingo, tomado por sorpresa por el sonido, y yo me olvidé de lo que aquello significaba.

Me erguí en el asiento y, pese al cansancio, accioné de manera instintiva: me dirigí a alcanzar el atizador.

Sin embargo, antes de poder hacerlo, alguien tras las puertas gritó:

—¡Somos la guardia real de Zabia! ¡Abran la puerta inmediatamente!