Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO VI
15%

CAPÍTULO VI

Había sido convocada por el rey Symond Gragbeam en su despacho.

Ni siquiera me dio tiempo a darme un baño con agua tibia para despejarme del cansancio de la noche anterior o de cambiar mi vestido aún ensangrentado de la sangre de aquel hombre.

Los guardias reales prácticamente me habían obligado a caminar, alegando que estaban escoltándome hasta la ubicación indicada.

Le había sugerido a Lucca que se quedase en mi habitación esperando ya que, en principio, Dalia no tardaría en llegar.

Por lo que podría pedir el desayuno que desease y darse un baño caliente; sin embargo, Lucca se había excusado diciendo que tenía que ir a comprobar que Adriano y su marido estuviesen a salvo en las habitaciones del servicio.

Yo, desde luego, no se lo había impedido.

Aunque sí que le había pedido que tuviese sumo cuidado .

Desde que había empezado a caminar por los pasillos, había intentando no perderme ningún detalle.

Ya no había cuerpos desperdigados por doquier, aunque sí que quedaba sangre seca pintando la piedra del castillo.

Gran parte de las doncellas estaban esmeradas en su trabajo, frotando las paredes con esponjas, trapos y cepillos empapados en agua con sal.

Vi como más de una miraba mi vestido destrozado y sucio con muecas de asco, lanzándome más de una mirada despreciativa.

Otras, sin embargo, se inclinaban y encogían a mi paso. Aunque ambas coincidían en una sola cosa: ninguna se atrevía a dirigirme una sola palabra.

En todo Nargrave solía pasar lo mismo. Había humanos que nos odiaban, otros que nos temían y otros que nos veneraban como a salvadores enviados por sus tres deidades.

No pude negar que me reí cuando una de ellas se cayó en su propio balde salado. Ni siquiera negué nada cuando una me miró con el odio chispeando en su mirada, acusándome silenciosamente de aquello.

—Hemos llegado —anunció uno de los guardias, asintiéndole secamente al compañero que se hallaba erguido contra las puertas dobles, protegiendo su entrada .

Ya había estado en este mismo despacho hacía tan solo un día, prácticamente a la misma hora. Aunque no convocada por el rey. Nunca convocada por el rey.

Pensé por un momento porqué el monarca me querría allí. Tal vez estaban preparando mi ejecución por atacar al príncipe de Zabia. No lo sabía con certeza, y tampoco pude sopesarlo mucho más cuando el guardia se aproximó a las puertas y las abrió de sopetón.

Contuve el aire cuando éste carraspeó antes de comenzar a hablar.

—La señorita Éire Gwen Mightmoor, próxima hechicera de la corte real de Zabia, de la casa de los clarividentes y los defensores. Hija de Idelia, la gran hechicera que colaboró para masacrar la dinastía de los Güillemort. Hija de Revee Mightmoor, excomandante de la guardia real de Draba.

Casi puse los ojos en blanco ante tantos títulos que no merecía. Títulos que no eran más que herencia de mi madre y de mi familia. Cuando, realmente, lo único que de veras me pertenecía era el nombre.

El rey hizo un aspaviento restándole importancia a aquello, y le ordenó bruscamente que nos dejaran solos, así que el guardia no tardó en irse de allí con la cabeza baja.

Escuché como se cerraba la puerta, golpeteando la traba, y me permití observar aquel despacho de nuevo.

Más bien, me permití observar a las personas que allí se hallaban.

Para mi absoluta sorpresa, solo la familia real de Zabia estaba allí congregada. Por un momento, había pensado que la nobleza de los otros reinos también habían pasado la noche en el castillo, resguardados del peligro del exterior.

En cambio, solo los reyes y el príncipe Keelan se encontraban allí reunidos. Entrecerré los ojos al no encontrar a Idelia por ningún lado.

¿Dónde estás, madre?

—Así que tú serás la sucesora de Idelia —afirmó el rey, mirándome con sus grandes ojos ambarinos, iguales a los de su hijo.

Observé su redondo rostro y como la barba perfilaba su mentón.

Los capilares de su nariz parecían más enrojecidos de lo normal y, sin duda, necesitaba adelgazar algunos kilos.

A pesar de aquello, el rey inspiraba grandes aires de grandeza—. Sin duda, pareces tan feroz como ella.

Parpadeé en su dirección, sin saber exactamente qué debía decir. El príncipe a su lado parecía extrañamente tenso y, aunque esperé ver como un cabestrillo sostenía su brazo, su muñeca estaba ilesa a un lado de su cuerpo .

Eso debía haber sido obra de alguna hechicera de la casa de los sanadores. No había muchos, aunque siempre podías encontrar alguno en las cortes.

—¿Por qué estoy aquí? —pregunté con firmeza. Sabía que debía dirigirme al rey con el respeto necesario, pero si aquella reunión sería para anunciar de qué forma sería ejecutada, desde luego que no iba a ser precisamente amable.

La reina pareció ahogar una exclamación frente a mí.

Pese a todo lo que había pasado anoche, ella tenía un ostentoso vestido amarillo colocado sobre su huesudo cuerpo.

Capas y capas de tul rodeaban sus piernas, y un gran collar de esmeraldas engarzadas con oro trabajado rodeaba su fino cuello pálido.

Su rizado pelo oscuro estaba recogido con un tocado de escamas de pulvra, monstruosas serpientes que se escondían en las superficies acuáticas del bosque de Gregdow.

Por lo que sabía, ella era de Draba. Y, por lo que había visto hasta ahora, no parecía especialmente inteligente.

Antes de que la reina Miriela pudiese protestar, el rey la acalló con un simple chasquido.

—Estás aquí porque necesito que me hagas un favor, Éire. —No pasé por alto el hecho de que él también había decidido dirigirse a mi de manera informal .

Volví a mirar a Keelan, quién se encontraba expectante al lado de su padre. Eso me casi me hizo retroceder: si Keelan parecía no saber nada, significaba que esto no podía tratarse de lo que había pasado anoche.

Levanté aún más mi cabeza cuando respondí—: Primero, quiero saber dónde está mi madre. Después de saber eso, tal vez te escuche.

El rey me dedicó una pequeña sonrisa que no era más que un falso gesto de confianza. Conocía a los hombres como él, Idelia me había enseñado a identificarlos.

Toda una fachada de seguridad, con mano dura para con su mujer, importándole más los impuestos que pagaba su pueblo que la cantidad de comida que tuviesen. El típico rey de tres al cuarto que sabía con certeza que su reinado tenía los días contados.

Eso solo me infundió aún más seguridad.

—Tu madre está a salvo. —El rey esperó, al parecer pensando que yo mostraría algún indicio de alivio por la noticia; sin embargo, ni siquiera me inmuté. Entonces, él agregó—: Hace una hora nos llegó información que asegura que está totalmente ilesa de camino a uno de los calabozos de Aherian.

Abrí los ojos desmesuradamente y di un paso instintivo hacia el rey. Vi como Keelan posaba la mano sobre el mango de su espada envainada aunque, antes de que pudiese desenvainarla, yo me detuve frente al escritorio.

Pude ver cómo el rey Symond ensanchaba su sonrisa al comprobar que las palabras que había escogido habían cumplido su cometido: que yo mostrase que lo que él había dicho me importaba para que él pudiese amenazarme con ello.

—Eso es imposible. Anoche fue Iriam quien atacó el castillo, no Aherian —aseguré, trabajando para que mi voz se mantuviese firme bajo tanta presión.

Si Idelia no estaba, eso significaba que estaba sola por primera vez en mi vida.

Si Idelia no estaba, había perdido las piedras de mi padre, había perdido mi única posibilidad de dormir. Había perdido a mi madre.

Ninguno pareció sorprendido de que yo supiese aquello. El rey no apartó sus ojos de mí.

—Claro que no fue Aherian quien atacó, pero los reyes sí que pensaron que lo sucedido anoche fue una emboscada de Zabia —afirmó el rey, suspirando dramáticamente—.

Con los demás reinos tenemos sólidos tratados de paz, así que no ha sido difícil convencerlos de la verdad.

Pero, Aherian ha preferido pensar que somos nosotros el enemigo, y que es hora de hacer oficial el hecho de que la guerra es inminente .

—¿Y qué tengo que ver yo? —siseé, aún sin importarme como Keelan tenía los dedos tensos en torno al mango de su espada, esperando pacientemente a que yo diese un paso en falso para poder separar mi cabeza de mi cuerpo. Como parecía estar deseoso de hacer desde ayer.

El rey entrecerró los ojos, volviendo a recorrer mi cuerpo con sus ojos.

Pese a lo que podría parecer, yo bien sabía que no estaba haciéndolo con lascivia, más bien parecía estar analizando mis habilidades: si mis músculos eran lo suficientemente fuertes, si mis piernas eran tan largas como para correr de forma veloz, si mi destreza a la hora de andar era adecuada como para manejar una espada.

Parecía estar satisfecho cuando me dirigió una última mirada.

—Necesito que acompañes a mi primogénito Keelan Gragbeam al reino de Aherian para cerrar el compromiso que comenzamos hace semanas.

Marcharéis en pocas horas, iréis escoltados en carruajes y necesito a una hechicera en la comitiva.

—Antes de poder rehusar o aceptar aquella petición, el rey señaló el inmenso mapa de Nargrave que se extendía por la mesa.

El papel parecía arrugado, como si llevase años enrollado y sin ser usado.

Observé las montañas y cordilleras del norte, donde se encontraba Iriam, y el largo y extenso mar en el sur, peligrosamente cerca de Helisea .

Fruncí el ceño cuando el rey señaló con su dedo índice el bosque de Gregdow, el gran y peligroso tramo que separaba a cada una de las Cortes.

Era más grande que cualquier otra tierra conocida, triplicando con creces a Zabia —el reino más grande de Nargrave—, y estaba repleto de todos los monstruos que fueron creados por la casa de los Razha.

El rey frente a mí me miró con cautela, al parecer esperando a que le gritase entre rugidos que estaba loco si pensaba que aceptaría aquello. En cambio, ante mi silencio, asintió hacia el bosque que se dibujaba en aquel papel de pergamino.

—Atravesaréis el bosque de Gregdow, así que tardaréis siete días en llegar si no hay imprevistos.

Aunque es obvio que sí que los habrá —aseguró—.

Por esto, necesito que la única hechicera que nos queda participe en la escolta del carruaje de mi primogénito.

Keelan ha sido entrenado para la batalla desde que tiene uso de razón, pero tú posees magia, y eso es lo único que acabará definitivamente con esos asquerosos monstruos.

Era cierto. Si el príncipe tenía que partir hacia Aherian y atravesar aquel terreno, por muy hábil que fuese con la espada y distintas armas, la magia era la única aliada que realmente podría ser efectiva contra las criaturas del bosque .

Por un momento, me planteé negarme a hacerlo, pero mientras veía la mirada determinada del rey de Zabia frente a mí, sabía que esto en ningún momento había sido una petición.

Me había hablado con palabras amables, me había permitido alzarle la voz e incluso me había confesado el estado de mi madre, pero eso simplemente había sido para aligerar el proceso.

Suspiré, mirando sesgadamente a Keelan. El príncipe parecía indiferente, aunque tras aquel brillo hermético en sus ojos, yo bien sabía que no se esperaba nada de lo que había dicho su padre.

Aún no había averiguado porqué no me había delatado ante el rey, o porqué ahora no decía nada sobre el hecho de que no confiaba en mí para esa tarea. Que no confiaba en una mujer que ya lo había atacado.

Él ni siquiera me devolvió la mirada cuando abrí la boca—: Lo haré. Pero quiero que una de las condiciones del tratado sea liberar a mi madre sana y salva.

El rey asintió en mi dirección, a sabiendas de que diría aquello.

—Tienes tres horas para despedirte de quién quieras y llenar algún baúl como equipaje —zanjó el rey. Aquello de “ algún baúl” era un eufemismo. De hecho, era el eufemismo del siglo .

Estaríamos semanas en un bosque deshabitado, acampando en tristes tiendas, con una fina tela separándonos de abominables criaturas. Después, si es que conseguíamos llegar ilesos a Aherian, debía tener suficiente ropa decente como para presentarme ante la corte como su hechicera.

Pese a ello, no dije nada. Asentí secamente hacia el rey Symond y me giré hacia las puertas, dispuesta a irme.

Notaba como el peso del vestido empezaba a ralentizar aún más mi cuerpo, mientras las inmensas capas se removían en cada paso que daba, amenazándome con el hecho de que podría tropezar mientras salía de la sala.

Antes de que los guardias cerraran las puertas del despacho, la voz de Keelan me detuvo en seco.

—Y date un baño, no pienso aguantar ese olor en mi carruaje.

Quise responderle, pero las puertas se cerraron detrás de mí.