Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO V
12%

CAPÍTULO V

Hacía años que no nevaba en Zabia. Aún así, ni siquiera me extrañó cuando los copos empezaron a caer contra la madera que estaba justo debajo de mi ventana.

Mis manos temblaban sin descanso mientras las entibiaba bajo un barreño lleno de agua caliente con sales de baño.

Intenté limpiar mis uñas llenas de sangre y suciedad con ahínco; sin embargo, no hice más que romper una tras otra.

Estaban agrietadas, frágiles, tan estropeadas como las de un mozo de cuadra.

Mi cuerpo estaba aún rígido, y mi corazón seguía bombeando con ferocidad.

El miedo seguía ahí, escondido, susurrando pensamientos intrusivos que me convencían de que pronto entrarían más hombres vestidos completamente de negro y nos matarían a ambos.

No, de hecho, matarían a Lucca delante de mí y me harían observar el espectáculo para después hacerme tragar sus ojos.

Había escuchado que en Iriam era costumbre comer hasta los ojos de los animales, aunque mayoritariamente de los ñacú, seres inhumanos que poseían magia oscura y se alojaban cerca de su frontera.

Sus ojos eran venenosos, llenos de ponzoña, no tanto como la propia carne de éstos, pero lo suficiente como para tumbar a cualquiera.

Aunque, eso era con los animales, prefería pensar que no lo hacían también con sus enemigos.

Tomé la suave esponja de mi bañera y la mojé con el agua del barreño.

Pasé el suave y esponjoso material por mi cuello, aguantando un siseo al raspar aquella herida que el príncipe había hecho escalofriantemente cerca de mi arteria carótida, e intenté limpiar toda la sangre seca que allí se encontraba congregada.

Escuché unos pasos detrás de mí, e inmediatamente me tensé. Pensé en girar mi cabeza y comprobar que era todo producto de la paranoia, pero en cuanto escuché un carraspeo incómodo supe que se trataba de Lucca.

Relajé mi expresión y seguí frotando la esponja por mi clavícula.

—Mm…Yo…. —Lucca volvió a carraspear—. Me preguntaba si querrías algo.

Suspiré, dejando caer la esponja en el agua que ahora se encontraba turbia y teñida de colores rojizos. El olor metálico de la sangre podía olerse sin siquiera arrugar la nariz, empapando el olor a jazmín que antes perfumaba mi habitación.

Si Idelia estuviera aquí estaría verdaderamente asqueada. De hecho, casi podía imaginarme su gesto de desaprobación y las palabras exactas que utilizaría para obligarme a meter la cabeza en aquellas aguas ensangrentadas. Mi madre, como siempre, sería increíblemente compasiva.

—Nada que puedas conseguir sin salir de aquí. —Bajé mis hombros, resignada. Lo único que podría querer sería una curandera para que la herida de mi cuello sanara correctamente.

Lucca se sentó a mi lado en el suelo, fijando su vista en la esponja manchada de sangre seca. Pese a todo, él no intento ocultar su titubeo cuando me miró.

—Entiendo lo que has hecho, Éire. No pienses que te tengo miedo o algo por el estilo.

Le eché una ojeada sesgada.

—Espero que no me lo tengas, porque sino vas a tener muy jodido lo de sobrevivir.

Lucca soltó una risotada, destensando levemente sus hombros.

Aquel sonido me hizo estirar ligeramente los labios en una sonrisa que parecía más bien una mueca; sin embargo, me hizo olvidarme momentáneamente de lo que había pasado esta noche o de los peligros que podían encontrarse fuera de esta habitación.

Habíamos sellado las puertas con algunos muebles, y aunque sabía que eso no serviría para parar a nadie, también sabía que podría retrasarlos el tiempo suficiente como para que no nos tomaran por sorpresa.

Lucca me había sugerido hacer algún hechizo, pero yo no tenía ese tipo de magia.

Mis dones no podían influir en objetos ni podían bloquear nada: ni recuerdos, ni puertas.

—He pegado la oreja en la puerta mientras estabas ocupada —reveló él, mirándome fijamente.

Parecía esperar a que le reclamase por ello y, al ver que yo guardaba silencio, pareció convencerse de seguir—.

No se escucha nada. Todo está en absoluto silencio.

Y, siéndote sincero, no sé cómo interpretar eso.

—No es bueno, créeme. Si nos hubiésemos recuperado del ataque todo sería un caos.

El rey estaría reclamando la presencia de sus consejeros, de mi madre, de absolutamente todo el mundo.

Además, también debería haber guardias recogiendo los cuerpos y pasándose por cada habitación para hacer recuento de daños.

—Tomé una bocanada de aire, sabiendo lo que aquello significaba—.

Así que, hay dos opciones: o ellos han vencido y Zabia está a punto de caer en manos de los iriamnos o aún no ha vencido ninguno.

Lucca ahogó una exclamación, mirándome con el ceño fruncido.

—Has dicho… ¿Has dicho iriamnos? —pronunció pausadamente, con cautela, como si aquella palabra pudiese invocar a aquellos hombres que nos habían atacado.

Asentí en su dirección, y eso solo pareció alarmarlo más—.

Pero...Pero no puede ser. Iriam fue masacrada hace muchísimos años por Zabia.

Ellos…—Tragó saliva y se corrigió con exhaustiva rapidez—: Absolutamente todos murieron.

No quedó ningún predecesor de la corona vivo: nadie con sangre del rey Rauthier Güillemort, y mucho menos un ejército entero como para poder atacar a Zabia y tener la posibilidad de ganar.

Ni siquiera lo tenían en ese entonces, quise añadir. En cambio, fingí una seguridad ciega que no poseía cuando le miré. Sabía que Lucca necesitaba eso: necesitaba que le asegurasen que saldríamos vivos, aunque pudiese no ser verdad.

Apoyé mis manos en sus hombros y le di una pequeña sacudida, intentando desprenderle de aquel terror en el que se había sumido su mente.

Sabía que él odiaba a Iriam, que la temía aún cuando solo era un recuerdo en su mente.

Él había pasado catorce años en lo que quedó de la capital y las aldeas de alrededor tras la masacre de Zabia: mendigando, siendo maltratado, vapuleado y pisado por las calles de su reino.

Él mismo me había contado la brutalidad de sus soldados, me había susurrado en las noches frías de invierno al lado de la chimenea historias de cómo sus cazadores mataban ñacús solo con un carcaj con pocas flechas, para después hincar un tenedor en sus ojos crudos y lechosos y zampárselos con avidez.

De cómo él mismo había escuchado esas historias salir de la boca de otros vagabundos.

Los mismos vagabundos entre los que se había criado.

De los cuales años después tuvo que despedirse cuando Iriam fue devastada.

Y yo aún me estremecía al recordar aquellas historias.

Los ñacús eran seres enormes (de al menos cinco metros) y poseían unas alas membranosas llenas de púas venenosas.

Ellos no poseían pelaje alguno, tan solo una suave piel negra.

Tenían cuatro grandes pezuñas como patas.

Y, además, decían que su gruñido podría ensordecer a poblados enteros, y que su único punto débil era la lentitud con la que se movían y sobrevolaban cada lugar.

Era un monstruo prácticamente imposible de matar, y por eso mismo, se dudaba mucho de que aquellas historias iriamnas fueses ciertas .

Eran aberraciones de la magia, consecuencias del desequilibrio de algunas casas de hechiceros antaño.

Hechiceros que poseían el don de la magia negra, que eran tan desafortunados de nacer en la casa Razha, casa que habitaba hacía varios lustros en Iriam y con la habilidad de crear criaturas inhumanas a su antojo.

Con el paso de los años habían sido exterminados y aquel nombre se había convertido en un peso a cargar para los hechiceros de las otras casas, transformándonos en enemigos para los iriamnos y dejándonos a nosotros la culpa de los monstruos que se hallaban en el bosque de Gregdow y en sus fronteras.

Por lo que sabía, no había tantas familias en la casa Razha, aunque sí las suficientes como para plagar el inmenso bosque de criaturas imposibles de matar sin magia.

Hoy día, aún había personas que nos insultaban con aquella palabra, aunque esa costumbre parecía haberse perdido en cuanto Iriam cayó.

Al menos, hasta ahora, que parecía haber resurgido de aquella destrucción y sus soldados seguían recordándonos por aquellos hechiceros.

Justo como había hecho aquel hombre al que le había partido los cinco dedos de su mano derecha.

—Creo que tengo un poco de alcohol en alguno de los cajones de mi cómoda. Ve a buscarlo y sírvete un poco, te hará entrar en calor mientras yo enciendo el fuego .

Lucca asintió, aún absorto en sus pensamientos, y se levantó con rapidez del suelo para irse del baño.

Suspiré, dejando caer mis manos sobre mi cuerpo.

Estaba increíblemente cansada, y no tenía fuerzas apenas para levantarme.

Pero, aún así, me concentré en no gritar demasiado mientras colocaba mi dedo índice sobre aquella marca que se encontraba en mi cuello.

Afortunadamente, Keelan no había rozado siquiera aquel lugar.

Aguanté la respiración de golpe. El calor se concentró en mi marca, calentando a niveles estrepitosos mis dedos. Sabía que probablemente después de esto también se quedasen ampollas sobre ellos, pero no me importó demasiado.

Un dolor agudo atravesó mi espina dorsal cuando me forcé a abrir los ojos.

Lucca y yo nos encontrábamos sentados en el sofá frente a la chimenea.

Mi cama se encontraba deshecha y la leve luz del sol entraba por la ventana aún abierta.

La escarcha de la noche anterior parecía haberse convertido en agua sobre la madera ya hinchada por la humedad.

Parecía que había pasado solo un día desde el ataque.