Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO IV #2
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CAPÍTULO IV #2

Lucca ahogó una exclamación y estuve segura de que se planteó el ayudarlo, aunque yo no estaba tan de acuerdo con eso. En cuanto vi como rodaban ambos en el suelo, tiré la espada al suelo de golpe y tanteé mi espalda hasta que toqué la mano del pelirrojo.

Ni siquiera pensé en ayudar al príncipe cuando ya estaba corriendo fuera de allí con Lucca pisándome los talones.

Nos costó horrores atravesar el Gran Salón sin toparnos con nadie. Sentí un estremecimiento al darme cuenta de que ya apenas quedaban personas en el Gran salón y, las pocas que quedaban, eran guardias defendiéndose o cuerpos sin vida desperdigados por el suelo.

Las puertas del Gran Salón estaban abiertas de par en par, dando paso al mar de cadáveres que eran los pasillos.

Lucca se pegó aún más a mí cuando intentamos pasar por encima de ellos con cautela.

El pasillo estaba inundado por un espeluznante silencio, siendo acompañado por el eco del acero que provenía del Gran Salón .

El pelirrojo a mi lado parecía bastante más aliviado; ahora bien, aquel silencio era mucho más terrorífico que el hedor a muerte y el ruido de los gritos. Porque aquello no solo significaba que no había enemigos alrededor, sino que tampoco había nadie vivo.

Me mantuve alerta, recorriendo cada tramo de los pasillos con la mirada, tirando de la magia en mi interior, aunque no derramándola por completo. Le eché un vistazo a Lucca, advirtiéndole de que no se alejase lo más mínimo de mí.

Doblamos la esquina que nos acercaría a mi habitación, y casi di gracias a los olvidados dioses de mi madre porque aquel camino no estuviese repleto de cuerpos.

Aquel pasillo estaba casi completamente vacío, excepto por uno de aquellos hombres completamente ataviados de negro.

Este se encontraba sentado, reposando en la pared, con la cabeza inclinada en dirección al suelo y los ojos cerrados.

Todo parecía estar en orden, sobre todo cuando vi que la daga de aquel asesino se encontraba incrustada en su propio torso.

Sin embargo, sabía que algo no estaba bien. Detuve a Lucca con un seco golpe en su pecho, haciendo que este parase de inmediato. El pelirrojo abrió los ojos desmesuradamente, mirando a todos lados como si aquel parón significase a ciencia cierta que íbamos a ser atacados.

Fruncí el ceño, examinando a aquel hombre con la mirada.

Su mano estaba sobre su muslo, poco tensa y completamente relajada.

Pero, extrañamente, esta se encontraba demasiado cerca de aquella daga.

Demasiado cerca como para que fuese una casualidad, demasiado relajada, pero no lo suficiente como para que no tuviese pulso.

Su mano tembló y fue todo lo que necesité para echar a Lucca a un lado. El hombre se levantó renqueando, sus ojos parecían cansados, apesadumbrados y su piel estaba tan pálida como el alabastro. Noté como mi corazón chocaba contra mis costillas, luchando por subir a mi garganta, frenético.

Me acerqué a él en dos zancadas, sin saber exactamente cómo atacar.

No quería volver a utilizar mi magia, ya que aquello me dejaba realmente exhausta, así que lo único que me quedaba era atacarle con mis propias manos.

Escuché como el hombre soltaba un quejido intentando sostener su propio cuerpo herido.

Le vi tambalear mientras se cernía frente a mí y, a pesar de su clara desventaja, intentó darme un puñetazo.

Su mano se elevó, dispuesta a golpearme bruscamente en el mentón; sin embargo, yo ya me había adelantado.

Tomé la daga que estaba clavada en su pecho y la retorcí, haciendo que el hombre aullase de dolor y se dejase caer contra mí.

Casi tropecé por el peso, pero rápidamente me estabilicé cuando le empujé contra el suelo, haciendo que volviese a caer en el mismo lugar donde se había encontrado.

Me acerqué hacia él decidida, inclinándome y tomando aquella daga de nuevo y sacándola de su pecho.

El hombre parpadeó y, aunque esperé algún ruego o súplica, solo odio y repulsión se concentraba en su mirada.

Levanté la daga y, antes de poder ensañarme contra él, el hombre me escupió.

Sentí como la saliva chocaba contra mis labios, sintiendo la acuosa sustancia mezclada con la sangre.

Detuve mi ataque durante un instante, sosteniendo la daga en el aire, apretando la mano en torno al mango.

Sentí una arcada mientras pasaba el filo de la daga por la piel de su cuello, cortándola.

La sangre empezó a salir a borbotones de su cuello ahora abierto, bombeándola al mismo tiempo que sus latidos.

Su boca se abrió de par en par, desbordando sangre a raudales de esta, hipando y boqueando como los peces a los que Adriano había matado.

Solté la daga, dejándola caer en el suelo con un estridente sonido y limpié la saliva de mis labios con mi temblorosa mano.

Miré mis dedos, sucios por la sangre y la saliva de ese hombre, sintiendo como la adrenalina se disipaba de mi sistema de sopetón.

Inspiré una bocanada de aire con fuerza, procurando mantener la calma.

Intenté limpiar mis dedos en mi vestido con furor, sintiéndome horriblemente sucia.

Tragué saliva una última vez antes de cerrar sus ojos con suavidad. Me levanté del suelo y me giré hacia Lucca, el cual se encontraba en el mismo sitio donde lo había dejado: palideciendo, con la boca abierta de par en par y con un visible temblor en las piernas.

Volví a respirar hondo.

—Vámonos antes de que venga alguien más.

Supe que me seguía cuando escuché sus pasos tras de mí.