CAPÍTULO LV
ERIS
No solté las riendas de mi caballo. Con mi espada curvada como una hoz cercenaba cabezas de enemigos sorprendidos que apenas alcanzaban a alzar sus armas. Ya no era una de ellos. La magia que alguna vez poseí dormía en lo más hondo de mi ser y no pensaba despertarla nunca más.
Mi madre me había enseñado a luchar. Era una mujer indómita, salvaje, con el alma tan libre como peligrosa. Cuando se fue, custodiando nuestra casa, una parte de mí murió con ella.
Ashania era mi hogar, y los Minceust, mi familia. Ese apellido había sido el mío durante años. Pero ahora todos estaban muertos… todos, salvo Cade. Y lo encontraría. Le rescataría, aunque el mundo entero ardiera en mi camino.
Tuve que hacer resurgir Iriam de sus cenizas. Forjar alianzas en los lugares más impuros, donde solo abundaban hombres con miradas voraces. Vendí mi cuerpo para reunir el oro suficiente con el que contratar mercenarios, recorrí Nargrave buscando a los iriamnos que sobrevivieron al éxodo.
Dediqué mi vida, mi cuerpo y mi alma a esa causa. Entregué mi cordura, mi orgullo y mi humanidad por ella. No podían arrebatarme todo con tanta facilidad.
El cielo se cubrió entonces con una densa capa de niebla, mucho más pesada y vasta que la bruma ligera que antes nos separaba del resto del bosque. Un escalofrío recorrió mi espalda. El aire se espesó y el olor a hierro y ceniza me golpeó el rostro.
Gruñí cuando el dolor me dobló el cuerpo. Miré detrás de mí y vi a más guerreros caer. La niebla ya no se limitaba a cubrirnos, ahora avanzaba, devorando el horizonte, dirigiéndose hacia la capital.
No puede hacerlo , me repetí. Pero sabía que sí podía.
Por supuesto que esa mujer era capaz. Creía tener derecho sobre los iriamnos, cuando había sido yo quien les dio un hogar, quien reconstruyó sus ruinas y curó sus heridas.
No tenía derecho a matarlos. No podía desperdiciar sus vidas como si fueran nada. Eran personas, no bestias.
Una sombra se abrió paso entre las brumas. Aparté la niebla con la mano, como si fuera humo, pero me quemó la piel. Aun así, ella avanzó sin dificultad, como si el mismo abismo le concediera el paso.
—Por fin cara a cara, hermana —se burló.
Entonces la vi con claridad. Un pequeño kolbra se aferraba a su hombro, sus ojos brillaban como carbones vivos. Y comprendí que los monstruos ya estaban de su lado.
Pero aquello dejó de importar cuando mis ojos se posaron en ella.
Ya no era humana. Éire se había fundido con la oscuridad, su piel era de un gris ceniciento, sus ojos, dos abismos negros e insondables.
Hebras oscuras recorrían su cuerpo hasta perderse en sus labios, reducidos a una línea de ceniza.
Sus uñas se habían transformado en garras, y su cabello, antes castaño, caía ahora como una cascada de sombra hasta sus caderas.
—Éire —dije, sujetando con fuerza las riendas—. Crea tu propia corte en Gregdow. Podemos firmar un tratado de paz, pero Iriam es mío.
—¿También lo es para matar a mi gente?
—Sois peligrosos, pero si os recluís en el bosque…
El kolbra gruñó al mismo tiempo que ella. El sonido me erizó la piel.
—Tenemos que cobrarnos una deuda —dijo.
Parpadeé, desconcertada.
—¿Una deuda? ¿A qué te refieres…? —Y entonces lo entendí. Había dicho que destruiría Iriam hasta los cimientos, y eso era lo que estaba haciendo. Pero no tenía sentido—. ¿Por qué no hacerlo desde el principio?
—Quise hacerlo bien —respondió con una calma helada—. Quise gobernar, pero comprendí que ese no era mi lugar. Esas personas no son ni serán parte de mi pueblo. Así que… se acabó mi piedad. Aunque debo admitir que el juego ha sido divertido.
—Ha muerto gente inocente, Éire —repliqué, sintiendo el temblor en mi voz—. Familias enteras, niños mutilados… Esto es una guerra.
Ella soltó una risa baja, un sonido hueco que retumbó entre la niebla.
—Si tú lo dices…
—Estás enferma. Igual que tu madre cuando vino a advertirme quién era yo… y cuál era mi papel en todo esto.
—Soy digna hija de mi madre —contestó con una mueca—. Solo que mejor.
Hubo un silencio tenso, tan denso como el aire que nos rodeaba. Sus ojos me atravesaron, y el kolbra siseó sobre su hombro. Entonces, ella habló de nuevo.
—Mmm… ¿últimas palabras?
—No lo hagas —susurré. Sabía que no tenía oportunidad contra ella—. No hagas lo que mamá temía que hicieras.
Por un instante, vi duda en sus ojos. Tragó saliva, y esa mínima vacilación me recordó que aún quedaba algo humano en su interior. Pero fue solo un parpadeo.
—Así es como se forja un villano, Eris —susurró con una calma devastadora—. Ustedes me hicieron ser lo que soy. Cambiaron mi final. Solo busco justicia, y la obtendré.
Solté el arma. Mis manos quedaron suspendidas a los lados del cuerpo. Inspiré profundamente y la miré con serenidad fingida.
—Adelante —le dije—. Toma tu venganza. Pero te advierto que solo te destruirás más.
—No he pedido advertencias.
Rugió, y la niebla se cerró sobre mí como una prisión viviente. Me aplastó con una fuerza imposible, hundiendo sus garras invisibles en mi piel. Sentí cómo mi carne se rasgaba, cómo mi mente se disolvía.
Mi corazón se redujo a cenizas, mis venas se vaciaron y mi sangre se evaporó en un instante. Cada latido fue el último. El mundo se desvaneció en un torbellino oscuro, y cuando mis pensamientos dejaron de existir, caí al suelo.